Capitulo 11
Albert esbozaba la sonrisa mas encantadora mientras acompaña a la puerta a los últimos clientes. Meneó la cabeza, sonrió, firmó autógrafos y los fue empujando disimuladamente a la salida. Por fin, en sólo diez minutos, los echó y cerró con llave. Luego abrió el móvil que llevaba en la mano.
Marcó el número de su primo sin vacilar. Terry respondió al pri mer timbrazo.
-¿Qué te pasa?-
-¿Cómo sabes qué me pasa algo?-
Terry soltó un bufido.
-Jamás me llamarías tan tarde si todo fuera bien-
Punto para Terry. Ahora mismo nada iba bien.
Albert suspiró.
-La persona que amenazó a Karen en el club ha actuado de nuevo. Esta noche ha entrado en el Bonheur y la ha amenazado otra vez. La policía local pasa del asunto, no parecen capaces de llegar hasta el final. Necesito tu ayuda-
-Aunque pasado mañana tendré que ausentarme por un caso, le comentaré el asunto a Jack cuando hable con él e intentaré po nerme también en contacto con el hermano de Candy.
-¿Con cuál de ellos?- Albert maldijo para sus adentros. Ninguno de los dos había aprobado la breve relación que mantuvo con su hermana y Terry... y hacían todo lo posible por ignorar lo sucedido.
-Con Tom-
Albert maldijo otra vez interiormente. Tom era demasiado frío y calculador. Era muy astuto. Y tan comunicativo como una pared. Dada la aversión que sentía por él, no movería un dedo.
-Robert y yo estamos tratando de convencerle para que deje el ejército. Necesitamos a alguien como él-
-¿Qué puede hacer en este caso? Necesito a alguien capaz de averiguar quién se oculta detrás de todas estas amenazas-
-Tom es el mejor. Confía en mí. No tiene que caerte bien, sólo tienes que aceptar que él lo solucionará-
Por lo que Albert había oído, Tom era implacable y cauteloso cuando se encargaba de una misión.
-Haría cualquier cosa para proteger a Karen-
-Llegaremos antes del mediodía, así podrás ponernos en ante cedentes-
Albert cortó la llamada. A Karen no le iba a gustar eso; Terry, Robert y Tom insistían siempre en controlarlo todo y le restringirían los movimientos, pero Albert quería que estuviera a salvo.
Cuando regresó al despacho, George estaba gritando a Jimmy por el teléfono. A Albert casi le cayó bien.
Karen lo observó.
-Dile que me suelte- le ordeno.
Levantó ligeramente una muñeca. Estaba sujeta con unas esposas al cajón del escritorio.
Albert miró a George.
-¿De dónde has sacado eso?-
El guardaespaldas sonrió.
-Karen dijo que iba a salir a despedirse de sus clientes y que tenía que regresar al club-
-¡Ni hablar!- explotó Albert. ¿Es que Karen no se daba cuenta de que si ese enfermo la atrapaba, la violaría en el mejor de los casos y, quizá, la torturaría y mataría?...
-Iba a acompañarme George, al menos hasta que me traicionó. Pero tengo que pasar por el club. Sadie me ha llamado por teléfono, hay problemas con una de las chicas. Está borracha tengo que echarla. Además, es sábado por la noche, el día que más clientes hay. Las chicas pueden echar una mano, pero no ocuparse de todo-
Albert la entendía, pero el negocio no era tan importante como su seguridad.
-El único lugar al que este lunático no ha accedido todavía es a tu casa. Tenemos que ir allí. Llama a la chica y despídela por telé fono. George puede ocuparse del resto sin que tú te pongas en peligro-
-Es mi club. No puedo esquivar mis responsabilidades sólo porque a ti te dé la gana-
Albert entrecerró los ojos.
-No vas a ir-
A Albert no le cupo la menor duda de que si Karen hubiera tenido las dos manos libres, le hubiera arañado la cara.
-No eres mi marido ni mi novio. Has sido tú el que ha dicho que sólo «follamos» juntos, así que no vas a decirme adonde tengo que ir-
-Yo no apostaría por ello. ¿Qué ha dicho Jimmy?- pregunto a George.
