Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.
Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.
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—¿Sabes que en la sala de monitoreo se ve de todo? —Aquel comentario inofensivo, era para ella una gran arma; así que negó tratando de parecer lo más casual, leyendo aquel libro de derecho que ya no le llamaba la atención—. Sí. Bueno, fui a ver si me podían proporcionar un vídeo de hace dos noches.
Por alguna extraña razón sentía a Jacob nervioso, sus manos se retorcían más de lo normal y el tono rojizo de su piel lucía enfermo. Aunque él quería parecer calmado, tranquilo... normal.
—¿Pasó algo? —Isabella trató de que su voz no sonara alterada.
Jacob inspiró profundo antes de conectar sus ojos oscuros con los de ella y negó con la cabeza, cuando lo más obvio era que sí había sucedido algo.
—Solo me di cuenta que faltaban unas cuantas cajas de sedantes y un bisturí. —Pero antes de darle espacio a la chica para que dijera algo, alzó sus manos apresurado antes de agregar—: Ya descubrimos quién fue.
No es que tuviera miedo de que la acusaran o le echaran más años de prisión, tampoco estaba asustada. Lo que sucedía era que no quería dejar impune la muerte de su hija ni que aquellas desgraciadas quedaran con vida; así que puso su mejor rostro de confusión y consternación ante el médico.
—¿Ah, sí?
—Sí. Fue Carmen, cuando te vino a visitar. —Un poco más aliviada, frunció el ceño—. Al parecer el doctor del turno de la noche dejó la enfermería sola, Carmen y Alice ingresaron, estuvieron un tiempo de más y aprovecharon para llevarse esas cosas. —Se encogió de hombros.
Escuchó atentamente cada palabra que él le decía… Los nervios de Isabella fueron controlados con total naturalidad una vez que se dio cuenta que Jacob solamente había visto los vídeos de hacía dos días, no los del día anterior, cuando el otro médico, haciendo una limpieza rápida, dejó al descuido la mesa al lado de su camilla que, casualmente, se hallaba debajo de una de las cámaras de seguridad y la del frente apuntaba hacia otro ángulo. Aprovechó la única oportunidad para esconder el bisturí. Se sorprendió que, por primera vez en la vida, la suerte estuviera de su lado.
Fue como si hubiera planificado casa cosa con un vistazo al futuro.
—¿Jacob? —«Despreocupada, Isabella»; se dijo a sí misma mientras veía directamente a los ojos de él. Necesitaba hacer aquello. Siempre resultaba ser pésima mentirosa, pero ya que le gustaba estudiar a las personas, algo debería haber aprendido y era hora de ponerlo en práctica—. ¿Crees que mañana podré tomar una ducha de verdad?
Aquellos días que había pasado en la enfermería no pudo moverse mucho, por lo que se limitó a asearse con toallas húmedas para mantenerse durante poco tiempo de pie.
—¿No ocupas el baño de aquí? —preguntó, incrédulo.
«¡Diablos!» Debería haberse acordado de aquel pequeñodetalle.
—¡Ah, sí!—murmuró "distraída"con el libro—. Es que el... el baño tiene... um —desvió la mirada hacia un rincón y, ¡bang! Ahí se encontraba su respuesta—, pues... hay una cámara de seguridad y no me gustaría que los guardias se deleitaran viéndome desnuda. —Esbozó una tímida sonrisa mientras escondía su rostro detrás del libro.
Jacob rio fuertemente al ver la reacción de Isabella, que asomó sus ojos achinándolos para mirarlo mal y a la vez de manera juguetona. Le gustaba pasar el día en la enfermería, él siempre encontraba la manera de entretenerla y alejarla de los problemas habituales de las reclusas.
—Así que mañana, en la mañana, me uniré a la ducha colectiva, ¿puedo?
—Claro que puedes, pero si sales de aquí tendrías que regresar a la celda.
En eso Isabella no se había puesto a pensar, pero ya se las arreglaría para ir hacia la enfermería en unos días.
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—¿Tienes lo que te pedí? —Estaba ansiosa, demasiado, pero no quería que Rose la viera así, por eso había aprovechado una llamada a la hora que solo se encontraban los empleados de la casa para conseguir una parte de su plan.
—¿Estás segura que no quieres que le informe a Rose? —Lastimosamente, Renée, su madre, se encontraba en casa ese día y tuvo que pedirle el favor a ella, aduciendo que una de sus compañeras de celda estaba acosándola y pidiéndole dinero.
Se encontraban en la oficina del director y nadie había registrado el ingreso de la señora Swan a la cárcel.
—No, mamá. —Suspiro—. Mira, lo siento; no quería meterte en este lío, pero de verdad no estoy corriendo peligro.
—Pero... si te piden dinero es porque algo está pasando.
—En serio, mamá, no tiene importancia. Me piden dinero porque mi familia lo tiene. Por seguridad… Pero nada importante.
—¿Nada importante? —La voz de Renée sonó un poco alarmada—. ¡¿Qué te acosen es nada importante?!
