(*) Editado el 6 de septiembre de 2019
4. Espía de pacotilla
Pansy giró en el recodo del pasillo, cada vez más cabreada. Estuvo a punto de arrollar a un niño de primero, pero lo ignoró y siguió su camino, cegada por la ira.
¡Pero cómo se les ocurría pegarle una paliza! ¿Es que sólo tenían pájaros en la cabeza? Sabía que lo habían hecho por ella, y ese era el único motivo por el que no les había gritado hasta quedarse afónica.
Hacía unos días, Pansy había entrado hecha una furia en la Sala Común de Slytherin (nada fuera de lo común), protestando sobre un tal Zacharias Smith que le había roto el tobillo (un poco más fuera de lo común).
Por desgracia Gregory y Vincent se tomaron aquello demasiado en serio, y el día anterior habían decidido darle una lección a aquel «cretino», como lo denominaba Pansy.
La conclusión era que Zacharias Smith había acabado en la enfermería cosido a golpes; y ahora ella, Pansy Parkinson, la Slytherin con conciencia, se sentía culpable.
Odiaba sentirse culpable. Era como si alguien le agarrara el corazón y comenzara a apretar. A veces se volvía insoportable; apenas podía respirar y sentía que se ahogaba. Por suerte, eso sucedía poco. La mayoría de las ocasiones, como aquella, sólo encontraba una presión molesta que se podía ignorar.
E ignorarla es lo que iba a hacer. Al fin y al cabo, aunque no le hubiera roto el tobillo, había sido el culpable de su desastrosa caída. ¡Ella ni siquiera tuvo la idea de espiarlo! Draco era el que lo había organizado todo con su maldita obsesión con Potter. Ella simplemente había explicado a Vin y a Greg lo que tenían que hacer, y aun así, el problema se había convertido en suyo.
Sumida en sus iracundos pensamientos, frenó en seco al escuchar esa voz que le crispaba los nervios. Demasiado aguda para encajar con el prototipo masculino, pero demasiado grave para ser considerada femenina.
—… sabes que no me gustan las ranas de chocolate. ¿No te basta con verme hecho mierda, encima quieres que vomite?
Pansy se horrorizó. Inconscientemente, había acabado en la puerta de la enfermería. Si se hubiera molestado en psicoanalizarse, se habría dado cuenta de que aquello solo podía significar que quería ir allí, ya fuera a disculparse o a pegarle un mamporro a Smith.
Como era una chica lista, no lo hizo y logró mantener la calma.
—Era un regalo —si no se equivocaba, era la voz del sangre sucia de Finch-Fletchley. Creyó distinguir una sonrisa entre sus palabras, como si hubiera lidiado ya muchas veces con el mal humor de su amigo y estuviera tan acostumbrado que solo le hiciera gracia.
—Ya. Haz el favor de meterte tus regalos por…
Escuchó un ruido ahogado, seguido de una serie de toces entrecortadas. Pansy dudó un momento, pero le pudo la curiosidad y acabó decidiendo entrar a ver qué sucedía, sintiéndose como una acosadora de poca monta.
Distinguió a Smith sentado en una cama, con la mano en el pecho y la cara llena de moratones. Finch-Fletchley estaba inclinado sobre él, dándole la espalda a la puerta. Pansy aprovechó que no había nadie más en la habitación para ocultarse tras una de las cortinas que separaban las camas y aguardar conteniendo la respiración. Se sentía humillada por hacer aquello, pero la curiosidad y la culpabilidad se le enredaban en el pecho, formando un nudo difícil de deshacer y que le impedía pensar con claridad.
—Las grageas tampoco parecen sentarte muy bien.
Las toces habían cesado, pero la voz de Smith continuaba más ronca de lo habitual.
—Vete a la mierda, Justin. Has venido solo a joder, ¿no? ¿Por qué no te largas con Susan y me dejas tranquilo un rato?
Finch-Fletchley soltó una maldición por lo bajo.
—No debería de habértelo contado.
—No —coincidió Smith con condescendencia—. De todas formas, era muy obvio. ¿Vas a ir a lo de esta tarde?
Pansy se irguió tras la cortina, repentinamente interesada. Podía sacar algo fructífero de toda aquella ridiculez.
—Claro. Supongo que tú no.
—No estoy en condiciones, ¿no te parece? Por muchos brebajes que me dé Madame Pomfrey, no creo que soportara otra pelea. Y si veo al idiota de Potter, pipí en el pote, no puedo asegurarte que vaya a resistir el impulso de hacerle otra cicatriz de la que presumir.
