Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.

Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.

Capítulo beteado por Sool, Beta de Élite Fanfiction.

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Los rayos de sol del nuevo día golpearon por completo el rostro de Isabella. Gimió, fastidiada por el calambre que recorría su cuerpo y por el dolor de cabeza que la atormentaba. Asustada, abrió los ojos de golpe y miró a su alrededor… se hallaba dentro del auto; los vidrios polarizados estaban arriba, su celular tirado en el piso junto con las colillas del porro que había fumado y la llave puesta en el contacto.

¿Qué hacía dentro del auto cuando debería estar refugiada entre las cuatro paredes de su habitación? Puso a su mente a recapitular los últimos acontecimientos: primero, trabajo, mucho trabajo; había estado pasando informes de los paseos por las zonas con los turistas. Luego, su padre le anunció la increíble noticia de que estaba en libertad. Después, el haber querido festejar y parar en medio de la nada para fumar un porro. Y por último... Edward, el auto viejo, la prostituta y... ¡la mató! Edward había matado una mujer y ella había presenciado todo. ¡Absolutamente todo! Luego se había sentido mareada y no recordaba nada más, solo aquellos escalofriantes ojos donde se reflejaban las llamas que cubrían el auto.

En esos ojos había fascinación.

Anhelo.

Adrenalina.

Conmoción.

Orgullo.

Un sinfín de sentimientos que chocaban los unos con los otros.

Bajó del auto que estaba escondido entre los arbustos y, rápidamente, se puso a buscar el camino de tierra y las huellas de otro coche.

Había llovido, no sabía si por la madrugada o al amanecer, pero la tierra estaba mojada y había lodo por todas partes. Se habían borrado las huellas hasta de su propio auto.

¿También la lluvia borró los restos de un auto incinerado? No, lo dudaba mucho. Por más potente que hubiese sido, seguro allí todavía se encontraban las cenizas.

Mientras analizaba la situación, descubrió un camino abierto entre los arbustos. No le importó que sus zapatos se embarraran o que el sol no alumbrara del todo y pareciera estar en una película de terror, solo necesitaba saber qué había pasado y cómo llegó al auto. Caminó y caminó, sin embargo, no encontró señales de nada… Ni siquiera de los lobos que eran los animales típicos del lugar, tampoco del inmenso árbol en el que se refugió para ser una testigo silenciosa. No le quedó otra que regresar por donde había llegado, con miles de preguntas sin respuestas y confundida.

Demasiado confundida.

Ella no podía haber simplemente soñado, ¿verdad? Porque era algo tan vívido que todavía tenía espasmos de escalofríos y calambres. Conservaba en su mente cada segundo, incluso recordaba el haber estado asombrada y eufórica con la adrenalina recorriendo su cuerpo. Pero a la vez todo parecía tan surrealista...

«¡Bien por ti, Isabella! Ya puedes escribir tu propia historia de suspenso».

Gruñó tan fuerte que estuvo segura que cualquier persona que estuviese en un radio de cien kilómetros, podría escucharla.

Puso en marcha el auto y salió a la carretera. Eran las nueve de la mañana, su cuerpo solo pedía una ducha y una cama urgentemente. No podía no aparecerse por La Reserva, primero le tocaba ir a delegar actividades, aunque eso le costase tiempo perdido.

Llegó a la oficina cerca de las diez, no recordaba haber recorrido tanto tramo pero al parecer lo había hecho. Se encontró con su asistente que salía con una carpeta entre sus brazos.

—Hola, Angela —la saludó un poco cansada.

Angela había estudiado Hotelería y Turismo en la universidad de Washington y obtuvo las mejores calificaciones, así que cuando se graduó la habían contratado inmediatamente. Ella siempre tenía una sonrisa, era amable, amigable, un poco ingenua y silenciosa, del tipo de chica que puedes confiar tus secretos y se los llevaría a la tumba.

—Hola, Bella. —Le sonrió con simpatía mientras la seguía de regreso a la oficina—. Te ves mal.

—Gracias —le contestó sarcásticamente. Otras se hubieran ofendido, pero ella era distinta—. ¿Puedes pasarle mis programas a los otros guías, por favor?

—Claro, eso iba a hacer. ¿Quieres que te pida una cabaña? Se ve como que necesitas descansar.