Isabella rodó los ojos, pero aun así prometió que la mantendría al tanto de alguna situación insostenible allí dentro.
¿Cómo pudo haberse olvidado de lo intensa que era su madre? ¿Cómo? Estaba completamente desesperada para haberle pedido a ella el favor, no había otra explicación al tremendo error que había cometido. Ahora, solo esperaba que su madre mantuviera la boca cerrada como le había prometido.
—Te lo juro, mamá. Ahora, ¿puedo irme? Aún me duelen las heridas.
Renée asintió y le regaló un beso cargado de tristeza antes de ver desaparecer a Isabella detrás de la puerta de aquella oficina.
No quiso decirle a nadie lo que vio aquel día. La mirada ensombrecida y sin vida de su hija la acompañó, aquella mirada que con solo el recuerdo le erizaba la piel.
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Los días siguientes, Isabella se dedicó a fortalecer lazos de amistad con Alice y Carmen; veía sus comportamientos, los analizaba y a la noche sacaba conclusiones.
Alice y Carmen parecían ser inofensivas a simple vista, pero en realidad eran unas víboras que se aprovechaban de los más débiles.
Isabella les secundó en algunas ocasiones y permitió que la utilizaran otras tantas. No le gustó que ellas se dieran cuenta del enamoramiento que Jacob tenía hacia ella; sentía que a él tenía que protegerlo y mantenerlo alejado de todas sus sombras, sin embargo, por sus compañeras de celdas, no pudo hacerlo del todo.
Eran las cinco de la mañana y tenía que arreglárselas para que ambas mujeres salieran antes que ella de la celda. Una guía de cabello rojizo pasó golpeando los barrotes con bate policial, haciendo un sonido de tintineo a medida que iba avanzando. Isabella no despertó por el sonido, sino por gemidos y jadeos murmurados entre Alice y Carmen.
Su cuerpo se había quedado en estado de shock. Todo estaba jugando a su favor. Cada paso que daba, cada movimiento. No podía creerlo, era un momento surrealista. Sentía que estaba en un lugar paralelo, donde su suerte le lanzaba golpes.
Buenos y afortunados golpes.
Una vez que el movimiento y los sonidos cesaron, se estiró y gruñó maldiciendo a los colchones duros que no se amoldaban a su cuerpo, haciendo parecer que recién se levantaba de dormir cuando en realidad había estado escuchando todo.
—¿Qué sucede, riquilla? —La cabeza de Alice apenas llegaba a la altura de la litera—. ¿Desapareció tu cama de agua o la colcha no es de plumas de ganso?
Isabella rodó los ojos. La pequeña mujer siempre se burlaba de su estatus social, sin embargo, no le interesaba ni le removía algo dentro.
—Ugh —se estremeció y comenzó a restregar sus manos—, necesito una línea pronto o me volveré loca —dijo para sí misma, pero Alice la escuchó.
—¿Eres drogadicta?
Quería ponerse a bailar por haberla hecho morder el anzuelo. Carmen salió de debajo de la litera mirándola con especial atención.
—No —se hizo la ofendida—, solo cuando estoy estresada. No soy drogadicta ni nada por el estilo.
—Oh, bueno, si tú lo dices... —Isabella sabía que igual la iban a tachar de drogadicta porque no había aceptado que lo era. Carmen miró a ambos lados asegurándose que los guardias estuvieran lejos antes de agregar—: Si quieres hablo con Victoria, pero te saldrá caro...
Obvio que aquello le saldría excesivo, ya que todos conocían que su familia era una de las más adineradas de Seattle.
—No importa. —Se encogió de hombros y se enfocó a meterse en el papel de una drogadicta; miraba hacia todos lados mientras hablaba con los ojos desorbitados—. El dinero no es problema para mí.
—Está bien, riquilla. —Alice sonrió abiertamente.
Isabella asintió sin agregar nada más. Todo le estaba saliendo de maravillas su papel.
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En las duchas, mientras esperaba el turno para bañarse, tuvo la oportunidad de poner en marcha su plan. Vio a Alice hablando cariñosamente con otra de las reclusas, la primera sonreía de lado y enredaba uno de sus dedos entre las hebras rojizas de la otra.
El dinero se hallaba donde debía de estar. Tan solo estaba esperando el momento propicio para armar la trifulca.
—¿Crees que Manos de tijeras quiera prestarme dinero? —Isabella se frotaba los antebrazos de manera nerviosa, mientras le hablaba a Carmen que se hallaba a su lado masticando chicle ruidosamente.
—¿Por qué?, ¿tu familia no es millonaria?
—Sí, pero aquí no hay un banco o algún cajero —contestó mordaz—. Y mi hermana está desaparecida, sino te has dado cuenta.
—¿Cómo piensas pagar si está desaparecida? —Carmen le sonrió burlonamente.
—Cariño, tengo otros métodos de pagos. —Isabella le guiñó y se metió a la ducha de delante que había sido desocupada, dejando a Carmen con la boca abierta completamente—. Aparte que sí tiene… ayer la vi contando unos fajos de billetes que estaban debajo de la litera, aplastados con la pata.
