Haooo guapuras! Otra vez me tenéis aquí con un nuevo capítulo, siento la tardanza, pero no veáis la de cosas que se le presentan a una cuando quiere hacer algo que le gusta. Vamos, es como si Kamisama hiciera lo imposible para evitar que yo escriba. Por algo será XD En fin, aquí tenéis el capítulo 2, espero que sea de vuestro agrado y que aguardéis con ansias el siguiente ^^ Eso me haría muy happy y si no entendéis algo, no dudéis en preguntar. Se os quiere!
Disclaimer: Bleach y sus personajes pertenecen a Kubo Tite, sólo los utilizamos como diversión y no recibimos ningún tipo de retribución económica por ello. No obstante, el argumento y los personajes originales de esta historia si son de nuestra propiedad.
CAPÍTULO DOS
En el que vamos mil años atrás
Se trataba de un día nublado y gris, si el sol seguía existiendo, no hizo acto de presencia. Las ramas de los árboles eran agitadas por un fuerte viento de levante y su melodía envolvía a un grupo de aprendices de shinigamis y su tutor. No obstante, los aullidos del último eran tan potentes que acallaba todo lo demás.
—¿Qué pasa? ¿Acaso ya no puedes más? —gritaba Yamamoto; joven, apuesto y de cabellera negra recogida en un moño.
Se trataba del entrenamiento habitual, el objetivo era fortalecer a los jóvenes para que pudieran luchar contra los Hollows de manera que olvidaran el dolor y se centraran en la lucha. Dicho entrenamiento empezaba muy pronto en la mañana y acababa justo a la hora de la comida.
Éste no era su trabajo natural, Yamamoto no debería estar entrenando mocosos llorones, pero el último entrenador había muerto ayer. El equipo que le acompañaba resultó herido y justo ahora estaba delante de uno. Tenía heridas en hombro y vientre, pero eso no debía impedirle continuar con el trabajo
—¡Te he preguntado si no puedes más! —alzó más la voz, provocando que el chico temblara del miedo. Él seguía sin responder, paralizado por el dolor y el terror—. ¡Mírame, muchacho! —lo agarró por el hombro sano y lo encaró—. ¡Si no puedes más, házmelo saber! —no respondió—. ¡Habla!
—No...no puedo más, señor —se atrevió a decir, pálido como el papel.
—Entonces no mereces seguir en la División —Genryusai le soltó y desenvainó la katana, listo para acabar con el joven—. Acabaré con tu dolor.
El chico cayó al suelo muerto de miedo, no tenía ni fuerzas para suplicar por su vida. Genryusai agarró con fuerza la katana, siendo observado por los demás practicantes aterrados, y arremetió contra el herido. No obstante, nunca llegó a tocarlo, pues justo antes, un objeto pasó por delante de sus narices con una velocidad increíble y se clavó en uno de los árboles que había en el campo de entrenamiento.
Yamamoto siguió la trayectoria de origen de dicho objeto, que luego descubrió que se trataba de un abanico de finas telas. Pronto, encontró la fuente de semejante ataque… una de las bases. Allí, apoyada en uno de las barandillas… había una mujer.
O mejor dicho, una diosa. Una diosa de cautivadores ojos se apoderó de él, nada más posar los suyos en ella. Una mujer que se quedó tatuada en su alma como una cicatriz en el cuerpo… Una tennyo…
El viento agitaba sus sencillos ropajes y jugueteaba con su pelo dándole un aspecto celestial. Sin embargo, había un detalle que apagaba todo ése semblante divino, su mirada. Una mirada intensa y llena de furia contenida que paralizaba el alma. Genryusai quedó embelesado por la feroz y salvaje mirada de la desconocida, pero rápidamente, recuperó el sentido y la encaró. Por muy bella que sea, se atrevió a interrumpir su cometido. No tenía ningún derecho ni ningún perdón.
Delante del desafió de él, ella sencillamente se relajó y se dispuso a marcharse con su compañera, pues había otra mujer con ella, como si nada hubiese pasado. Ésa actitud serena y confiada le enfureció.
—¡Tú! ¡Mujer! —ella se detuvo y le miró—. ¿Cómo se atreve una simple sirvienta a interponerse en mis decisiones?
