Capítulo doce

-¡Pastel de azúcar! -Benny se chupó los dedos-. ¡Me encanta el pastel de azúcar!

Daphne dice hola

A juzgar por la cara que puso Gray, se diría que Juvia le acababa de dar un puñetazo.

-¿Cómo lo has sabido? ¡Nadie lo sabe!

-Me lo he imaginado.

-No te creo. Ella te lo ha dicho. ¡Maldita sea!

-Ella no me ha dicho nada. Pero sólo conozco a otra persona que frunce el ceño a ese extremo, y esa persona eres tú.

-¿Lo has sabido sólo por eso?

-Ha habido un par de detalles más, ninguna súper estrella vendría a quedarse aquí de la nada, aunque fuera tu tía.

El anhelo que había visto en el rostro de Lilly cuando apareció Gray era demasiado intenso para una tía. Y Lilly le había dado alguna pista.

-Me ha contado lo joven que era cuando se fue de casa y los problemas que había tenido. Yo sabía que tus padres eran mayores. Ha sido una intuición.

-Una intuición jodidamente acertada.

-Soy escritora. O al menos lo era. Solemos ser bastante intuitivos.

Gray dejó caer el martillo.

-Me marcho de aquí. Y ella se marcharía con él. No le había abandonado la tarde anterior y no le abandonaría ahora.

-Vayamos a saltar del acantilado –espetó Juvia.

Gray se quedó quieto, mirándola.

-¿Quieres que vayamos a saltar del acantilado?

« ¡No, no quiero ir a saltar del acantilado! ¿Me tomas por idiota?»

-¿Por qué no?

Gray se quedó mirándola un buen rato.

-De acuerdo, tú ganas. Justo lo que se temía, aunque ya era tarde para echarse atrás. Si lo intentaba, Gray la volvería a llamar «conejita». Así la llamaban los niños de los parvularios a los que iba a leer sus cuentos, aunque, viniendo de Gray, no sonaba tan inocente.

Una hora y media más tarde, Juvia estaba tumbada sobre una roca plana junto a la orilla intentando recuperar el aliento. Mientras el calor de las rocas se filtraba a través de su ropa empapada, pensó que saltar de cabeza no había sido la peor parte. Ella era una buena saltadora, e incluso se había divertido. La peor parte había sido arrastrar su cuerpo camino arriba para poder volver a saltar.

Juvia oyó a Gray acercándose por el camino, pero a diferencia de ella, no jadeaba. Juvia cerró los ojos. Si los abría, vería lo que ya sabía: que antes del primer salto Gray se había quitado la ropa hasta quedarse sólo con unos calzones azules de la marina. Era doloroso mirarle: todos aquellos largos músculos ondeados, planos y suaves. Había temido, o deseado, que perdiera los calzones al zambullirse, pero Gray había logrado mantenerlos en su sitio.

Juvia se dejó llevar por la imaginación. Era exactamente el mismo tipo de fantasías que le habían creado problemas tan terribles. Y tal vez era el momento de recordar que Gray no había sido exactamente el amante más memorable. A decir verdad, había sido una filfa.

Eso no era justo. Gray había actuado con una doble desventaja: estaba profundamente dormido y no se sentía atraído por ella.

Algunas cosas no habían cambiado. Aunque él parecía haber superado el resentimiento que había sentido hacia ella, no había enviado ninguna señal de que la encontrase sexualmente irresistible... Ni siquiera vagamente atractiva.

El hecho de poder pensar en el sexo la incomodó y al mismo tiempo la animó. Parecía que había brotado el primer azafrán en el oscuro invierno de su alma.

Gray se dejó caer pesadamente a su lado y se tumbó de espaldas. Juvia olió a calor, a lago y a hombre diabólico.

-Basta de saltos mortales, Juvia. Lo digo en serio. Has pasado demasiado cerca de las rocas.

-Sólo he dado una vuelta y sabía exactamente dónde estaba el borde.

-Ya me has oído.

-Vaya, si hablas como Laxus.

-No quiero ni pensar lo que diría si te viera hacer eso.

Se quedaron allí un rato, quietos, en un silencio que resultaba sorprendentemente agradable. A veces el silencio puede ser una conversación extensiva, aquel silencio los abrazaba mientras observaban el lago, de vez en cuando se miraban para sonreír de medio lado.

Juvia comenzó a tener una sensación de calor en el pecho que la recorrió de pies a cabeza, y aunque sus músculos dolieran ella estaba tan relajada y tranquila como no lo estaba hace mucho tiempo.

