Capítulo nueve

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Daphne vivía en la casita más bonita del Bosque del Ruiseñor. Estaba sola en medio de una gran arboleda, lo que significaba que podía tocar la guitarra eléctrica siempre que quisiera porque nadie se quejaba.

Daphne se pierde

Gray tenía el teléfono móvil pegado a una oreja y el teléfono de la casa de huéspedes pegado a la otra, y se paseaba nervioso por el vestíbulo ladrándole órdenes a su gestor y a otra persona que debía de ser su secretaria o su casera. Detrás de él, una imponente escalinata de nogal subía medio piso y luego seguía hacia arriba formando un ángulo recto. Las barandas estaban llenas de polvo, y la alfombra que recubría los escalones, aunque tenía un bonito estampado, necesitaba con urgencia un aspirador. Una urna llena de plumas de pavo decaídas coronaba una pilastra en el rellano.

Los pasos de Gray la estaban poniendo nerviosa, así que Juvia decidió explorar la casa mientras él hablaba. Con Roo trotando detrás de ella, avanzó lentamente hacia el salón de delante. El sofá capitoné y unas agradables sillas viejas estaban tapizados con bonitas telas de ranúnculos y rosas. Estampas botánicas y escenas pastorales colgaban en marcos dorados de las paredes de color crema, y unas cortinas de encaje flanqueaban las ventanas. Candelabros de latón, una vasija china y algunas cajas de cristal ornamentaban la repisa de la chimenea. Por desgracia, el latón estaba deslustrado, el cristal mate y la vasija llena de polvo. Una alfombra oriental punteada de pelusas contribuía a darle a la estancia el aire de dejadez general.

Una mesa de estilo reina Ana y diez sillas de respaldo alto a juego embellecían el comedor, al otro lado del pasillo. La característica dominante de la sala era una ventana salediza cuadrada que proporcionaba una generosa panorámica del lago y los bosques. Juvia sospechó que los altos floreros de cristal del aparador habrían contenido flores frescas cuando tía Judith todavía vivía, pero ahora la repisa de mármol estaba abarrotada de bandejas de servir el desayuno.

Atravesó una puerta de la parte posterior y entró en una trasnochada cocina campestre alicatada con azulejos azules y blancos, y equipada con unos armarios de madera sobre los cuales había una colección de cántaros de porcelana. En el centro, una robusta mesa rústica con una plancha de mármol servía como espacio de trabajo, pero ahora su superficie estaba repleta de cuencos sucios, cáscaras de huevo, mesuras y un tarro abierto con arándanos secos. El moderno horno, de tamaño de restaurante, necesitaba una limpieza, y la puerta del lavaplatos estaba mal cerrada.

Frente a las ventanas había una mesa redonda de roble para cenas informales. Cojines estampados cubrían el asiento de las sillas rústicas, y del techo, justo sobre la mesa, colgaba un candelabro de estaño con algún que otro golpe. Detrás de la casa, el patio bajaba en pendiente hacia el lago, flanqueado por el bosque.

Juvia echó una mirada furtiva a una gran despensa bien abastecida que olía a especias para hornear; luego entró en una pequeña habitación contigua, donde, encima de una vieja mesa de taberna, un moderno ordenador indicaba que aquello era el despacho. Estaba cansada de andar, así que se sentó y lo conectó. Veinte minutos más tarde oyó a Gray.

-¡Juvia! ¿Dónde demonios te habías metido?

Aquella rudeza slytherin no merecía una respuesta, así que hizo oídos sordos y abrió otro archivo.

Para ser un hombre tan grácil, aquella mañana sus pasos eran inhabitualmente pesados, y Juvia le oyó llegar mucho antes de que él la localizara.

-¿Por qué no me has respondido?

Juvia recolocó el ratón mientras él se acercaba por detrás, y decidió que había llegado el momento de plantarle cara.

-Lo siento, entre tanto rugido me cuesta entender lo que dices.

-¡Yo no rugía! ¡Yo estaba...!

