Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.
Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.
Capítulo beteado por Sool Pattinson.
Beta de Élite Fanfiction. www facebook com/ groups/ elite. fanfiction
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Sintió el pánico sucumbir su cuerpo y el frío trepó por sus huesos, haciéndola estremecer.
Guardó el identikit en el bolso que colgaba de su hombro y se dispuso a salir corriendo, pero su cerebro no cooperaba de la forma que ella deseaba hacerlo, no le permitía ni siquiera pensar en qué debería enfocarse en ese momento. Su raciocinio tampoco era de mucha ayuda, ya que le repetía una y otra vez que no debería alarmarse porque Edward no era diferente a ella.
Ella también era una asesina.
Había matado a dos mujeres que, culpables o no, tendrían que haber sido juzgadas por las leyes, no por mano propia.
Muchas veces se había preguntado sobre dónde estaba su consciencia, pero la muy desgraciada aparecía y le recriminaba cuando menos la necesitaba.
Se tensó al sentir pasos subiendo las escaleras… ¿y si era Edward?, ¿intentaría algo?
No, no... él no podría ser un asesino serial, ¿no? Carlisle no lo tendría rondando en medio de las tres mujeres que ocupaban la casa, pero aquellas también eran del mismo bando, aunque habían sido detenidas por cargos menos agravados: robo a transeúntes y cómplice de tráfico.
Mientras más se acercaban las pisadas, su cuerpo más se tensaba. Deseaba correr, gritar, llamar a la policía. Sí, eso debería hacer, llamar a la policía y que ellos se encargaran del asunto.
Por el rabillo del ojo percibió un movimiento y, asustada, saltó cuando alguien le puso la mano sobre el hombro.
—¿Todo bien, hija? —La voz de Charlie era suave, como siempre le había hablado.
El corazón de Isabella se ablandó un poco y respiró tranquila, la persona que la había abordado en su habitación era su padre, no el hijo de Carlisle.
—Sí —se aclaró la garganta porque la sentía reseca—, solo que estaba pensando en que debería recoger todo esto.
Charlie siguió el movimiento de su mano y miró alrededor de la habitación. Sonrió tanto que el bigote tembló a lo ancho de sus labios. Isabella recordó que cuando estaba en el colegio de señoritas, sus compañeras en crimen solían suspirar y llamar al bigote pornstacho; era la mejor época que podía recordar. Los fines de semana la piscina templada y techada era ocupada por jovencitas, risas y salpicadas de agua.
—El oficial arregló tal y como le pedí esta habitación —murmuró para sí mismo.
La sonrisa nostálgica fue reemplazada por una mueca de fastidio en el rostro de Isabella.
—¿O sea que esto no fue parte del decorado de la casa? —preguntó atónita.
—Bella... —Charlie suspiró—. El estado no va a darte un buen hogar temporal. Sé que viviste muchas cosas en la cárcel. Cuando era joven pasé una noche en una celda provisional y estaba aterrado, no puedo imaginar lo asustada que debes haber estado.
»Eres mi hija, mi pequeña consentida y no podía dejarte vivir en el cuchitril que vivía el oficial. Esta casa la compramos con tu madre para ti y... Felix, porque sabíamos cuánto amabas estos lugares, pero por un motivo u otro no pudimos dártela y decidimos que tendrías que empezar en un lugar nuevo, para hacer agradables y lindos recuerdos.
Isabella sonrió nostálgica. El nudo que tenía en la garganta le hacía imposible enojarse con su padre. Después de todo, conociéndolo, siempre hacía lo que le daba la gana.
Le sonrió a su padre de una manera tan natural que la asustó, no lo había hecho desde casi seis años atrás, pero era Charlie, el hombre que se las ingeniaba para arrancarle sonrisas. Lo hizo cuando estaba enferma, en su peor época de juventud y lo volvía a hacer. Eso la alegró porque podría ser la señal que tanto había pedido y que pensó que nunca se la darían. Se vio envuelta entre los brazos de su padre, sintiendo protección y amor incondicional.