Daphne estaba tomando el sol sobre una roca cuando Benny subió corriendo por el camino. Estaba llorando.

-¿Qué te pasa, Benny?

-Nada. ¡Vete!

Juvia abrió los ojos de golpe. Hacía ya casi cuatro meses que Daphne y Benny no mantenían una conversación imaginaria en su cabeza. Probablemente una simple casualidad. Se volvió hacia Gray. Aunque no quería estropear el buen rato que estaban pasando, él necesitaba ayuda para afrontar a Lilly, igual que ella la necesitaba para afrontar la pérdida de Victoria.

Gray tenía los ojos cerrados. Juvia observó que el tono de sus cejas era más oscuro que el de sus cabellos, que estaban empezando a secarse por la zona de las sienes. Juvia apoyó la barbilla en una mano.

-¿Has sabido siempre que Lilly era tu madre biológica?

-Mis padres me lo dijeron cuando tenía seis años -contestó sin abrir los ojos.

-Hicieron bien en no querer guardarlo como un secreto. –Juvia esperó, pero Gray no dijo nada más-. Debía de ser jovencísima. No aparenta más de cuarenta.

-Tiene cincuenta.

-Vaya.

-Es el estilo de Hollywood. Toneladas de cirugía plástica.

-¿La pudiste ver mucho de pequeño?

-Por la tele.

-Pero ¿no en persona? Un pájaro carpintero tamborileó cerca de allí y un halcón sobrevoló planeando el lago. Juvia se fijó en cómo subía y bajaba el pecho de Gray.

-Apareció una vez cuando yo tenía dieciséis años. Debía de ser una temporada floja en la Ciudad de Oropel. –Gray abrió los ojos y se sentó. Juvia creyó que se levantaría y se marcharía, pero Gray se quedó mirando al lago-. Por lo que a mí respecta, sólo he tenido una madre: Mika Fullbuster. No sé a qué se cree que juega la reina del «bimbo» viniendo aquí, pero yo no voy a jugar con ella.

La palabra «bimbo» removió algunos de los viejos recuerdos de Juvia. Solía ser lo que pensaba la gente de Mirajane. Juvia recordó lo que le había dicho su hermana hacía ya años. «A veces pienso que "bimbo" es una palabra que se inventaron los hombres para poderse sentir superiores a las mujeres, que están mejor preparadas para la supervivencia que ellos.»

-Lo mejor sería que hablaras con ella -dijo Juvia-. Así podrías averiguar qué quiere.

-Me da igual. –Gray se levantó, cogió sus vaqueros e introdujo las piernas en ellos-. Vaya mierda de semana que está resultando ser.

Tal vez para él, pero no para Juvia. Estaba resultando la mejor semana que había tenido desde hacía meses. Ademas al estar ocupada dejaba de pensar en Victoria, aunque la conversación con Gray la habia dejado con mucho menos peso encima, Juvia aun cargaba con la muerte de su hija, de vez en cuando, mientras lavaba los platos o cocinaba se paraba a pensar como habría sido ella y terminaba revolviendo la masa en lágrimas.

Gray se pasó la mano por sus cabellos empapados y, más tranquilamente, preguntó: -¿Todavía quieres ir al pueblo?

-Por supuesto.

-Si vamos ahora, podemos estar de regreso a las cinco. ¿Te encargarás del té por mí?

-Vale, pero ya sabes que tendrás que hablar con ella tarde o temprano. Juvia observó las emociones contenidas que se reflejaban en su rostro. Se moría de ganas por abrazarlo.

-Hablaré con ella, pero yo elegiré el momento y el lugar.

Lilly estaba en pie junto al ventanal del desván y vio que Gray se iba en coche con la heredera del fútbol. Se le hizo un nudo en la garganta al recordar su desprecio. Su pequeñín... El hijo al que había dado a luz cuando ella era apenas poco más que una niña. El hijo al que había entregado a su hermano para que lo criase.

Sabía que había tomado la decisión correcta, la decisión abnegada, y el éxito que había tenido Gray en la vida así lo demostraba. ¿Qué oportunidades habría tenido como hijo de una chica de diecisiete años, con pocos estudios y hecha un lío, que soñaba con ser una estrella?

