Disclaimer: A estas alturas no se me ocurre nada poético que decir, así que si estás aquí y no sabes quiénes son estos personajes y que pertenecen a J. K. Rowling... ¡Vete a leer Harry Potter, muggle!


El comienzo

Era en esa época cuando contaba la historia.

En lugar de con palabras, él prefería utilizar comentarios más mordaces que de costumbre y sonrisas desdeñosas que se tornaban nostálgicas en las comisuras.

Hablaba sin hablar de corazones que no habían llegado a romperse, pero que se habían quedado resquebrajados sin remedio. De un odio de mentira y de un amor que nunca lo fue en realidad.

Lo hacía al negarse a adornar el árbol pese a la insistencia de Anthony y al irritarse por el nuevo corte de pelo de Susan: una melena justo por debajo de las orejas.

Lo hacía al no sacarse del bolsillo el pasador amarillo, aunque nunca lo mostrara a la luz, y al burlarse con saña de las personas bajitas.

Sin embargo, una vez que los abetos de mentira desaparecían de los salones y las luces de colores de las calles, cuando los elfos domésticos se quitaban los sombreritos rojos ridículos, y nadie cantaba nada sobre un hipogrifo de camino a Belén, todo terminaba.

Se callaba, aunque nunca hubiera dicho nada, y la historia siempre quedaba a la mitad. Olvidada y cogiendo polvo en un cajón. Volvían las muecas irritadas sin asomo de melancolía y el pasador amarillo se guardaba en un cajón casi tan recóndito como aquel en el que se ocultaba la historia.

Así era, todos los años, hasta que recibió la invitación.

Entonces, la historia se desató y las palabras que no eran palabras lo contaron todo.


20 de diciembre de 1995

Definitivamente, Justin era gilipollas.

No encontraba otra explicación a que lo tuviera allí, plantado en medio del pasillo y rodeado de baúles, esperando a que le declarara su amor eterno y nauseabundo a Susan.

O a lo mejor el gilipollas era él, por aguantarlo a pesar de todo.

Suspiró con impaciencia, revolviéndose el pelo y recostándose en la pared con los ojos entrecerrados.

Aquel estaba siendo un curso especialmente irritante, entre el sapo de Umbridge y el cara rajada de Potter. Detestaba a ambos, y se veía obligado a soportarlos a ambos. Y cuando tenía la oportunidad de largarse por vacaciones de Navidad, a Justin le entraba la vena romántica y decidía tomar la iniciativa.

Parecía que el mundo se ponía de acuerdo en joderle la vida.

Y hablando de gente que lo jodía (obviamente, no en el sentido agradable), en aquel momento decidió aparecer por el pasillo ese ser diminuto e insoportable que se hacía denominar "chica" y que había decidido amargarle la vida aquel último trimestre.

Aunque Crabbe y Goyle habían dejado de seguirle y de amenazar su integridad física, Zac había podido sentir aquel mes los ojos de Parkinson siguiéndolo a todas partes. Le entraban ganas de ir hacia ella y sacudirla hasta que dejara de incordiarlo con sus ojos redondos y enanos.

Lo peor, lo más triste de todo, es que en su última paja se la había imaginado a ella. Su imagen de niña plana y de ojos juntos se había superpuesto a la de las tetas enormes de la revista que estaba ojeando, y todo se había ido a la mierda. Del susto se le había cortado el rollo.

Había algo en el hecho de que lo tuviera vigilado que le encendía algo por dentro. Algo en su mal carácter y su extraña valentía que le hacían considerar como sería en otros escenarios. Otros escenarios bastante poco inocentes, para su desgracia.

Trató de apartar esos incómodos pensamientos de su mente cuando la vio acercarse, arrastrando un baúl que parecía el doble que ella. Iba sola, por una vez, sin ningún Malfoy ni Zabini rondándola, ni siquiera su amiga la tía buena (nunca lograba recordar su nombre).

Zac vio que lo miraba de reojo, pero que hizo como si no se hubiera dado cuenta de su presencia. Pasó muy digna por su lado, sin saludar, y por su parte, Zac miró fijamente una columna.

La escena se hubiera quedado ahí de no ser porque Parkinson tropezó y su baúl cayó de golpe al suelo, desparramándose en el proceso todo su contenido por el suelo.

Zac emitió un ruidito de burla con la garganta, y vio por el rabillo del ojo como Parkinson se volvía hacia él roja como un tomate.

—¿Tienes algún problema? —le espetó de malas maneras.

Zac alzó una ceja, todavía sin dejar de contemplar la columna.

—No es a mí a quién se le ha abierto el baúl y desordenado todo por el suelo.

Parkinson apretó los puños y bufó por la nariz. Pareció considerar que no merecía la pena contestarle, porque se dio media vuelta y empezó a recoger.

Zac permaneció mirando la columna insistentemente, negándose a ayudarla. Él no era ningún caballero andante de brillante armadura, ni tenía motivos para hacerle un favor a esa cría insoportable, así que se quedó en su lugar.

Una vez que terminó de apelotonarlo todo y logró cerrar el baúl, lo miró por encima de hombro y dijo con tono venenoso:

—¿Ahora además de lamerle los zapatos a Potter le llevas los baúles? Porque dudo que todo eso sea tuyo.