Suspiró y se separó de él a regañadientes, era el abrazo que tanto había deseado.
—Eres tan cabeza dura —murmuró avergonzada y luchando para no llorar.
—De cabezota a cabezota —dijo Charlie con sus ojos brillando—. Quiero que no te falte nada. Ya te hemos dejado pelear tus batallas por ti sola, pero nos hemos cansado de ser solamente espectadores. Queremos ayudarte a construir una nueva y mejor etapa.
—¿Por qué me permitieron llegar tan lejos con Felix? No lo maté con mis propias manos, pero juro que si lo tuviera vivo delante de mí, lo haría y no me arrepentiría.
—Porque tarde o temprano te ibas a dar cuenta. Tu madre todas las noches me rogaba que te abriera los ojos, que te enviemos lejos; pero eras tú la que tenía que tomar tus propias decisiones. Ahora lo hiciste y nada salió como lo tenías planeado, pero siempre hay una luz al final del túnel. Y esa luz está tan cerca de ti, que cuando menos te des cuenta, todo será como una pesadilla.
—Una tonta y horrenda pesadilla —repitió las palabras que usaba Charlie cuando ella soñaba con el monstruo del armario y él iba con la escoba a espantarlo mientras la consolaba.
Deseó tanto poder regresar el tiempo.
—Hay algo que no te he dicho. —Charlie sonrió abiertamente—. Ya no tendrás que ir al grupo.
—¿Por qué? —Isabella, disimuladamente, limpió las lágrimas de su rostro; aunque su padre la había visto.
—¿Emmett no te lo dijo? —Ella negó con un movimiento de cabeza—. El grupo terminaba cuando encontraras un trabajo.
—Mataré a Emmett... —murmuró.
—Por lo visto Emmett te ha tenido sin información.
—Ese es su castigo por no poder darme los latigazos que deseaba.
Ambos rieron. Ese era Emmett, el hombre que, de una manera u otra, lograba conseguir algo de lo que se proponía.
Charlie vio la hora, se le hacía demasiado tarde y si no se apresuraba no solo no llegaría a su casa de Seattle a tiempo, sino que también dormiría por una semana en una de las recámaras de invitados. Hacía años que tenía un acuerdo con su esposa: a no ser por emergencia, todos los días tenía que estar en casa a las 9 pm para la cena.
Isabella lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Ya tenía una carpeta en su bolso con todo el trabajo que le había sido asignado y debido a que el lunes se incorporaba totalmente a trabajar, decidió que mejor sería pasar el tiempo revisando los documentos para no estar tan perdida.
Durante el día no volvió a ver a Edward, tampoco lo sintió entrar o salir de la casa. No pudo evitar detenerse cada pocos minutos a pensar en él, podría estar viviendo bajo el mismo techo que un asesino serial y eso le ponía los pelos de punta. Después de haber vivido rodeada de ellos por casi durante seis años, le parecía inconcebible que una sospecha le hiciera temer de manera tan escandalosa.
Dejó los documentos a un lado… no podía concentrarse. Tenía hambre y su cerebro parecía que en cualquier momento iba a colisionar. En realidad necesitaba ese cigarrillo que buscó en el auto de su padre, pero ahora sentía que tenía que ser algo más fuerte. Algo como lo que probó en la cárcel. Nunca había sentido aquello, siempre había podido controlarse, pero no soportaba las ganas; tenía que concentrar su cabeza en otra cosa. Se puso de pie mientras revisaba la hora en su reloj de muñeca, todavía tenía un par de horas para salir de casa. Buscó su chaqueta, el bolso y bajó las escaleras. Necesitaba despejar su mente.
El día estaba nublado, algo no inusual en Forks. Aún había vestigios de la lluvia que había caído por la mañana y unos cuantos rayos de sol se colaban por las nubes grises y espesas, pero no llegaban a la tierra ya que el frío las opacaba. Parecía que tan solo estaban descansando un poco y que en cualquier momento las gotas de agua caerían sobre el pueblo.