Lilly soltó la cortina y se sentó en el borde de la cama. Había conocido al chico el mismo día que había bajado del autobús en Los Ángeles. Era un adolescente acabado de salir de un rancho de Oklahoma que buscaba trabajo como doble en escenas peligrosas. Habían compartido habitación en un hotel cochambroso para ahorrarse dinero. El chico termino abusando de ella. Él había desaparecido antes de saber que la había dejado embarazada.

Lilly había tenido la suerte de encontrar trabajo sirviendo mesas. Una de las camareras mayores, una mujer llamada Becky, sintió lástima de ella y la dejó dormir en el sofá. Becky era madre soltera, y al final de su larga jornada laboral ya no le quedaba paciencia suficiente para satisfacer las exigencias de una niña de tres años. La visión de la pequeña escondiéndose de los tacos y las bofetadas ocasionales de su madre fue para Lilly una fría dosis de realidad. Dos semanas antes de que naciera Gray, llamó a Silver y le habló del bebé. Su hermano y Mika cogieron el coche y se dirigieron de inmediato hacia Los Ángeles.

Estuvieron con ella antes y después del nacimiento de Gray, e incluso le propusieron que volviera a Michigan con ellos. Pero ella no podía volver atrás, y al ver cómo se miraban el uno al otro, supo que ellos tampoco querían que lo hiciera.

En el hospital, Lilly tomaba en brazos a su bebé a la mínima ocasión e intentaba susurrarle palabras de amor eterno. Lilly vio cómo crecía el amor en la cara de Mika cada vez que cogía al bebé, y notó que a Silver se le suavizaba el gesto con el anhelo. No había duda alguna de su absoluta capacidad para educar a su hijo, y Lilly sintió amor y odio por ello. Cuando les vio alejarse con su bebé en el coche Lilly vivió el peor momento de su vida.

Lilly sabía que había hecho lo correcto al abandonar a Gray, pero aun así el precio había sido demasiado alto. Durante treinta y dos años había vivido con un agujero en el corazón que ni su carrera ni su matrimonio pudieron llenar. Incluso aunque hubiera podido tener más hijos, el agujero habría seguido allí. Y ahora quería curarlo.

Cuando tenía diecisiete años, la única forma de luchar por su hijo había sido abandonarlo. Pero ya no tenía diecisiete, y había llegado el momento de descubrir, de una vez por todas, si jamás podría ocupar un lugar en la vida de Gray. Aceptaría cualquier cosa que él le diera. Una postal de Navidad una vez al año. Una sonrisa. Algo que le dijera que él había dejado de odiarla. El hecho de que no la quería cerca de él había resultado brutalmente obvio cada vez que Lilly había intentado contactar con él desde la muerte de Mika, y aquel día se había vuelto aún más evidente. Aunque tal vez se trataba simplemente de que no se había esforzado lo suficiente.

Pensó en Juvia y sintió un escalofrío. Lilly no respetaba a las mujeres que iban a la caza de los hombres famosos. Lo había visto centenares de veces en Hollywood. Chiquillas ricas y aburridas, sin una vida propia, que intentaban definirse a sí mismas echándole el lazo a algún famoso. Juvia lo había atrapado con su posición como hermana de Mirajane Dreyar. Lilly se levantó de la cama.

Durante los años de infancia de Gray, ella no había podido protegerle cuando lo necesitaba, pero ahora tenía la oportunidad de repararlo.

Wind Lake era un típico pueblo turístico, con un centro pintoresco y unos alrededores algo descuidados. La calle principal corría paralela al lago y presentaba unos pocos restaurantes y tiendas de regalos, un centro de deportes acuáticos, una boutique de ropa de marca para los turistas, y la taberna Wind Lake.

Gray aparcó y Juvia bajó del coche. Antes de salir del campamento, se había duchado, se había aplicado suavizante en el pelo y un poco de sombra de ojos en los párpados, y se había pintado los labios con la barra M.A.C. Spice. Como sólo tenía zapatillas deportivas, el vestido de playa no era una opción, así que se puso un pantalón corto de color gris claro y un top negro muy corto. Luego se consoló al darse cuenta de que había perdido el peso suficiente como para que los pantalones le cayeran por debajo del ombligo.

Cuando Gray dio la vuelta por delante del coche, le dio un vistazo rápido al cuerpo de Juvia y enseguida lo estudió más de cerca. Juvia sintió un incómodo hormigueo y se preguntó si a Gray le gustaba lo que veía, o si estaba haciendo una comparación desfavorable con sus amiguitas de las Naciones Unidas.

