Capítulo diez

-Es demasiado peligroso – le dijo Daphne. -Ahí está la gracia – contestó Benny.

Daphne se pierde

Diez huéspedes se habían reunido en el salón de ranúnculos y rosas para el té de la tarde, aunque a Juvia le dio la impresión de que la revista Victoria no le daría su sello de aprobado a aquello. Sobre la mesa entarimada de un lado de la sala había una bolsa abierta de galletas Oreo, una lata de uva en conserva, una cafetera, vasos de plástico y una jarra que parecía contener té en polvo. A pesar de la comida, los huéspedes parecían pasarlo bien.

Los ornitólogos Pearson estaban en pie, detrás de dos ancianas sentadas en el sofá capitoné. Al otro lado de la sala, dos parejas de cabellos blancos conversaban. Los nudosos dedos de las mujeres lucían diamantes antiguos y anillos de aniversario más nuevos. Uno de los hombres tenía un bigote de morsa, el otro llevaba un pantalón corto de golf de color verde lima y unos zapatos blancos de charol. Otra pareja era más joven, de cincuenta y pocos, tal vez, prósperos hijos del baby boom que podrían haber salido de un anuncio de Ralph Lauren. Era Gray, sin embargo, quien dominaba la sala. De pie junto a la chimenea, parecía tanto el dueño de la hacienda que su pantalón corto y su camiseta de los Stars podrían haber sido unos pantalones y una chaqueta de montar.

-... o sea que el presidente de los Estados Unidos está sentado en la línea de cincuenta yardas, los Stars vamos perdiendo por cuatro puntos, sólo quedan siete segundos en el reloj y yo estoy casi seguro de haberme torcido la rodilla.

-Eso debe de ser doloroso -se compadeció la mujer del baby boom.

-Uno no nota el dolor hasta más tarde.

-¡Ya recuerdo ese partido! -exclamó su marido-. Le hiciste un pase de cincuenta yardas a Tippet y los Stars ganaron de tres.

Gray asintió con la cabeza, lleno de modestia.

-Tuve suerte, Chet.

Juvia puso los ojos en blanco. Nadie llegaba a la cima de la NFL confiando en la suerte. Gray había llegado donde estaba por ser el mejor. Su representación del buen muchacho de siempre podía parecerles encantadora a los huéspedes, pero ella conocía la verdad. Después de todo, fue su acosadora numero uno por años.

Aun así, mientras le miraba se dio cuenta de que lo que veía era el autodominio en acción, y, aunque de mala gana, le ofreció su respeto. Nadie sospechaba hasta qué punto detestaba Gray estar allí. Juvia había olvidado que era el hijo de un predicador, y no debería haberlo hecho. Gray era un hombre que cumplía con sus obligaciones, aunque las detestara. Tal como había hecho al casarse con ella.

-No me lo puedo creer -se alegró la señora Chet-. Cuando elegimos una casa de huéspedes en el remoto noreste de Michigan, nunca habríamos imaginado que nuestro anfitrión sería el famoso Gray Fullbuster.

Gray le regaló una de sus expresiones zalameras. Juvia quería decirle a la buena mujer que no se molestara en intentar flirtear con él, puesto que no tenía acento extranjero.

-Me gustaría escuchar cómo te eligieron para la liga -dijo Chet recolocándose el jersey de algodón de la marina que llevaba sobre los hombros de su vistoso polo verde.

-¿Qué me dices, compartimos una cerveza en el porche más tarde, por la noche? -le propuso Gray.

-No me importaría unirme a vosotros -se interpuso bigote de morsa mientras pantalón verde lima asentía con la cabeza.

-Pues nos encontramos todos -dijo Gray amablemente.

John Pearson daba cuenta de las últimas Oreo. -Ahora que Betty y yo te conocemos en persona, tendremos que hacernos seguidores de los Stars. ¿No... mmm... habrás encontrado alguno de los pasteles de limón y semillas de amapola de Mika en el congelador, por casualidad?