—Me mintió... —murmuró Carmen, enfadada, olvidándose de la sonrisa presuntuosa y arrogante cuando mencionó sobre los métodos de pagos.
El rostro enardecido la satisfacía más de lo planeado. Poner en pie todo lo que estaba en su cabeza no le resultaba un cargo de consciencia, sino todo lo contrario, tenía una sensación de paz y libertad. La tensión de antes ya estaba despareciendo. Se sentía vengada consigo y con su hija. Con su familia y todos los que sufrieron a su lado, como verdaderos héroes aguantando los mal genios y las depresiones.
Se duchó rápidamente, tratando de cubrirse el cuerpo lo que más podía; detestaba que la vieran desnuda, sobre todo, después de enterarse que estaba compartiendo el mismo espacio con un par de lesbianas. No es que tuviera prejuicios, pero no quería ver nunca más en los ojos de otra mujer, u hombre, el deseo por su cuerpo.
El amor y la pasión le fueron arrancados de su vida de la manera más ruda.
Cuando estaba terminando de vestirse, se percató que la ducha continua se hallaba vacía; frunció el ceño porque se suponía que nadie podía abandonar los baños hasta que dieran la orden. Estaba por acomodarse en un rincón cuando un grupo de prisioneras rodearon algo y se escucharon gritos. Curiosa, se apresuró a alcanzar al puñado de mujeres alborotadas, en el centro de esta estaban sus dos compañeras: Alice y Carmen, más la otra mujer con la que estaba unos minutos atrás con la primera.
Carmen gritaba cosas inentendibles, para los demás, pero para Isabella eran el recuerdo constante del porqué debería acabar con ellas.
—¡Está bien! —gritó una guardia irrumpiendo en el círculo de personas, llegando al centro—. ¡Ustedes, a la oficina del director!
Otras guardias más se metieron y cogieron a las mujeres por la espalda, paralizándolas con las esposas.
—Se terminó el baño. Todas a sus respectivas celdas. —Un gemido mezclado con resoplidos generales se escuchó. Luego todas fueron retirándose guiadas por las guardias.
Pero la sonrisa triunfante fue de Isabella cuando a la noche corrieron el chisme de que las mujeres fueron castigadas en el calabozo y que tendrían unos tres días para meditar a agua y pan, acompañadas de ratas y ratones.
Y Alice que las odiaba...
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«No necesito hablar de esto con nadie... .NECESITO. ¡NO!», repetía en su mente una y otra vez. No tenía que hablar con alguien del asunto, pero para tener información y movimientos dentro tendría que aliarse con alguna persona, de todas maneras. No quería decirle a nadie acerca de sus planes, no quería echarlos a perder.
Sin embargo, ahora tenía que buscar a alguien en quien confiar. Jacob, no. Rosalie, tampoco. Emmett, peor, iría como niñita a contarle todo a su hermana. Y su madre... ella ya estaba un poco entrometida como para darle el jalón de bienvenida e introducirla en sus asuntos; no lo soportaría.
Mas tenía que encontrar cierto tipo de información... por eso estaba impacientemente esperando cerca de la oficina de Michael Newton. Renée le había prometido conseguir lo que necesitaba, con la condición de que le jurara que todo marchaba "bien". En otros tiempos hubiese tenido vómito verbal por no querer hacer juramentos en vanos que no iba a cumplir, pero esa vez, contestó con un seguro «lo prometo» que no hizo a su madre dudar.
—¡Oh, por fin llegas! —exclamó al ver a su madre caminar por el pasillo. Alzó los brazos y soltó un sonoro suspiro.
—Hola, cariño, estoy bien. —Renée le contestó con una leve sonrisa, sabiendo que con esa respuesta pondría los nervios a explotar de su hija.
Renée Swan era una mujer amorosa, dedicada completamente a su familia, a sus hijas en especial; crió a cada una con fuerza y valores impotentes. Era considerada para muchos como la mujer "florero", pero nadie sabía que en realidad, detrás de tremenda familia y empresa, estaba su rostro. Cada decisión tomada, su esposo había consultado con ella pidiéndole su opinión. No le interesaba lo que la prensa sensacionalista la consideraba.
Y cuando sucedió lo de su pequeña, ella fue la primera en dar la cara armada de coraje y mandar a todos al más recóndito infierno que existía en la tierra. Soportó estoica cada rueda de prensa donde la atacaban por no criar a su hija como era debido.
Renée Swan en realidad era el soporte más fuerte en esos momentos e Isabella admiraba inmensamente eso. Era su héroe, su mujer maravilla, la mejor madre que pudieron haberle dado, mejor que un confesionario y mucho más que una mejor amiga. Renée sabía hasta el más oscuro secreto de su hija.
En ese momento, viéndola tan desesperada, supo que su pequeña niña inocente había sido reemplazada por aquella mujer fría y sin escrúpulos que le mentía descaradamente.