Como calló de pronto, Juvia alzó la mirada para ver qué le había distraído. Detrás de la ventana, una mujer muy joven con un reducido pantalón corto negro y un top ajustado pasó corriendo por el jardín, seguida por un hombre igualmente joven. Ella se volvió y corrió hacia atrás, riendo y burlándose de él. Él le gritó algo y la muchacha asió el dobladillo de su top y tiró de él hacia arriba, mostrándole por unos instantes sus pechos desnudos.

-Uf –dijo Gray.

Juvia sintió calor en la piel.

El joven la tomó por la cintura y la arrastró hacia el bosque para que no les pudieran ver desde el camino, aunque Gray y Juvia podían verles claramente desde donde estaban. El joven se apoyó contra el tronco de un viejo arce. Ella saltó de inmediato encima de él y se abrazó con las piernas a su cintura.

Juvia sintió agitarse la lenta pulsación de la sangre inactiva mientras observaba a los jóvenes amantes devorarse el uno al otro. Él asió el trasero de la chica. Ella apretó sus senos contra el pecho del mozo y luego, apoyando los codos en sus hombros, le agarró la cabeza con fuerza, como si no le estuviera besando ya lo bastante a fondo.

Juvia oyó que Gray se movía detrás de ella, y su cuerpo experimentó un perezoso estremecimiento. Sentía su altura asomándose por detrás de ella, percibía su calidez a través de su fino top. ¿Cómo podía oler tan bien alguien que se ganaba la vida sudando?

El joven le dio la vuelta a su amante para que apoyara su espalda contra el árbol. Metió su mano bajo la camiseta y le magreó un pecho.

Juvia sintió un hormigueo en sus pechos. Quería dejar de mirar, pero no lo lograba. Aparentemente, Gray tampoco, porque no se movió y su voz pareció vagamente ronca.

-Diría que acabamos de echarles la vista encima a Meredy y Lyon.

La joven se dejó caer en el suelo. Era bajita, pero pasilarga; tenía el pelo rosa fuerte y lo llevaba recogido con una diadema violeta. El pelo de él era como el de su hermana, rubio casi llegando al blanco. Era un joven delgado y un poco más alto que la chica.

Las manos de ella se deslizaron entre sus cuerpos. Juvia sólo tardó un momento en descubrir qué estaba haciendo.

Desabrocharle los vaqueros.

-Lo van a hacer justo delante de nosotros -dijo Gray en voz baja.

Su comentario despertó a Juvia de su trance. Se apartó de un salto del ordenador y le dio la espalda a la ventana.

-No delante de mí.

Gray apartó la mirada de la ventana y la posó en Juvia. De entrada no dijo nada. Se limitó a observarla. Ella sintió de nuevo esas palpitaciones perezosas en su corriente sanguíneo. Le recordaron que, aunque habían tenido relaciones íntimas, ella no le conocía.

-¿Se está poniendo demasiado caliente para ti?

Juvia estaba sin duda más caliente de lo que hubiera querido estar.

-No me va el voyeurismo.

-Eso sí que me sorprende. Teniendo en cuenta que te gusta atacar a los desprevenidos, habría jurado que estaba entre tus predilecciones.

El tiempo no había ayudado a aliviar la vergüenza que sentía Juvia. Abrió la boca para pedir disculpas nuevamente, pero la expresión calculadora que descubrió en la mirada de Gray la detuvo. Con asombro, se dio cuenta de que Gray no tenía interés alguno en humillarla. Lo que pretendía era divertirse discutiendo.

Se merecía una de las mejores salidas de Juvia, pero su cerebro había estado inactivo durante tanto tiempo que le costó encontrar una respuesta.

-Sólo cuando estoy borracha.

-¿Estás diciendo que aquella noche estabas borracha?-dijo mirando hacia la ventana y luego de nuevo hacia ella.

-Totalmente piripi. Stolichnaya con hielo. ¿Por qué otro motivo crees que me comporté de aquella manera?

-No recuerdo que estuvieras borracha.