Pansy se emocionó aún más; sólo podían estar hablando del grupo que decía Draco que habían formado. ¿Cómo si no iban a tener esos dos relación con Potter? Se acercó más a la cortina, luchando por desentrañar cada palabra.
—De verdad que no entiendo de dónde sale toda esa animadversión…
Finch-Fletchley no llegó a terminar la frase; en su intento por acercarse, Pansy tropezó y cayó hacia adelante, arrastrando la cortina consigo y acabando despatarrada en el suelo, a la vista de los dos Hufflepuffs.
Hubo un momento de silencio en el que los amigos miraron fijamente como la chica se levantaba lo más rápido posible, tratando de reunir los restos de su dignidad perdida y rogando al mismo tiempo que Merlín la hiciera desaparecer.
Luego, Finch-Fletchley carraspeó.
—¿Estás bien? —dijo. Parecía una frase completamente fuera de lugar, como alguien que en medio de un funeral grita: «¡Fiesta!».
—¿Estabas espiando? —preguntó Smith al mismo tiempo. Había fruncido el ceño con dureza, lo que le resaltaba el corte de la ceja y el moratón de la mejilla. No parecía estar muy interesado en su bienestar.
—Claro que no —trató de mostrarse ofendida, como si su acusación fuera impensable. Había decidido ignorar al sangre sucia—. Venía a hablar contigo.
Pero al parecer, el sangre sucia no lo pillaba.
—Te has dado un buen golpe, ¿seguro que estás bien?
«Desde luego, tienen un retraso indiscutible», pensó Pansy mirándolo con desdén.
—Yo que tú no le hablaría tan tranquilamente, Justin —intervino Smith, mordaz—. No quieres acabar como yo.
Pansy contó hasta diez antes de responder, no era momento de empezar a dar chillidos.
—Si te vas a poner así, me largo.
—Estaría bien, gracias.
Definitivamente, lo odiaba.
—Zac, deja que te diga lo que te quiere decir, seguro que es un malentendido —Finch-Fletchley se levantó y le dio a su amigo una palmada en la rodilla—. Nos vemos luego, pórtate bien.
Pasó al lado de Pansy, que se aseguró de apartarse con disimulo para que no la rozara, mientras Smith enrojecía y entreabría lo boca de la sorpresa.
—No irá en serio. —Cuando Finch-Fletchley desapareció por la puerta decidió que sí lo era y se enfureció todavía más—. ¡Justin! ¡Vuelve aquí! ¡Traidor asqueroso, te voy a matar!
—¡Señor Smith, le he dicho que tiene que estar calmado! —Se escuchó la voz de Pomfrey desde su habitación. No parecía tener intención de salir; debía de haber vivido muchos ataques de ira por parte del rubio.
Smith se cruzó de brazos como un niño enfurruñado y se dedicó durante un buen rato a mascullar insultos en voz baja. De vez en cuando, le lanzaba miradas de odio a Pansy, que permanecía quieta en mitad de la sala, sin saber muy bien qué hacer.
Al cabo de unos minutos, Smith pareció relajarse y la volvió a mirar, esta vez fijamente. El silencio que lo procedió fue muy tenso.
—Bueno, sin duda eres muy elocuente.
Pansy enrojeció. Sin duda, Smith tenía la capacidad de sacarla de sus casillas con una simple frase. Tampoco tenía mucha idea de qué iba a decirle; cuando le había contestado que quería hablar con él solo era para no humillarse reconociendo que los había estado espiando.
Decidió que, ya que estaba allí, lo mejor era sincerarse.
Se cruzó de brazos ella también.
—Mira, yo no quería que te pegaran, ¿de acuerdo? —Sonaba a la defensiva, pero la mirada incrédula que le dirigía Smith no ayudaba—. No fue mi intención, ni tampoco la suya. Se confundieron y creyeron que me habías roto el tobillo a propósito.
Smith guardó silencio, rumiando las palabras.
—Eso no es una disculpa.
Pansy frunció el ceño.
—No he venido a disculparme.
—¿No? —Smith alzó las cejas, se incorporó un poco más y se subió la camiseta. Un reguero de moratones le recorrían el torso como manchas de tinta, todos de un color profundamente púrpura.
La culpabilidad la apuñaló en el pecho con saña.
Suspiró, sabiendo que se arrepentiría de lo que iba a hacer.
—También he venido a devolverte los puntos —murmuró entre dientes, cada vez más incómoda—. McGonnagall se enteró y… ya sabes como es.
