Disclaimer: J. K. Rowling dirá lo que quiera, pero Zac es mío. Para algo lo tengo encadenado en mi sótano. Los demás personajes sí que le pertencen a ella (por ahora).
El punto de inflexión
Un momento que separa lo que fue de lo que podría ser. Lo que ha sido y lo que será.
—Si llego a saber que nos íbamos a tirar las dos putas horas practicando el Expelliarmus, te juro que no hubiera ido, Justin —protestó Zac dejándose caer contra el respaldo del sillón de la confortable Sala Común de Hufflepuff—. Deberían avisarnos o algo. Para ahorrarnos el pasarnos dos horas haciendo el gilipollas.
—Vamos, deja de quejarte, ya oíste a Potter —Justin se sentó a su lado y trató de mirarlo con censura. Cosa que, a pesar de sus intentos, se le daba rematadamente mal. Tenía los ojos demasiado bonitos; con pestañas largas y color chocolate líquido.
Pasar tanto tiempo con Potter me está dejando tan amariconado como él, se dijo Zac en su fuero interno, mientras hacía una mueca.
—¿Qué oí, exactamente? —Gruñó rebuscando en su mochila por los apuntes de Astronomía—. ¿Cómo trataba de ligar patéticamente con Chang?
La verdad es que estaba de mal humor —más que de costumbre, se entiende— porque, durante toda la «clase», no había conseguido hacer ni un solo hechizo bien. Cuando al final había descubierto que eran los estúpidos gemelos Weasley los que se lo impedían, Justin había tenido que contenerlo para que no les lanzara un maleficio.
—No —Justin sonrió con paciencia. Estaba acostumbrado a la mala uva de su amigo—. Ya sabes, que eso le sirvió contra Quién-tú-sabes este verano.
Zac alzó una ceja rubia, dejando escapar todo el desdén que esa frase le provocaba.
—Claro —Asintió mientras lograba sacar un manojo de papeles y lanzaba la mochila al suelo—. Estoy seguro de que si nos atacaran unos mortífagos asesinos el Expelliarmus nos vendría de perlas. Total, solo intentarán matarnos, con desarmarlos se acaba el problema.
Justin suspiró, renunciado a tratar de razonar con él. Cuando se trataba de Harry Potter resultaba imposible hacerlo cambiar de idea. En realidad, cuando se trataba de cualquier cosa, aunque fuera el hecho de que Zac era intolerante a la lactosa —lo cual está altamente probado, pero él seguía insistiendo en que era el olor de las magdalenas con mantequilla de Susan lo que lo hacía vomitar—.
—Últimamente estás de mal humor —se decidió a tantear el terreno—. Es decir, mucho más de lo habitual.
Zac gruñó sin prestarle mucha atención. Intentaba sacar algo en claro del lío de papeles que tenía sobre el regazo, mientras murmuraba:
—¿Dónde cojones he metido el mapa de Astronomía?
Justin siguió mirándolo fijamente, casi sin parpadear. Era un chico paciente, y sabía muy bien cómo tratar con Zac en estas situaciones —de hecho, si no nos hubiera salido tan majo y humilde es probable que se dijera a sí mismo continuamente que se merecía una enorme compensación por soportar al rubio—.
Veréis, a Zacharias Smith no merecía la pena insistirle en que te contara algo, porque te mandaría a la mierda todas las veces necesarias. Tal vez, si te ponías muy pesado —es decir, si le preguntabas más de tres veces—, te lanzaría un buen maleficio.
Tampoco servía el ignorarlo y esperar que te lo contara solo, porque eso significaría que no te lo diría nunca y punto.
La mejor táctica era ponerlo incómodo.
Zac odiaba sentirse incómodo.
Y evidentemente, tras un par de minutos desordenando aún más sus apuntes, con Justin taladrándolo tranquilamente con la mirada, se desesperó.
—¿Qué? —le espetó de forma agresiva, lanzando los pergaminos sobre la mesa.
Justin alzó las cejas. Jamás lo reconocería, pero incomodar a Zac era divertidísimo.
—¿Qué de qué?
Zac torció el gesto. Y si su interlocutor no fuera Justin, su siguiente acto no se hubiera limitado a las palabras.
—¿Por qué me miras con si te hubiera afectado al cerebro la estupidez de Potter? ¿Por fin te has olvidado de Susan y enamorado de mí, o qué?
Justin hizo oídos sordos al ataque.
—Me inspira curiosidad tu mal humor—confesó, mordiéndose la cara interna de las mejillas para no echarse a reír.
Zac alzó una ceja.
