Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.

Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.


Capítulo beteado por Sool Pattinson.

Beta de Élite Fanfiction. www facebook com/ groups/ elite. fanfiction


Cinco años después.

Aquella oficina parecía querer reventar de entusiasmo mientras esperaban por Isabella. Habían estado rogando por buenas noticias y al fin había llegado el momento. Era un día muy especial que celebrarían juntos.

La puerta se abrió y apareció Isabella, un poco más delgada que la última vez que la visitaron, pero ya que estaban cerca de la fecha especial (como habían denominado al episodio en donde ella perdió a su hija), nadie comentó nada y todos sonrieron entusiasmados sin querer arruinar el momento.

La joven, un poco confundida y afligida, vio a cada uno de los miembros de su familia, incluida aquella pequeña niña de cabellos rubios rizados y grandes ojos cafés que se aferraba a su madre con el dedo pulgar metido en la boca. Frunció el ceño, desde que se enteró que Rosalie estaba embarazada había evitado todo tipo de contacto con ella, y cuando la niña nació se negó a que la llevaran para que la conociera. Sin embargo, guardaba con recelo cada foto que le trajeron, imaginando a su hija así de hermosa... si estuviera viva.

—¿Qué hacen todos aquí?

Emmett dio un paso hacia delante y le entregó el folio donde estaba escrito el último dictamen del juez. Ella lo leyó, pero su cerebro no quería reaccionar; mientras su familia, a punto de estallar de emoción, no le quitaba un ojo de encima. Sorprendida, miró a su cuñado para que le explicase lo que quería decir cada palabra escrita en aquel papel.

—Te lo resumiré así de fácil: estás libre.

El ambiente cambió rotundamente entre ellos, esperando una reacción emotiva como lo imaginaron desde que se enteraron.

—¿Pero...?

Todas las miradas se dirigieron a Emmett.

—Tienes un año de probatoria… Vas a estar en un hogar de reinserción social. Si vas a salir, tiene que ser luego de las ocho de la mañana y regresar antes de las seis de la tarde; tendrás que reportar cada lugar que visitaste y un resumen de qué hiciste allí.

—¿A eso le llaman libertad? —Rio de manera irónica—. Un año más de lo mismo, solo que esta vez me sueltan un poco la correa.

—Todos estamos emocionados por el progreso y tú te encargas de arruinar nuestra alegría —gruñó Charlie que había estado callado.

Isabella apretó los puños en señal de coraje. Tenían años con la misma situación y aún nadie entendía que todo era completamente distinto a lo que un día fue.

—A todo esto, ¿por qué trajiste a la niña, Rose? —Tomó aire—. ¿Vienes a restregarme en la cara lo que tú sí pudiste tener?

—¡¿Qué?! —Rose jadeó, sorprendida—. No he venido a eso, lo sabes perfectamente. Lilian quiere conocer a su única tía.

—No quiero conocer a nadie. No quiero ver a nadie. Creí haberlo dejado claro hace cinco años —volteó hacia Emmett—, cuando te pedí que no hicieras ningún movimiento.

El silencio se hizo presente después de las duras palabras. Emmett miró a Isabella y negó.

—No lo hice por ti. Lo hice porque los Swan han sido mi familia desde hace años, y a la familia no se la abandona. Da igual, en unos minutos vendrá el policía de probatoria que te asignaron.

Dicho aquello, el abogado obligó a su esposa a caminar hacia la salida de la oficina. Isabella había sido una persona arisca y grosera, por eso no se asombró de la manera que tomó la noticia.

—¿Quién te entiende? —gruñó Charlie, empujando a una Renée acongojada por la actuación de su hija.

Isabella suspiró antes de dejarse caer sobre un asiento y esperar a que el teatro de la familia Swan se calmara y regresaran a la oficina del director. No le dolía y tampoco le importaba que ellos la hayan dejado sola; como antes se lo había expresado a su madre, ya nada le removía los sentimientos que se hallaban enterrados profundamente en su alma.

Quince minutos después, Michael Newton, Emmett y un hombre cuyo rostro estaba entrado en edad, ingresaron a la oficina.

—Este es Carlisle Masen. —Newton se sentó detrás de su enorme y viejo escritorio—. Será tu oficial de probatoria; también es el encargado del grupo de reinserción social al que vas a asistir.

—¿Es necesario ir a ese grupo?

—Sí, Isabella —gruñó Emmett.