¿Y qué, si lo hacía? A Juvia le gustaba su cuerpo y su cara. Tal vez no le resultaran memorables a Gray, pero ella era feliz con lo que tenía. Además, no le importaba lo que pudiera pensar él. Gray hizo un gesto hacia la boutique. -Ahí deben de tener sandalias, si quieres sustituir las que perdiste en el lago.

Las sandalias que vendían en las boutiques se escapaban bastante de su presupuesto. -Mejor probaré en la tienda de artículos de playa.

-Lo que tienen es muy barato.

Juvia se colocó las gafas de sol un poco más arriba de la nariz. A diferencia de las Revo de Gray, las suyas habían costado nueve dólares en Marshall's.

-Tengo gustos sencillos. Gray la miró con curiosidad.

-¿No serás una de esas multimillonarias tacañas, verdad?

Juvia pensó un momento y decidió dejar de seguir fingiendo sobre esa cuestión. Ya era hora de que Gray supiera quién era, con locura incluida.

-En realidad, no soy multimillonaria.

-Todo el mundo sabe que recibiste una herencia.

-Sí, ya... -dijo mordiéndose el labio.

Gray suspiró. -¿Por qué tengo la sensación de que voy a oír algo realmente absurdo?

-Supongo que eso depende de tu perspectiva.

-Sigue, todavía te escucho.

-Estoy arruinada, ¿vale?

-¿Arruinada?

-No importa. No lo entenderías ni en un millón de años-dijo alejándose de él.

Cuando cruzó la calle en dirección a la tienda de artículos de playa, Gray la siguió. A Juvia le disgustó descubrir en sus ojos una mirada de desaprobación, aunque debería haberse esperado algo así del señor Yo-voy-por-el-camino-correcto, que podía muy bien ser el modelo para los hijos de predicadores ya adultos, aunque él mismo renegase de su condición.

-Despilfarraste todo el dinero a la primera oportunidad que tuviste, ¿verdad? Por eso vives en un piso tan pequeño.

Juvia se volvió y, en mitad de la calle, le dijo: -No, no lo despilfarré. Malgasté un poco el primer año, pero créeme, todavía me quedaba un montón.

Gray la tomó del brazo y la apartó del tráfico hacia el bordillo. -Entonces, ¿qué pasó?

-¿No tienes nada mejor que hacer que importunarme?

-En realidad no. ¿Malas inversiones? ¿Lo pusiste todo en comida vegetariana para cocodrilos?

-Muy gracioso.

-¿Saturaste el mercado de zapatillas con cabeza de conejito?

-¿Qué te parece ésta? -dijo parada ante la tienda de artículos de playa-. Me jugué todo lo que tenía en el último partido de los Stars y algún cretino dio un pase a un compañero doblemente marcado.

-Eso ha sido un golpe bajo.

Juvia respiró profundamente y se puso las gafas de sol sobre la cabeza.

-En realidad, lo di todo hace unos años. Y no me arrepiento. Gray pestañeó, luego se rió.

-¿Lo diste?

-¿Tienes problemas de oído?

-No, en serio. Dime la verdad. Ella le miró y entró en la tienda.

-No me lo puedo creer. Sí que lo hiciste -dijo Gray siguiéndola hasta el interior de la tienda-. ¿Cuánto era?

-Mucho más de lo que llevas tú en la cartera.

-Vamos, a mí puedes decírmelo -dijo sonriendo. Juvia se dirigió a una cesta de calzado, pero deseó no haberlo hecho: no había más que sandalias de plástico de colores chillones.

-¿Más de tres millones? Juvia hizo oídos sordos y alargó las manos para coger las más sencillas, un horroroso par con brillantinas plateadas incrustadas en la empella.

-¿Menos de tres?

-No te lo diré. Y ahora, vete y no me molestes.

-Si me lo dices, te llevaré a esa boutique y podrás cargar todo lo que quieras en mi tarjeta de crédito.

-Tú ganas.

Juvia soltó las sandalias con brillantinas plateadas y se dirigió a la puerta. Gray se adelantó para abrírsela.

-¿No quieres que te retuerza un poco el brazo para poder mantener tu orgullo?

-¿Acaso no has visto lo feas que eran esas sandalias? Además, sé cuánto ganaste la temporada pasada.

-Me alegro de haber firmado aquel acuerdo prematrimonial. Yo que pensaba que estábamos protegiendo tu fortuna y resulta que, en uno de esos irónicos giros que a veces tiene la vida, la que realmente protegíamos era la mía. -Su sonrisa se hizo más amplia-. ¿Quién iba a decirlo?