-Estabas dormido.

-Lo que recuerdo es que me dijiste que eras sonámbula.

Juvia soltó un resoplido simulando estar ofendida.

-Bueno, no quería confesarte que tenía problemas con el alcohol.

-Te veo muy recuperada, ¿no? -Sus ojos verdes eran demasiado perspicaces. -Sólo de pensar en el Stolichnaya me entran náuseas.

La mirada de Gray rastrilló lenta y pausadamente el cuerpo de Juvia.

-¿Sabes lo que pienso?

-No me interesa -respondió Juvia, tragando saliva.

-Creo que te resulté irresistible.

Juvia buscó en su mente imaginativa alguna réplica mordaz, pero lo mejor que se le ocurrió fue un penoso...

-Si eso te hace feliz...

Gray cambió de posición para tener mejor panorámica de la escena que estaban representando fuera.

-Eso tiene que doler -dijo, estremeciéndose.

Juvia apenas podía resistir las ganas de mirar.

-Estás enfermo. No mires.

-Es interesante -dijo ladeando ligeramente la cabeza-. Bueno, no conocía yo esa manera de abordar el asunto.

-¡Basta!

-Ni siquiera creo que sea legal.

Ella no pudo soportarlo más y se volvió rápidamente: los amantes se habían esfumado. La risita de Gray tuvo algo de diabólica.

-Si sales corriendo, tal vez aún puedas atraparles antes de que acaben.

-Te crees muy gracioso.

-Bastante divertido, la abuela de mi mejor amigo dice que debería dejar el futbol, que lo mio es el humor.

-Pues esto sí que te va a divertir. Me he sumergido en los archivos del ordenador de tu tía Judith, y parece que la casa de huéspedes está reservada hasta bien entrado septiembre. Y la mayoría de las casitas, también. Es increíble la cantidad de gente que está deseosa de pagar por venir aquí.

-Déjame ver eso -dijo dándole un ligero empujón para llegar al ordenador.

-Que te diviertas. Voy a buscar algún lugar donde hospedarme -dijo Juvia. Gray ya estaba ocupado explorando la pantalla y no respondió, ni siquiera cuando ella alargó el brazo por delante de él para coger la hoja de papel que había utilizado para anotar los nombres de las casitas desocupadas.

En la pared, junto al escritorio, había un tablero de clavijas. Juvia encontró las llaves apropiadas, se las metió en el bolsillo y se dirigió a la cocina. No había comido en todo el día, y por el camino tomó una rebanada del pan de arándanos de Charlotte Long que había sobrado. Al primer bocado comprendió que la señora Long tenía toda la razón del mundo al decir que no era muy buena cocinera, y tiró la rebanada a la basura.

Cuando llegó al vestíbulo, la curiosidad pudo más que el cansancio y subió las escaleras para ver el resto de la casa. Roo trotó a su lado mientras echaba un vistazo a las habitaciones de huéspedes. Cada una estaba decorada de un modo distinto. Había rincones para libros, bonitas vistas desde las ventanas, y los toques de decoración hogareña que la gente esperaba encontrar en una casa de huéspedes de categoría.

Descubrió un nido de pájaros lleno de canicas antiguas sobre una pila de sombrereras de época. Una colección de botellas de farmacéutico junto a una jaula de alambre para pájaros. Trabajos de bordado en marcos ovalados, antiguos letreros de madera, y maravillosos jarrones de gres, que debían de haber contenido flores, repartidos por la casa. También vio camas por hacer, cubos de basura demasiado llenos, y bañeras mugrientas con las toallas usadas a modo de cortinas. Quedaba claro que Meredy prefería retozar entre los árboles con su recién estrenado marido que limpiar.

Al llegar al final del pasillo, abrió la puerta de la única habitación que no había sido alquilada. Lo supo porque estaba ordenada. A juzgar por las fotos de familia apoyadas sobre el tocador, había sido la habitación de Judith. Ocupaba la esquina de la casa, incluido el torreón. Se imaginó a Gray durmiendo tras la cabecera tallada. Era tan alto que tendría que acostarse en la cama en diagonal.