Este le puso al corriente de una conversación que, para Albert, no fue nada más que un montón de tonterías. En conclusión, y legal mente hablando, salvo un poco de vandalismo, el culpable no había hecho nada por lo que pudieran arrestarle.
Albert no podía contener la furia. Ya trataría con aquel polizonte perezoso más tarde. Ahora tenía que mantener a Karen a salvo du rante doce horas. Después, Terry, Robert y Tom se harían cargo de aquel psicópata y él podría concentrarse en probarle a Karen que lo que ellos hacían era mucho más que «follar»... incluso aunque no supiera qué es lo que era.
-Típico de Jimmy- dijo Karen, encogiendo los hombros.- Ya que son ustedes los que deciden qué puedo hacer, ¿me dejaran al menos ir al cuarto de baño antes de irnos? Tengo que cambiarme de ropa-
Albert miró a George, que le devolvió la mirada. Hubo una silenciosa comunicación entre ellos a través de la cual parecieron llegar a la conclusión de que no podría hacer nada sin coche. No sería tan es túpida como para recorrer las seis manzanas que había hasta «Las sirenas sexys» con un acosador acechándola.
-Claro-George se levantó y, sacando la llave de las esposas del bolsillo de la camisa, la soltó.- Nada de trucos-
Karen agitó la mano y le dirigió una mirada furiosa.
-Espérenme aquí-
Pasaron cinco silenciosos minutos. Albert se removió inquieto, pero se trataba de una mujer y su ropa... Sabía por experiencia que tardaban mucho tiempo en vestirse. En especial si esa mujer usaba medias, liguero y zapatos de tacón. Ponerse todo eso llevaba tiempo. Además, George y él tenían un ojo en la puerta del cuarto de baño y el otro en la del restaurante. Karen no podía ir a ningún lado.
Cuando George comenzó a tamborilear el pulgar en una de las si llas, Albert se dio cuenta de que estaba tan nervioso como él.
-Como le destroces el corazón, te mataré-dijo George de re pente, rompiendo el silencio.
-Lo que hay entre Karen y yo no es asunto tuyo- dijo con desdén.
George se levantó, irguiéndose en toda su estatura, quizá cinco cen tímetros y quince kilos más que Albert.
-¿De veras? Pues lo que hay entre Karen y yo tampoco es asunto tuyo-
Albert apretó los dientes, resistiéndose a admitir que George tenía razón.
-Y cuando tú te hayas largado- prosiguió George- yo todavía estaré aquí. Con ella. Todos los días y todas las noches. Puede que tú seas su juguete nuevo, pero te olvidará. Y yo la ayudaré a hacerlo-
Aunque no le sorprendían las palabras de George en lo más mí nimo, fueron como una puñalada en el corazón. Escuchar la confir mación de sus sospechas —sus miedos— sobre la relación del guardaespaldas con Karen dolía como el infierno.
Se tragó la afirmación de George. La entendió. En unos minutos, sería domingo. Albert tenía que irse antes de la mañana del jueves para poder estar el viernes en Los Ángeles, donde concluiría las negocia ciones de su programa de cocina para la televisión por cable. Tam bién tenía previsto publicar en breve un libro de cocina, y su editor se debía estar preguntando por qué demonios no respondía a sus correos electrónicos.
Pero incluso aunque pudiera quedarse, ¿qué le diría a Karen?
Cualquiera que fuera el camino que eligiera para ser padre, no lo lograría sin la mujer adecuada. Y, aunque Karen estuviera de acuerdo en adoptar a un niño o en someterse a una fecundación in vitro, tendría que pasar por muchas pruebas y por un embarazo. Ade más tendrían que encontrar la manera de hacer funcionar aquella relación tan apasionada y difícil.
¿Qué clase de madre sería? Seguramente no una como la suya. Y eso, presuponiendo que ella quisiera tener hijos. Después de que ella intentara decirle esa mañana que no estaba tomando la píldora, Albert estaba bastante seguro de que, por el momento, ser madre no entraba en sus planes. Pero eso no cambiaba el hecho de que sentía algo profundo y nuevo por ella.