Gray se lo estaba pasando bien, demasiado bien, y Juvia quería estar a la altura.

-Me apostaría algo a que puedo vaciar tu tarjeta de crédito en menos de media hora.

-¿Fueron más de tres millones?

-Te lo diré cuando terminemos de comprar -dijo sonriendo a una pareja de ancianos.

-Si mientes, lo devolveré todo.

-¿No hay por ahí algún espejo donde puedas ir a admirarte?

-Nunca había conocido a ninguna mujer tan impresionada por mi belleza.

-Todas tus mujeres están impresionadas por tu belleza. Sólo que fingen que es por tu personalidad.

Juvia sonrió y entró en la boutique. Quince minutos después salió con dos pares de sandalias. Cuando se puso de nuevo las gafas de sol se dio cuenta de que Gray también llevaba una bolsa de compra.

-¿Qué te has comprado?

-Necesitas un bañador.

-¿Me has comprado uno?

-Espero haber adivinado la talla.

-¿Qué tipo de bañador?

-Vaya, si alguien me regalara algo, yo estaría contento en lugar de mostrar tanto recelo.

-Si es un tanga, lo devuelvo.

-Vamos, ¿crees que te insultaría de esta manera? Gray y Juvia empezaron a andar calle abajo.

-Probablemente el tanga es el único tipo de bañador que sabes que existe. Seguro que es lo que llevan todas tus amigas.

-Si lo que pretendes es conseguir que me distraiga y me olvide, no te va a funcionar. Pasaron junto a una tienda de dulces llamada Di azúcar. Junto a ella había un diminuto parque público, poco más que unas pocas matas de hortensias y un par de bancos.

-Ha llegado la hora de la verdad, Daphne-dijo Gray señalando uno de los bancos y sentándose luego a su lado-. Háblame de tu dinero. ¿Tuviste que esperar a cumplir los veintiuno para ponerle las manos encima?

-Sí, pero todavía estaba en la facultad, y Mirajane no me dejó tocar ni un centavo. Me dijo que si quería sacar algo de las cuentas antes de graduarme, tendría que demandarla.

-Chica lista.

-Ella y Laxus me dejaban muy poca cuerda, así que en cuanto me gradué y finalmente Mirajane me dio el dinero, hice todo lo que se podría esperar. Me compré un coche, me mudé a un lujoso apartamento, compré toneladas de ropa... La ropa sí que la echo de menos. Pero al cabo de un tiempo, la vida de hija heredera perdió su encanto.

-¿Y no podías contentarte con buscar un trabajo?

-Lo hice, pero el dinero todavía me pesaba demasiado. No me había ganado ni uno solo de esos centavos. Tal vez si hubiera venido de alguien que no fuera Porla, no me habría costado tanto aceptarlo, pero me parecía como si él siguiera asomando su asquerosa cabeza en mi vida, y no me gustaba. Finalmente, decidí crear una fundación y di todo el dinero. Y si se lo cuentas a alguien, te juro que te arrepentirás.

-¿Diste todo tu dinero?

-Hasta el último centavo.

-¿Cuánto era? Juvia jugueteó con el cordón que sujetaba su pantalón corto. -No quiero decírtelo. Si ya crees que estoy chiflada...

-No me va a costar nada devolver esas sandalias.

-¡Quince millones, ¿vale?!

-¡Diste quince millones de dólares! -exclamó Gray boquiabierto. Juvia asintió con la cabeza. Gray echó la cabeza atrás y se rió.

-¡Sí que estás loca!

-Probablemente -respondió Juvia recordando el salto mortal desde el acantilado-. Pero no me he arrepentido en ningún momento -añadió, aunque en aquel momento no le habría importado recuperar una parte para poder seguir pagando la hipoteca.

-¿Y no lo echas de menos?

-No. Excepto por la ropa, que creo que ya he mencionado. Y gracias por las sandalias, por cierto. Me encantan.

-De nada. En realidad, me ha gustado tanto tu historia que añadiré un vestido nuevo la próxima vez que bajemos al pueblo.

-¡Hecho!

-Dios mío, es realmente conmovedor ver a una mujer que se esfuerza tanto por pasarlas canutas. Juvia se rió.

-¡Gray! ¡Hola!