-No tengo ni idea -dijo Gray-. Y eso me recuerda que debo pedir disculpas por adelantado por el desayuno de mañana. Lo máximo que puedo hacer son tortitas con algunos ingredientes, así que, si deciden marcharse, lo entenderé. La oferta de devolverles el doble de su dinero sigue en pie.

-Ni se nos ocurriría marcharnos de un lugar tan encantador -dijo la señora Chet lanzándole a Gray una mirada que llevaba escrita la palabra adulterio-. Y no te preocupes por el desayuno. Te echaré una mano encantada.

Juvia hizo lo que le tocaba para proteger los Diez Mandamientos y se obligó a cruzar la puerta y entrar en el salón.

-No va a ser necesario. Sé que Gray quiere que se relajen mientras están aquí, y creo que puedo prometer que la comida será un poco mejor mañana.

Gray parpadeó, aunque si ella esperaba que cayera a sus pies como muestra de agradecimiento, se olvidó de la idea al oír su presentación.

-Ella es mi hostil esposa, Juvia.

-No parece hostil -le dijo la esposa de bigote de morsa a su amiga con un susurro perfectamente audible.

-Eso es porque no la conoce –murmuró Gray.

-Mi esposa es un poco dura de oído -dijo el señor Bigote, sorprendido como los demás por la presentación de Gray. Varias de las personas del salón la observaron con curiosidad. No había duda de que la revista People se vendía...

Juvia intentó enojarse, aunque era un alivio no tener que fingir que eran una pareja felizmente casada.

John Pearson dio enseguida un paso adelante.

-Su marido tiene mucho sentido del humor. Estamos encantados de que cocine para nosotros, señora Fullbuster.

-Llámeme Juvia, por favor. Y ahora, si me perdonan, voy a inspeccionar las existencias de la despensa. Y ya sé que sus habitaciones no están tan ordenadas como sería de esperar, pero Gray las limpiará para ustedes antes de la hora de acostarse.

Mientras avanzaba por el pasillo, decidió que el señor Tipo Listo no tenía que tener siempre la última palabra.

Su satisfacción se esfumó en cuanto abrió la puerta de la cocina y vio a los jóvenes amantes practicando el sexo contra la nevera de Mika. Se volvió de inmediato y chocó con el pecho de Gray, que echó un vistazo por encima de su cabeza.

-Oh, por el amor de Dios...

Los amantes se separaron de golpe. Juvia estaba a punto de apartar la mirada, pero Gray entró en la cocina. Miró a Meredy, que, con la diadema colgándole descuidadamente de los cabellos, se estaba abrochando mal los botones

-Creía que te había dicho que lavaras esos platos -le espetó Gray.

-Sí, bueno, es que...

-Lyon, se supone que tú deberías estar segando la hierba del espacio comunitario -le recordó al chico.

Lyon se peleaba con su bragueta.

-Justo ahora me disponía a...

-¡Sé exactamente a qué te disponías, y créeme, con eso no consigues que la hierba quede segada!

Lyon frunció el ceño y murmuró algo entre dientes.

-¿Decías algo? -ladró Gray, tal como debía hacer con los novatos del equipo. La nuez de Lyon se movió.

-Aquí... hay demasiado trabajo por lo que nos pagan.

-¿Y eso cuánto es? Lyon se lo dijo y Gray lo duplicó al momento. A Lyon le brillaron los ojos.

-Genial.

-Pero hay un inconveniente -dijo Gray pausadamente-. Vais a tener que trabajar realmente por ese dinero. Meredy, cielo, ni se te pase por la cabeza marcharte esta noche hasta que las habitaciones de los huéspedes estén limpias como una tacita de plata. Y tú, Lyon, tienes una cita con la segadora de césped. ¿Alguna pregunta?

Cuando asintieron respetuosamente, Juvia observó dos chupetones a juego en sus cuellos. Algo se removió en la boca de su estómago.

Lyon salió por la puerta, y al ver la mirada anhelante de Meredy, recordó a Juvia la expresión que había en los ojos de Ingrid Bergman al despedirse para siempre de Humphrey Bogart en la pista de aterrizaje de Casablanca.