Era tan complicado.
Y aún así, no la podía dejar con George.
-Me tendré que esmerar para asegurarme de que no me olvide-
George soltó un gruñido.
-¿Eres tan jodidamente egoísta que quieres que te entregue su corazón a pesar de que vas a marcharte? ¿Quieres hacerla desgra ciada?- soltó George.
No. Pero Albert no pensaba que Karen quisiera de él algo más que sexo. Y odiaba pensar que seguramente quería lo mismo de George.
-¿Dónde mierda se ha metido? —dijo Albert, cambiando de tema y dando unos pasos. Deseaba poder abrazarla en ese instante. La necesitaba ahora y no podía esperar ni cinco minutos más para poseerla en aquella enorme cama que ella tenía, deslizarse dentro de su cuerpo y olvidarse de todo lo que no encajaba entre ellos.
George se encogió los hombros.
Albert miró el reloj y luego hacia la puerta del cuarto de baño.
-¿Quince minutos para cambiarse de ropa?-
El guardaespaldas miró también el reloj y, olvidándose de la có lera, frunció el ceño.
-¿No es demasiado tiempo?-
«Sí.» Y se imaginaba por qué.
-¿Hay ventana en el cuarto de baño?-
Goerge vaciló y se quedó inmóvil, aunque su mente iba a cien por hora.
-¡Mierda! -Forzó la puerta del cuarto de baño con un hom bro.- Se ha escapado-.
Albert atravesó la puerta principal del Bonheur. George le pisaba los ta lones y apenas se tomó tiempo para cerrar con llave.
-Maldita sea. Te lo juro, si aún no sabe lo que es una buena zurra, lo sabrá cuando haya terminado con ella -gruñó el hombre.
¿Y qué pasaría cuándo fuera Albert quien hubiera terminado con ella? Que Karen sabría mejor que nadie por qué no debía desobedecerle cuando él tuviera los nervios de punta y se sintiera tan protector.
Unos minutos después, Albert y George entraron en tromba en el club. Karen no se sorprendió de que la hubieran encontrado con tanta rapidez. Lo que sí le sorprendió era lo increíblemente enfadado que parecía Albert.
—Me parece que tienes problemas —indicó Sadie, señalando a los dos hombres con la cabeza.
Aunque era difícil tomarse en serio lo que decía alguien que sólo llevaba puestos un tanga y unas medias, Karen no pudo negar que la stripper tenía razón. El corazón se le aceleró como si hubiese es tado dos horas bailando.
-Estaré arriba, en el dormitorio. Si preguntan por mí, envíalos al despacho-
-George sabrá de sobra donde te encuentras -dijo Sadie con una sonrisa juguetona, asintiendo con la cabeza.-Lo único que conseguirás es que estén más enfadados cuando te encuentren-
Karen se encogió de hombros.
-Van a estar enfadados de todas maneras. Gracias de nuevo por recogerme en el Bonheur, no podía irme a casa sin hablar con Jessica y reprocharle sus actos-
-Desconcertar a los hombres siempre me causa placer-
Karen no podía negar que esa noche había conseguido eso y más. Subió la escalera y entró en el dormitorio. Se cambió el vestido por una falda corta y un top. Se puso unas botas rojas por encima de la rodilla con altos tacones de aguja, preguntándose si hacerlo no sería como agitar un capote delante de Albert cuando éste la encontrara, pero no tenía tiempo para medias y liguero, así que eso tendría que valer.
Antes de que pudiera salir y bajar la escalera, George abrió la puerta de una patada. Ella miró detrás de él buscando a Albert, pero el guar daespaldas estaba solo. Así que Sadie había tenido razón. Albert había creído las palabras de la stripper, pero George la conocía lo suficiente mente bien como para saber donde estaría. Esa noche los problemas acudirían de uno en uno.
-¡Maldita seas!- dijo él, atravesando la habitación. Ella se quedó quieta, observándole.
Dio un paso atrás al ver la furia que ardía en sus ojos. La expresión que mostraba su rostro iba más allá de una simple molestia o preocupación. Estaba tenso como una cuerda a punto de romperse. Una rápida ojeada más abajo le demostró que, también, estaba duro en otras partes.
