(*) Editado 6 de septiembre de 2019

3. Terapia de choque

Zac estaba hasta los cojones.

Empezaba a sentirse paranoico, con esas dos moles siguiéndolo día y noche. Ya no podía caminar por el pasillo tranquilo, ni ir a clase tranquilo, ni comer tranquilo. Dentro de poco tampoco podría hacerse una paja tranquilo.

Joder.

Encima el idiota de Justin le decía que se imaginaba las cosas. ¡Já! Él no se imaginaba nada, que Justin viviera en su mundo de hipogrifos y Susans sin enterarse de lo que pasaba delante de sus narices no significaba que él se inventara cosas.

Esos tal Crabbe y Goyle lo estaban siguiendo, y él iba a acudir a la verdadera culpable para cortar aquello de raíz.

La encontró en la biblioteca. Los TIMOS estaban cada vez más próximos, y la gente empezaba a estresarse (él no, él reservaba el estrés para los días previos a los exámenes cuando se diera cuenta de que no se sabía nada). Ella solía estudiar con su amiga, la que estaba buena (Daphne Greengrass, creía que se llamaba), pero aquel día estaba sola.

Perfecto.

Se dirigió hacia ella con paso seguro, hasta pararse delante de su mesa. La chica estaba muy ocupada escribiendo afanosamente en un pergamino; tenía los dedos y la nariz manchados de tinta.

—Eh, Parkinson —le llamó la atención.

La Slytherin alzó la cabeza de golpe y lo miró. Al reconocerlo, los ojos le brillaron alarmados, pero trató de fingir serenidad.

—¿Sí?

Y Zac, que nunca había sido diplomático ni paciente, fue directamente al grano:

—Sé que has ordenado a tus amigos gorilas que me sigan y quiero que paren.

Parkinson abrió mucho los ojos, como sorprendida, pero a él no le engañaba. Sabía perfectamente quién estaba detrás de aquello.

—¿De qué estás hablando? —la voz le sonaba algo nerviosa, y Zac se sintió más seguro de sí mismo.

—De que tus amiguitos llevan una semana siguiéndome, y no son muy sutiles precisamente.

Parkinson pestañeó.

—No sé qué estarán haciendo mis amigos, pero eso no tiene nada que ver con…

Zac hizo restallar la mano contra la mesa. Se oyó un shhh lejano que ambos ignoraron.

—Claro que tiene que ver. Tú se lo has ordenado.

Parkinson soltó una exclamación indignada.

—¿Y tú piensas eso por…? —le increpó con los ojos entrecerrados.

Zac se tocó la barbilla, como si reflexionara profundamente sobre el tema.

—No lo sé —reconoció con voz pensativa—. Quizá porque, cuando pasaba cerca de ellos, escuché como hablaban de ti. Ya sabes, lo típico: «¿Pansy nos dijo que lo siguiéramos también al baño, o sólo por los pasillos es suficiente?».

Se hizo el silencio. Parkinson tuvo la decencia de enrojecer levemente sin dejar de mirarlo con fijeza, calibrándolo mientras Zac le devolvía una mirada repleta de superioridad. ¿Qué, se pensaba que por ser Hufflepuff era gilipollas?

Pansy se levantó despacio, para estar más igualada en estatura. Zac pensó con malicia que no tenía sentido; era tan bajita que apenas le llegaba a los hombros, y eso que él no estaba completamente enderezado.

—Si tantas ganas tienes de que te dejen en paz, quizá deberías dejar ese grupo secreto formado por Potter —le espetó con frialdad, curvando la boca con un deje de asco.

A Zac se le heló la sangre en las venas. Maldijo a Potter en su fuero interno con todos los nombres malsonantes que se le ocurrieron, y después les dedicó otros menos ofensivos a Susan y a Justin, por haberlo convencido de participar en ese estúpido «Ejército de Dumbledore».