—¿Una… sirvienta? —repitió incrédula pero luego pareció entender algo y levantó la mirada.
—¿Cómo se atre…? —gritó su compañera, pero la mujer la hizo retroceder.
—¿Acaso se necesita de una posición social alta para salvarle la vida a alguien? —preguntó irónicamente la mujer.
—Ninguna posición social te libraría de la hoja de mi katana —dijo en tono amenazante.
—Tampoco haría falta, ¿qué intentas hacer con esa aguja? —se burló señalando su impotente arma—. ¿Planeas darnos clase de costura?
—No tienes ni idea de con quién estás hablando, sirvienta —aulló Yamamoto.
—¿Y tú, Shigekuni Genryusai Yamamoto? —soltó la Tennyo.
De alguna manera, su Reiatsu cambió. Yamamoto sintió estar delante de una arrogante depredadora que conocía su nombre por algún motivo.
Ni sus estudiantes, ni la otra sirvienta alcanzaron a ver el fugaz movimiento de la Tennyo. Pues al principio estaba junto a su compañera, en la base, y ahora estaba en el patio, junto a él. Para cuando Genryusai llegó a preguntarse para sus adentros, cómo era que una desconocida sabía su nombre, ya la tenía detrás.
Espalda contra espalda, no se llegaban a tocar, pero aun así él notaba su ardiente cuerpo y su dulce olor. El Capitán apretó su espada y con un giro, dio un corte horizontal, evocando una fuerte ráfaga de viento. Los practicantes se mostraban aterrorizados delante de la inusual pelea que se estaba produciendo. La sirvienta, daba gritos sin parar.
No obstante, nunca llegó a tocar a su objetivo. A pesar, de su enorme concentración, Yamamoto no llegó a notar un detalle. Su katana pesaba más de la cuenta. Al percatarse, halló a la causante de ése problema. La mujer estaba apoyada sobre la katana con un pie sin demasiado esfuerzo. Observándolo. Le observaba con ésos vibrantes ojos lilas, que, por alguna extraña razón, ahora eran de un color más oscuro.
Por unos breves segundos, que parecieron horas, hubo un intercambio de miradas. Los ojos de él mostraban una triste y denigrante historia de supervivencia. Los de ella, una titánica carga y una oscura soledad. Por unos instantes, ambos parecieron olvidar sus problemas, pues los del otro, se les antojaba más pesados. Por unos momentos… ambos dejaron de sentirse solos.
—Según el cristianismo, Dios creó el mundo en siete días —afirmó. Yamamoto no entendía a santo de qué venía esto—. Pues se notan las prisas —continuó mirándole a la cara.
El Capitán recobró el sentido y captó el significado de ésas palabras, significado que obviamente, le enfureció. Y el detonante, era ésa cara de compasión fingida. El aludido sacudió su arma, provocando que la joven, de un salto, regresara junto a su alterada compañera al otro lado de la barandilla, en una Casa De los Aprendices.
—Ha sido un placer jugar contigo —bajó la cabeza en una falsa señal de respeto—, pero algunas no podemos desperdiciar el tiempo.
Con el gesto altivo de una reina, dio media vuelta y se dirigió al pasillo principal.
Yamamoto, enojado por esta grave falta de respeto, dejó que la furia lo dominara. Atrapó una pequeña arma en forma de cuchillo y, con precisión, la lanzó en su dirección.
No obstante, a pesar que el arma iba directamente a su cabeza, de nuevo, no le llegó a rozar. Una mano grande y firme logró capturar el cuchillo antes de que Yamamoto tuviera que lamentar algo. Y ésa mano pertenecía a… un joven Hyosube Ichibe, otro Capitán, por aquél entonces.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos por aquí? —preguntó sosteniendo el cuchillo con interés para luego, mirar al causante de todo aquello.
—Ichibe… —susurró Genryusai, el nombrado solo se limitó a sonreír y mirar al dúo de chicas.
—Curioso —alcanzó a decir cuando se fijó en la Tennyo, ella simplemente endureció la expresión y no dudó en mantenerle la mirada. Era una chica muy valiente, pensó Yamamoto—. Bueno chicas, el deber llama, ¿no es así? —apuró instando a que se marcharan.