¿Qué se debía sentir al estar tan enamorado? Volvió a tener el mismo temblor desagradable en el estómago. Sólo cuando los amantes se hubieron marchado se dio cuenta de que eran celos. Ellos tenían algo que ella parecía condenada a no experimentar jamás.

Pocas horas después, Juvia dio un paso atrás para admirar el rincón hogareño que había creado para sí misma en el porche cubierto de la casita guardería. Había colocado los cojines a rayas azules y amarillas en el columpio y los que estaban forrados con una tela de cretona, en las sillas de sauce. La pequeña mesa plegable decapada en blanco de la cocina estaba ahora a un lado del porche, junto a dos sillas rústicas desparejadas. Al día siguiente saldría a buscar algunas flores para adornar la regadera que había colocado encima de la mesa.

Con algunos de los productos básicos que se había traído de la casa de huéspedes, se preparó una tostada con huevos revueltos. Mientras Roo echaba una cabezadita, Juvia contempló la puesta de sol tras el brazo de lago que se distinguía entre los árboles. Todo olía a pino y al húmedo y lejano aroma del agua. Juvia oyó el sonido definitivamente humano de unos pies pisando hojas. En casa se habría alarmado. Aquí, se reclinó en la silla y esperó a ver quién aparecía. Por desgracia, era Gray.

No había echado el pestillo de la puerta de red metálica, y no se sorprendió cuando él entró sin ser invitado.

-En el folleto pone que el desayuno es de siete a nueve. ¿Qué clase de gente puede querer desayunar tan temprano cuando está de vacaciones? –Gray dejó un reloj despertador sobre la mesa y luego se fijó en los restos del huevo revuelto-. Podrías haberme acompañado al pueblo y comerte una hamburguesa -dijo de mala gana.

-Gracias, pero no me van las hamburguesas.

-¿Así que eres vegetariana como tu hermana?

-No soy tan estricta. Ella no come nada que tenga cara. Yo no como nada que tenga una cara mona.

-Eso aún no lo había oído nunca.

-De hecho, es un sistema muy bueno para comer sano. Aunque pareciera que no hubiera comido en semanas pensó para si mismo Gray.

-Veo que consideras que las vacas son monas -dijo Gray con escepticismo.

-Me gustan mucho las vacas. Son monas, sin duda.

-¿Y qué me dices de los cerdos?

-¿Te suena la película Babe, el cerdito valiente?

-Pues casi que no pregunto por las ovejas.

-Te agradecería que no lo hicieras. Ni por los conejos -dijo con un escalofrío-. No me atraen ni los pollos ni los pavos, así que ocasionalmente hago una excepción. También como pescado, puesto que puedo evitar a mi favorito.

-El delfín, me imagino -dijo él acomodándose frente a Juvia en la vieja silla de madera y mirando a Roo, que se había despertado lo justo para soltar un gruñido-. A mí hay algunos animales que me parecen auténticamente repulsivos.

Juvia le devolvió su sonrisa más sedosa.

-Es bien sabido que los hombres a los que no les gustan los caniches son los mismos que trocean cadáveres humanos en los vertederos de basura.

-Sólo cuando me aburro.

Juvia se rió, pero se contuvo al darse cuenta de que Gray estaba desplegando su encanto para ella, y ella había estado a punto de dejarse atrapar. ¿Se suponía que era ésa su recompensa por haber aceptado a ayudarle?

-No entiendo por qué te desagrada tanto este lugar. El lago es precioso. Se puede nadar, ir en barca, pasear. ¿Qué tiene eso de malo?

-Cuando eres el único niño y tienes que atender a un servicio religioso cada día, pierde su encanto. Además, el tamaño de los motores para las barcas está limitado, así que adiós al esquí acuático.

-Y a las motos acuáticas.

-¿Cómo?

-Nada. ¿No había nunca más niños por aquí?

-A veces aparecía el nieto de alguien y se pasaba aquí algunos días. Era el momento culminante de mi verano. –Gray hizo una mueca y añadió-: Claro que la mitad de las veces el nieto era una niña.

-Qué dura es la vida.

