IV.
Los Umino y el Festival Rinne (Obra y Vida ninja)
Iruka Umino ha ido al festival Rinne desde que tiene memoria. Pero, hasta ese momento se da cuenta, nunca había ido al festival con su madre y padre a la vez.
No le extraña. Casi no tienen familia extensa y, aunque se llevan bien con las personas a su alrededor, sus padres tampoco son muy sociables. Por eso, y dado que ambos son jonin expertos en misiones, desde siempre los dos han organizado su cronograma para que, cuando uno de ellos está en misión, el otro esté en casa. Iruka sabe porqué desde muy pequeño: si algo pasaba en acción a su padre o madre, él iba a tener quién se hiciera cargo de criarle.
Por eso el tiempo que su madre y padre están junto a él en la casa, suelen ser unos tres días en que quien acaba de llegar se recupera del todo y, el otro, puede dejar todo en sus manos para salir en misión. Dejando de lado las semanas de vacaciones que se dan cada tanto, para estar en familia. Iruka recuerda con cariño los veranos en que los tres
Sin embargo, eso nunca más volverá a ser así. Ya las cosas han cambiado para siempre en su familia. Desde el ataque del kyubi es así para todo konohiano. Y, de cierta manera, el festival Rinne de ese año es reflejo del cambio en la vida de la villa.
Los puestos son más pequeños, las atracciones parecen menos pintorescas, las personas en las calles también son pocas y menos espontáneas que siempre. Y aún así, Iruka puede ver por allí y allá el esfuerzo para que todo vuelva a sentirse como normal. El esfuerzo de los comerciantes por hacer llegar a los clientes a sus puestos, y emocionarlos con sus atracciones. El de los padres con niños pequeños, por hacerlos alegrarse con los juegos, las comidas y los dulces. O, otros, en seguir la emoción de los niños, para no decepcionarlos. El hecho de que estuvieran allí, bien abrigados en las calles frías en medio de una noche despejada, entre las farolas de colores, los llamados de los comerciantes y el olor de las comidas ya es un signo del esfuerzo que están haciendo… Muchos no habían ido. Algunos por tristeza, otros por ira, tal vez por preocupaciones monetarias o, simplemente por decidia.
Porque el kyubi atacó, horrorizó y mató a sus familiares hace poco más de tres meses.
Y aún así, Iruka es de los que se esfuerzan, y hace a su familia esforzarse. Sus padres no estaban con ánimos de ir al festival Rinne. Aún cuando están todos con vida, no perdieron a nadie muy querido, su casa fue una de las primeras en ser construidas, han podido comer y tener ropa sin preocuparse por pagarla y que hace unos días, ¡por fin! Su madre salió del hospital… A pesar de todo lo anterior, sus padres no están de buen humor.
Porque, e Iruka se extraña totalmente de sus padres por ellos, los dos se están centrando en lo negativo: su madre estará postrada para siempre en una silla de ruedas. Su herida le perforó la columna, uno de sus riñones y parte de su intestino. Tuvieron que sacarle un riñón y hacerle una colonostomía. Pero claro que eso no era lo peor, el no poder caminar lo era.
Porque pudiendo hacerlo, ella no se sentiría tan avergonzada, enojada, impotente, frustrada… No tendría que depender de bolsas para "ir al baño", ni de su padre para que la ayude a bañarse y vestirse. Y, aunque la casa está hecha con varias comodidades para la silla de ruedas, los muebles no y eso la hace estar de malas porque ni puede hacerse su querido té de la tarde sola. Además, si no fuera por la silla de ruedas, su madre tampoco tendría que ir cada semana a hacerse la diálisis al hospital… Y también están las pesadillas de su madre, el insomnio de su padre y ese enojo tan patente y a flor de piel en los dos. Cada vez más grande, porque no tiene n enemigo tangible contra quien descargarla.