Entraron a la oficina en completo silencio, sintiendo la falta de aire. Isabella sabía perfectamente que cuando su madre se ponía en "plan investigador" no había ser humano que la hiciera desistir en echarse para atrás y abandonar el caso. De esa manera había descubierto que Rosalie salía con Emmett cuando apenas ella tenía 14 años y él 18. Así mismo supo quién había roto su jarrón chino favorito por ganarle a su hermana una carrera hacia el comedor. Renée era de temer.
—Hija, ¿segura que todo va bien? —Los ojos de Isabella se aguaron al escuchar el tono cariñoso y cauto de la mujer.
¡Dios! Deseaba fervientemente regresar el tiempo al momento que entró distraída con un gran ramo de rosas a la empresa de su padre y se chocó con Felix. Debió haberle rechazado aquel helado de compensación por hacerla caer al suelo y arruinar el arreglo floral.
Pero es que Felix era tan persistente...
—Mamá... —gimió—. ¿Desde cuándo en una cárcel se la pasa de maravillas? No tienes ni idea de cómo estoy tratandode sobrevivir a este lugar. Todos los días me despierto con la idea de... matarme, pero soy tan cobarde... no puedo. Soy masoquista. Este mundo no me pertenece, ya no es mi hogar.
El nudo que estaba en la garganta de Renée se desató, soltando quejidos y sollozos. Nunca se imaginó escuchar aquello de boca de sus hijas. Ella más que nadie sabía lo que era sentir la pérdida de un hijo. Antes de Rosalie pasó por dos abortos, el segundo cuando tenía ocho meses de embarazo. Incluso, había renunciado a intentar con otro embarazo. Después de meses, llegó la pequeña flor de primavera de Charlie, y cuando se enteraron de Isabella, para ellos fue un ángel llegado a agrandar de amor a su familia. Tenía que darle alguna esperanza a su hija, aunque fuese una pequeña. Aquella joven no tenía nada por qué pelear. Y ella deseaba poder proporcionarle ese algo o alguien, pero, lamentablemente, no tenía aquello entre sus manos.
Su pequeña niña se desvanecía cada segundo que pasaba.
Renée trató de recomponerse, pero al verla vulnerable, derrumbada y perdida, el nudo en su corazón se desató y la ansiedad la hizo correr hacia el baño de la oficina para arrojar el poco contenido en su estómago.
¿En qué momento había fallado como madre? Su pequeña niña no tenía la culpa de nada; había entrado con su corazón hecho añicos y al parecer, este se había convertido en nada. Ni siquiera parecía tener el hueco de que alguna vez tuvo uno.
No había brillo. Ni una sonrisa tímida. Absolutamente nada del alma que antes había habitado en el cuerpo de Isabella estaba allí.
—Mi amor... tan solo dime qué puedo hacer para aliviar tu dolor.
—Ya no hay dolor. No hay nada. No hay alegrías, no hay vida. No hay sonrisas, no hay lágrimas… estoy vacía, por dentro y por fuera.
Sí, era verdad. Por lo menos aquellos ojos no vacilaron al decir cada palabra que salía por su boca. Estaba vacía y ya no había una vuelta atrás. O un perdón.
—¿Deseas algo más? —La voz de Renée sonó disgustada y brusca, con un toque de desesperación y desolación.
Le pasó los papeles que la joven le había pedido y con escueto "adiós" salió de la oficina.
No podía estar en el mismo lugar donde su hija había muerto.
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A pesar de estar sola, las lágrimas no brotaban en su interior, era como si estuviera seca. Había dicho en voz alta lo que sentía y seguramente había herido a su madre al decir aquello, pero no pudo evitarlo. No podía mentirle a Renée y decirle que todo estaba bien cuando, en realidad, no existía nada bien en aquel lugar ni en su vida.
Soltó un enorme suspiro, dándole vueltas al papel que tenía entre sus manos: era la lista de aquellas mujeres que se encontraban a su alrededor, las cuales no tenían ninguna esperanza de salir algún día de la cárcel. Estaba todo bien ordenado, según la proximidad a su celda. Renée había hecho un gran trabajo, facilitándole accesos.
Bajó de la litera cuando escuchó el tintineo de los barrotes. La hora del desayuno era la indicada para hablar con la primera marcada en la lista.
Después del baño, comenzaron a encaminarse al comedor formando una larga fila para mantener el orden. Alcanzó a ver a Esme Platt sentada en una de las mesas, era hermosa, de piel pálida, cabello color caramelo y, ¿rostro angelical?
¿Qué mierda, una mujer en la cárcel, acusada de tráfico de drogas y asesinato con rostro angelical? Aquella mujer era considerada una de las más peligrosas, tenía fama de... ¿con esa apariencia? Definitivamente, consideraría más peligrosa una cucaracha que a ella.
«¡Pero si por poco y más un coro de ángeles la rodea!»
Debería ser alguna trampa de Renée, con los contactos que ellos tenían y todo aquello, eran capaces de infiltrar a alguien para que no cometiese alguna locura. No tenía que haber confiado en su madre, sus instintos llegaban a un nivel insospechado.