Gray dejó caer todo su peso en el respaldo de la silla hasta que ésta se apoyó únicamente sobre dos patas. Juvia deseó que se cayera, pero su coordinación era demasiado buena para que eso pudiera ocurrir.

-¿De verdad sabes cocinar, o sólo alardeabas ante los huéspedes?

-Sólo alardeaba -respondió ella con la esperanza de ponerle nervioso. Su cocina cotidiana tal vez dejaba algo que desear, pero le encantaba cocinar al horno, sobre todo para sus sobrinos. Su especialidad eran las galletas de azúcar con orejas de conejito.

-Genial. -Las patas de la silla golpearon el suelo-. Dios mío, qué aburrido es este lugar. Vamos a pasear junto al lago antes de que anochezca.

-Estoy muy cansada.

-Hoy todavía no has hecho lo suficiente para estar cansada. -Al no tener adónde ir, la desbordante energía de Gray casi lo ahogaba, así que Juvia no debería haberse sobresaltado cuando la tomó por la muñeca y la levantó de su asiento-. Vamos, hace dos días que no puedo ejercitarme. Me va a entrar un telele.

Juvia se desasió.

-Pues ve a ejercitarte ahora. Nadie te lo impide.

-Pronto tendré que reunirme con mi club de fans en el porche de entrada. Y tú tienes que hacer ejercicio, así que no seas tan testaruda. Tú quédate aquí, «Godzilla».

Gray abrió la puerta de red metálica y empujó suavemente a Juvia, luego la cerró de golpe ante los agudos ladridos de Roo.

Juvia no ofreció una auténtica resistencia, aunque estaba agotada y sabía que no era una buena idea estar a solas con él, desde que había llegado al campamento había querido recorrer el lugar.

-No estoy de humor, y quiero a mi perro.

-Si yo dijera que la hierba es verde, me llevarías la contraria -dijo arrastrándola por el camino.

-Me niego a ser simpática con mi secuestrador.

-Para ser una secuestrada, no te esfuerzas demasiado en escaparte.

-Me gusta este lugar.

Gray se volvió para echarle un vistazo al confortable rincón que Juvia se había creado en el porche.

-Lo próximo que harás será contratar a un decorador.

-A las chicas ricas nos gustan . las comodidades, aunque sea sólo por unos días.

-Eso imagino.

El camino se hacía más ancho al llegar al lago, luego serpenteaba a lo largo de la orilla y finalmente volvía a estrecharse y se inclinaba notablemente hacia lo alto de un pequeño acantilado rocoso que dominaba el lago. Gray señaló en dirección contraria.

-Hacia allí hay tierras pantanosas, y detrás del campamento hay un prado con un arroyo.

-El prado de Bobolink.

-¿Qué?

-Es un... Nada. Era el nombre de un prado que lindaba con el Bosque del Ruiseñor.

-Desde lo alto del acantilado se disfruta de una bonita vista del pueblo.

Juvia observó aquel camino escarpado.

-No tengo suficiente energía para la escalada.

-Pues entonces no llegaremos hasta arriba.

Juvia sabía que Gray mentía, quería recriminarle por tantas cosas, y se moria de ganas por golpear su bonito rostro. Aun así, sus piernas no estaban tan débiles como el día anterior, así que se puso a andar a su lado.

-¿De qué vive la gente del pueblo?

-Básicamente del turismo. El lago tiene buena pesca, pero está tan aislado que no se ha sobreexplotado como ha ocurrido en otros lugares. Hay un campo de golf decente, y algunos de los mejores senderos de trekking del estado se encuentran justamente en esta región.

-Me alegro de que nadie lo haya estropeado convirtiéndolo en un centro de veraneo.

El camino empezaba a empinarse hacia arriba, y Juvia necesitó todo su aliento para escalarlo. No se sorprendió al ver que Gray la dejaba atrás, pero sí al descubrir que era capaz de seguir adelante.

Gray la llamó desde lo alto del acantilado.

-No estás como para hacer un anuncio de un gimnasio, ¿eh?

-Sólo me he saltado -dijo jadeando- unas pocas clases de Tae-Bo.

-¿Quieres que busque una bombona de oxígeno?