Le vino una imagen de su aspecto la noche en que se había metido en la cama con él. La apartó de su mente y bajó las escaleras. Al salir al porche principal percibió el olor de los pinos, de las petunias y del lago. Roo metió el hocico en un macetero.

No había nada que deseara más que hundirse en una de las mecedoras y echarse una siesta, pero como no pensaba compartir con Gray el dormitorio de la tía Judith, tenía que encontrar un lugar donde quedarse.

-Vamos, Roo. Iremos a visitar las casitas vacías. Uno de los archivos del ordenador contenía un plano que marcaba la ubicación de cada casita. Cuando se acercó al espacio comunitario, observó pequeños letreros pintados a mano junto a la entrada principal: TROMPETA DE GABRIEL, LECHE Y MIEL, VERDES PASTOS, BUENA NUEVA .

Cuando pasaba junto a Escalera de Jacob un hombre huesudo y elegante salió del bosque. Por su aspecto, tendría unos cincuenta y muchos, notablemente más joven que los demás residentes a los que había visto. Juvia le saludó con la cabeza y recibió una brusca sacudida, también con la cabeza, como respuesta.

Juvia siguió en dirección contraria, hacia Árbol de la vida, una casa rosa con un seto de ciruelos y espliego. Estaba vacía, igual que Cordero de Dios. Ambas eran encantadoras, pero decidió que quería tener más intimidad que la que permitían las casas, situadas junto al espacio comunitario, así que se dirigió hacia las casas más aisladas que se erguían a lo largo del camino que corría paralelo al lago.

Tuvo una extraña sensación de déjá vu. ¿Por qué le parecía tan familiar aquel lugar? Cuando dejó atrás la casa de huéspedes, Roo hizo unas cabriolas, se paró a olisquear una mata de pamplinas y finalmente descubrió una atractiva mancha de hierba. Al llegar al final del camino, Juvia vio, al abrigo de una arboleda, exactamente lo que quería: Lirios del campo.

La diminuta casita había sido pintada recientemente con el más suave de los tonos amarillo crema con el que contrastaban el azul pálido y el rosa tenue, como el del interior de una concha marina, de la cerca. Juvia sintió un dolor en el pecho. La casita parecía una guardería.

Subió las escaleras y descubrió que la puerta de red metálica chirriaba, como tenía que ser. Buscó la llave correspondiente en su bolsillo y abrió la cerradura. Luego entró.

La casita estaba decorada con un estilo pobre aunque elegante, muy distinto del estilo en boga. Las paredes, pintadas de blanco, eran viejas y maravillosas. Bajo un guardapolvo encontró un sofá tapizado con un estampado descolorido. Un maltrecho tronco de árbol delante del sofá servia como mesita de café. Junto a una de las paredes había un baúl de pino desgastado y una lámpara de pie de latón. A pesar del olor a humedad, las paredes blancas y las cortinas de encaje hacían que todo pareciera aireado.

Saliendo a la izquierda, estaba la cocina: era minúscula y tenía un horno de gas anticuado y una pequeña mesa plegable con dos sillas rústicas parecidas a las que había visto en la cocina de la casa de huéspedes. El armario de madera pintada del fondo mostraba un genial batiburrillo de piezas de cerámica y de porcelana, y unas jarras pintadas a la esponja. Juvia sintió una punzada al ver el juego de platos para niños con dibujos de Perico Conejo, y apartó la mirada.

En el baño, junto a un antiguo lavabo de pie, había una bañera con patas en forma de garras. Una alfombra andrajosa cubría el suelo de tablas de madera irregulares, justo delante de la bañera, y en la parte superior de las paredes, cerca del techo, había estarcida una serie de parras.