Esperó que la mentira no fuera muy obvia, no podría soportarlo de ser así.
Smith dejó escapar un amago de carcajada irónica.
—¿Es broma?
Pansy cerró los ojos y se maldijo en todos los idiomas que conocía. Que, ya que estamos, no eran muchos. Era absurdamente estúpida, y lo que estaba a punto de hacer no tenía sentido, pero las palabras ya le quemaban en la lengua, impulsadas por la culpa.
—Diez puntos para Hufflepuff.
Volvió a instalarse un silencio incómodo entre ellos. Pansy sentía que le ardía la cara y el deseo de salir corriendo le recorrió el cuerpo como una ola, pero se mantuvo firme.
Por fin, Smith despegó los labios; trataba de mantener una expresión neutra, a fin de mantener a raya una emoción real.
—Así que solo hace falta que tus amigos me peguen una paliza para que se te despierte la conciencia.
—Eres incapaz de decir nada agradable, ¿verdad?
Smith esbozó una media sonrisa torcida.
—De acuerdo, puedes darle las gracias McGonnagall de mi parte —el sarcasmo era palpable en cada palabra, y Pansy se dijo que ya se había humillado lo suficiente y se giró para marcharse.
—Espera —Pansy volvió la cabeza y lo observó por encima del hombro, con las cejas alzadas. Smith señaló la caja de ranas de chocolate que tenía encima de la mesita—. Llévatelas, las odio.
Ella trató de controlar su expresión de sorpresa ante el extraño gesto de amabilidad. Smith le parecía un amasijo de emociones inconexas que no se ponían jamás de acuerdo, sin orden ni sentido.
La verdad es que ella también odiaba las ranas de chocolate. Eran tan reales que parecía que le dabas un bocado a una rana de verdad, y eso la asqueaba. Se planteó el dárselas a Draco —comprobando primero que no estuvieran envenenadas, no se fiaba en absoluto de Smith—, pero todavía estaba cabreada con él por acosar a los de primero con sus nuevos poderes de prefecto.
—En realidad, a mí tampoco me gustan.
Smith pestañeó, sorprendido, antes de esbozar una sonrisa divertida que le ocupó toda la cara y le iluminó el rostro. Pansy se sintió turbada al contemplarla, como si fuera algo que no le pertenecía a Zacharias Smith, algo que no debía poseer. Se percató de que era la primera vez que lo veía sonreír de verdad.
Se dio la vuelta del todo para estar cara a cara de nuevo y lo observó con curiosidad. Una curiosidad que se abría paso entre las capas de enfado y de vergüenza, que se le reflejaba en los ojos y le llenaba la boca de preguntas. Por suerte, sólo se le escapó una. La más inofensiva.
—No lo entiendo, ¿cómo fuiste a parar a Hufflepuff?
Si ella no hubiera sido Pansy Parkinson, probablemente no se hubiera fijado en el brillo que desprendieron los ojos de Smith. La miraron con rabia, con rencor. Como si esa pregunta le retorciera algún órgano de forma dolorosa.
Pero era Pansy. Estaba acostumbrada a descifrar el rostro sin expresión de Theodore, las sonrisas ladinas de Daphne y las frases arrogantes de Draco. Así que se dio cuenta.
Supo que, por alguna razón que escapaba de su conocimiento, Zacharias Smith estaba roto. No demasiado. De una forma no palpable. Pero roto, al fin y al cabo.
Como ella.
Y ya no hubo vuelta atrás.
—¿No te has dado cuenta todavía? —Respondió el chico con cierta desgana, una vez oculta la rabia—. Primero Diggory, luego yo… A Hufflepuff vamos los guapos. ¿O a cuántas personas crees que les queda bien este amarillo chillón?
Pansy puso los ojos en blanco.
—De acuerdo, Smith. Eres imbécil, lo capto.
—No tanto como Malfoy —atacó con un resplandor perspicaz y malicioso en los ojos, como si supiera más de lo que debía saber.
Pansy se giró rápidamente, antes del Hufflepuff pudiera ver la sonrisa involuntaria que le provocaba su comentario. No debería hacerle gracia, pero no podía evitarlo; seguía muy cabreada con Draco.
Anduvo con pasos rápidos hasta al dintel de la puerta, y una vez allí, habló sin volverse:
—Yo no apuntaría tan alto.
De camino hacia su Sala Común, no pudo reprimir el pensamiento de que, por desgracia para su salud mental, Zacharias Smith tenía razón.
El amarillo chillón le quedaba excepcionalmente bien.