—¿En serio? Resulta extraño teniendo en cuenta que mi mal humor se debe a un imbécil con cara de empollón que en estos momentos me mira fijamente.
Justin no se dignó a contestar. Siguió contemplándolo con dejadez, estirado en el sillón. Zac le devolvió una mirada increíblemente ceñuda.
Os podría decir que estuvieron así más de diez minutos, sin que ninguno se decidiera a dar su brazo a torcer. Y si hubiera sido solo por Justin, probablemente se habría dado tal caso. Pero Zac, impaciente, malhumorado, y con problemas de autocontrol, se rindió pronto.
—Creo que me gusta Parkinson.
Un espeso silencio se instaló tras sus palabras.
—¡¿Qué?!
Porque, de todas las posibilidades, de todas y cada una de las opciones, a Justin esa nunca se le había pasado por la cabeza.
Zac le puso mala cara.
—A ver —alzó las manos como si quisiera detener la estupefacción de su amigo—, no te vayas a confundir. No me gusta como a ti te gusta Susan, con los arcoíris, las florecitas y los unicornios rosas. Ni mucho menos —sacudió la cabeza—. Sólo quiero tirármela.
A Justin se le descolgó la mandíbula.
—¿Quieres tirártela? —repitió, como si no hubiera ido bien.
—Sí —admitió Zac rascándose el cuello con cierta incomodidad, antes de añadir con voz queda—: Tengo muchas ganas de tirármela.
Le resultaba muy incómodo hablarle de eso a Justin. No porque fuera extraño. A fin de cuentas era un adolescente hormonal encerrado en un internado lleno de tetas. Incluso aunque Justin fuera muy puritano y quisquilloso, estaba acostumbrado a sus conversaciones sobre pajas y tías buenas.
El problema es que se trataba de Parkinson.
Joder, de Parkinson.
¡De Pansy Parkinson, hostias! Qué estaba como una cabra y ni siquiera se la podía calificar de tía buena.
Así que ahí estaba él, confesándole a su amigo algo de lo que no se sentía especialmente orgulloso. Hablándole de los deseos más oscuros de su apéndice masculino. Dejando de un lado los sarcasmos y el mal humor; sincerándose.
¿Y qué hizo Justin? Se echó a reír a carcajada limpia.
Claro, esto a Zac no le sentó muy bien.
—Eres un capullo —declaró indignado, para a continuación coger un cojín y tratar de asfixiarlo con él.
Lo hubiera conseguido de no ser porque uno de los prefectos le llamó la atención antes de que consiguiera terminar la tentativa de homicidio.
Justin tardó un rato en recuperar una respiración normal, entre las risas histéricas y el intento de asfixia. Zac se dedicó a insultarle entre dientes, desordenando toda su mochila mientras tanto —buscando el dichoso mapa de astronomía, se presupone—.
Al final, Justin consiguió dejar de jadear.
—Perdona —murmuró ronco, sin poder contener una sonrisa—. Sé que ha sido inapropiado, pero es que no me lo esperaba…
—Vete a la mierda.
Justin rió entre dientes.
—Entonces, ¿estás así solo por eso?
—No minusvalores mis sufrimientos, gilipollas. Me despierto todos los días con la polla a punto de estallar por su culpa.
Justin hizo una mueca de desagrado.
—No necesito saber eso —protestó reprimiendo un escalofrío, y tratando por absolutamente todos los medios de no imaginar eso.
Zac se encogió de hombros.
—Tú preguntaste.
Justin suspiró.
—A lo mejor deberías decírselo.
Zac paró por fin de rebuscar en su mochila —había dejado todo su alrededor hecho un caos en el proceso; lleno de papeles arrugados, botes de tinta, pelos de escoba, y plumas—.
—Decirle qué.
—Lo que sientes.
Zac lo miró con escepticismo —y quizá con algo de rencor acumulado, si hemos de ser sinceros—.
—¿Qué me la quiero follar?
Justin carraspeo.
—Yo hablaba de algo más profundo, pero… Bueno, supongo que algo así —en estos temas el pobre Justin no se sentía en absoluto cómodo. Y si Zac hubiera sido otra persona, más compasiva y amable, lo habría dejado.
Pero no lo era.
—¿Qué me la toco pensando en ella aunque no quiera, y qué me gustaría tocarle las tetas aunque no tenga?
A Justin le ardían las orejas.
—No creo que…
—¿Qué me gustaría ir su Sala Común, desnudarla allí mismo y luego metérsela por el…?
—¡ZAC!