—No sé de qué me hablas —respondió sin expresión. Para él, aquello era difícil. Tendía a llevar impresa una mueca de desdén en el rostro, aquella que Susan bautizaría más adelante como «la cara de buldog».

—¿Ah, no? —El sarcasmo en la voz de Parkinson era palpable. El desprecio, también—. Pues entonces te recomiendo que cojas fuerzas, porque dudo de que te vayan a dejar en paz.

—¡Que yo no sé nada de ningún grupo! —Otra vez el jodido shhh. Aquello sólo servía para cabrearlo más.

Parkinson se cruzó de brazos.

—¡Y yo no sé nada de que te estén persiguiendo!

—Pero si acabas… —se interrumpió, dándose cuenta de que no serviría de nada. Esa conversación era una pesadilla—. Es igual. Mira, Parkinson, me importa una mierda lo que se te haya ocurrido que hago o dejo de hacer, pero tú. Vas. A. Dejar. De. Seguirme.

—Creía que quiénes te seguían eran Crabbe y Goyle.

Zac enrojeció de rabia. Nunca había sido un chico muy comprensivo, y no soportaba que le tomaran el pelo. Se planteó lanzarle un libro a la cabeza a Parkinson, por si una hemorragia cerebral la volvía menos voyeur.

Lo descartó en cuanto ella empezó a lanzar sus cosas a la mochila con cara de haberse tragado un vaso de pus de bobotérculo sin diluir. Porque sí, ella no recogía, lanzaba sus cosas a la mochila.

Así que, presa de la furia y las ganas de joder —y no en el buen sentido—, agarró su libro de Transformaciones y se lo colocó bajo el brazo.

Parkinson lo miró como si le deseara una muerte lenta y dolorosa, con sus pequeños ojos entrecerrados y echando chispas.

—Dámelo —ordenó con tono inflexible.

—Haz que dejen de seguirme —se permitió nuevamente la mirada de superioridad. Rara vez tenía razones para sentirse moralmente superior a alguien pero, joder, qué bien sentaba.

Pansy frunció los labios con rabia.

—Diez puntos menos para Hufflepuff.

—¡¿Qué!? —Zac abrió mucho los ojos. Éstos pasaron del rostro furioso de Parkinson a la pechera de su túnica, donde destacaba la insignia de prefecta.

Sprout lo mataría.

—¿Me das el libro ya o te quito otros diez? —Lo estaba disfrutando. La muy cabrona se lo estaba pasando de puta madre mientras le quitaba puntos y sonreía con petulancia.

Maldita Slytherin de mierda.

Apretó el libro con más fuerza, no dispuesto a ceder al chantaje. Además de impaciente, poco comprensivo y misántropo, Zacharias Smith era terriblemente persistente.

—Si así lo quieres —dijo Parkinson ante su inactividad, con una sonrisa victoriosa bailándole en las comisuras—, otros diez puntos me…

Zac, que aparte de ese dechado de virtudes anteriormente mencionadas, era impulsivo, hizo lo primero que se le pasó por la cabeza. Dejó caer el libro, rodeó la mesa, y tapándole la boca a Parkinson con una mano, la estampó contra la estantería.

Ella se revolvió, furiosa y dolorida, pero Zac apretó con más fuerza.

—Devuélveme mis putos puntos —exigió con dureza.

Y entonces, Pansy Parkinson, sin cortase un pelo, le cruzó la cara de un guantazo.

Zac la soltó de inmediato y retrocedió con pasos vacilantes. Sentía el cerebro retumbándole ante el plas y un dolor sordo en la mejilla. Seguro que le había dejado marca.

Por un momento, no pudo salir de su desconcierto. Miró con los ojos como platos a la figura diminuta y tremendamente furiosa que lo señalaba con un dedo tembloroso. Tembloroso de ira, como si hubiera cometido un crimen atroz e irreversible.