Juvia resoplaba demasiado como para contestar. Cuando llegó a la cima y vio las vistas, se alegró de haber hecho el esfuerzo. Todavía había luz suficiente para ver el pueblo en el extremo opuesto del lago. Tenía un aspecto pintoresco y rústico. Las barcas se balanceaban en el puerto y el campanario de la iglesia asomaba entre los árboles y se recortaba sobre el cielo irisado.

Gray señaló un grupo de casas de lujo más cercanas al acantilado.

-Esas de ahí son segundas residencias. La última vez que estuve aquí, todo eso eran bosques, aunque todo lo demás no parece haber cambiado demasiado.

-Es tan bonito -dijo Juvia disfrutando de la vista.

-Supongo -dijo Gray avanzando hacia el borde del acantilado, desde donde miró las aguas-. Solía lanzarme en picado desde aquí, de pequeño.

-Un poco peligroso para un niño solo, ¿no?

-Ahí estaba la gracia.

-Tus padres debían de ser unos santos. No me imagino cuántos apuros les... –Juvia se interrumpió al darse cuenta de que Gray, en lugar de escucharla, se estaba quitando los zapatos.

El instinto la empujó a dar un paso adelante, pero llegó demasiado tarde. Se había lanzado al vacío, con ropa y todo.

Juvia dio un grito sofocado y corrió hacia el borde justo a tiempo para ver la silueta de su cuerpo entrando limpiamente en el agua, sin apenas salpicar.

Juvia esperó, pero Gray no salía. Se llevó la mano a la boca. Inspeccionó las aguas sin poder verle.

-¡Gray!

Entonces la superficie se rizó y su cabeza emergió. Juvia resopló y volvió a tomar aire mientras él se volvía para contemplar el cielo del atardecer. El agua se deslizaba entre sus cabellos, y había en su mirada un brillo triunfal.

Juvia cerró el puño y le gritó:

-¡Idiota! ¿Estás totalmente chiflado?

Gray miró hacia arriba desde el agua y le mostró sus dientes relucientes.

-¿Te vas a chivar a tu hermana mayor?

Juvia estaba tan furiosa que pateó el suelo con fuerza.

-¡No tenías ni idea de la profundidad que había para saltar de cabeza!

-Era lo bastante profundo la última vez que me tiré.

-¿Y cuánto tiempo hace de eso?

-Unos diecisiete años -dijo nadando de espaldas-. Pero ha llovido mucho.

-¡Eres un cretino! Después de tantos golpes ya casi no te deben de quedar neuronas sanas!

-Estoy vivo, ¿verdad? –Gray exhibió una sonrisa diabólica-. Atrévete, conejita. El agua está muy buena.

-¿Te has vuelto loco? ¡No pienso saltar desde este acantilado! Gray se volvió hacia un lado y dio unas brazadas.

-¿No sabes saltar de cabeza?

-Por supuesto que sí. ¡Fui a campamentos de verano durante nueve años!

La voz de Gray la lamió con una mofa lenta y perezosa. -Seguro que saltas de pena.

-¡No es verdad!

-¿Acaso eres una gallina, entonces?

Cielo santo. Fue como si se disparara una alarma de incendios en su interior, y ni siquiera se quitó las sandalias. Simplemente se puso de puntillas sobre el borde de la roca y saltó al vacío, siguiendo a Gray a la locura.

Durante toda la caída intentó chillar.

Cayó al agua con menos gracia que Gray y salpicando mucho más. Cuando salió a la superficie, el agua resbalaba sobre la expresión de asombro de su cara.

-Joder-dijo Gray en un suave suspiro más propio de un rezo que de una palabrota. Y a continuación gritó-: ¿Se puede saber qué diablos has hecho?

El agua estaba tan fría que a Juvia se le había cortado la respiración. Hasta los huesos le temblaban.

-¡Está helada! ¡Eres un mentiroso!

-¡Si vuelves a hacer algo así...!

-¡Tú me has provocado!

-Y si te provocara a tomar veneno, ¿también serías tan estúpida de hacerlo?