Justin se levantó de golpe, avergonzadísimo. E ignorando la mirada de petulancia de su amigo, recogió las cosas a toda prisa. Sin embargo, antes de marcharse, añadió:
—No me hagas caso, como siempre —había cierta acidez en su voz—. Pero eres mucho más patético tú, que ni siquiera lo intentas, que yo que lo intenté y fallé.
Y se fue.
Zac, por supuesto, bufó ante sus palabras y no le prestó ninguna atención a la cara de malas pulgas que le echaba el prefecto por montar tanto escándalo. Como no encontraba el mapa de Astronomía por ningún sitio, se decidió a empezar a hacer la redacción de Encantamientos y se olvidó en seguida de Justin.
No se acordó de él nada más abrir el libro de texto.
Ni pensó en sus palabras al subrayar el título del trabajo.
No le dedicó ni un pensamiento mientras escribía el primer párrafo.
Tampoco cuando empezó el segundo, y se detuvo de pronto, dejando la pluma goteando tinta sobre el papel mientras reflexionaba sobre nadie sabe qué.
Y desde luego, Justin no tuvo nada que ver en su decisión de levantarse de golpe y murmurar un: «cabrón de mierda» por lo bajo.
Que fuera a buscar a Pansy Parkinson tampoco tuvo nada que ver con eso.
La encontró en la biblioteca discutiendo con Blaise Zabini. Estaba muy roja, hablando muy rápido, al parecer escandalizada por lo que fuera que el negro le estaba contando.
Zac resopló y se buscó una mesa cercana. El ánimo que le habían insuflado las palabras de Justin empezaba a disolverse, y ahora lo único que podía sentir era incomodidad. Eso y una creciente irritación porque Parkinson ni se hubiera percatado de que él había entrado en la sala.
La irritación creció cuando se dio cuenta de que Zabini no parecía tener intención de marcharse pronto de allí y llevarse con él esa estúpida sonrisa de bufón. Se planteó un momento si aprovechar para terminar la redacción de Encantamientos mientras esperaba, y es probable que fuera eso lo que le hiciera advertir absurdo de la situación. Lo recorrió un escalofrío al entender que:
Estaba dispuesto a esperar a que Parkinson. Él. Esperar.
Para entretenerse estaba dispuesto a hacer deberes. En la biblioteca. Rodeado de cerebritos repelentes.
Bien. Aquello tenía un límite. Una cosa era que Parkinson se la pusiera dura, y otra muy distinta volverse gilipollas. Por ahí sí que no pensaba pasar.
Así que, reuniendo los restos de su dignidad perdida, se puso en pie y se encaminó con pasos largos hacia la salida. Justin estaba completamente equivocado, eso era definitivo. Él no pensaba volver a acercarse a Parkinson. Se limitaría a hacerse pajas pensando en ella hasta que se le pasara la obsesión y punto.
En eso andaba nuestro protagonista, refunfuñando de vez en cuando por lo bajo —solía refunfuñar por lo bajo cuando algo lo molestaba mucho, es decir, el ochenta por ciento del tiempo—, cuando sintió que algo le tiraba del pantalón.
Que no. No era Parkinson. Qué pesaditos sois, ¿eh? Vale que la chica sea bajita, pero de ser pequeña a tener que tirarle del pantalón para llamar su atención hay un trecho.
No, quién se le había enganchado a los bajos del pantalón no era otra que la Señora Norris, que lo miraba fijamente con sus ojos enormes y fijos, llenos del desdén propio de un gato.
—¿Pero qué mierda…? —empezó entre sorprendido y cabreado, probando a mover su pierna para deshacerse de la gata. Craso error: las uñas que le había clavado rajaron definitivamente la tela, y la Señora Norris continuó sin soltarle.
Obviamente, esto a Zac no le hizo ninguna gracia.
—¡No tengo nada ilegal! —le gritó sin pararse a pensar en lo absurdo que se vería desde fuera chillándole a un animal—. ¡Suéltame, gato imbécil!
Entre improperios de lo más variopintos se inclinó para coger a la gata y lanzarla todo lo lejos posible, pero ella fue más rápida y se alejó de él con un salto y un bufido, rasgando más los pantalones.
Zac, al ver el estropicio, alzó la voz y le dedicó al minino unas palabras que no voy a repetir para no escandalizar al personal. Lo importante de aquí es que, tras quedarse a gusto —probablemente unos diez minutos después— y que la Señora Norris hubiera desaparecido de su vista, se volvió y se encontró con unos enormes ojos abiertos de par en par.
Y no, tampoco era Parkinson.
Era un niña —Zac juzgó que de primero—, con una carita demasiado pequeña para unos ojos demasiado grandes y una larga mata de pelo oscuro. Aferraba su mochila con fuerza, mientras lo contemplaba como si fuera la aparición del mismísimo Quién-Tú-Ya-Sabes.