—No, gracias. Necesito un baño y ropa limpia.

—Bueno. Si llama el Sr. Swan, ¿qué le digo?

—Que si desea saber de mí, me localice al celular.

Sin más, Isabella dejó La Reserva. Estaba tan agotada que el viaje a su casa le resultó pesado, ni siquiera se molestó en dejar el auto dentro del garaje.

La casa estaba en silencio, era de esperarse ya que por las mañanas todos salían a sus respectivos trabajos y el único que quedaba era Edward, pero ya no vivía allí... ¿Y si regresaba para acabar lo que no había hecho?

«¿Y si estabas tan drogada que todo fue un sueño?»

¿Será? Pero si tan solo había sido un porro. No pudo un porro noquearla de tal manera, ¿o sí?

«Quizás solo fue una alucinación de la cual te vas a volver loca de tanto pensar».

Quizás hablar sola era el plus que se necesitaba para estar consciente de que estaba volviéndose demente. El cansancio más el porro tan solo fueron el detonante para que las alucinaciones aparecieran. Después de tantas cosas que había vivido ya no sabía qué era real o un simple sueño.

Con mucho cansancio subió las escaleras, arrastrando los pies por los escalones que chirriaban por el peso de su cuerpo. Al pasar por el despacho de Carlisle escuchó murmullos, sin embargo, lo único que le llamó la atención fue aquel silbido que la volvía loca.

Tratando de recobrar los sentidos que habían comenzado a escaparse de ella, se acercó a la puerta del despacho. El silbido era cada vez más fuerte a medida que la voz de Carlisle iba subiendo de tono.

—¡Eres un maldito idiota, Edward! —gritó el Oficial con tono de voz colérico, se escuchó un golpe fuerte a la vez que se interrumpía el silbido y alguien jadeaba, estaba segura que había salido de Edward, tanto como que su padre había descargado algo de furia en él—. ¡Eres un maldito bastardo que jamás debió haber nacido!

Su primer impulso fue entrar, incluso se imaginó haciendo una entrada como en las películas, pero su cuerpo optó por encogerse y quedarse paralizada, casi aguantando la respiración.

El Oficial comenzó a botar un sinfín de insultos inentendibles, mientras se escuchaban otros sonidos, como algo siendo usado de saco de boxeo y los gimoteos de dolor que salían de los labios de Edward.

Isabella no resistió más e ingresó a la habitación poniéndose en medio de ambos hombres; Carlisle quedó con el puño alzado listo para golpear, pero se sorprendió con la presencia de la mujer allí, resopló y salió huyendo de aquella habitación. Isabella volteó a ver a Edward que se encontraba sentado en un rincón, tenía la mirada perdida, estaba sin camiseta y gracias a eso pudo ver que tenía un extraño tatuaje en el brazo. Él parecía muy perdido y no había reparado en la presencia de la castaña.

Ver a Edward tan vulnerable fue como un peso en su corazón. Él parecía un hombre fuerte y fibroso, pero ante la presencia de su padre era opacado, dejándolo pisoteado. Ella quiso acercarse y abrazarlo, mas se quedó allí, perdida en cada una de las marcas que le asomaban desde la espalda. Tenía curiosidad de acercarse y verlas detenidamente, saber si de verdad eran cicatrices de quemaduras.

En ese momento sintió que debía protegerlo de todo y de todos, pero especialmente tenía que rescatarlo de las manos del Oficial que acabaría con su hijo en un chasquear de dedos.

Automáticamente, su brazo se estiró hacia Edward, pero se arrepintió antes de haberlo tocado; sus dedos picaban por rozar la piel de él, queriendo recorrer cada tramo de las marcas y saber la historia.

Se las arregló para sentarse a su lado y buscó la mirada de Edward con la suya, de alguna manera necesitaba traerlo al presente para poder ayudarlo. Ella alzó la mano y su piel tocó la de él, encendiendo una chispa que saltaba como si fueran dos cables llenos de electricidad haciendo contacto. Isabella se sobresaltó porque nunca había sentido aquello, entonces recordó que entre ellos, cuando apenas él la había rozado en el supermercado, había saltado una carga eléctrica que quería traspasar las capas de ropa que la cubrían.