Juvia no sabía si estaba más enfadada con él por haberla incitado a ser tan temeraria o consigo misma por haber mordido el anzuelo. Dio un manotazo en el agua, salpicando por doquier.

-¡Mírame! ¡Yo me comporto como una persona normal cuando estoy con la demás gente!

-¿Normal? -preguntó Gray pestañeando para librarse del agua que le había salpicado los ojos-. ¿Por eso te encontré escondida en tu apartamento con aspecto de perrita apaleada?

-¡Al menos allí estaba a salvo, no como aquí, donde acabaré pillando una pulmonía! -Los dientes de Juvia castañeteaban, y su ropa, helada y empapada, tiraba de ella-. ¿O acaso hacerme saltar desde un acantilado es tu idea de terapia?

-¡No creía que fueras a hacerlo!

-Estoy muy colgada, ¿recuerdas?

-Juvia...

-¡Juvia la loca!

-Yo no he dicho…

-Eso es lo que piensas. ¡Juvia la chiflada! ¡Juvia la lunática! ¡Loca de atar! ¡Certificable! ¡Al más mínimo aborto, pierde la chaveta!

Juvia se atragantó. No había querido decir eso, nunca había pretendido volver a sacar el tema. Pero la misma fuerza que la había hecho saltar del risco había hecho brotar las palabras.

Se hizo un silencio denso y pesado entre ambos. Cuando Gray lo rompió finalmente, Juvia percibió su compasión.

-Volvamos para que puedas calentarte -dijo, y empezó a nadar hacia la orilla.

Juvia se había echado a llorar, así que se quedó donde estaba.

Gray llegó a la orilla, pero en lugar de salir, volvió la cabeza y se quedó mirando a Juvia. El agua le llegaba a la cintura, y, con un murmullo suave, le dijo:

-Tendrías que salir. Pronto anochecerá.

Juvia tenía las manos entumecidas por el frío, pero no el corazón. La pena la dominaba. Quería hundirse bajo el agua y no volver a emerger jamás. Engulló aire y susurró unas palabras que jamás había querido decir.

-A ti no te importa, ¿verdad?

-Ahora no es momento de discutir -dijo Gray con ternura-. Vamos, te castañetean los dientes. Las palabras se deslizaron a través de la tirantez de su garganta.

-Sé que no te importa. E incluso lo entiendo.

-Juvia, no te hagas esto.

-Tuvimos una niña -susurró ella-. Pedí que lo miraran y me lo dijeran.

El agua lamía la orilla. Las palabras calladas de Gray flotaron sobre la superficie lisa.

-No lo sabía.

-La llamé Victoria.

-Estás cansada. No es el mejor momento.

Juvia sacudió la cabeza. Miró hacia el cielo. Le contaba la verdad, no para condenarle, sino para hacerle notar porqué nunca comprendería cómo se sentía ella.

-Perderla no significó nada para ti.

-No he pensado en eso. El bebé no era para mí algo tan real como lo era para ti.

-¡Ella! ¡No el bebé, ella!

-Perdona.

- La llame Victoria porque para mi era el mayor logro de mi vida… Ella era mi salvavidas…

-Perdona.

La injusticia de haberle atacado la dejó sin habla. No era justo condenarle por no compartir su sufrimiento. Era normal que el bebé no hubiera sido real para Gray. Él no había invitado a Juvia a su cama, no había querido un hijo, no había llevado a la criatura en su vientre.

-No, perdóname tú. No pretendía gritarte. Las emociones todavía me superan. -La mano le tembló mientras se apartaba un mechón de cabellos de delante de los ojos-. No volveré a sacar el tema. Te lo prometo.

-Salgamos del agua -dijo Gray con tranquilidad.

Juvia sintió las extremidades torpes por el frío y la ropa que le pesaba mientras nadaba hacia la orilla. Cuando llegó allí, él se había encaramado a una roca plana y baja.

Gray se agachó para ayudarla a subir a su lado. Juvia cayó de rodillas: se sentía como un despojo frío, chorreante y miserable.

Gray intentó alegrar los ánimos.