—Tú… —empezó con una voz tan terrorífica que Zac sintió deseos de retroceder aún más cuando ella dio un paso hasta él. No lo hizo, claro; porque entre todo lo dicho, también era orgulloso—. Tú…

Antes de poder continuar con los que seguramente hubieran sido unos insultos dignos de mención, tropezó con el libro que Zac había tirado al suelo antes de decidir acorralarla, se le torció el tobillo en un ángulo extraño y cayó al suelo con un grito agudo y desgarrado. Más propio de una bashee loca que de una niña de quince años que no sobrepasaba los ciento sesenta centímetros.

Zac nunca supo si el shhh de rigor se había hecho notar, porque los chillidos de Parkinson lo ahogaron todo.

—¡TÚ! —Zac, demasiado aturdido para reaccionar con normalidad (la normalidad hubiera sido salir corriendo de allí ante la expresión iracunda y desencajada de Parkinson), pensó que aquel grito debía de haberse escuchado por todo el castillo—. ¡PEDAZO DE ENERGÚMENO RETRÓGADO! ¡MIRA LO QUE HAS HECHO! —Alzó el pie derecho, revelando un tobillo que empezada a mostrar signos de hinchazón—. ¡ME HAS ROTO EL TOBILLO! ¡ME DUELE MUCHÍSIMO! ¡TE VOY A…!

Por suerte, antes de que a Zac le estallaran los tímpanos, Pince interrumpió la dulce charla. Con unos cuantos mechones saliéndose de su pulcro moño y una expresión que competía con la de Parkinson, apareció por el pasillo y les increpó:

—¡No se puede gritar en la biblioteca!

Pansy giró la cabeza hacia ella con los ojos echando chispas, y abrió la boca de nuevo. Era una boca demasiado pequeña para unos chillidos tan descomunales, se dijo Zac.

—¡¿Que no grite!? ¿QUE NO GRITE? —Volvió a señalarlo, como quien indica a sus perros asesinos a quién deben descuartizar ese día—. ¡Por culpa de esa especie de arácnida babosa me acabo de romper el tobillo!

A Pince no parecía importarle su tobillo.

—Pero en la biblioteca…

—¿Se puede saber qué pasa aquí? —McGonnagall se abrió paso entre las mesas con su larga túnica ondeando y la frente arrugada.

—¡Profesora! —Parkinson la llamó con tono lastimero, cambiando radicalmente de actitud y haciendo que Zac le volviera a dedicar «la cara de buldog»—. ¡Me ha empujado contra la estantería y me he caído al suelo! ¡Creo que me he roto el tobillo!

Zac no pudo contenerse. Aquella niña le sacaba de sus casillas, y, de todas maneras, él nunca había tenido demasiado autocontrol.

—¡Eso es mentira!

Parkinson volvió a dirigirle su mirada terrorífica.

—¿Mentira? ¿Vas a atreverte a decir que no me has atacado como el ser asqueroso que eres?

—¡Tú me habías quitado puntos injustamente!

—¡¿Injustamente?!

—¡Suficiente! —El tono cortante de McGonnagall los aplacó, aunque Parkinson no dejó de lanzarle miradas homicidas—. Cinco puntos menos para Hufflepuff y Slytherin por formar semejante escándalo. Señor Smith, haga el favor de llevar a la señorita Parkinson a la enfermería.

Ambos compusieron la misma expresión de horror.

—¿Él?

—¿Yo?

—¿Ve a alguien más? —Le espetó con tono desabrido—. La chica no está como para ir por su propio pie, precisamente. Venga, dese prisa.

Aunque los integrantes de la biblioteca se habían acercado para mirar, se mantenían bien alejados de la niña con pintas de loca. Zac quería imitarlos y se planteó por un desesperado momento el usar Wingardium Leviosa y llevar a Parkinson levitando hasta la enfermaría (así no tendría que tocarla y arriesgarse a que le mordiese o algo), pero no creía que ni a ella ni a McGonagall fuera a hacerles mucha gracia la idea.

La profesora, por cierto, estaba tratando de calmar a Pince, que hablaba de cosas como «delincuentes profanando mis libros» y «niños locos que quieren destruir este santuario».