Iruka sabe que lo están intentando. Que como ninjas, como jonin, no van a dejarse vencer por su nueva situación. Los dos, con 45 años, seguían trabajando en misiones aún, cuando la gran mayoría se pensionaban o cambiaban de trabajo alrededor de los 38 años. No está en ellos el dejarse vencer. Tal vez por eso están perdiendo tan estrepitosamente en amoldarse a su nueva vida. Su madre quiere hacer todo ella sola. Su padre, quiere ayudarla a hacer todo. Ninguno de los dos quiere pedir ayuda por más que, Iruka sabe y se los ha dicho, Tsunade-sama ha abierto un grupo de apoyo para ninjas con heridas crónicas. Se supone que ahí se les va a enseñar varias técnicas ninjas y maneras de mantener un buen estilo de vida con ellas.
Pero ¿que los Umino admitan que necesitan ayuda? ¿Que admitan lo vulnerables que están? ¡Jamás! Y, entre los dos y su cabezonería, Iruka no sabe qué hacer para ayudar en la casa.
Así que, ese día, el penúltimo del festival Rinne, en donde hay un gran fuego de pólvora justo a la media noche para conmemorar el final y el inicio de año, Iruka tuvo suficiente.
Haciendo uso del elemento sorpresa, apenas empieza a amanecer, Iruka Umino irrumpe en el cuarto de sus padres con un estruendo. Ante las miradas alarmadas de los dos que se han despertado por los grandes reflejos de los ninjas que son, él les mira con las cejas muy fruncidas y los brazos cruzados. Y, finalmente les dice con la voz más potente que puede salir de su boca:
―¡Por la dignidad de ustedes como ninjas y el nombre de los Umino, este comportamiento termina ya! ―eso último es algo que sus mismos padres le han dicho a él cuando era más pequeño―. ¡Se están comportando como niños tercos que no quieren tomarse su medicina! ¡Madre, irás a los grupos de rehabilitación que ha abierto Tsunade-sama! ¡Padre, dejarás que madre descubra cómo hacer las cosas ella sola desde la silla de ruedas, y buscarás un trabajo en la villa! ¡Pero antes, ¡antes! ―Y ante los rostros atónitos, temerosos y confusos de sus padres, Iruka usa por primera vez el genjitsu de la cabeza gigante para llamar la atención―. Vamos a alistarnos como una familia e ir al festival Rinne. En dos horas estaremos saliendo ¡Y nos vamos a divertir como se debe, porque si no, juro por kami-sama como testigo, se arrepentirán para toda su vida!
Sin esperar a que sus padres reaccionaran, Iruka se gira y va a hacer el desayuno antes de alistarse para salir.
Dos horas y veinte minutos después, Iruka está sentado en la entrada, mirando sus zapatos y pensando en cómo hacer arrepentirse a sus padres por no hacerle caso. Al menos, hasta que oye a la silla de ruedas acercarse. Cuando se gira, no puede evitar sonreír grande. Sus padres se han vestido a la civil, y su madre tiene en su regazo un suéter para él.
Los dos parecen avergonzados, pero no dicen nada al respecto.
―Es el festival Rinne, Iruka-kun. ―le dice su madre―. Va a ser divertido, pero también muy frío. Ponte este sueter, que es el más caliente que tienes.
Iruka sonríe y mucho. Mira de su madre, peinada con un moño y vestida con un kimono, sonriéndole dulcemente; para ver a su padre, que simplemente le hace un asentamiento de cabeza. E Iruka no puede evitar llorar frente a ellos porque por fin, ¡Por fin! Siente que su padre y su madre han sobrevivido al ataque del kyubi.
―Gracias kaa-san ―dice, y ella le ayuda a ponerse el abrigo.
Dos horas después, Iruka está pensando en que es la primera vez que va al festival Rinne con su madre y su padre. También, que es el más triste que ha visto. Y sin embargo, desde que pasara aquel fatídico atardecer en setiembre, no ha sentido tanta esperanza y seguridad de que todo va a estar bien como en ese momento.