Desgraciadamente, la casa se hallaba muy lejos de la carretera para que un taxi pasara cerca. Llevaba caminando quince minutos, pero le parecía una eternidad. Su estómago protestaba por tener algo de comida y su mente parecía jugar a "encuentra la diferencia" entre el identikit y el rostro de Edward. La verdad es que no había un gran parecido, a leguas se notaba que esa descripción fue tomada años atrás, de cuando aquel asesino era joven… había un cabello enmarañado que apuntaba a distintas direcciones, pero el cabello de Edward estaba tan corto que casi pasaba desapercibido; ojos vacíos pero jóvenes, no rodeados de pequeñas y visibles arrugas; nariz recta, la de Edward estaba un poco torcida; los pómulos un poco levantados y el derecho tenía aquella cicatriz que parecía estar burlándose de ella; labios finos y expresión indescifrable.
Todo aquello la confundía.
Si lo miraba de un lado, era Edward; sin embargo, si volteaba la imagen parecía ser otra persona diferente.
Iba tan metida en sus pensamientos que no se percató cuando una camioneta vieja y desvencijada -la misma que se encontraba fuera de la casa-, se parqueó cerca de ella y la puerta permaneció abierta. Pudo haber continuado caminando sin prestar atención; pudo haber desaparecido entre los árboles del bosque que rodeaban el camino… sin embargo, sus piernas se movieron solas hacia la camioneta y metió un poco la cabeza para ver al conductor, que resultaba ser la persona que le robaba hasta el último pensamiento.
Edward.
Él estaba con su expresión enigmática y sus manos sujetas al volante, nudillos blancos por la presión de sus dedos y sus ojos mirando hacia el frente, ni siquiera desvió un poco la mirada cuando ella se acercó.
Como si el mundo estuviera en su contra, incluyendo el clima, las gruesas gotas heladas comenzaron a caer, formando una llovizna espesa. Isabella maldijo y, sin pensarlo -como últimamente estaba haciendo las cosas-, se subió a la camioneta de un salto. La llovizna dio paso a un fuerte diluvio y la tarde oscureció más rápido de lo normal. Edward puso el auto en marcha, sin siquiera mirarla.
—¡Seguramente hubiese terminado con una neumonía si no aparecías! —dijo tiritando, tratando de cortar la tensión que había, pero no obtuvo una respuesta.
Edward no llevaba un abrigo encima y la escasa luz le impedía fijar en cómo iba vestido, tan solo podía ver su perfil concentrado en la carretera.
—¿Me dejas cerca del mercado? Esta noche me toca preparar la cena. —Esperó una respuesta, pero solo escuchó el agua golpear contra el auto y las llantas deslizarse por la carretera—. ¿Mejor me podrías dejar cerca del supermercado Thriftway?
Luego de quince silenciosos y largos minutos, Edward parqueaba en un espacio libre del supermercado; todavía llovía pero no con la intensidad de cuando la recogió en la carretera. Bajó de un salto de la camioneta y se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera que llevaba puesta. Regresó a agradecerle a Edward por el viaje y se impresionó al chocarse de frente con el amplio y, al parecer, acogedor pecho.
—Gracias por el aventón —murmuró torpemente antes de darse media vuelta para correr hacia la entrada del Thriftway.
Había paraguas tirados en todos lados a causa de que llovía con mucho viento y era imposible caminar con ellos. Isabella estaba tan orgullosa por haber salido ilesa de su carrera que se sobresaltó al sentir una fría mano posarse en su espalda baja y empujarla hacia delante. Giró la cabeza para encontrarse con el rostro impasible de Edward a su lado.
Miles de pensamientos pasaron por su mente en ese preciso instante… quiso saber todo, quiso escuchar su voz, pero principalmente, quiso sentir esa electricidad en su cuerpo. No importaba si resultaba ser un asesino, ella también lo era. No le importaba absolutamente nada... tan solo quería sostenerlo luego de un quiebre y ayudarlo.