Dos dormitorios ocupaban la parte posterior, uno diminuto y el otro lo bastante grande como para alojar una cama de matrimonio y una cajonera pintada. La cama, cubierta con una colcha descolorida, tenía una cabecera curvada de hierro, pintada de amarillo claro y con una cestita de flores como motivo en el centro. Una pequeña lámpara con pantalla de tela descansaba sobre la mesita de noche.

En la parte posterior de la casita, protegido por el bosque, había un porche resguardado. Algunas sillas de sauce se apoyaban contra la pared, y de una esquina colgaba una hamaca. En un solo día, Juvia había hecho más que en todas las semanas anteriores juntas, y le bastó ver la hamaca para darse cuenta de lo cansada que estaba.

Se acomodó en la hamaca. El techo de tablas estaba pintado con el mismo amarillo crema que el exterior de la casa, y las molduras aportaban un sutil toque rosado y azul. Qué lugar tan fantástico. Como una guardería.

Juvia cerró los ojos. La hamaca la mecía como una cuna. Se quedó dormida casi al instante.

El «klingon» salió a recibir a Gray a la puerta de la casita con un gruñido y enseñándole los dientes.

-No empieces, no estoy de humor.

Rodeó el perro y se encaminó hacia el dormitorio. Dejó la maleta de Juvia, y luego se dirigió a la cocina. No estaba allí. Sin embargo, la había visto cruzar la puerta de acceso a la cocina... Gray la encontró en el porche, dormida en la hamaca, y se quedó observándola.

Se la veía pequeña e indefensa. Tenía una mano doblada bajo la barbilla, y un mechón de cabellos azules le caía sobre la mejilla. Tenía las pestañas espesas, aunque no lo bastante como para ocultar esas oscuras ojeras; Gray se sintió culpable por cómo se había portado con ella. De todos modos, algo le decía que ella no reaccionaría muy bien a unos mimos. Aunque tampoco pensaba mimarla. Todavía estaba demasiado resentido.

Pasó su mirada por el cuerpo de ella, y se quedó dudando. Llevaba un pantalón capri de color rojo chillón y una arrugada blusa amarilla sin mangas con uno de esos cuellos chinos. Cuando estaba despierta y su habitual personalidad de listilla en activo, se hacía difícil distinguir su ascendencia corista. Dormida, en cambio, era otra historia. Tenía unos tobillos elegantes, las piernas esbeltas, y las caderas formaban una curva suave y bonita. Bajo la blusa, sus pechos subían y bajaban, y a través del cuello en forma de V, Gray entrevió algo de encaje negro. Su mano derecha hizo un amago de abrir los botones para ver más.

Gray se enfadó por tener aquella reacción. En cuanto volviera a Chicago, sería conveniente que llamara a algún antiguo ligue: estaba claro que hacía demasiado tiempo que no practicaba el sexo, y Dios era testigo que los últimos meses ninguna mujer había ocupado su cama.

Cada vez que buscaba sobrepasarse recordaba a Juvia tratando de salvar a su hijo, lo detenía, esa fue una de las razones por las que su conciencia lo obligo a traerla al campamento, necesitaba estar en paz con el mismo.

El «klingon» debió de leer sus pensamientos, porque empezó a gruñirle y luego ladró.

Los ladridos de Roo despertaron a Juvia. Abrió los ojos y se sobresaltó al ver la sombra de un hombre asomándose sobre ella. Intentó sentarse demasiado deprisa y la hamaca se ladeó. Gray la atrapó antes de que cayera y la puso en pie.

-¿Nunca piensas antes?

Juvia se apartó los cabellos de los ojos y parpadeó para despertarse.

-¿Qué quieres?

-Avísame la próxima vez que vayas a desaparecer-dijo él.

-Ya lo he hecho -repuso bostezando-. Pero estabas demasiado ocupado mirando los pechos de Meredy para prestar atención.

Gray cogió una de las sillas de sauce de la pared y se sentó. -Ese par son totalmente inútiles. Al momento en que les das la espalda, ya están montados el uno encima de la otra o viceversa.

-Están recién casados, es normal.

-Sí, ya, y nosotros también.