—Deja de hablarme así, no eres mi padre.

—Si fuera tu padre, aun con 26 años, te hubiera puesto sobre mis rodillas y te hubiera nalgueado.

Isabella rodó los ojos y se puso de pie, dispuesta a no seguir escuchando los sermones y gruñidos de su cuñado.

—Está bien. —Asintió y luego giró hacia el oficial que estaba vestido de civil, sin ninguna placa que lo identificara como tal—. Mucho gusto, oficial Masen. —Estrechó su mano con la de él—. Y bueno, ¿cuándo será mi salida?

—Esta misma tarde —contestó Emmett.

—¿Puedo ir a recoger unas cosas? —le preguntó al director, ignorando olímpicamente a Emmett.

—Claro.

Asintió en forma de despedida y salió al pasillo, la guía que la esperaba fuera le esposó las muñecas y la llevó hacia la enfermería. Tenía que despedirse de Jacob.

El doctor, que trabajaba en su maestría, estaba concentrado con su ceño fruncido frente al portátil.

—Hola —Jacob alzó la cabeza, le sonrió abiertamente y giró su silla—, ¿interrumpí?

—No, para nada. Ya terminaba.

Isabella sonrió. Después de todo, le hacía ilusión salir de aquel lugar, pero no quería reconocerlo delante de su familia.

—Apuesto que estás con tu investigación —le recriminó suavemente.

—Culpable. —Jacob sonrió. Le gustaba la radiante mujer que estaba frente a él—. ¿Qué te tiene de tan buen humor?

—Vengo a despedirme —hizo una mueca, —hoy por la tarde salgo en libertad condicional.

—¡Qué buena noticia! —Se puso de pie y la abrazó—. Estoy tan feliz por ti. Tengo que invitarte a un almuerzo para celebrar.

—No, Jake. Una vez fuera de aquí no quiero tener contacto contigo.

La cara de desilusión en el médico se hizo presente.

—¿Y lo nuestro?

—¿Lo nuestro? Tú te mereces felicidad, y te aseguro que conmigo no la obtendrás. Yo solo traigo oscuridad y agua turbia.

—Pero... yo estoy enamorado de tu oscuridad y aguas turbias, Isabella. Yo te quiero tal y como eres.

—No. —Isabella negó y avanzó hasta la puerta de salida—. Yo soy una asesina. Y tú te mereces el cielo… Ni siquiera puedo mantenerme feliz con la noticia de que saldré de aquí; en la oficina del director he dejado mierda sobre mi familia. No quiero que pase lo mismo contigo. Adiós, Jacob, y que seas muy feliz. Te deseo muchos éxitos.

Dicho lo último, salió y esperó ser esposada; sin embargo, Victoria no lo hizo, solamente la guió hasta su celda para recoger lo que tenía y luego encaminarse hacia la salida de aquel infierno.

.

Esta vez se permitió cerrar los ojos y dejar correr el aire libre entre su cabello. Sonrió cuando sintió los cálidos rayos del sol en su piel.

¿Cómo sería si su bebé hubiese sobrevivido? Seguro estaría extasiada de felicidad, no vería la hora de llegar a casa para tenerla entre sus brazos; incluso hubiese permitido que la llevaran a darle la grandiosa noticia. Sería la mejor amiga de Lili y ella se aseguraría que nunca dejaran de serlo.

¿Sería rubia? Lo dudaba, puesto que Felix era castaño y ella también.

¿Tendría los ojos azules o cafés? No importaba. Lo que realmente contaba era que estaría con ella y estarían felices. Pero como nada es como uno lo planea... no existía tal niña de coletas. No existía la felicidad. No existían risas. No existían caídas. No habría canciones de curación, de cuna y tampoco cuentos antes de dormir. No habría buenas calificaciones ni premios de recompensa. No habría nada, absolutamente nada de felicidad fuera ni dentro de la cárcel o en su casa.

—Lo que te tenga de ese ánimo, deséchalo de tu cabeza. —Isabella giró su cabeza de forma automática hacia Carlisle Masen, el hombre que la sacó de sus pensamientos.

—Un hijo nunca sale de la cabeza de uno —murmuró, regresando la vista hacia la calle.

—Un hijo es la alegría de la mente —respondió.

—Si se tiene lindos recuerdos de ello. —Isabella suspiró—. No tengo nada de eso.