Intentó regalarle una sonrisa que pretendía ser tímida, pero que en realidad resultó ser una mueca entre asombro y confusión. Edward lo tomó a mal y rápidamente retiró su mano, haciendo que Isabella sintiera el abandono de su toque. Ella quería coger su mano y regresarla a donde estaba, pero continuó caminando sin emitir algún sonido.
De vez en cuando, mientras se detenía a revisar los productos, le mandaba una mirada de soslayo a Edward, quien continuaba a su lado y el único sonido que emitía era el de sus pasos y el de su respiración.
Las personas que pasaban a su alrededor se quedaban mirándolos, sobre todo los que habían reconocido quiénes eran ellos: el hijo del oficial y la casi ex convicta.
Forks era un pueblo tan olvidado en el mundo que ellos resultaron ser la comidilla del lugar a partir de ese momento. Carlisle estaba completamente furioso por aquello, Edward había prometido no meterse con ninguna de las tres mujeres y no lo había cumplido.
—Maldita sea, Edward, solo te pedí mantenerte fuera de ese perímetro. Te advertí que Isabella y las otras mujeres no eran ella.
Nunca había querido hacer aquello, pero era el momento indicado. Edward era un hombre grande, tenía un trabajo y podía mantenerse por sí solo, pero sobre todo, tenía que dejar de buscar refugio donde él estaba.
—Lo siento, Edward, pero ya no puedes estar aquí, no puedo permitir que esas chicas estén en peligro.
Edward no dijo nada, como siempre, tan solo se puso de pie y miró fijamente a su padre deseando que supiera lo que quería transmitirle. Se fue, salió de la casa y se montó en su vieja camioneta. Quería destruir todo a su paso, pero no se desquitaría en un radio cerca de ella. No podría soportar que presenciara aquello. Suficiente tuvo con la mirada asustada que le había dado el día anterior cuando cometió el peor error de todos… tocarla.
—¿Ese que salió es tu hijo? —Carlisle se asustó al escuchar a una de las mujeres que estaba a su cuidado, pero enseguida recompuso su expresión y postura, pasando desapercibido.
—¿Quien salió? —Se hizo el desentendido, mientras giraba su cuerpo hacia la mujer que se encontraba acompañada por su otra compañera.
Emily Young realizó la pregunta, mientras Leah Clearwater analizaba al oficial con sus profundos ojos oscuros, sin decir una palabra. Desde que había llegado, Leah pasaba encerrada en su habitación, solo salía de allí para ir a las reuniones de inclusión y para comer. Siempre llevaba una mueca de fastidio entre sus labios y para los demás era natural verla así.
—¿No lo viste? No lo vi sola, Leah también lo vio, ¿verdad?
—Sí. —Fue la respuesta seca de la aludida.
Carlisle se reprendió internamente por no ser prudente.
—¡Ah, sí! —Se encogió de hombros—. Es guardabosques, creo que pasó a recoger un encargo que llegó ayer.
—¡Oh! Oficial, se ha esmerado en ese hijo. ¡Está guapísimo!
—Ajá —masculló entre dientes—. ¿Para qué vinieron?
—Oficial, Leah y yo tenemos trabajo. Comenzamos mañana, ¿no es genial?
El oficial Masen agradeció el cambio de tema y la energía de Emily que no le permitió darse cuenta de lo que estaba pasando.
—¡Enhorabuena, chicas! —Les sonrió—. ¿Dónde van a trabajar?
—En la reserva. Isabella nos lo acaba de decir, necesitan camareras para las cabañas.
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Guardabosques...
Guardabosques...
Isabella sonrió triunfalmente, había visto a Edward salir de la casa y en un momento de valentía lo había seguido hasta la camioneta, pero regresó a causa de que no tenía auto para seguirlo y se encontró con la conversación de sus compañeras.