Por Merlín, estaba tan loca como Parkinson. Que en estos momentos lo contemplaba como si fuera un escreguto de cola explosiva especialmente repulsivo.

Zac gruñó y decidió acabar rápido con aquello.

Le tendió una mano a la niña loca, que la contempló con más repugnancia si cabe, pero optó por cogerla. Con la misma cara de tragar limones que la Slytherin, la hizo pasar un brazo por sus hombros y él la agarró por la cintura.

Consiguieron llegar con muchos resbalones y choques a la salida de la biblioteca, con Zac ignorando la insistencia de Parkinson de recoger su mochila y bajo la mirada de un buen puñado de estudiantes. Una vez en ese punto, sin embargo, y lejos de la mirada de la temible jefa de Gryffindor, Zac tomó otras medidas.

Y la cogió en brazos.

Vale, no. Estamos hablando de Zacharias Smith, ¿de acuerdo? Él no hace nada con delicadeza ni con cuidado.

Así que se la echó a la espalda como si fuera un saco de patatas. Pansy volvió a soltar su grito de bashee y pataleó, llamándolo cosas como: «imbécil deficiente» o «asqueroso pervertido».

Él la ignoró, en parte divertido por los guantazos completamente indoloros que le propinaba la pequeña chica en la espalda, y en parte molesto por sus chillidos en la oreja, que no cesaron durante todo el camino.

Una vez en la enfermería, la tiró sobre una de las camas, y llamó a la señora Pomfrey. Ésta acudió con su típico ceño fruncido, logrando que Parkinson cerrara el pico por fin. Zac disfrutó cuando la enfermera le espetó que era una exagerada ante su tono afligido; su supuesta rotura no era más que un esguince.

Se lo curó con un par de hechizos y volvió a ocuparse de un alumno que parecía haber sido atacado por una Tentácula Venenosa en la clase de Herbología.

Se miraron, por fin, en silencio. Zac de pie, con la cabeza inclinada y las manos en los bolsillos. Ella sentada en la cama, sin atreverse a apoyar el pie en el suelo a pesar de que Pomfrey le había asegurado que estaba completamente curada.

Zac agradeció profundamente que hubiera dejado de gritar. Estaba seguro de que su oído derecho jamás volvería a ser el mismo.

—Podrías haberte ido —fue Parkinson quien despegó los labios. Gracias a Merlín, con un tono de voz normal.

Ya lo sabía. De hecho, esa había sido su intención: llevarla hasta allí y largarse. Se enfureció al darse cuenta de que se sentía algo culpable; ¡ella era la que tenía la culpa de todo! No debería de haberse preocupado.

Afortunadamente, fue capaz de encontrar una buena excusa.

—Todavía tienes que devolverme los puntos.

Parkinson le dedicó una mueca.

—Sigue soñando.

Zac quiso discutir, quiso sacudirla hasta que le jurara que le devolvería los puntos y dejaría de ordenar a sus amigos gorilas que lo siguieron, pero se lo pensó mejor —sí, aunque parezca imposible, él también pensaba de vez en cuando—. Parkinson no iba a ceder, y él no tenía ganas de escuchar nuevos chillidos.

Tenía que hablar con Justin y reflexionar. Su amigo era experto en tener ideas brillantes. Luego, él, con su desparpajo natural, las llevaba a cabo.

Así que se limitó a decir una frase retumbante, de esas que le gustaban tanto:

—Esto no quedará así, Parkinson.

Pero ella bufó. Bufó cuando ya se había dado la vuelta y se encaminaba hacia la puerta. Bufó con desdén, como si fuera alguien a quién no se debía tomar en serio.

Y Zac no pudo contenerse.

—Por cierto, bonitas bragas —soltó sin volverse, agarrando el pomo de la puerta—. Amarillas, muy apropiadas.

Salió de allí antes de que los chillidos de Parkinson volvieran a oírse por todo el pasillo.