El mal humor que Zac había sentido al verla subió como las burbujas de la cerveza de mantequilla. No podía creerse que aquella niñata le pusiera.

Sintió como el rubor le subía a las mejillas. Odiaba eso. Muchas chicas le habían dicho que estaba adorable cuando se sonrojaba, y desde entonces no soportaba hacerlo. Él no era ningún osito de peluche al que abrazar, por muy Hufflepuff que fuera.

Él era Zacharias Smith, el Hufflepuff de la mala uva y la mala actitud.

—¿Y tú has decidido volverte una persona autónoma? No pensé que fueras capaz de separarte de tu querido Malfoy. Ya sé que él pasa de ti como de la mierda, pero como no tienes amor propio…

Supo que había dado en el clavo cuando Parkinson apretó con fuerza la mandíbula y lo miró como si deseara que muriese entre horribles sufrimientos. Probablemente, era así.

—¿Lo ves? No deberías estar en Hufflepuff.

Y, tal y como ella esperaba, dio en el clavo. Aquello le sentó a Zac como una patada en los cojones. La Slytherin de mierda había descubierto su punto débil y había decidido aprovecharse de él.

Porque claro, como no era simpático ni amable, todos aseguraban que no debía de estar en Hufflepuff.

—No vuelvas a sacar ese tema —le advirtió con todo el cuerpo tenso.

Parkinson lo miró, altiva.

—¿O qué?

Y entonces, sucedió.

Zac avanzó hacia ella y la agarró por el brazo, sin tener muy claro si iba amenazarla, asustarla o zarandearla como tanto deseaba hacer. Parkinson se tambaleó y apoyó una mano en su pecho para no caerse, y de repente el ambiente cambió y el aire se volvió inesperadamente denso.

Ambos se quedaron paralizados. Zac podía sentir la fragilidad del delgado brazo a través de la túnica y el calor de su mano —pequeña, como toda ella— arrugándole la túnica a la altura del corazón. El aliento de la chica chocaba contra la piel desnuda de su cuello, y Zac sintió una corriente cálida que lo recorría y se concentraba en la parte baja de su estómago. Ninguno se atrevió a mirar al otro a los ojos.

Joder.

—¿Pansy?

Se apartaron el uno del otro como si quemaran. Parkinson lo empujó hacia atrás y retrocedió hasta chocar contra su baúl y volver a tirarlo al suelo (en esta ocasión, gracias a Merlín, no se abrió). La tía buena amiga de Parkinson los miraba sin disimular su sorpresa, y Zac sintió que volvía a subirle el calor a las mejillas.

—Deberíamos ir a buscar un carruaje —dijo la amiga (¿cómo cojones se llamaba?), al parecer decidiendo no hacer ningún comentario pero estudiando a Zac con la mirada—, no quiero acabar teniendo que compartirlo alguien desagradable.

Pasó por delante de ellos con pasos rápidos y elegantes, sin ninguna vacilación, pero Parkinson se quedó un instante más mientras volvía a enderezar su baúl. No se atrevía a mirarlo.

—Bueno —dijo al final, con cierto nerviosismo. Zac se alegró de no ser el único en sentirse violento—. Feliz Navidad, supongo.

Lo miró un momento por debajo del flequillo y se giró rápidamente.

Zac se quedó allí, esperando a Justin hasta el último minuto, cuando tuvieron que salir corriendo para subir al carruaje y acabaron teniéndolo que compartir con unos de segundo. Pasó el camino tratando de animar a su amigo por el inesperado rechazo de Susan, con chistes malos y comentarios estúpidos.

Pero no se le pasó en ningún momento la sensación de la mano de Parkinson en su camisa.

Fue así como empezó todo.

Y por eso fue en esta época cuando la historia —la historia de los «te quiero» que no se pronunciaron porque no tenían razón de ser— decidió volverse indeleble.


Al final, he vuelto.

Lamento mucho la tardanza, de verdad, pero estoy pasando una época muy estresante en mi vida, como supongo que la mayoría sabréis. He estado intentando escribir este capítulo quinientas veces. De hecho, al principio no era así. Era completamente distinto lo que tenía planeado, pero no me salía. Lo escribí una y otra vez, pero creo que mi humor no me lo permitía. También os habréis dado cuenta de que este capítulo no es tan humorístico como los anteriores.

Así que esto es lo que ha quedado. No estoy muy satisfecha, la verdad, pero me parece que ya era hora de que subiera el capítulo. Además, ¡ha habido tema! Pero no os hagáis ilusiones; por lo pronto lo único que siente Zac es cierto nerviosismo en su zona baja ;), y Pansy... Bueno, ya se verá en sus puntos de vista lo que siente nuestra chica.

Es cortito, lo sé, y ni siquiera puedo prometer subir el siguiente pronto. Y eso que también planeo que sea corto.

¡En fin! Que ahora mismo me pongo a responder vuestros bonitos reviews (el último capítulo fueron especialmente adorables, GRACIAS), y a esperar ansiosa vuestras opiones.

Agradecimientos especiales por dejar review a: Efecto Placebo, Sam Wallflower, Epifania, Metanfetamina y Claru. Morí de amor leyéndolos, de verdad.

Y con esto y un bizcocho.

Lils White