Si Edward de verdad era guardabosques tenía que ser mencionado en alguna lista de trabajadores del estado. Alguna base de datos tenía que darle más información.
Corrió hasta su habitación y en su computadora googleó "Edward Masen Guardabosque Seattle", pero recopiló muy poca información. Abrió una página donde estaban las coordenadas de las cabañas de los guardabosques, ubicadas según la ciudad y sus respectivos nombres.
Satisfecha con la búsqueda, decidió ponerse el pijama e irse a dormir.
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Corría sintiendo que sus pulmones iban a explotar en cualquier momento. El cuerpo le pedía a gritos un descanso, sin embargo, no podía parar. Él quería matarla y por la supervivencia interior obligaba a sus piernas moverse a una velocidad insospechada; había piedras, raíces, arboles caídos y desniveles de piso, mas sus pies no tropezaron ni una sola vez.
Se detuvo detrás de un árbol para descansar un poco, parecía que lo había dejado muy atrás pero escuchaba cómo las hojas protestaban a las pisadas de alguien.
—¿Bella? —Era Felix el que la llamaba. Otras veces hubiese corrido a él sonriente, pero ahora lo único que deseaba era que no la encontrase. Su cuerpo no quería moverse, estaba entumecido y dudaba que sus piernas cedieran ante su ruego—. ¿Bella? ¿Chiquita mía? ¿Recuerdas que amas que te diga así; chiquita mía? Tú eres mía, Bella, no puedes escapar.
Se tragó un sollozo que pedía salir. Las pisadas cada vez eran más cercanas. Se asomó por un lado del gigante árbol y observó a Felix que estaba ahí con su porte italiano imponente y su postura despreocupada, como si fuera un cazador jugando con su presa.
Pero no se encontraba solo, tenía un bebé que gimoteaba entre sus brazos, entre hambriento y desesperado, reclamando algo, ese algo era su madre. Isabella sintió una punzada fuerte en sus senos, bajó la mirada y se topó con su blusa mojada, sus pezones goteaban mientras el gemido del bebé se convertía en un llanto fuerte que inundaba el bosque.
No sabía de dónde había salido aquel bebé, pero al instante había llegado a la conclusión de que era suyo. Y sus entrañas se retorcían de dolor...
Felix la tenía entre sus manos. Ella no podía abandonar a su hija.
De un momento a otro sus ojos comenzaron a pesar y lo último que logró ver, en un parpadeo rápido, fue a Edward detrás de Felix que la observaba curioso.
Abrió los ojos, las cortinas estaban cerradas pero una puerta corrediza que daba al balcón se hallaba abierta, dejando entrar al viento y los rayos de sol. Perezosa, se estiró sobre la cama, sentía como si hubiera dormido toda la noche en la misma posición; su cuerpo protestaba por cada movimiento y, a pesar de que había sol, temblaba incontrolablemente. No sabía si era por el viento o por los vagos recuerdos que tenía de aquella pesadilla tan vívida.
Había pasado una semana desde que Edward se marchó de la casa. Alerta, había vagado por el pueblo por si lograba divisarlo por ahí, dando alguna vuelta o haciendo las compras. También cuando le había tocado llevar turistas a los bosques, estuvo atenta esperando verlo trabajar, pero al pasar de los días sentía que él se estaba convirtiendo una obsesión, ni siquiera podía trabajar en paz.
Ese día no le tocaba salir de la oficina, por lo que aprovechó para hacer el papeleo que tenía pendiente, era tanto que dudaba poder acabar todo antes de las cinco de la tarde, sin embargo, cada poco tiempo se detenía en la nada evocando la pesadilla que la venía consumiendo todos los días.
—¿Hola? —Charlie asomó la cabeza por la puerta, sonriente.
—Hola, papá. Pasa. —La joven se puso de pie y rodeó a pasos veloces el escritorio para enterrarse entre los brazos de su padre; cada vez se le hacía más natural apegarse a él como en los viejos tiempos—. ¿Qué te trae por aquí?