Sin embargo, Edward se encogió más en aquel rincón, pareciendo un niño asustado, encerrado en un cuerpo de hombre y esa actitud hizo que ella no desviase sus pensamientos.

—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó con voz suave para no asustarlo, pero él aparentó no escucharla aunque Isabella sabía que sí lo había hecho. Ella soltó un suspiro mientras se ponía de pie y miraba a su alrededor, buscando una señal de algo que no sabía qué era.

Si antes de llegar a casa estaba agotada a tal punto que creía que sería capaz de caer en coma, ahora estaba segura que su cansancio había subido al nivel de que no podría dormir, pero salió del despacho dejando a Edward, junto a su mente y corazón, atrás.

Bajó las escaleras y caminó hacia el patio trasero de la casa que se perdía en el bosque, vio a Carlisle a lo lejos acomodando una pila de leña. Lo observó por unos minutos para reunir argumentos y enfrentarse a él.

—¡Tú lo sabes! —aseguró, caminando hacia el Oficial.

Carlisle se detuvo en seco, dándole la espalda, sus hombros estaban tensos. Volteó a verla con una expresión imperturbable en su rostro haciendo que la joven soltara un resoplido.

—¿Dónde pasaste la noche? —replicó él en tono calmado, queriendo desviar el tema.

—A ti qué te importa —gruñó—, pero te lo diré. Venía de regreso a casa cuando decidí detenerme en la carretera y de casualidad vi a tu hijo desviar el auto en el que iba por un camino de tierra, lo seguí y, ¿adivina qué? ¡Mató a una mujer! —Alzó los brazos airada—. ¡La mató! Y tú lo sabes, sabes que él es el asesino que buscan hace años, pero claro, cómo lo iban a encontrar si su padre, un Oficial de la policía, le cubre todas sus fechorías.

Carlisle enarcó una ceja y se le acercó, Isabella iba a retroceder pero él la asió por el brazo y la mantuvo donde estaba, luego le olió la ropa.

—Estás drogada. —Fue lo último que le dijo con repugnancia antes de marcharse y dejarla de piedra, sin poder mover un músculo.

Cuando por fin pudo reaccionar, alzó la solapa de la chaqueta y la olió para ver si Carlisle lo había hecho para que lo dejase en paz, pero de verdad olía mal; una mezcla de aromas hicieron que su estómago se revolviera y le dieran náuseas.

La idea de que había alucinado, regresó a su cabeza.

.

Días después, Isabella terminaba de darle el último toque a la cabaña que se convertiría en su hogar. Le gustaba el resultado y estaba ansiosa para que llegara la hora de ocuparla.

Desde aquel día que había enfrentado a Carlisle, no había vuelto a ver a Edward y se había lanzado de cabeza en el trabajo y en compras. No quería pensar en nada más que no fuese su vida y sus intereses. También había evitado ver a su Oficial, se levantaba casi al amanecer y llegaba cuando las luces estaban apagadas.

Charlie le había preguntado qué quería hacer con la casa que servía de hogar, por sus otras dos compañeras que aún estaban dentro del tiempo de probatoria, tomó la decisión que sería mejor que se convirtiera en una casa de asistencia social, donde pudieran ir personas que requiriesen ayuda, tanto legal como psicológica. Pero eso sí, quería que una vez el plazo terminado, Carlisle estuviera fuera de aquellos terrenos. Tenía aquel sexto sentido que no le permitía confiar en él, no podía siquiera oír sus pasos que el estómago automáticamente se le revolvía; le había cogido fastidio por la manera tan desdeñosa en la que se portaba con las personas a su alrededor, abusando de su autoridad.

Aquella noche sería la última cerca del Oficial, miró por última vez la cabaña y un suspiro de alivio salió de sus labios. Quería quedarse pero recién habían terminado de pintar las paredes y necesitaba un poco de ventilación para que fuese habitable.

Aquella cabaña había sido construida especialmente para los Swan en La Reserva. Renée se había enamorado del lugar y no era de extrañarse; pasaba un pequeño riachuelo y su padre se había encargado de hacer una pequeña cascada. Al otro lado había una pradera con flores silvestres que era flaqueada con grandes pinos que señalaban el ingreso al bosque. Cuando nevaba, aquel lugar era digno de ser fotografiado porque era una imagen majestuosa de una postal navideña, con las copas de los árboles pintadas de blancas.