Juvia no pudo objetar nada a eso. Se dejó caer en el columpio de metal, pero resultó ser muy incómodo porque le faltaban los cojines.

La expresión de Gray se volvió calculadora.

-Algo que se puede decir en favor de Meredy es que ella al menos apoya a su marido.

-Sí, he visto cómo le apoyaba contra ese árbol...

-Son ellos dos contra el mundo. Trabajando juntos. Ayudándose. Un equipo.

-Si crees que estás siendo sutil, debes saber que no lo eres.

-Necesito ayuda.

-No oigo nada de lo que dices.

-Parece ser que no me podré desembarazar de este lugar durante el verano. Haré que venga alguien para hacerse cargo de todo esto lo antes posible, pero hasta entonces...

-Hasta entonces, nada. - Juvia se levantó del columpio-. No pienso hacerlo. Los lujuriosos recién casados pueden ayudarte. ¿Y qué me dices de Charlotte?

-Dice que detesta la cocina, y sólo lo estaba haciendo por mi madre. Además, un par de huéspedes han venido a buscarme, y ambos desaprueban los esfuerzos de Charlotte. – Gray se levantó y se puso a caminar con una energía inquieta que zumbaba como un antimosquitos-. Les he ofrecido devolverles el dinero, pero cuando se trata de las vacaciones, la gente no atiende a razones. Quieren que les devuelvan el dinero y, además, todo lo que les habían prometido en la revista Virginia.

-Victoria.

-Eso. La cuestión es que voy a tener que quedarme en este lugar dejado de la mano de Dios durante un poco más de tiempo del que había planificado.

A Juvia no le parecía dejado de la mano de Dios. Era delicioso, e intentó sentirse feliz por tener que quedarse más tiempo, pero lo único que sintió fue un vacío.

-Mientras te echabas tu sueñecito reparador, he ido al pueblo para poner un anuncio en las ofertas de trabajo del periódico local. Y resulta que el pueblo es tan minúsculo que el periódico es semanal, y ha salido hoy, ¡o sea que no hay otro hasta dentro de siete días! He hecho correr la voz entre la gente del pueblo, pero no sé si eso será muy eficaz.

-¿Crees que estaremos aquí una semana?

-No, hablaré con la gente. –Gray parecía dispuesto a morder alguna cosa-. Pero supongo que existe la posibilidad de que no pueda encontrar a nadie hasta que salga publicado el anuncio. Es una pequeña posibilidad, pero supongo que podría ocurrir.

Juvia se sentó en el columpio y dijo:

-Supongo que tendrás que encargarte de la casa de huéspedes hasta entonces.

Gray entrecerró los ojos.

-Parece que olvidas que hiciste la promesa de darme apoyo.

-¡No es verdad! –exclamó Juvia.

-¿Le prestaste alguna atención a las promesas de matrimonio que dijiste?

-Intenté no hacerlo –admitió Juvia-. No tengo por costumbre prometer cosas que sé que no voy a cumplir.

-Ni yo tampoco, y hasta ahora he mantenido mi palabra.

-¿Amar, honrar y obedecer? No lo creo.

-No fueron ésas las promesas que nos hicimos.

Gray se cruzó de brazos y la miró. Juvia intentó adivinar de qué le estaba hablando, pero sus únicos recuerdos de la ceremonia eran los caniches y la forma en que se había asido a la manita pegajosa de Andrew para el sí quiero. La recorrió una sensación de incomodidad

-No recuerdo los votos, creí que esos eran los tradicionales.

.- Nuestra boda que tuvo de tradicional? Estoy hablando de los votos que escribió Mira para nosotros -dijo Gray pausadamente-. ¿Estás segura de que ella no te los mencionó?

Sí que los había mencionado, pero Juvia se sentía tan infeliz que no había prestado ninguna atención.

-Supongo que no debía de estar escuchando.