—Emmett te ama, aunque está resentido contigo por haber tratado mal a Rose. Y él ha conseguido esta cosa del tribunal contigo. —Charlie sonrió ampliamente y sus ojos brillaban de la emoción—. Ya no hay toque de queda o reportes, solo tienes que presentarte ante un juez cada tres meses.
Isabella se sentó en el filo del escritorio… aquello era un golpe de suerte, de maldita buena suerte. Estaba en estado de shock, sin poder creer lo que había escuchado. Tenía las palabras atoradas en su garganta, abría y cerraba la boca, atónita.
—No… —Sacudió la cabeza—. En serio, estoy… ¡Papá, esto es bueno!
—Excelente, diría yo. —Se rascó la nuca un poco nervioso—. Hay otra cosa... mmm, hay una cabaña para ti. Hemos conversado y bueno, Renée dijo que quizás quieras quedarte cerca de La Reserva.
—¿No me quieren en Seattle?, ¿tan malo resultó que me envían al más recóndito lugar del mundo? —La amargura se filtró en su tono de voz.
No había planeado quedarse en la ciudad. En realidad, no tenía un plan para luego porque no lo había creído necesario. Ahora lo era. Sacudió la cabeza, queriendo eliminar los sentimientos en sus expresiones y puso su rostro inexpresivo.
—Hija, todo depende de tu decisión. Si quieres ir a casa, están las puertas abiertas y nuestros brazos también. Es tu decisión, con cualquiera estaremos de acuerdo contigo. Así mismo, si quieres salir del estado, del país o irte a la luna... te apoyaremos.
Isabella asintió, pensando en las palabras de su padre. Lo miró y suspiró pesadamente, si ella iba a Seattle sería comidilla de todos y arruinaría más a su familia; pero tampoco quería salir del país y La Reserva era uno de los pocos lugares donde se sentía como en casa.
—¿Puedo elegir la cabaña?
Charlie sonrió.
—¿La que está cerca del riachuelo? Es toda tuya.
Ambos estuvieron conversando un poco más hasta que llegó la hora de abandonar el trabajo. Isabella estaba agotada, cada día parecía traer algo que la cansaba sin siquiera necesitarlo. Cogió las llaves del auto que le habían dado y acompañó a su padre hasta el parqueadero. Una vez allí, se despidieron y cada uno se fue en sus respectivos coches.
Hacía tiempo que no sintonizaba una canción en la radio, lo hizo y el coro de "Murder by numbers" de The Police comenzó a sonar.
Por cómo se escuchaba, parecía que ser asesino era algo sumamente fácil. Pero las cosas no eran como la letra lo decía, a ella todavía le costaba noches en vela con las imágenes de Alice y Carmen muertas.
Hizo su auto a un lado de la carretera para poder fumar el porro que había conseguido con uno de los clientes. No era exactamente lo que necesitaba, pero por lo menos resultaba ser más fuerte que el cigarrillo y en momentos así resultaba ser de ayuda. Escondió su vehículo entre los arbustos, estaba anocheciendo y por primera vez en años, se sentó sobre el capó para ver el sol ponerse y la luna salir. Sentimientos indescriptibles hicieron fiesta en ella.
Un revoltijo de emociones: felicidad, tristeza, ganas de llorar, de reír.
Fumó cada pedazo del porro con cuidado de no desperdiciar. Era su pequeña celebración, tenía ganas de correr hacia su cuñado y abrazarlo, luego darle unos cuantos manotones. Quería bailar, gritar... deseaba tantas cosas, pero como siempre, no todo resultaba como lo pensaba.