Con los recuerdos de cuando solían pasar sus vacaciones en familia o de cuando Rosalie la llevaba mientras se dedicaba a trabajar en la empresa familiar, condujo su cuerpo hacia el parqueadero del paradero turístico. Había niños corriendo por todos lados, excursionistas y parejas que pasaban su luna de miel allí.

En La Reserva los empleados habían aprendido a ser cautelosos con respecto a la situación que estaba pareciendo pasar a un lado positivo. Nadie mencionaba que ella había estado en la cárcel por respeto a los dueños, pero también por el gran cariño que siempre le han tenido a la familia. Ellos llegaron en una época de mala racha, La Push era una reserva natural olvidada en algún rincón de Washington, sin embargo, cuando los Swan compraron algunos terrenos, le dieron trabajo a toda la tribu nativa Quileute que habitaba, ganándose admiración y consideración.

Le gustaba estar en La Push porque se sentía cómoda y en familia, nunca faltaba un postre o un sándwich encima de su escritorio cuando llegaba para comenzar su jornada laboral.

Con el mando a distancia, quitó la alarma del auto mientras iba acercándose, algunos niños que se encontraban en el pequeño parque cerca, la saludaron alegremente. Subió al asiento del conductor, dejó su chaqueta sobre el asiento del acompañante y cerró la puerta, poniendo el coche en marcha para salir del estacionamiento y coger la 110 hacia el este para ir a Forks.

Apenas había pasado La Push cuando vio que un Oficial de tránsito tenía un auto atravesado en la carretera e indicaba que tenían que tomar un desvío hacia la carretera secundaria para integrarse de regreso un kilómetro más adelante. Cuando fue bajando la velocidad, se dio cuenta que había algunos autos de la policía, también estaban los del departamento de homicidios y bomberos; parqueó a un lado y se bajó del auto. Su corazón parecía querer salirse del pecho, tenía un mal presentimiento.

—Señorita, no puede pasar. —La interceptó un policía cuando intentó pasar el cordón de seguridad.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Pero antes de obtener una respuesta, un grupo de hombres salieron cargando una camilla y un cadáver dentro de una bolsa negra, a pesar de estar cerrado, el olor era repugnante.

Aunque más repugnante resultaba ser que ella no había estado alucinando como lo creyó tantos días. De verdad había presenciado a Edward matando a esa mujer y... no estaba asustada como debería estarlo, se encontraba serena, ni siquiera se impresionó cuando escuchó al médico legal de la policía informar por la radio del coche patrulla que era la prostituta que había desparecido y que posiblemente era una víctima más de El Descuartizador.

Regresó a su auto y lo llevó hacia el desvío para llegar rápido a Forks. Ella y Carlisle tendrían que tener una conversación muy interesante.

Mientras iba manejando, llamó al que se encargaba de las camareras y le pidió que Leah y Emily tuvieran turno nocturno y que les emitiera un certificado; el hombre aceptó, un poco extrañado. Ella necesitaba estar sola en la casa con Carlisle, tenía que enfrentarlo y ellas no podían estar presentes. Se enterarían de todo y pondrían a Edward en una situación de apuro.

Cuando entró por el camino que conducía a la casa, el sol ya se había escondido y lo único que iluminaba la ruta eran los faroles de su auto. Se detuvo al pie de la casa, salió del auto dejando la llave en el contacto y las puertas sin seguro, por si necesitara escapar de ahí.

Carlisle era un hombre de costumbres, todos los días a la misma hora se encontraba frente al televisor viendo algún capítulo de una serie vieja que pasaban; a esa hora llegaban las mujeres a casa y les firmaba el control de ingreso diario.

Todo aquello lo sabía Isabella, así que fue directamente a la sala, apagó el televisor y se cruzó de brazos impidiéndole a Carlisle que reaccionase ante la incertidumbre.

—Es mejor que cuentes todo —gruñó.

El oficial, burlón, enarcó una ceja e imitó la postura de ella.

—¿Qué quiere saber la reina?

—Me acusaste de estar drogada cuando te dije que había visto a tu hijo matar a una mujer. Me quedé callada porque no tenía pruebas para defenderme y ahora las tengo... o mejor dicho: la policía tiene las pruebas.