Esme Platt... miró una vez más la pequeña ficha que había hecho en la pasta del libro de derecho penal, tratando de convencerse que estaba teniendo un espejismo.
La mujer alzó la mirada hacia ella e Isabella vio las pupilas irritadas y los ojos miel vacíos, sin vida; fue como si se estuviera viendo a través del espejo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras avanzaba a paso seguro hacia Esme.
Al asentimiento como saludo le acompañó una señal hacia la silla vacía que estaba al lado de la mujer, aún estaba incrédula de aquella ficha; sin embargo, tenía la misma apariencia de no importarle la vida, como la de ella.
—Si tienes algo importante e interesante que decirme, te puedes quedar. Sino, es mejor que vayas buscando otro asiento libre.
Isabella tranquilamente tomó asiento a su lado. Sin decir una palabra cogió el pedazo de pan duro entre sus dedos y comenzó a hacerlo ciscos mientras pensaba las palabras claves para iniciar la conversación.
—Cuando me casé, pensé que había ganado el cielo —comenzó a hablar, acompañado de un tono neutro—, Felix era mi todo. Un año viví en las nubes, pero solo le bastó un día para hacerme aterrizar. No sé en realidad lo que sucedió, puede que mi subconsciente haya sido razonable y lo tiró por el acantilado.
»Puede que Dios se acordó de mí, o se dio cuenta que era un hijo de puta e hizo que se cayera. Puede que hayan pasado muchas cosas y que nunca se sepa la verdad. Pero al ingresar a este lugar... me di cuenta que aún no había vivido el verdadero infierno. No sé qué mal les hice pe...
—Si quieres una puta psicóloga, te informo que yo no lo soy, ni me interesan tus problemas. Lárgate de mi mesa y agradece que te esté dando esta oportunidad, porque la próxima vez... no lograrás ni recordarlo.
El cuerpo de Isabella sufrió un pequeño estremecimiento. Sus piernas le rogaban por levantarse y alejarse, mas su pequeño coraje y su determinación a conseguir lo que quería la mantuvieron fija al banco.
—Pero un pequeño ángel albergado en mi interior me dio fuerzas para continuar con mi vida, a pesar de que no lo iba a tener a mi lado y que iba a perderme todo lo relacionado con ella —continuó como si Esme no hubiese dicho ni una palabra de su amenaza. Se dio cuenta que mencionar al bebé puso curiosa a la mujer—, y en realidad, ella fue la que perdió todo. Empezando por la vida. La había mantenido caliente en mí, pensé que nunca le pasaría mientras la protegiera con mi cuerpo… pero no resultó ser el mejor refugio. Una mañana fui atacada por dos mujeres, mi bebé murió. Aún tengo las cicatrices y duele cada vez que las veo.
—¿Te atacaron aquí, adentro? —La voz de Esme estaba ronca y un poco quebrada. Isabella asintió—. ¿Sabes quién fue?
—Alice Brandon y Carmen Carlige.
—Perras... ¿Quieres un tratamiento especial con ellas?
Una sonrisa pujaba por abrirse paso entre sus labios. No se había equivocado, ella tenía apariencia de querer devorar a todo aquel que se metiera con seres inocentes. Tal como ella. Hacer valer los derechos y defender a todo aquel que no pudiera defenderse. Ellas estaban jodidas como para salvarse, pero todavía había personas en el mundo que necesitaban protección.
—Solo quiero obtener algo de Escopolamina, del resto me encargo yo con mis propias manos.
Esme asintió entendiendo lo que Isabella deseaba.
—Esta misma tarde tendrás lo que deseas —dijo Esme. En ese momento alzó un dedo, nadie prestó atención a ese simple movimiento, al parecer—. ¿Has hablado alguna vez con Victoria?
—Solo he escuchado hablar de ella.
—En realidad no es Victoria, pero no te interesa su verdadero nombre. Ella te va facilitar todo… es la guía pelirroja.
—Bien. —Asintió en la misma posición. No había tocado su comida, ya que la ansiedad no se lo permitía—. Solo dime cuánto es y esta misma tarde lo tendrás.
—El tratamiento especial va por la casa. —Terminó de decir Esme antes de levantarse con su bandeja intacta entre sus manos.
Isabella hizo lo mismo y salieron a la vez por la puerta del comedor, tomando distintos rumbos; Esme hacia el patio e Isabella hacia la biblioteca.
Necesitaba urgentemente saber algo del porqué Esme estaba allí. Había escuchado resentimiento e ira por parte de ella y su curiosidad la llevaba al límite del deseo. Siendo una persona curiosa por naturaleza, sabía que no iba a poder descansar hasta que sepa algo de la vida de la mujer.
En la biblioteca había un ordenador conectado a un viejo módem que proveía de internet a las reclusas; la mayoría no sabía cómo usarlos por lo que siempre estaba desocupado.
—Hola —saludó amablemente a la mujer que se encontraba detrás del mostrador—. ¿Puedo obtener la clave? —Señaló hacia el ordenador.
