Disclaimer; los personajes de esta historia pertenecen a J. K. Rowling, excepto los que han sido creados por mí.


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Epílogo 2. Todo sigue su curso

Once años después…

¿Por qué? Le había preguntado. Ella solo había sollozado y gritado cosas incomprensibles. Estaba loca o al menos había caído en la locura desde que mató a su propia hija. Draco solo la había visto esa vez, pocas horas antes del juicio, y decidió retirarse antes de que se la llevaran. De alguna manera, su fría mano había dado con su muñeca deteniéndolo, ella sonrió débilmente antes de susurrarle: Esta viva, está mirándome fijamente, pero no dice nada. Nada.

Definitivamente loca o, al menos, lo suficientemente desequilibrada como para alucinar con su propia hija. La codicia y la venganza habían fundido su cerebro convirtiéndola en la mujer que tuvo enfrente ese día.

Luego de la sentencia, treinta años en Azkaban, la familia de ella había alegado que su integridad no estaría segura en ese lugar. Después de mucha insistencia, lograron que fuera trasladada a un hospital en Italia donde permanecería los treinta años de sentencia. A pesar de alegar y tener los mejores defensores, nada había podido hacer desistir a los jueces Wizengamot en su segunda decisión, ni siquiera el dinero.

Nunca más supo de ella, si estaba viva o muerta. Aquella mujer le había quitado lo más preciado, lo más hermoso: su hija. Su no tan pequeña Altair y su nieto nonato.

Que vacío más grande se había instalado en su pecho. No sabía cómo todos los días era capaz de seguir respirando y caminando. Su mente siempre estaba a la deriva, siempre se iba a ese día y en todo lo que podía haber hecho y no hizo.

Se acomodó observando la espalda de su esposa. Hermione. Su principal razón para seguir sin perder la cabeza. Había sido un apoyo excepcional, estando ahí siempre, en las buenas y en las malas, en los días depresivos y más alegres.

Hermione. Le había ocultado un hijo, pocas veces pensaba si aquello hubiera cambiado las cosas. Pensaba que sí, lo hubieran hecho, pero todo, de alguna manera, siempre volvería a cómo debería ser. Sus vidas ya estaban trazadas de esa manera. Habían tenido que sufrir demasiado para finalmente volver a estar juntos.

Y permanecían así. El amor aún los unía a pesar de las adversidades.

Ella había curado, hace muchos años atrás, su espalda. La única que pudo hacerlo, la mejor Pocionista, bueno, después de Snape, pero no se lo diría. Gracias a ella, las molestias y las constantes botellas de poción para el dolor se habían ido. Nunca había dudado de su inteligencia, pero grandes maestros en aquellas artes habían intentado ayudarle hasta que finalmente ella había dado con lo que realmente necesitaba.

Sonrió.

Hace dos días, ambos, habían decidido viajar a Australia. Esta semana era el aniversario número once de Altair, Alex los había recibido y alojado en su casa. Andrew había estado unos días con ellos, en la mansión, y llegaría más tarde. Había ido a buscar a su novia al andén 93/4.

—Nos levantamos ya —murmuró adormilada, Hermione. Sus ojos aún estaban cerrados.

—Son las nueve en punto —murmuró a su vez.

—¿Llevas mucho despierto? —la mujer se acomodó de lado mirando el perfil de su esposo.

—No mucho —mintió. Había despertado luego de una pesadilla, esas fechas siempre se acentuaban más—. Siento haberte despertado —y dicho esto la besó castamente.

—No lo hiciste, creo que ya es hora de ponernos en pie —sonrió un poco ante el gesto de su marido.

—Tienes razón. Alex ya debe estar allá, es mejor que nos apresuremos.

Se levantó dirigiéndose al baño.

Hermione admiró la espalda desnuda y recuperada de Draco, aún había cicatrices, pero el dolor ya no era parte de su vida.

Lo imitó siguiéndolo hasta allí.

Once años habían pasado desde que Altair y su bebe habían muerto. Las cosas habían estado muy delicadas los primeros meses, por un minuto llegó a pesar que su matrimonio peligraba, pero solo había sido eso, temor. Draco había estado depresivo y en plan vengativo hacia su ex-esposa, esos sentimientos los habían acompañado durante un tiempo, y más cuando supo que ella seria traslada a un hospital.

Los años fueron menguando el duelo ante la pérdida, Hermione podía ponerse en sus zapatos y sentir su dolor, ella era madre y, de cierta forma, aún sentía culpa por sus actos pasados.

Hugo y Rose. Hugo había cambiado su actitud y ahora estaba más cercano a ella, incluso de vez en cuando cenaba con ellos. Su hijo había cambiado luego de lo que había pasado y, además, tenía a Emma quien regresaba a su casa después de graduarse. Lamentaba no estar ahí, pero esta noche regresarían y tendrían una cena sorpresa para ella.

Su pequeña, Rose había decidido dedicar su vida al Quidditch, algo que siempre compartió con Ron, estaba prometida con un chico amable y bueno, pronto darían a conocer la fecha de la boda.

Y Ron, su ex-marido, seguía siendo Auror y se había vuelto casar, conocía a su esposa, pero, aunque su relación era cordial, no hablan mucho. En este momento él estaba de viaje en algún punto del mundo.

—¿Estás lista? —Draco besó su desnudo hombro. El día estaba cálido y había decidido usar un vestido ligero para esa mañana.

—Lista.

—Bien, vamos.

Draco entrelazó sus manos y se dirigió a la puerta.

No importaba lo mucho que él disimulara, la mujer sabía que estaba nervioso y ansioso por llegar hasta el cementerio.

Lo entendía. Ella estaría igual.

No importaba cuantos años pasaran, Altair aún permanecería entre ellos.

—Necesitamos hablar con Alex, sobre Andrew. Creo que ya es tiempo.

Draco suspiró —Es decisión de él, revelárselo o no.

—Emma ya cumplió la mayoría de edad y ambos deberían conocerse y saber que son medios hermanos.

Más pronto que tarde, esa conversación sería difundida hacia Alex y Hugo, ellos tenían la última palabra en este asunto. Ellos podrían evitar que sus hijos sufrieran en el futuro.