La compañera de la Tennyo pareció entender algo y la guió hasta fuera de su alcance.
—Fin de la clase —se apresuró en decir Genryusai. Los practicantes, pálidos, no dudaron en marcharse. Por fin, el patio, se quedó en silencio.
—Yamamoto, Yamamoto, Yamamoto, has vuelto a dejar que la ira te controle… —se rio el otro Capitán.
—Cállate, no necesito tus comentarios —respondió cortante.
—Oh vamos, no seas así —se jactó, pero decidió abandonar el tema de la ira, pues sabía que su compañero no lo llevaba muy bien—. Y yo que tú, miraría de cambiar… —Yamamoto le fulminó con la mirada, pero Ichibe, alegre, siguió hablando—. ¿Qué crees que pensaran de nosotros los ciudadanos, los practicantes o… las chicas por ejemplo?
—¿Me tiene que importar? —contestó indiferente.
—Debería importarte, a mí me importa. No deseo que nos sigan llamando Asesinos – se rascó la cabeza—. Y más aún cuando tendremos invitadas.
—¿Invitadas? —preguntó molesto.
—Así es, hermano, por lo que veo que no te has enterado. Si dejaras de gritar a lo mejor descubres que la gente te habla —se burló.
—Me parece que no aprecias tu vida —amenazó Yamamoto.
—Calma, calma —levantó las manos en señal de paz—. Se ha confirmado que la Familia Real se instalará en esta base.
—¿El Rey? —Ichibe asintió—. ¿Ha decidido bajar de su palacio para venir a ésta vieja base? —volvió a asentir—. Es más, ¿Lo ha decidido solito? —cuando Ichibe estaba a punto de volver a asentir, rio.
—Pero si tienes sentido del humor, Yama… —continuó riéndose pero de repente, paró en seco—. Podrías ser asesinado por utilizar ésas palabras hacia el Rey —respondió totalmente serio y amenazador.
Ambos se quedaron en silencio, pero finalmente, Ichibe rompió a reír.
A Genryusai siempre le pillaba desprevenido, pues el temperamento de Ichibe era impredecible. Nunca sabías exactamente, cómo se tomaría según qué cosas. Y eso, era lo que más interesante le parecía al Capitán. El susodicho paró de reír y continuó.
—No sé si te has fijado —comentó en tono sarcástico—, pero últimamente hay muchas mujeres por aquí —Yamamoto asintió—. Pues son las encargadas para "embellecer" este antro de mala muerte.
—Para que sus Altezas estén cómodas… —el Capitán ya lo suponía. Entonces si la Tennyo era una sirvienta, la vería más a menudo, pues la única razón de que siga existiendo, era su trabajo.
—Correcto, así que mejor deja de asustarlas. Haznos un favor a ambos —le rogó.
—¡Ja! A ti te voy a hacer caso… —resolvió Genryusai alejándose de su compañero en armas.
—Pues deberías… Tú no lo sabes… Pero te acabo de salvar de una muerte segura… —aseguró Ichibe, dejando que sus palabras danzaran en el aire. Dicho esto, desapareció cual ratón.
—¿Una muerte segura…? No quieras jugar conmigo —Yamamoto no era de los que jugaban con su presa, pero si la situación lo requería, no había mejor depredador que él.
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—No te voy a dar las gracias —decidió la mujer más importante en aquella base militar.
—Tampoco las esperaba —rio el joven Capitán Ichibe—. Era lo requerido, después de todo tienes una misión pendiente.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó la joven mirando un bello atardecer. Las horas habían pasado pacíficamente tras el incidente con Yamamoto. Y ahora, estaba detrás de persona más influyente que había de momento.
Una suave brisa agitó su larga melena dando la impresión de que danzara junto a ella.
Ésa pregunta tenía una obvia resolución. Tan obvia que Ichibe le restaba total importancia, dada la clara necesidad de la existencia de la joven.
—¿Acaso tenía otra opción? —respondió juguetón.
—La tenías, siempre la has tenido —comentó aun mirando la puesta de sol.
—Mucho me temo de que dejarte morir no era una opción, mi deber es protegerte —contestó con un tono notable de seriedad. No obstante, ante una situación así, ella sonrió.