Vio cómo la expresión de Carlisle pasó a ser nerviosa.

—¿Y qué clase de pruebas tiene la policía?

—Un cadáver y la seguridad que El Descuartizador fue el responsable.

—Tiemblo de miedo. —Se mofó—. Ellos siempre tienen un cadáver y la certeza que fue El Descuartizador.

—Y posiblemente un testigo —dijo más segura de sí misma—. Pero te voy a dar la oportunidad de que me cuentes todo. Si te importa tu hijo, claro.

Carlisle vio la determinación en los oscuros ojos de Isabella y se rindió. Estaba cansado de aquella situación, si no fuera por el remordimiento, él mismo hubiera puesto a Edward tras las rejas.

Abrió la boca y la cerró, ¿qué le diría?; ¿comenzaría desde el día que descubrió la verdad; o desde cuando se enteró que su hijo era un asesino? No tenía idea, pero aquella muchacha tenía un carácter de acero porque no estaba asustada, ni siquiera le temblaba la voz.

—Edward es El Descuartizador —murmuró asintiendo, le costó pronunciar esas cuantas palabras.

—Eso lo tengo tan claro como que Navidad es el 25 de diciembre. —Resopló—. Detrás de un asesino hay una historia, Oficial Masen.

—Cuando Edward tenía tres años, descubrí que no era mi hijo. —Carlisle tragó, intentando deshacerse del nudo de la garganta—. Nadie de mi familia tenía los ojos grises, los de Elizabeth eran azules, los mío también y era más que obvio que nuestro hijo tendría el mismo color de ambos; pero nunca lo mencioné, he vivido con aquello toda mi vida.

»Recién me habían trasladado a Forks, nunca había visto a Elizabeth tan feliz en su vida, así que pensé que sería un gran cambio para nosotros y que el hecho de que Edward no sea mi hijo, no me afectaría. —Carlisle resopló—. Amaba a esa mujer con mi vida. Fui un idiota al creer que ella también me amaba.

»El día de nuestro aniversario pensaba darle una sorpresa y pedirle que renováramos nuestros votos matrimoniales; le pedí a mi jefe permiso para salir temprano, pasé por una florería y le compré un ramo de 36 rosas rojas, hermosas; llegué a casa y encontré a Edward durmiendo su siesta sobre una manta en la sala, busqué a Elizabeth pero no estaba por ningún lado. Pasando dos casas había una pequeña tienda y creí que ella había aprovechado que Edward estaba dormido para hacer alguna compra de última hora para la cena, pero mientras caminaba hacia la cocina, para esperarla ahí, escuché risas y pequeños gritos. —Alzó la mirada hacia Isabella, ella había aflojado los brazos y tenía el ceño fruncido, procesando la información.

—Yo había construido una choza que nos servía de bodega en el patio de la casa, las risas y gritos procedían de allí y sabía que eran de un hombre y una mujer. Sabía que esa mujer era Elizabeth y... abrí la puerta despacio, había un hombre cabello broncíneo y espeso, vi sus ojos y eran los mismos ojos de Edward. Ella lo llamó Edward y supe por qué Elizabeth había rogado para que llamemos así a nuestro hijo.

»Dolido, fui por Edward y lo desperté. No pensaba en nada, solo que tenía que acabar con ellos. Dentro de la caseta había productos inflamables que sobraron cuando arreglamos la casa, le di a Edward un cerillo encendido y lo empujé dentro, no sin antes decirle que debía dejar hacer caer el cerillo, unos segundos después les gritaba que deberían ir al infierno los tres y salí de allí, regresé a la comisaria y le dije a mi jefe que no había nadie en casa y había dejado las llaves en el escritorio.

»No sé si pasaron horas o segundos, pero el teléfono sonó y el jefe lo atendió, yo sabía lo que estaba pasando, pero aun así, cuando él me dijo que había habido una explosión en mi casa y que me necesitaban allí porque mi hijo era el único sobreviviente, me derrumbé.

—¡Eres un monstruo! —gruñó Isabella, haciéndolo salir de sus cavilaciones—. ¡Tú, Carlisle Masen, eres un cruel y jodido monstruo! Arruinaste la vida de un niño. Lo arruinaste a él...