Divisó un auto a lo lejos que iba con las luces delanteras apagadas, aunque todavía el sol no se había ocultado del todo. Cuando el coche redujo la velocidad y estuvo más cerca de ella, se dio cuenta que la persona que conducía era Edward; iba acompañado de una morena que parecía querer devorarlo por cómo se enterraba en su cuello y sus manos vagaban por el pecho del hombre. El coche no era la vieja y desvaída camioneta roja, era otro auto antiguo que lucía como tatarabuelo de la camioneta.
Quiso saltar delante y detenerlo, pero en vez de eso se escondió más y rogó para que su auto estuviera suficientemente tapado con los arbustos. El coche se balanceó un poco cuando las llantas estuvieron sobre el desnivelado suelo de tierra y piedras. Logró divisar los ojos perdidos de Edward y se estremeció con lo que vio.
Aunque su mente le gritaba con que se alejara de allí, la adrenalina fluía por sus venas. Corrió siguiendo las huellas de las llantas y llegó a un espacio grande entre los árboles. Edward estaba arrimado al viejo auto y la mujer que vestía poca ropa, vieja y vulgar, lo atacaba como si estuviera a punto de comérselo. Parecía una prostituta. Edward, en cambio, tenía su mirada brillante, oscura y una sonrisa maligna.
Poco a poco, Isabella se sentó en un árbol, doblando las piernas en posición china, como si fuera a ver una obra, solo le faltaban las palomitas. Se sorprendió que a pesar de tener una idea de lo que estaba por suceder, la adrenalina le ganaba al miedo.
Edward puso a la mujer contra el auto y esta acción le permitió a Isabella ver el movimiento de sus músculos al contraerse, poniendo a prueba la camiseta blanca casi transparente que llevaba puesta. Se maravilló cuando él llevó su mano al bolsillo trasero y sacó una navaja. Estaba tan concentrada en Edward, maravillada y un poco temerosa, que no escuchó el grito ahogado que dio la mujer cuando la cuchilla se enterró en sus senos.
Su vena sangrienta estaba bailando, dándose un pequeño festín con un espectáculo en vivo y privado, solo para ella.
Su cerebro se encontraba en una especie de trance. Cuando vio el auto encenderse con la mujer que Edward había metido en movimientos gráciles, logró pestañear. Al ponerse de pie sus piernas no respondieron.
Edward rodeó el auto, como asegurándose que estuviese quemándose por completo; las llamas se reflejaban en sus ojos, dándole un aspecto vacío y salvaje, en un pestañeo, ella chocó sus ojos con los de él.
El corazón de Isabella tropezó al ver que la sonrisa que bailaba en los labios del hombre se hizo más grande, como si él comenzara un nuevo juego de caza con ella.
Gritó en el momento que sus piernas cedieron por el gran peso del susto y la impresión. La adrenalina había abandonado su cuerpo, dejándola débil.
Todo a su alrededor se sumió en una completa oscuridad, salvo el fuego reflejado en aquellos ojos sin vida.
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Nota de Sool: Lo sé, me deben odiar, hace como dos semanas que tengo el capítulo :( ¡PERDÓN! Es mi culpa, no la de Mel. Estuve estudiando para un examen de Inglés y ando con algunos problemitas de salud y personales. Espero que me entiendan. Perdón otra vez. Besotes.
Nota de Mel: Me desguindo toda responsabilidad (?) jajaja ¡Hola, por aquí! Les comento que esta escena es de la idea de Sool, no se imaginan como me persuade para que no escriba cosas que a ella no le gusta; digamos que es la pequeña Alice de las autoras (?) A todo esto, ¿qué opinan? ¿Les gusta o disgusta? ¿Quieren matarme o vale la pena continuar? Como ven, nada es miel sobre hojuelas; Edward tiene sus problemas y aunque parezca que Bella tiene todo resuelto… lalalalaaaaa… que les vaya bien.
¡Espero sus reviews!
Y muchas gracias por el apoyo y el acoso que le hicieron a mi pobre corazón de manjar de leche… (Espero que continúe *inserte cara de diablito*), por sus huellitas en los revews, favoritos y alertas.
Besitos…
Mel de Lutz.