Juvia notó un acento claramente germánico y levantó la mirada para ver a una rubia esbelta que corría hacia ellos con un paquetito blanco en la mano. La mujer llevaba un delantal a rayas azules y blancas sobre un ancho pantalón negro y una camiseta con el escote en forma de V. Era guapa: tenía una bonita melena, los ojos marrones, e iba bien maquillada. Debía de ser un par de años mayor que Juvia, más próxima a la edad de Gray.

-Ah, hola, Christina –contestó Gray, y mientras se levantaba para saludarla le mostró una sonrisa claramente provocadora. La mujer le entregó la cajita blanca de cartón y Juvia observó un sello azul a un lado que decía DI AZÚCAR.

-Anoche me pareció que te gustaron las galletas de azúcar, ja? Esto es un pequeño regalo de bienvenida a Wind Lake. Nuestra caja de muestra.

-Muchas gracias. Gray parecía tan encantado que Juvia quiso recordarle que sólo eran caramelos, no un anillo de la Super Bowl.

-Christina, te presento a Juvia. Christina es la propietaria de la tienda de dulces de ahí enfrente. La conocí ayer, cuando bajé al pueblo a por una hamburguesa.

Christina era más esbelta de lo que se esperaría de la propietaria de una tienda de dulces. A Juvia eso le pareció un crimen antinatural.

-Es un placer conocerte, Juvia.

-Lo mismo digo –respondió Juvia. Podría haber ignorado la expresión de curiosidad de Christina, pero no era tan buena persona, así que añadió-: Soy la esposa de Gray.

-Oh. -Su desilusión fue tan evidente como las intenciones que tenía con la caja de dulces.

-Estamos separados -añadió Gray-. Juvia escribe libros para niños.

-Ach so! Siempre he querido escribir libros para niños. Tal vez puedas darme algún consejo algún día.

Juvia mantuvo una expresión agradable pero sin comprometerse a nada. Aunque sólo fuera por una vez, le gustaría conocer a alguien que no quisiera escribir libros para niños. La gente daba por hecho que eran fáciles de escribir porque eran cortos. No tenían ni idea de lo que costaba escribir un libro que tuviera éxito, un libro con el que los niños disfrutaran y aprendieran, no simplemente algo que los adultos decidieran que tenía que gustar a los niños.

-Lamento que vayas a vender el campamento, Gray. Te echaremos de menos. -Christina tuvo que dejar de babear sobre Gray al ver a una mujer que entraba en su tienda de dulces-. Tengo que irme. Pásate la próxima vez que bajes al pueblo y probarás mi chocolate con cereza.

En cuanto Christina estuvo fuera del alcance del oído, Juvia se volvió hacia Gray. -¡No puedes vender el campamento!

-Ya te dije desde el principio que eso era lo que iba a hacer.

Cierto, aunque eso no había significado nada en aquel momento. Ahora no podía soportar la idea de que Gray se desprendiera de él. El campamento era una parte permanente de su vida, de su familia, y, de un modo extraño que Juvia no podía analizar, empezaba a sentirlo como parte de ella.

Gray malinterpretó su silencio.

-No te preocupes. No tendremos que quedarnos hasta entonces. En cuanto encuentre a alguien que se encargue de todo, nos vamos de aquí.

Durante todo el camino de regreso al campamento, Juvia intentó aclararse las ideas. Las únicas raíces que le quedaban a Gray se encontraban allí. Había perdido a sus padres, no tenía hermanos, y no parecía inclinado a dejar entrar a Lilly en su vida. La casa en la que se había criado pertenecía a la iglesia. No tenía nada que le conectara con su pasado aparte del campamento. No sería correcto abandonarlo.

Pronto tuvieron a la vista el espacio comunitario, y los pensamientos confusos de Juvia dejaron paso a una sensación de paz. Charlotte Long barría su porche, un anciano pasó pedaleando sobre un triciclo, y una pareja conversaba en un banco.

Juvia se embelesó con las casitas de cuento a la sombra de los árboles. No era extraño que hubiera experimentado aquella sensación de familiaridad en el momento de llegar al campamento. Había atravesado las páginas de sus libros para adentrarse en el Bosque del Ruiseñor.


HOLAAAAA XD pues no tengo que decir nada de este capitulo, exepto que lo amo ASJJAS amo como su relacion avanza pasito a pasito (?

Ilovegruvia: AJSJASJASJAS eso deja impactado a cualquiera XDD no te lo esperabas (? espero que te haya gustado este capitulo 3 cuando estaba adaptando el libro, no sabia donde meter a Lilly XDD porque en el libro original es su madre pero yo no queria que fuera tal cual SAJASJJASJA.