—No sé lo que se siente llevar un hijo en el vientre, pero cada vez que cierro los ojos, recuerdo los ojos brillantes de mi esposa cuando sentía un movimiento de nuestro hijo; cómo me llamaba a gritos para que posara mi mano junto a la de ella en su vientre y sintamos juntos aquel movimiento.

Isabella cerró los ojos y se arrepintió de haber dicho que no tenía lindos recuerdos de su hija, porque sí los tenía… cuando se enteró que su cuerpo estaba cambiando porque existía un ser dentro suyo y supo que sería fuerte por ambos, el primer revoloteo que sintió y cómo le llevaba paz a su mente en la época más dura de su vida. Le pidió perdón en silencio por haber dicho tremenda difamación.

Su pequeña había sido la alegría más grande de su vida.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Es que... desearía tanto tenerla conmigo.

Carlisle asintió y siguió el camino hacia su casa. El dolor de aquella mujer era palpable, por eso no dijo nada más y la dejó metida en sus pensamientos; él mejor que nadie sabía cómo era sufrir por un hijo.

El camino continuó por los alrededores de Seattle, hasta tomar el desvío para salir a carretera.

—¿Dónde vamos? —El cuerpo de Isabella se tensó al darse cuenta que era la misma ruta para ir a la reserva.

—El grupo de reinserción y mi casa están en Forks.

—¿Un grupo de reinserción social a las afueras de la ciudad? —Rió de manera seca—. Qué ironía.

—Sí, una gran ironía. —Estuvo de acuerdo Carlisle—. Por ahora, estaremos solo tú, mi hijo y yo. Dentro de un par de semanas vienen dos mujeres más.

—¿Tu hijo? —Se asombró.

—Em, sí, está pasando una temporada allí. No te preocupes, Edward no está mucho en casa; prefiere estar en el bosque cazando o en el río pescando hasta la noche.

—Bueno. Por mí no hay problema. —Se encogió de hombros.

Efectivamente, el hijo de Carlisle no pasaba mucho en casa. Pasó un tiempo y nunca lo sintió despertar ni tampoco llegar por la noche. Un día la curiosidad la ganó y, ya que estaba entretenida viendo un programa en la televisión, decidió esperar toda la noche para verlo.

Un silbido muy singular la despertó de su sueño en el sofá; no sabía en qué momento se había dormido. Sintió pasos y rápidamente se sentó con las piernas dobladas por debajo de ella, desorientada. No tenía idea de qué hora era, pero por el color que reflejaba el cielo que cubría el pueblo, de seguro era el amanecer.

El silbido, entonando una canción que parecía a la de una película de terror, se acercaba más y más a la sala que estaba iluminada con la pantalla del televisor en blanco. Esperó y esperó, cada vez más atenta hasta que se sobresaltó al ver una silueta en el marco de la puerta.

Una sombra desprolija llegaba casi al tope del marco, la luz no lo iluminaba. Isabella se puso de pie lentamente, sin quitar la mirada de la sombra por miedo a que en un abrir y cerrar de ojos desapareciera. Tanteó hasta llegar a la pared y subir el interruptor para iluminar la estancia.

Entonces, ahí estaba él, con su tenso cuerpo mirándola fijamente. Era alto, tenía el cabello y barba descuidada, piel que parecía brillar pero que estaba cubierta de cicatrices y vestía ropa una talla más grande que la de él. Tenía unos profundos y vacíos ojos grises que hacían correr a su curiosidad natural a velocidades insospechadas. Era como si él tuviera la palabra misterio impresa en su ser. Su presencia parecía no querer pasar desapercibida.

Le recordó a Lucifer, el ángel más hermoso que fue creado, pero a la vez el más temido.

Edward estaba inmutado, se sentía sucio y perdido. Debió haberse ido a otro lugar, pero la casa de su padre siempre fue su búnker donde se refugiaba luego de una crisis. Y ahora estaba invadida, por una mujer. Una que parecía pequeña e indefensa y lo miraba con profunda curiosidad, como si quisiera saber toda su vida a través de sus ojos.

No sabía qué hacer, las pocas mujeres que habían estado a su alrededor apenas eran un recuerdo borroso.

—Isabella, vete a tu habitación —ordenó un acalorado Carlisle bajando a trompicones las escaleras, murmurando maldiciones.

Ninguna de las dos personas se sobresaltó al escucharlo, era como si estuviesen esperando por él.