Sin embargo, en lo que se fijó el Hufflepuff fue en su corbata verde. Y entonces tomó una decisión.
Probablemente se debiera a la adrenalina que la pelea con la Señora Norris le había acumulado en la sangre, a que estaba harto de toda esa mierda, o a que quería demostrar que seguía teniendo hombría a pesar de que una gata se la hubiera pisoteado. Sea como sea, por alguna razón que se escondía entre el amasijo de sentimientos y pensamientos revueltos y sin sentidos que era Zacharias Smith, lo hizo.
—¿Conoces a Pansy Parkinson? —le preguntó a la niña, que lo miró todavía más fijamente antes de asentir lentamente.
Satisfecho —o algo así—, Zac sacó un trozo de pergamino de su mochila y garabateó algo en él antes de pasárselo a la niña.
—Quiero que le des esto —declaró, antes de añadir—: Está en la biblioteca, ¿de acuerdo? Dile que es de parte de Zacharias Smith.
La niña volvió a asentir con lentitud, antes de salir corriendo. Zac no las tenía todas consigo; esa niña era Slytherin después de todo, por muy inocente que pareciera. Bien podía hacer copias de la nota y pegarlas por todo el castillo.
En realidad, el plan de Zac dejaba bastante que desear para cualquiera que se dedica a meditar mínimamente las cosas. Por suerte, Zac no había sido nunca una de esas personas.
Se sentó en el suelo del pasillo, pegando su espalda a la pared, y se dispuso a estudiar los daños causados por el maldito gato mientras esperaba.
No tardó en escuchar unos pasos furibundos que resonaban por todo el pasillo, y se felicitó a sí mismo por sus grandes ideas —que de grandes tenían poco y de ideas propiamente dichas menos—.
Continuó admirando su pantalón destrozado, ignorando sin pudor a la persona furiosa que se había colocado ante él.
Entonces, sin que pudiera siquiera preverlo, una mano restalló contra su nuca con fuerza, revolviéndole el cabello rubio y dejándole un extraño ardor en la zona.
—¿Qué…? —levantó la cabeza de golpe, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y una mueca de ira deformándole el rostro. En esta ocasión, pudo alzar el brazo para detener la pequeña mano que parecía dispuesta a destrozar su mejilla.
Se levantó de un salto —en realidad, le costó bastante y llegó a balancearse ligeramente, porque no es nada fácil tratar de levantarse mientras impides que una chica con deseos homicidas te asesine—, para no estar tan indefenso ante la violencia de Parkinson, que parecía dispuesta a destriparlo allí mismo.
—¿Qué mierda te pasa? —le espetó tenso, preparado para defenderse de cualquier otro ataque—. ¿Te has vuelto loca del todo?
Parkinson, con los ojos echando chispas, le hizo su típico gesto de clavarle el índice en el pecho.
—¿Qué mierda te pasa a ti? —le reclamó tan roja que parecía a punto de estallar—. ¿Cómo se te ocurre enviarme una nota como esa?
Zac bufó.
—¿Y cómo querías que te la enviara? Me pareció que por el correo habitual sería un poco incómodo.
Pansy apretó los puños, dejándole uno clavado en el pecho y otro colgando en su costado.
—No entiendo qué pretendes —declaró ella entonces, al parecer tratando de contener su rabia irracional para sacarle algo en claro.
—¿En serio? —exclamó él, pensando para sí mismo que Parkinson era realmente retrasada—. A mí me parece obvio. ¿Qué ponía en la nota?
—Que si quería… —la palabra se le atragantó en la garganta, como si le repugnara decirla. O como si le repugnara que él le propusiera aquello.
—…follar —completó él, incapaz de soportar el silencio. La voz le salió en un susurro ronco, sin embargo. Y la furia de ambos se desvaneció en la incomodidad del momento—. Creo que la propuesta está bastante clara.
Parkinson se separó de él. Zac no se atrevía a mirarla a la cara. Era más que probable que se hubiera sonrojado —«oh, Zac, estás tan mono cuando te sonrojas»—, y aquella sería más humillación de la que podía soportar.
De repente, su gran idea ya no le parecía tan maravillosa.
Se atrevió a contemplar a Parkinson por el rabillo del ojo, a pesar de la pesada atmósfera. Ella también parecía mirar el suelo, sin saber muy bien cómo reaccionar.
«Es la última vez que le hago caso al gilipollas de Justin».
—No lo entiendo —dijo ella finalmente, atreviéndose a levantar la mirada—. No te entiendo. ¿Es una especie de broma?