—Claro, cariño. —La mujer entrada en edad la acompañó hasta el rincón para escribir la contraseña. Siempre había sido respetuosa cuando las personas escribían algo tan personal e importante delante de ella, así que miró hacia otro lado fijándose en las estanterías prácticamente vacía de libros. Era dos celdas que habían sido acomodadas juntas para que sirviera de biblioteca y dos mesas largas con sus banquillos se hallaban en el centro. Las paredes estaban pintadas de un gris sucio que le daban aspecto tenebroso—. Tienes diez minutos.
La mujer se retiró y ella tomó asiento sin perder el tiempo; si Esme hizo algo extremadamente malo de seguro había salido en algún periódico.
Escribió "Esme Platt" en el buscador y, rápidamente, le salieron ciento de noticias. No sabía por cual empezar, así que hizo clic en el periódico más fiable que estuvo a su alcance.
"Esta mañana fue capturada en el aeropuerto internacional de Cleveland una mujer, de ciudadanía americana, con cinco kilos de clorhidrato de cocaína camuflada en su maleta de viaje. Los perros del personal anti-drogas fueron los que alarmaron de la situación. También se presume que asesinó a su marido: Charles Platt, envenenándole la comida con raticida. La mujer dejó grabado en una cinta de video el momento en que el hombre estaba agonizando..."
"Esme Anne Platt se declara culpable. «Él era un hombre violento; mis padres me obligaron a casarme con él porque crían que había tenido relaciones sexuales voluntariamente. Mató a mi hijo de un año de edad a punta de golpes. No me arrepiento de haber acabado con su vida, lo volvería a hacer cien veces más si es necesario», dijo admitiendo haber cometido aquel asesinato.
El jurado la he condenado a 25 años de prisión por los delitos de: asesinato y tráfico de estupefacientes".
Isabella se echó hacia atrás en la silla, sorprendida por lo que había leído.
Maldito hijo de puta... ella también hubiese acabado con la vida del hombre. ¿Qué culpa tenía un pequeño ser? Ahora entendía por qué Esme no había dudado una sola vez en ayudarla. A ella le debía la paz de su mente una vez que hubiera acabado con Alice y Carmen.
Salió sin utilizar los minutos restantes. Ella tenía un problema: ansiedad. Siempre que tenía algo en la cabeza, quería cumplirlo de manera rápida; detestaba esperar porque mientras más avanzaba el tiempo las oportunidades eran escasas.
En el patio se dedicó a ver un partido de basquetbol que estaban jugando dos grupos de mujeres. Unas apoyaban a una mujer apodada "la manitos" y otros a "la mellizas"; en realidad no tenía la menor idea de quienes eran, pero servía para mantener entretenida su cabeza para que no comenzara a dar vueltas en escenarios que no llevarían a nada lindo.
Casi al terminar el partido de baloncesto, divisó a Esme al otro lado del patio. Estaba sentada despreocupadamente mientras seguía con la mirada al balón; mas Isabella sabía perfectamente que estaba hablando con la guía que se encontraba a la derecha. Tenía una idea de quién podría ser Victoria, pero lo que estaba viendo le confirmaban sus sospechas. Irina Denalie era la única guardia pelirroja del lugar.
Mientras leía las expresiones corporales de ambas mujeres, divisó a Alice que pasaba el trapo al piso de cemento frío y gris. Parecía una mujer frágil encorvada. Estaba pálida pero aun así llevaba esa sonrisa petulante entre sus labios.
Cerró las manos sobre el mameluco, le picaban. Quería levantarse y ahorcarla. Verla suplicar, rogar, inclinada hacia ella y escucharse decir que no merecía ni la muerte. En su cabeza recitaba todas y cada una de las posibles frases, trilladas y de su propia autoría.
Isabella se puso de pie y alejó lo más rápido posible. Un líquido amargo estaba subiendo por su garganta y no sería capaz de contenerse; la mataría rápidamente, sin hacerla sufrir. Y eso no era su cometido.
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En un abrir y cerrar de ojos, Carmen estaba ingresando a la celda acompañada por Victoria, quien le envió una sonrisa burlona antes de cerrar y desaparecer entre la oscuridad.
Era medianoche y no se veía nada más allá que las narices, pero Isabella estaba tan acostumbrada al ambiente que bien podría saltar desde su cama y esquivar los zapatos que se encontraban cerca.
Carmen se desnudó, su cuerpo extremadamente pálido estaba cubierto por moretones; recordó que en la mañana Esme le había comentado algo de un especial obsequio hacia Carmen y Alice en el calabozo.
—Perra... —rugió Carmen, Isabella se puso alerta—. Mil veces maldita...
Escuchó como su compañera removía la cama donde Alice dormía y luego la vio erguirse con el dinero en mano.
«Que comience la acción», dijo en su mente a la vez que Victoria volvía con Alice.
La guardia se acercó a la litera y en un movimiento disimulado dejó sobre el colchón una bolsa plástica. Isabella la escondió enseguida debajo de su almohada.