—Podría hacerles el desayuno —ofreció Isabella rápidamente, no queriendo perder de vista a aquel hombre—. Tu hijo recién llega, debe estar hambriento.

—Edward y yo necesitamos hablar. —El oficial habló entre dientes, dándole a entender que no aceptaría ninguna clase de réplica por su parte.

Miró a Edward que apenas se había movido. Él la observaba como queriendo descifrar lo que estaba pensando en ese momento. Un frío recorrió su columna vertebral haciéndola soltar un bajo siseo.

Sin decir una sola palabra más, salió de la sala, arrastrando las colchas que había llevado consigo desde su habitación, la cual consistía en un piso entero en la tercera planta y una gran terraza con mirador hacia el bosque que estaba con tan solo cruzar la calle.

Se metió a la cama con la presencia de Edward invadiendo sus sueños y robando sus pensamientos.

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En los siguientes días que pasaron, Carlisle hizo algunos cambios al tercer piso: improvisó una cocina-comedor-sala y habilitó las otras dos habitaciones que sobraban para las mujeres que llegarían en pocos días, incluso en el amplio balcón les hizo una especie de chimenea para cuando quisieran ver las estrellas de noche. Un televisor pantalla gigante y de última tecnología acompañó a los arreglos, también películas y señal de cable. Obvio que Isabella veía todo eso de manera extraña.

Carlisle se estaba comportando como si no quisiera a nadie rondando el primer y segundo piso, aunque no les cambió la salida… porque no podía hacerlo.

De todas maneras, ella intuía que algo estaba pasando. Tenía ese presentimiento que no era solamente Carlisle el que quería mantener a las mujeres fuera; sino que también estaba implicado su hijo, del cual no sabía nada más aparte de que llegaba a casa al amanecer y se iba a la medianoche.

No quería creer que se había obsesionado con Edward, pero soñaba con él y muchas veces sentía su presencia en la madrugada; abría los ojos pensando en encontrarlo, pero lo único que la recibía era la profunda oscuridad que le brindaba el bosque frente a su ventana.

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Al haber pasado casi un mes desde que se encontró con Edward y el haberse encaprichado con observarlo a escondidas, Isabella creyó que era lo mejor remediar un poco la situación con su familia y pedirles que la ayudaran encargándole algo que hacer durante el día en las cabañas de la reserva. Para aquello, llamó a su padre y lo citó para poder conversar.

Bajó las escaleras prácticamente volando, se había quedado dormida y la noche anterior no había alcanzado a avisarle sobre su paradero a Carlisle. También tenía que decirle que no la esperaran para ir al grupo de reinserción, ya que se les uniría allí.

Cerca de la cocina, paró en seco al escuchar aquel silbido aterrador y escalofriante. Sus pies no respondían y sus nervios se dispararon; pero aun así, obligó a su cuerpo a moverse e ingresar a la habitación de donde provenía el sonido.

Edward estaba de espalda a ella, frente a la cocina, con un encendedor botando fuego de entre sus dedos, sosteniéndolo a la altura de sus ojos. Isabella rodeó la isla y, a un costado de él, pudo ver sus ojos fijos, asustados y escandalizados viendo el fuego. Su expresión era como si estuviera recordando alguna escena de tortura, el dolor era palpable en sus facciones y su sonrisa era... bueno, no había una palabra certera para describirla; era una mezcla de maldad, engreimiento, terror, viejos y felices recuerdos, añoranza y arrepentimiento.

—¿Tienes problemas con la cocina? —preguntó cautamente, pero aun así haciendo sobresaltar a Edward y cortando el silbido que la ponía nerviosa sin razón aparente.

El hombre guardó rápidamente su encendedor en el bolsillo del pantalón y bajó la mirada. Las pestañas, largas y abundantes, hacían sobra en sus mejillas cubiertas por vello facial. Logró verle unas aparentes arrugas que rodeaban la boca y los ojos, pero las dejó pasar. Estaba enterada que el hijo de su oficial de probatoria rondaba los 40 años y que era soltero.

Edward no habló, pero tampoco se movió ni la miró, simplemente se quedó parado en medio de la habitación como una estatua de adorno.

—¿Sabes dónde está Carlisle? —Esperó una respuesta, pero fue inútil. Exasperada, dio un pequeño bufido y salió de la habitación. Le dejaría una nota a Carlisle avisándole y se iría.