—Todas las noches me lo reprocho, pero estaba ciego... ella me había engañado y...

—¿Quieres que me compadezca de ti? —Las lágrimas bajaban por sus mejillas sonrojadas—. ¡Por Dios, era tan solo un niño! Un ser inocente... lo castigaste por errores de otros. No mereces morir porque la muerte es un placer, mereces envejecer solo y morir en la miseria.

Ella se imaginaba el pequeño rostro de Edward asustado con el fuego a su alrededor, tuvo que presenciar la muerte de sus padres y quedar a cargo de un monstruo como Carlisle. Le causó una tristeza profunda por la niñez que él tuvo que atravesar.

Quería llorar desconsoladamente, quería poder matar a Carlisle, pero necesitaba ver a Edward y no sabía por dónde buscarlo.

—Dañar a tu propio hijo... —Isabella secó sus mejillas—, y lo usaste para que creyeran que había sido un accidente... es increíble, te veía como un ser rudo, pero en realidad eres alguien despreciable. Tu sermón de los hijos que me diste el día que me trajiste aquí era tan solo una fachada tuya...

—¡Pero crié a Edward! Lo crié y lo amé por encima de todo.

—¿Y quieres el premio al padre de oro? Tu... toda la culpa es tuya. Si alguien debería ir a la cárcel, tú serías el candidato perfecto. Mataste a un niño, hiciste que matara a su madre y a su padre... tú eres el ser más ruin que puede existir en el mundo... eres un asesino.

.

La imagen de los ojos perdidos, asustados y sin vida de Edward no la abandonaron de regreso a la cabaña, ni debajo de las colchas de su cama.

Había tenido que usar todo su autocontrol para no matar a Carlisle, por eso apenas se había sentido exasperada salió de la casa para irse a su nuevo hogar. Todavía se admiraba por mantenerse lejos de aquel hombre que había destrozado a un niño.

Un niño de tres años... no había apelativo para describir a la calaña de Carlisle.

Y había tenido la desfachatez de asegurar que lo amaba y lo había criado con amor cuando lo había forzado a cometer un delito, un ser inocente que perdió su alma.

El efecto de la pastilla para dormir estaba comenzando a trabajar, se acurrucó más debajo de las colchas y cerró los ojos hinchados por haber llorado, dándole la bienvenida al sueño.

.

Isabella se revolvió en la cama, murmuró algo inaudible y continuó durmiendo; aunque por unos segundos él había saltado al rincón más oscuro para que, si despertaba, pudiera estar un poco a salvo.

Estaban en la hora de la madrugada donde se hacía más oscuro para darle paso al día, ese había sido su trabajo todos los días desde que la había visto por primera vez; vigilaba sus sueños y tarareaba cuando se volvían más abrumadores.

Cuando la vio llegar a casa de su padre, convertida en una fierecilla, él nunca se había imaginado que le importara a ella. Anteriormente, había sido testigo del desprecio de sus ojos pero ese día le habían flameado con furia contenida. Ella no reclamaba por tenerlo junto a tres mujeres y que las pusieran en peligro, ella peleaba por aquel niño que estaba muerto.

Su mano fue directa hacia el tatuaje que estaba en su hombro y lo frotó, queriendo conseguir alivio; siempre que estaba nervioso lo hacía, podría decirse que era un tic.

Isabella volvió a revolverse debajo de sus colchas, él corrió de regreso al rincón y cuando se dio cuenta que tan solo estaba cambiando de postura, suspiró y regresó al pie de la cama, a continuar velando los sueños de aquella mujer que parecía frágil pero que era solo una fachada. Una fachada que lo excitaba a niveles incontrolados en su cuerpo; por eso evitaba recorrer aquel cuerpo pequeño con la mirada, porque ella tenía una pierna fuera. Una pierna que lo llamaba para que la riegue de besos, que la lamiera y la mordisquee.

Nunca había sentido aquella atracción sexual que ella le despertaba, y lo tenía asustado porque no sabía si pudiera seguir soportando estar rodeado del aroma de Isabella.

Estaba tan absorto, concentrado en los movimientos de los labios apetecibles, que no se dio cuenta cuando ella parpadeó y lo asustó saltando muy lejos de él, con un chillido contenido por el miedo.