—Por supuesto, como Capitán, tu deber era salvar a la Hija —rio delicadamente —. Entonces no te debo nada, Hyosube Ichibe.
—Siempre complicando las cosas…. —él soltó una risotada que relajó el ambiente.
Siempre había sido así, ella nunca cambiaría - Aunque si me permite ser sincero, le estaba salvando la vida a un compañero – prosiguió.
—Ah, el otro Capitán…. —susurró mientras caminaba despacio hacia la esquina del balconcillo de la torre. Desde allí, la vista se volvía vertiginosa, pero no parecía amilanarla en absoluto.
—Así es, lamento su comportamiento —se disculpó.
—¿Crees que tus disculpas harán que cambie de decisión? —Respondió sarcásticamente—. Yamamoto es demasiado volátil, su temperamento lo llevará a la muerte si no lo mato yo antes —amenazó.
—Sé que no controla su ira, pero con el tiempo…
—No tenemos más tiempo, Hyosube —susurró triste—. Soy consciente de cómo van las cosas por aquí. La División se está quedando sin miembros y nadie en su sano juicio se arriesgaría a participar en vuestro cometido. Cada día, cada hora, cada segundo… Ahora mismo están muriendo mercenarios. ¿Cómo crees que se siente el Rey?
—El Rey debe permanecer fuerte para que sus seguidores no abandonen, nuestra fuerza depende de ello.
—El deber resulta tan inútil como un arpa sin cuerdas. Necesitamos luchadores y un nuevo poder —se volteó de manera que la puesta de sol se desvanecía sobre sus hombros.
—¿Un nuevo poder?
—Los Hollows nos superan en número y fuerza. Sobre todo los Menos Grande. Nosotros solo somos personas con armas diversas; derrotar a uno solo puede traer la muerte de muchos. Las tácticas deben cambiar. Todo debe cambiar.
—¿Qué tienes pensado? —el Capitán tenía mucho interés en las palabras de la joven, porque algo en sus ojos parecía que había visto algo deslumbrante, algo que podría cambiar el rumbo de toda la División.
—¿Qué harías si te dijera que llegado el momento de la Revolución? —dijo con un aire decisivo y cautivante. Ella tenía ése poder, ése carisma. Tenía la capacidad de inculcar valentía y determinación a cualquiera, estaba en su personalidad.
—Te diría que soy todo tuyo —contestó embelesado. Ella rio por su comentario. No obstante, era cierto. Ichibe era alguien que solo seguía a personas con obvias habilidades de liderazgo. Y ella desprendía poder, un poder vibrante y atrayente como un imán. No dudaría en seguirla.
—Te tomo la palabra —la joven se acercó a él con paso firme—. Veré la manera de conseguir aliados, las familias Nobles dicen apoyar nuestra causa, pero aun no les he visto mover un dedo, necios arrogantes…
—Lo curioso es que ésas palabras salgan de tu boca… —comentó y se ganó una mirada de odio—. No sé qué es lo que tienes en mente —ella le observó atentamente y levantó una ceja—. Pero de momento, cuidaré tus espaldas.
—Prefiero que cuides las espaldas de tu compañero, el novato —se burló.
—¿Novato? —Rio—. ¿Eres consciente de que él también es un Capitán?
—¿Y? Tú pareces un lunático y no te digo nada —comentó indiferente—. Las apariencias engañan.
—Me acabas de hacer mucho daño —lloró sobre su brazo izquierdo fingidamente.
—Más daño le haré yo como no aprenda a controlarse. Depende de ti que viva.
—Si… si…. Entendido.
—No deseo que alguien así proteja al Rey. Alguien que no tiene nada que proteger es alguien débil.
—¿Acaso te importa quién proteja al Rey? Mientras lo hagan bien, no hay problema.
—Que sean personas de fiar me importa. No permitiré que alguien como el novato, en un arrebato de ira, llegue a herir al Rey.
—Descuida, nunca pasará. Confío en él – repuso serio.
—Muy bien, estará en período de prueba. Tiene un mes para hacerme cambiar de opinión. De otra manera, le mataré.
—¿Desde cuando eres tan dura? —se rascó la cabeza. Ella se quedó en silencio pero, al rato, altiva, respondió.