—Espero no tener que pasar a visitar esta celda más tarde —amenazó mientras pasaba entre sus manos el garrote de forma amenazante. Bella rodo los ojos, «demasiadas películas de acción».
Victoria salió de la celda con la sonrisa maquiavélica bailando en su rostro. A la mujer sí que le gustaba su trabajo.
Mientras sus compañeras de celda se enfrascaban en una pelea, Isabella abrió la bolsa y sacó un pedazo pequeño doblado cuidadosamente y con una gran "E" marcada. Debió suponer que esa era la Escopolamina.
Los sobres que no estaban marcados los hizo rodar la pared para que cayeran debajo de la litera.
Entre los susurros de "ese dinero no es mío" y "sí, lo es", tiró la pizca del polvo haciendo que cayera sobre la almohada.
Y comenzó la actuación.
Lo siguiente fue comenzar a gritar:
—¡Mierda! ¡Mi estómago!
Alice y Carmen callaron abruptamente para gritar, desesperadas, llamando a las guías. Isabella se revolvía y lloraba por el dolor; entre Victoria y otra guía que estaba de guardia la llevaron hacia la enfermería donde Jacob la atendió rápidamente palmándole el vientre.
—¿Dónde te duele? —preguntó preocupado.
¿Y ahora, qué mierda le metía en la cabeza a Jacob para escaparse de allí? Pensó y planificó cada detalle, sin embargo, esto no lo había tenido en mente; la ansiedad la había llevado a actuar inmediatamente. Gimió y se largó a llorar, el médico se horrorizó, pensando que algo físicamente doloroso le estaba ocurriendo a Isabella.
—¿Qué sucede, Bella?
Las bocanadas de aire se hicieron más profundas y desesperadas. Entonces Jacob se dio cuenta que el dolor estaba situado en su alma porque se aferraba a su bata blanca como a una tabla salvavidas. Él le acarició las hebras de cabello, tratando de calmarla en silencio pues las palabras no aliviarían absolutamente nada de su dolor.
Los sollozos fueron bajando de intensidad hasta convertirse en apenas suspiros. Jacob se separó un poco de ella y con la mirada le pidió que confiara en él; que él estaría a su lado, apoyándola. Isabella dio su último suspiro, bajando los brazos hasta posarlos en su regazo, la mirada de ella siguió sus movimientos.
«Es todo o nada…»
—No sé cómo explicarte... —Tomó un fuerte y largo suspiro—. Me asocié con Esme.
Jacob se echó para atrás, se le hacía imposible de creer. Todo aquel que hacía trato con Esme, la madre de todos, tenía que llegar hasta lo último. No era nada bueno involucrarse o dejase ver con ella. Buceó en el chocolate de sus ojos para buscar la broma pero solo encontró sinceridad absoluta.
—¿Estás vendiendo droga?
—No. Es el otro negocio.
Jacob vio detenidamente sus ojos, otra vez. Y se asombró por el cambio que tuvieron; estaban turbios, vacíos, oscuros y en busca desesperada de liberar tensión. Sin embargo, hubo algo más que llamó la atención en aquellos pozos.
—¿Quiénes fueron?
Isabella se sorprendió pero rápidamente recompuso su postura.
—Alice y Carmen.
—¿Qué ibas a hacer conmigo? —El tono de voz frío le llamó la atención.
—No lo sé, Jacob. Solo vine aquí y no sabía qué hacer. —Desesperada, enterró el rostro entre sus manos y se restregó soltando un gruñido—. No tenía la menor idea, solo necesitaba salir de allí.
—Yo me quedaré en ese rincón haciendo informes mientras te vigilo, ¿vas a pasar la noche aquí? —La muchacha asintió—. Listo, tú pasarás la noche aquí. Pero quiero que me respondas algo, ¿estás segura que hacer eso te traerá paz a tu corazón?
Ella hizo una mueca.
—Probablemente, los primeros días me torture haciéndome miles de preguntas, pasaré noches sin dormir; incluso, hasta creeré en los mil y un fantasmas que vendrán a mi cabeza. Pero nada me quitará la satisfacción de saber que están muertas y que ya no habrá seres inocentes perdiendo su vida a causa de monstruos en las calles. Quiero hacerlo porque si no soy yo hoy, lo hará otra después. Esa parejita tiene más enemigos que calzones juntos.
Jacob asintió. ¿Qué podría hacer él? Nada. Estaba tan enamorado de ella que le aceptaría cualquier justificación.
—Me sentaré a hacer los informes.
—¿Y si me agarran y se enteran que tú lo sabías? Te estás convirtiendo en mi cómplice.
Él se encogió de hombros.
—Por tu felicidad.
En realidad, no era su felicidad; solamente era esa sensación de pretender hacer lo mejor, aplicando el dicho: "el que a hierro mata, a hierro muere". Sin embargo, no sacó a relucir aquello frente a Jacob, prefería que él pensara aquello, a que viera cuán realmente dañada estaba y retirara la oferta.