-Pues yo sí. E incluso arreglé un par de las frases para hacerlas más realistas. Ahora tal vez no las diré exactamente, puedes llamar a tu hermana para verificarlo, pero el caso es que tú, Juvia , prometiste aceptarme a mí, Gray, como tu marido, al menos por un tiempo. Me prometiste respeto y consideración a partir de aquel día. Observa que no había ninguna mención al amor ni al honor. Prometiste no hablar mal de mí delante de los demás. –Gray la miró a los ojos y añadió-: Y ayudarme en todo lo que compartiéramos.

Juvia se mordió el labio. Era típico de Mira haber escrito algo así. Por supuesto, ella lo había hecho para proteger al bebé.

-De acuerdo -dijo Juvia sobreponiéndose-, eres un gran futbolista. Puedes contar con la parte del respeto. Y, si no contamos a Mira, a Laxus y a Roo, nunca les hablo mal de ti a los demás.

-Estoy a punto de llorar de emoción. ¿Y qué hay de la otra parte? ¿La de la ayuda?

-Eso se suponía que era por... Tú ya sabes por qué. –Juvia parpadeó y respiró profundamente-. Sin duda alguna, Mira no pretendía obligarme a ayudarte a llevar una casa de huéspedes.

-No te olvides de las casitas, y una promesa es una promesa.

-¡Me secuestraste y ahora quieres convencerme para realizar trabajos forzados!

-Sólo serán un par de días. Una semana, como máximo. ¿O tal vez eso es demasiado pedir para una niña rica?

-El problema es tuyo, no mío. Juvia a este punto estaba al borde de las lagrimas, su condición estaba tan baja que cualquier discusión la hacía caer en segundos, necesitaba huir en ese minuto.

Gray la miró fijamente durante un momento, y luego su rostro recuperó aquella mirada fría. -Sí, supongo que sí -admitió.

Gray no era de los que piden ayuda fácilmente, y Juvia lamentó su mal humor, pero ahora no estaba como para tener a gente a su alrededor. Aun así, debería haber rechazado su petición con algo más de tacto.

-Es que... no he estado en muy buena forma últimamente, y...

-Olvídalo -espetó Gray-. Ya me las apañaré solo.

Gray cruzó el porche y salió por la puerta de atrás.

Juvia estuvo andando arriba y abajo de la casa durante un rato, sintiéndose molesta consigo misma. Gray le había llevado la maleta. Juvia desabrochó la cremallera, pero volvió a salir al porche a mirar el lago.

Aquellos votos matrimoniales... Ella ya estaba preparada para romper los tradicionales. Incluso las parejas que se quieren de verdad lo pasan mal para mantener esos votos. Pero aquellos otros, los que había escrito Mira, eran distintos. Eran unos votos que cualquier persona de palabra debería poder mantener.

Gray lo había hecho.

-Maldita sea. Roo alzó la vista.

-No quiero tener a mucha gente a mí alrededor, sólo es eso. -Pero Juvia no se decía toda la verdad. Básicamente, no quería tener a Gray a su alrededor. Le echó un vistazo a su reloj, vio que ya eran las cinco, y miró con una mueca a su caniche.

-Me temo que nos tocará hacer fortalecimiento de la personalidad.


HOLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA xDD siento el retraso pero ya entre a clases y nunca pense que estaria tan llena de trabajos la primera semana XD mi horario ahora es de 8 de la mañana a las 5 y quiero llorar ToT

Dejando mi irresponsabilidad de lado XD quiero decirles que los capitulos ahora se subiran los Sabados o Domingos JSJASJJAS espero les haya gustado este 3 Estoy cambiando el estado emocional de Juvia XD en el libro creo que fue muy rapido el cambio de emociones de Juvia, yo lo cambie a lago mas lento, pasito a pasito (? esque acaba de perder un bebe, no puede estar saltando la cuerda de un dia para otro XDD

Ilovegruvia: ASJSAJSA Gracia estos reviews motivan mucho, siento no haberlo publicado antes pero estaba dandole los retoques :D Me encanta que te encante JASJAS como tarde mucho tratare de regalarles un capitulo dentro de esta semana (?