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Había salido del hogar de reinserción con un espléndido sol que brillaba en el centro de un despejado cielo. Había conseguido un taxi y se encontró con su padre en la reserva. Después de haber negociado -porque prácticamente tuvo que presentar una planificación de trabajo a Charlie, darle una pequeña exposición y pelear por un puesto- había salido con él al parqueadero para llevarse la sorpresa de que estaban en pleno diluvio. Resonaban truenos y caía agua sin piedad. Y ella se había olvidado el paraguas y piloto. ¡Qué desgracia! Tuvo que morderse la lengua y pedirle a su padre un aventón hacia la casa, aún tenía tiempo para recoger sus cosas e ir al grupo al que obligatoriamente debía ir.

Veinte minutos compartiendo el mismo espacio con Charlie y quería lanzarse por la ventana. Este le hablaba de Renée, Rosalie, Emmett y de su pequeña sobrina... le contó lo mucho que la consentían en casa cuando pasaba las mañanas allí, de la alegría que sentía a su alrededor, de cómo habían regresado los regalos de enormes cajas debajo del árbol. Le habló de muchas cosas con la esperanza de hacerla sentir nostálgica, pero la única respuesta que recibió de su hija fue:

—¿Tienes un cigarrillo? —Isabella hizo ruido, revolviendo las cosas dentro de la guantera, buscando el bendito cigarrillo.

—¿Podría Renée venir a verte? —preguntó Charlie, tratando de hacer caso omiso a las protestas por no encontrar cigarrillos—. Cuando se enteró que venía a verte dijo que te lo preguntara.

—¿No tienes cigarrillos?

—Te pregunto si tu madre puede venir a verte y me sales con que quieres un cigarrillo —gruñó—. ¿Por qué buscas cambiar el tema?

—No estoy buscando cambiar de tema. Necesito un cigarrillo, tu palabrerío acerca de la familia unida me pone nerviosa. Y mi respuesta es no, no quiero que nadie me venga a visitar. Si me hubieses puesto esa condición para darme trabajo en la reserva, te hubiese dicho que preferiría trabajar en la gasolinera.

Charlie bufó y apretó las manos contra el volante, logrando que los nudillos se pusieran blancos de la fuerza.

Ninguno de los dos volvió a abrir la boca durante el trayecto.

Al llegar a casa, Isabella se sorprendió al ver una camioneta vieja y destartalada estacionada en la calle. Se bajó del auto corriendo para ingresar y ver sus cosas, pero al llegar a la puerta, retrocedió. Edward se hallaba al otro lado, bajo la lluvia, mirando concentradamente hacia arriba, específicamente hacia la ventana del tercer piso donde se encontraba su habitación. Estaba tan metido en sus pensamientos que no se había dado cuenta que ella había llegado.

Se encogió de hombros para sí misma y caminó hacia dentro de la casa, después de todo, Edward siempre era raro y tenía que existir un día que ella lo aceptase y se acostumbrara a aquello. Subió a su habitación y jaló el piloto que estaba enganchado en la puerta del armario, pero al tirar de él, inevitablemente una caja cayó al suelo abriéndose y los papeles se dispersaron a lo largo de la habitación. Bufó y se dijo que al regreso se encargaría de ordenar aquello, sin embargo, hubo algo a sus pies que le llamó la atención. Ni siquiera se acordaba de que, de manera morbosa, había guardado el identikit que había visto en el periódico cuando estaba en la cárcel.

Se agachó a recogerlo y su cuerpo se tensó al ver aquella cicatriz en la mejilla izquierda. Esa cicatriz que le llevó la imagen de Edward a su cabeza.


Hola, hola, HOLA! Bueno, aquí un nuevo capítulo sobre nuestros asesinos. Ya salió Edward, qué opinan de él? Todavía no nos ha dicho una sola palabra, está como que misterioso pero de seguro nuestra Bellis Bells se encargará de ese asunto por nosotros ;)

No se imaginan lo feliz que me hace leer cada una de sus opiniones. Muchas gracias por tomarse un tiempo y regalármelo, me emociona demasiado.

Recuerden que lo que ustedes opinen, crean, o quieran, gustosamente pueden dejarlos en el cuadrito de los reviews que encantada estaré pendiente de responder. Huellitas en reviews, alertas y/o favoritos son bienvenidos.

Besos a mi corazón de manjar de camarón por tener en velocidad flash el capítulo, y que se recupere pronto.

Adios,

Mel de Lutz