—Desde que comprendí que los hombres eran unos blandos —se burló.
—Ciertamente… —él sabía las razones que habían llevado a la doncella a pensar así, por lo que tenía motivos de sobra y no podía negárselo—. ¿Saldrás de caza?
—¿Lo sabías? —preguntó con gesto impenetrable.
—Sé poco, pero lo suficiente como para notar una disminución de los ataques de Hollows a los pueblos circundantes. No deberías ir sola. Aún en tu posición.
—Sólo… Sólo comprobaba cosas —dicho esto, ella subió sobre la barandilla y con gran pericia, mantuvo el equilibrio. Ella seguía observando la cálida puesta de sol de frente, como si la altura no le preocupase. Hyosube admiró la estampa de la joven a contraluz.
—Él cree que eres una sirvienta —comentó.
—Y yo que él es un novato. Pero tarde o temprano, alguno descubrirá la verdad. Y espero ser yo y espero llevarme una sorpresa, para variar… —finalizó con voz quebrada.
Dicho esto, dio media vuelta con una habilidad asombrosa y le miró. Una sonrisa fue suficiente para transmitirle lo mucho que ansiaba equivocarse con Yamamoto, pero nunca lo admitiría.
Con los últimos rayos de sol, ella saltó de espaldas al vacío. La noche cubrió sus huellas y para cuando el sol se marchó, ya no había ni rastro de ella. La oscuridad se la había tragado. Ahora, ella y la noche, eran una.
La luna, en la lejanía, brillaba tenue dando signos de lo que antaño sucedió y de lo que pronto sucederá. Las estrellas parecían prever lo que el sino les deparaba, pero las muy infames, preferían mantenerse en silencio.
—Yo también espero que el futuro me sorprenda —con un leve suspiro, despareció y los indicios de que hubo una reunión se esfumaron para dar lugar a una triste soledad.
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El sol se había alzado hace un par de horas, a pesar del leve murmullo de las sirvientas merodeando por la Base y del entrenamiento habitual de los jóvenes, todo estaba en calma.
Yamamoto también había madrugado, pues el entrenamiento del cuerpo era imprescindible para poder llevar a cabo su cometido. No había salido el sol, cuando el ya llevaba dos sesiones de extremo esfuerzo físico. El sudor era visible y sobre todo, su mal humor.
Desde el incidente con la sirvienta, su cabeza no estaba funcionando bien. No paraba de pensar en ésa despreciable mujer. Ése carácter arrogante e insoportable.
Para ser una simple sirvienta, tiene una forma de ser muy peculiar, normalmente suelen ser unas sumisas para servir a su señor, pero ella parecía las que antes de obedecer, decidían plantar cara a su amo.
No obstante, a parte de su carisma había algo en ella que la hacía destacar. Su mirada.
Ésa mirada ocultaba tantas cosas, tantos secretos que él no podía apartar la suya. Yamamoto encontraba interesante el porqué del comportamiento de ésa mujer a la par que la odiaba. Ésos sentimientos tan contradictorios hacían mella en él y no le dejaban en paz.
Comprendía que sus pensamientos le atormentaran pero lo que no soportaba era sentir los cuchicheos de un par de sirvientas. Llevaban varios minutos observándolo desde los pasillos de la Base. Él estaba en los jardines de entrenamiento a solas y con el torso al descubierto.
Él no tardó en dedicarles una de sus famosas miradas de odio iracundo, las mujeres no dudaron en salir corriendo atemorizadas.
—Yama… - le susurró Ichibe desesperado—. ¿Qué te he dicho de molestar a las damiselas?
—¿Qué las ahuyente antes de matarlas? —contestó furioso.
—A parte – Ichibe continuó gracioso.
—¿Esperas que te conteste? —le ignoró Yamamoto.
—Yama… Sabes que intento ayudarte, si no aportas nada, te pasarán cosas malas.
—¿Cosas malas? ¿Quieres empezar a hablar como un adulto? —aulló.
—Será mejor que cambies ésa forma de ser insoportable tuya, de lo contrario, tu muerte será el precio a pagar por tu insubordinación, Capitán Yamamoto —tañó grave Hyosube. Más serio de lo normal y con una mirada gélida.
