Palabra: Afrodisiaco.


Te aseguro que si le das esto en la comida a tu marido, lo vas a tener durante tres días totalmente listo para ti.

Pero no abuses, mujer.


—¡No!

Ryoma la miró por encima del libro que estaba leyendo. Sakuno era un completo nervio, caminando de un lado a otro, sentándose, volviéndose a levantar, maldiciendo algo entre dientes que apenas lograba escuchar. Le miraba de reojo, sonrojándose y después, cuando pensaba que él iba a mirarla, saltaba como un gato para fingir que prestaba atención a cualquier otra cosa que no fuera él.

Se mordisqueaba el labio inferior, el pulgar y revisaba nuevamente que él estuviera concentrado en la lectura. Hasta esa vez, que sus ojos se encontraron.

Soltó un suspiro y abandonó una lectura a la que no podía prestarle atención.

—¿Qué ocurre? — cuestionó.

Sakuno enrojeció. Sudaba y parecía más inquieta que de costumbre. Apretaba sus manos entre sus muslos y gimoteaba. Sin poder entenderla, enarcó una ceja.

—¿Necesitas que te lleve al hospital?

Ella negó. Cerró los ojos con fuerza y soltó repentinamente.

—unacamaestariabien.

—¿Qué?

Ella se llevó las manos de entre las piernas a la cara, agitándose. Le miró. Volvió a bajar la vista y sacudirse sobre sí misma. Atrapó un cojín. Lo enterró entre sus piernas y frente a él, quien poco a poco iba abriendo la boca de pura incredulidad, la observó mientras empezó a frotarse descaradamente.

—¿Quieres que te deje a solas con tu nuevo amante?

Ella enrojeció terriblemente, negando mientras gemía y le miraba en súplica.

Dejando el libro a un lado, se levantó lentamente hacia ella, sentándose a su lado. Con cuidado, quitó el cojín de entre sus piernas y posó su mano sobre su entrepierna. Tan húmeda que notaba la forma de su parte femenina contra la ropa interior. Pasó el dedo corazón entre sus pliegues.

Ella siseó su nombre, recostándose hacia atrás y apretándose los senos en el trascurso. Abrió más las piernas para él y sacudió sus caderas contra su mano.

Cuando su liberación llegó, Ryoma estaba más confuso que al principio.

Sakuno se aferró a su brazo, jadeando hasta que pudo ocultar su rostro avergonzado en su cuello.

—Yo… cometí un error... —jadeó.

Enarcó una ceja y enterró sus dedos en sus cabellos para poder mirarla.

—¿De qué hablas?

Sakuno cogió aire antes de empezar a hablar.

—Fui a una tienda de esas que venden té y otras hierbas. La dependienta me aconsejó unas especiales para que… pudiéramos… ehm…

—Follar.

—¡No lo digas asi! —suplicó cubriéndose la cara de tal forma que fue imposible para él ver algo más que dedos—. Lo compré con la idea de algo romántico y lo eché en nuestra cena.

—¿Compraste qué?

Ella apartó los dedos y un con un mohín adorable se frotó las mejillas.

—Afrodisiaco.

Ryoma se quedó estático. Sakuno asintió repetidas veces, cubriéndose con el cojín la cara y dándole la espalda.

—Yo... Quería aprovechar las vacaciones. De verdad… Pero equivocadamente eché todo en el mismo plato durante la cena: el mío.

—Torpe hasta el final. —Ryoma puso los ojos en blanco, levantándose mientras ella hipaba un gemido frustrado—. Vamos.

La cogió en sus brazos y cuando ella se aferró a él, caminó hacia el dormitorio.

—¿No estás enfadado? —Cuestionó.

Él tan solo la observó mientras la dejaba con suavidad sobre la cama y se aseguraba de presionar su cadera contra su muslo.

—Te aseguro que no.

Ella rio avergonzada, rodeado sus brazos por sus hombros.

—Entonces, hazme enteramente tuya.

Ryoma desvió la mirada hacia la mesita de noche y frunció el labio con enfado.

—No sé yo si voy a tener suficientes condones.

Sakuno le siguió la mirada con gesto preocupado.

—Bueno, tengo una hierba que…

Ryoma carraspeó para cortar su frase. Ella agachó las cejas con cautela.

—¿Qué hemos aprendido de las hierbas, Sakuno?

—Qué… no se me dan bien. Vale. Nada de hierbas —garantizó.

Él asintió y alargando la mano hacia la mesita, apretó entre sus labios su labio inferior.

—¿Podrás soportar unos momentos mientras voy a comprar más?

Ella asintió y en el mismo momento en que él se apartó de ella, osciló su cuerpo, gimiendo. Ryoma maldijo entre dientes.

—Me daré toda la prisa que pueda —prometió.

Ella gimió como respuesta. Él mando al cuerno la cartera y los zapatos.

—A la mierda. Echemos un rapidito primero.

Y con una carcajada tronante, ella lo recibió.


Poniendome un poco al día, perdón la tardanza.