-Al menos yo me he quitado los zapatos antes de lanzarme. Tus sandalias deben de haberte caído al hundirte en el agua. Habría ido a por ellas, pero estaba demasiado perplejo.

La roca todavía conservaba parte del calor del día, y Juvia lo percibió ligeramente a través de la tela empapada de su pantalón corto.

-No importa. Eran mis sandalias más viejas.

Su último par de sandalias Manolo Blahnik. Dado el estado actual de su economía, tendría que sustituirlas por chancletas de goma para ducha.

-Puedes comprarte otras mañana, en el pueblo -dijo Gray levantándose-. Será mejor que volvamos antes de que te pongas enferma. ¿Por qué no empiezas a caminar? Te alcanzaré en cuanto haya recuperado mis zapatos.

Gray volvió a subir el camino. Juvia se abrazó para protegerse del frío del atardecer y puso un pie delante del otro, intentando no pensar. No había andado demasiado cuando Gray la alcanzó, con la camiseta y el pantalón corto pegados al cuerpo. Anduvieron en silencio durante un rato.

-El caso es... Gray se calló y Juvia le miró.

-¿Qué?

-No importa -dijo con cara de preocupación.

El bosque a su alrededor crepitaba con los sonidos del anochecer.

-Está bien -dijo Gray cogiendo los zapatos con la otra mano - Cuando hubo pasado todo... pues yo... no quise pensar más en ella.

Juvia lo comprendía, pero eso sólo la hacía sentirse aún más sola. Gray dudó. Juvia no estaba acostumbrada a aquello. Parecía siempre tan seguro.

-¿Cómo crees que...?-Gray se aclaró la voz-. ¿Cómo crees que habría sido Victoria?

A Juvia se le encogió el corazón. Una nueva oleada de dolor recorrió todo su cuerpo, pero esta vez era un dolor distinto. Más bien escocía, como el antiséptico sobre una herida.

Sus pulmones se expandieron, se encogieron, volvieron a expandirse. Se sorprendió al darse cuenta de que todavía respiraba, que sus piernas todavía se movían. Oyó a los grillos que empezaban con su serenata nocturna. Una ardilla saltó entre las ramas.

-Pues... –Juvia temblaba, y no estuvo muy segura de si el sonido que brotó de su garganta fue una risa sofocada o un sollozo postrero-. Guapísima, si hubiera salido a ti. -A Juvia le dolía el pecho, pero en vez de combatir el dolor, lo abrazó, lo absorbió, dejó que formase parte de ella-. Y exageradamente inteligente, si hubiera salido a mí.

-Y temeraria. Creo que esto de hoy lo demuestra. Así que guapísima, ¿eh? Gracias por el cumplido.

-Como si no lo supieras. Dijo Juvia tratando de reir.

Juvia sintió más ligero su corazón. Todavía le goteaba la nariz, y se la limpió con el revés de la mano.

-¿Y cómo es que te consideras tan inteligente?

-Summa cum laude. En Northwestern. ¿Qué tal tú?

-Me gradué.

Juvia sonrió, pero no quería dejar de hablar de Victoria. -Yo jamás la habría enviado a un campamento de verano -confesó.

-Yo jamás la habría obligado a ir a la iglesia todos los días durante el verano –asintió Gray.

-Eso es mucha iglesia.

-Nueve años son mucho campamento de verano.

-También podría haber salido torpe y mala estudiante.

-Victoria no.

Una pequeña cápsula de calidez envolvió el corazón de Juvia.

Gray aminoró el paso. Alzó la vista hacia los árboles y se metió una mano en el bolsillo. -Supongo que simplemente todavía no le tocaba nacer-dijo en un suspiro.

Juvia tomó aire y susurró:

-Supongo que no.


HOLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA XD volvi (? adivinen quien se enfermo apenas entro a clases :D esta nena XD ESTOY CON FARINGITIS ToT pero tengo mucho tiempo libre XDD asi que mejor (?

Este capitulo en particular lo encuentro demasiado triste, yo llore les juro XD mientras lo adaptaba y cambiava estaba hecha un mar de lagrimas XDD

espero les haya gustado :D

Saluditos