Genryusai sintió un escalofrío por todo su cuerpo al oír ésas palabras saliendo de la boca de él. Pues sabía, que cuando cambiaba de personalidad, simplemente decía lo que pensaba en realidad.
—¿Mi muerte? ¿Planeas matarme? —soltó Yamamoto.
—Yo no, pero tu manera de tratar a los demás ha llegado a oídos de la corte y posiblemente hasta el Rey. No quieras que el prescinda de tus servicios.
—Quizás deba recordarte lo que pienso de la Corte.
—Quizás alguien deba recordarte tu posición —desafió una femenina voz desde lo alto.
Ambos alzaron la mirada para encontrar a la misma sirvienta observándoles. Esta vez, sentada sobre una de las barandillas y apoyada sobre uno de los postes que los unía.
De nuevo, Yamamoto se fijó en sus ojos, que en esta ocasión eran lilas claros. Tan claros que parecían plateados, pero debía ser por la iluminación, pensó Genryusai.
—Tú otra vez…. —Yamamoto apretó los dientes.
—¿Me echabas de menos? —soltó irónicamente.
—¿Has venido a que ponga fin a tu miserable vida?
—He venido a verte —contestó y la sinceridad de sus ojos, lograron desconcertar al joven Capitán—. Quería gravar la cara del primer Capitán prescindible de la historia de Almateria.
—Es una lástima que mueras antes —contratacó.
—Repítetelo hasta que te lo creas —censuró ella.
—Es suficiente —alzó la voz Hyosube, pues aunque la escena le parecía divertida, su deber como Capitán era mantener el orden.
Ichibe logró notar que ellos dos se estaban analizando, pues se trataban de dos enemigos que aunque no se pudieran tocar, quizás hayan muerto varias veces en la cabeza de alguno.
A pesar del aire fresco que ahora soplaba, Genryusai no sentía frío alguno, pues el odio fluía por sus venas lo inundaba. No podía decir lo mismo de la mujer, que parecía un bloque de hielo, frío e inexpresable. Él notó cómo ella posaba sus ojos en toda su corpulencia y contaba las cicatrices que su torso le permitía vislumbrar. Pero nada parecía sorprenderla.
Eran heridas de guerra, trofeos que merecían la pena enseñar. Por el contrario, ella estaba impoluta. Ni una cicatriz ni ninguna dureza visible que la vida le haya podido dar. Era la típica mujer que no tenía preocupaciones ni problemas, alguien que ha tenido una vida fácil.
Y él detestaba a la gente así, gente que no se esforzaba en lo más mínimo para ganarse un lugar en la tierra, gente conformista que solo busca su propio beneficio. Y ella parecía uno de los que tanto aborrece. Superficial, arrogante, débil…
—Mucho me temo que tienes razón… —habló ella. Genryusai abrió los ojos sorprendido. Será que ella… Él ignoró ésa posibilidad, era imposible.
—¿Cómo…? – llegó a decir Yamamoto, su única respuesta fue una sonrisa. Una sonrisa espléndida pero eclipsada por la tristeza de sus ojos, pues dejaron de brillar para dar paso a un vacío absoluto.
Genryusai quiso preguntarle aquello que él sospechaba, pero fue interrumpido por la llegado de un mercenario.
—Capitán Hyosube Ichibe —el hombre se inclinó hacia él—. Se ha anunciado una reunión de todos los Capitanes —dijo mirando también a Yamamoto.
—Motivos —quiso saber el nombrado.
—Un comunicado del Rey —respondió solemne. Ichibe miró hacia la chica y Yamamoto hizo lo mismo, a los segundos. Ella levantó las cejas en señal de superioridad y victoria.
—Avisa a los otros Capitanes, nos reuniremos en el Salón Principal —ordenó Ichibe—. Al parecer, el deber nos requiere, Yamamoto.
—Que así se sea —asintió.
No importaba las diferencias entre los demás Capitanes y él, siempre que había obligaciones por delante, él no dudaba en acudir. Yamamoto era un Capitán por mérito propio, incluso el Rey lo había reconocido, otorgándole la posición de líder de División.