Zac no supo que contestar.
—¿Pansy?
Ambos se volvieron para encontrarse con la alta figura de Zabini, que los miraba con cierta desconfianza en sus ojos oscuros —apenas una chispa que trataba por todos los medios de ocultar—.
—¿Has terminado? —preguntó alzando las cejas con curiosidad. Ella desvió la mirada.
—Sí —respondió dándole la espalda a Zac y encaminándose hacia su amigo.
Eso fue lo que jodió a Zac. No habían terminado, no habían terminado en lo absoluto. Pansy Parkinson era estúpida y él un completo imbécil. Como diría Justin: «harían buena pareja por las deficiencias mentales de ambos». O algo así.
Y Zacharias Smith, impulsivo, egoísta, gruñón e irascible, se adelantó un par de pasos, la agarró con fuerza del brazo para girarla y la besó.
Quizá «la besó» sea un término demasiado optimista para lo que sucedió allí. Zac le estampó los labios en la boca durante unos segundos, sin siquiera molestarse en cerrar los ojos, en algo que fue más un choque que otra cosa.
Notó a Parkinson tensarse como un muelle ante el contacto, y la vio abrir los ojos de par de par, pero no se dejó amedrentar por eso.
Sus labios eran pequeños y suaves, y si no hubiera sido por la brusquedad del supuesto beso, a lo mejor alguno de los dos habría llegado a sentir un cosquilleo de emoción.
Al separarse, ignorando la expresión atónita de Parkinson, le pegó los labios en la oreja sin dejar de observar la expresión contenida de Zabini, y le murmuró:
—Finge lo que quieras, sé que yo también te gustó.
Y así, sintiéndose audaz e idiota al mismo tiempo, la soltó y se largó de allí rápidamente, antes de que Parkinson saliera de su estupor y decidiera sacarle los intestinos.
Y finalmente, fue esa noche cuando ocurrió el punto de inflexión.
Zac estaba tratando de meterse por la cabeza un pijama dos tallas más pequeño —se había equivocado al meterlo en el baúl, ¿vale?—, cuando llegó la lechuza.
Era pequeña, gris con algunas motas negras. Picoteó en el cristal de su ventana, y Zac, pensando que sería alguna nota para sus compañeros, la dejó pasar.
Parpadeó al comprobar que la carta estaba dirigida a él.
Dentro sólo ponía esto:
«Sí.
Firmado: P. P.»
Esto... ¿Hola? *Se agacha para esquivar los tomates*.
Sé que soy una mala autora que tarda casi medio año en dignarse a subir el siguiente capítulo, y la verdad es que no tengo una buena excusa. Odiaba el capítulo este verano, lo odiaba a principios de curso, lo odiaba mientras estudiaba la horrible asignatura de Operaciones Financieras y lo odio ahora. No me preguntéis por qué. Lo odio y ya está.
Sin embargo, he decidido subirlo tras terminar lo poco que le quedaba porque tenía mono de estos dos. Y aunque yo odie el capítulo, no significa que lo vayáis a odiar vosotros (espero).
El caso: ¿no os parece súper mono Zac? Ay, si es que lo adoro. Espero que se haya entendido bien el final, que me gusta dejar las cosas en el aire y a veces no sé si lo dejo lo suficientemente claro.
(¿Os habéis fijado en Blaise? ¿Con Pansy? ¿No? Pues fijaros, que para algo son una de mis OTP. De hecho, Blaise solo sale aquí por eso, XD. Por cierto, Blaise, siento haberte hecho sufrir, pero era necesario para la historia *llora*. Ven que yo te doy amor).
Respecto a los siguientes capítulos: no creo que la historia tenga muchos más de diez. Quedan algunas escenitas de estos y el inevitable desenlace. El siguiente capítulo se supone que será corto, así que a ver cuando puedo ponerme con él.
Antes de que se me olvide: quiero agradecer con todas mis fuerzas a Metanfetamina por betearme la parte más difícil del capítulo hace ya como tres siglos y medio. Siento haber tardado tanto en subirlo, y espero que te haya gustado también el resto. Eres casi tan achuchable como un panda *abraza el ordenador*.
Agradecimientos especiales por dejar review en el capítulo anterior y/o por hacerme saber su amor a esta historia por otros lares a: Metanfetamina, Efecto Placebo, Sam Wallflower, Miss Y, SrtaPoetry y Medusae.
(Si olvido a alguien no dudéis en quejaros y llamarme desagradecida y malvada hasta que os incluya).
¡Muchísimas gracias por leer y estar ahí!
Lils