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Victoria entró a la enfermería media hora después. Jacob le pidió de favor que se quedase a vigilar mientras él iba por un bloc de recetas que se había quedado en su casillero. La pelirroja asintió haciéndose la desentendida y se sentó en la silla que el doctor había estado ocupando.
Le hizo una mueca a Isabella indicando que era el momento. La mujer se tiró de la camilla y salió de la enfermería, sorteando las cámaras de seguridad, tal y como le había indicado Esme esa misma mañana mientras veían el partido de baloncesto en el patio del reclusorio.
Al llegar a su celda empujó despacio la puerta de fierro y entró. Lo primero que vio fue a Alice dándole la espalda, durmiendo tranquilamente. Se acercó despacio a su litera y vio a Carmen que estaba tumbada sobre el colchón con los ojos abiertos e idos; si no fuera por la respiración pesada, ella habría pensado que estaba muerta.
Carmen la siguió con la mirada. Vio cómo Isabella sacaba debajo de su almohada un pañuelo, lo enrollaba y se dirigía hacia Alice, para envolverlo alrededor de su cabeza, amordazándole la boca para que no se pusiera a gritar. La pequeña mujer se levantó exaltada al sentir el peso de su compañera sobre ella.
Pensó que estaba siendo víctima de una terrible broma cuando la mujer sobre ella sacó un bisturí del bolsillo de su mameluco y se lo mostraba acompañado de una mirada que rebotaba entre ella y Carmen, y la sonrisa maligna cincelada en su rostro.
Intentó hablar, pero estaba tan bien presionado el pañuelo que apenas emitió un gemido asustado.
—Esto es por la primera puñalada que me diste... —Enterró el cuchillo del bisturí a un costado de sus costillas.
Tenía contadas todas las puñaladas que Alice le había dado, así que mientras enterraba la navaja y observaba a una afligida Carmen, las iba enumerando. En total fueron 25 puñaladas y procuró no mancharse la ropa para quedar fuera de acusación, como ellas lo habían hecho.
La última se la propinó a la altura de su corazón, luego con la punta afilada escribió una "C" sobre la piel y se bajó con sumo cuidado, dejándola agonizar.
Fue por Carmen, la ayudó a sentarse e hizo que sostuviera el bisturí. Luego se ubicó detrás de ella y agarró uno de los sobres que había echado debajo de la cama, puso un poco de cocaína en sus dedos y la regó dentro de sus fosas nasales. Cogió la mano que sostenía la navaja, para acto seguido deslizarla por el cuello de la mujer, pasando por la yugular.
De un brincó estuvo de pie, procurando no tocar nada más y sin mirar atrás salió de la celda, cerrando firmemente la puerta de hierro. Sorteó las cámaras de seguridad hasta llegar a la enfermería. Sobre la camilla se hallaba un mameluco limpio y al lado una bolsa de plástico. Aprovechando que Jacob todavía no estaba y que Victoria se encontraba fuera de la puerta, se cambió y metió la ropa usada dentro de la bolsa.
Al fin podría dormir en paz, sabiendo que aquellas mujeres no la volverían a atormentar nunca más y que la muerte de su pequeña había sido vengada.
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Al ingresar al comedor se alzaba entre las voces algunas exclamaciones mezcladas entre júbilo, sorpresa y horror. Tenía la idea de qué se trataba el gran alboroto.
—¿Has visto a Manos de tijera y a Carmen? —le preguntó a una de las reclusas que siempre se sentaba en su mesa.
—¿Dónde estabas anoche? —La mujer con piel morena le lanzó una mirada airada.
—Anoche tenía un fuerte dolor de estómago, tuvieron que llevarme a enfermería porque no lo soportaba y pasé ahí la noche. —Se encogió de hombros.
—O sea que no sabes...
—No sé, ¿qué? —Se hizo la indiferente.
—Carmen mató a Alice anoche en tu celda, luego se suicidó ella. Fue un crimen romántico, Carmen estaba celosa porque vio a Alice hablando con Tanya en el baño. Ya sabes, como eran pareja... —La mujer se encogió de hombros—. Carmen estaba drogada cuando lo hizo.
Bien, esa era la confirmación que necesitaba. Haciéndose la horrorizada, dejó la bandeja de comida a un lado, murmurando cosas y siguiendo a la conmoción mayoritaria.
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¡Hola! *saca la cabeza de la celda* ¿Cómo están, chicuelos? Espero que bien y que no quieran matarme por esto, pero así está la trama armada desde que la idea vino a mi cabeza.
*SPOILER* No garantizo nada bueno de esta historia. No garantizo un regreso a ser la misma Bella de antes… ni tampoco un cambio de cuando aparezca Edward. Así que ya quedan advertidos.
Muchas gracias a Marina por la HERMOSA portada que me regaló. A Sool que a pesar de estar enfermita está soportando mis ataques de inspiración (?) Recupérate pronto, corazón de manjar. Y ustedes por sus huellitas en los reviews, favoritos y alertas.
Besos,
MelLutz (L)