Se disponía a marcharse junto a Ichibe, pero su cuerpo le obligó a detenerse, a mirar por última vez a la mujer de triste mirada. Desgraciadamente, ella ya no estaba. Pero algo le decía que su espíritu le seguía por doquier. O más bien, su mirada.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que todos los Capitanes hicieran acto de presencia. La última en llegar fue la Capitana Unohana, que no parecía tener prisa alguna.
A pesar que todos los presentes habían sido nominados como tal, ninguno hablaba más de la cuenta con los demás. Podría decirse que era un grupo de asesinos desconocidos jugando a ser héroes. Tampoco mostraban interés en los demás, por lo que no tenía sentido molestarse en caerles bien.
Podría decirse que el líder de los Capitanes, era el que llevaba más tiempo en el puesto, el que había librado más batallas. Y ése alguien era Hyosube Ichibe.
De la nada, entró un hombre vestido elegantemente, con un aire de superioridad y desdén hacia nosotros. Pero era un aire diferente al de la sirvienta, pues ella no se creía superior a nadie, solo buscaba intimidar. Este hombre, en cambio, buscaba hacernos sentir como unos bárbaros asesinos sedientos de sangre.
—El Rey en persona ha escrito este comunicado para vosotros, Capitanes —habló y desató una pequeña cinta con el símbolo real, abriendo el pergamino. Carraspeó y leyó.
Capitanes, os agradezco que hayáis acudido a mi reclamo.
Pero como soberano, os debo una explicación antes de que os tome por sorpresa.
Dada la reciente decisión de trasladar la Familia Real a la Base de Almateria, he decidido crear una unidad de protección específica para mi familia, mi más grande legado. Y se ha propuesto realizar nuevas estructuras de protección.
Sé que vosotros sois nuestra única y poderosa defensa contra las criaturas que nos acechan pero los recientes ataques han disminuido nuestras fuerzas. Como consecuencia, la seguridad en Almateria se ha visto enormemente afectada.
Mi deseo es devolver la estabilidad y la tranquilidad a este mundo, por ello, he decretado la creación de la Guardia Real. La unidad que me representará hasta que los preparativos del traslado estén finalizados.
La Guardia Real será la encargada de reestablecer de nuevo el orden y la disciplina.
No obstante, por ahora, solo sabréis de la existencia de un integrante, pues los demás serán escogidos según su criterio y selección entre todos vosotros.
Con éste sujeto vendrán las demás directrices, pues ha sido instruido bajo mi tutelación. Por ende, es imperativo que se garantice su supervivencia.
Para finalizar, os anuncio que pronto recibiréis la visita de múltiples familias nobles, que se han visto interesadas en nuestra causa. Se agradecería que sean tratados con máximo respeto y seriedad, pues dependiendo de los acontecimientos, nos proporcionaran aliados valiosos. Sin embargo, soy consciente que la mayoría tienen una actitud poco agradable y sociable, por lo que no se tolerará ninguna falta de respeto hacia ellos. Y obviamente, no toleraré ninguna falta de respeto hacia vosotros.
En el momento en el que mi enviado llegue a Almateria, se volverá mi representante y vetará cualquier comportamiento agresivo y fuera de lugar.
Dicho esto, finalizo mi comunicado. Espero que los mismos que seáis ahora, seáis los mismos para cuando llegue. Y espero que las cosas hayan cambiado. Para bien.
Yamamoto estaba estupefacto, no podía creer lo que sus oídos habían transmitido. ¿Una Guardia Real? ¿Un representante? ¿Nobles aquí?
Se trataba de demasiada información de golpe y nada de lo había leído el hombre arrogante, le agradaba. Alzó la vista para mirar el semblante de sus congéneres. Más de lo mismo, ninguno daba crédito. Antes de replicar en contra del comunicado, las enormes puertas del Salón Principal se abrieron. De entre ellas, salió la última persona que querría ver en este mundo. La última.
—Capitanes… Os presento a la Guardia Real: Kyrie.
Hasta aquí el capítulo, espero que no haya sido muy pesado ni aburrido, pero las buenas historias empiezan con algo que, al principio, es algo muy común pero que al final, acabas echando de menos ^^
Espero tener otro capítulo listo para finales de este mes, si Kamisama quiere XD.
Hasta la próxima guapuras!