-George- intentó razonar con él.- Detente. Sabes que no pue des...
-¡Eres tú la que no puede! ¿No me has contratado para que te proteja? Pues no te escapes de mí cuando estés en peligro-
-Sadie me recogió y me trajo aquí- confesó.
Era imprescindible aplacar la furia de George. Pero no parecía con seguirlo. Siguió avanzando hacia ella. La furia y el deseo estaban gra bados en su cara, y a Karen se le detuvo el corazón.
-George, no...
El guardaespaldas aplastó los labios contra los suyos, sofocando la protesta. Ella intentó zafarse, pero él le tiró del pelo e intentó se pararle los labios con la lengua. Luego se la metió en la boca mien tras ella intentaba resistirse.
Necesitaba aire. Y cordura. Y los necesitaba ya. Maldita sea, se negaba a ser maltratada por alguien que consideraba su amigo. Tenía que encontrar la manera de aplacar su cólera.
Después de examinar sus opciones, le mordió la lengua.
Él interrumpió el beso y dio un paso atrás.
-¡Mierda!-
-No hoy- gruñó Albert, dirigiéndose directamente hacia George.- ¡Aparta tus putas manos de ella! ¿Eres tú quien está detrás de todas esas amenazas?-
-¿Tú qué crees? Sólo me faltaba esa pregunta tan estúpida-
Karen se interpuso entre ellos. No iban a pelear en su dormitorio.
-Ya basta-
George la miró a ella y luego a Albert, antes de volver a clavar los ojos en Karen.
-Hablaremos después-
-Te lo aseguro -le prometió ella. Tenía que dejarle bien claro que consideraba inadmisible tal comportamiento. Nunca le había hecho daño. Nunca la había besado de aquella manera, contra su voluntad. ¿Qué demonios le pasaba?
Celos. La misma emoción dominaba la cara de Albert. El guapísimo cocinero miró a George con el ceño fruncido cuando éste salió dando un portazo.
Dejándola sola con él.
Albert alargó la mano y, con un audible clic, echó el cerrojo a la puerta. Entonces clavó la mirada en el provocativo escote de Karen y en los pechos, apenas cubiertos por un pequeño y apretado top blanco. Luego soltó una maldición al mismo tiempo que bajaba los ojos a la corta falda negra y a las botas rojas. Una nueva furia inundó el rostro de Albert. Al igual que George, su cuerpo estaba duro... por todas partes. A diferencia de George, sin embargo, si Albert la tocaba ahora, ella estallaría en llamas. Y no pensaba tolerar que él usara el sexo para manipularla o controlarla.
-Tranquilo, vale? He estado a salvo todo el rato. Jamás me pondría en peligro. Me trajo Sadie. Tengo nociones de autodefensa y un aerosol de pi mienta en el bolso-
Albert soltó un bufido.
-Nunca podrías evitar que un hombre te hiciera esto-
Estaba a tres pasos de ella pero, al momento siguiente, había in vadido su espacio personal, la tomaba entre sus brazos y la aplastaba contra la pared, adueñándose de su boca bruscamente. Karen quiso ser fuerte. Lo quiso con todas sus fuerzas, pero Albert tenía un efecto asombroso sobre ella. Y no pudo evitar ofrecerse a él.
El sabor de su beso, la intensidad... No se sintió obligada cuando él devastó su boca, sino deseada. Cuando Albert le acarició las mejillas y gimió, se sintió necesitada. Cuando le desgarró el top y se deshizo del sujetador, notó que se estremecía y que perdía el control. Sentía la posesión de Albert en los huesos. Él no debería de haber despertado su deseo, mojándola... pero se trataba de Albert. Y cualquier cosa que él hiciera, hacía que le deseara.
En cuanto estuvo desnuda de cintura para arriba, él se inclinó sobre sus pechos y los succionó, primero uno y luego el otro. Ella se arqueó hacia él, enterrando los dedos en el sedoso cabello oscuro. Los pezones se irguieron bajo la lengua de Albert cuando él los chupó con voracidad.
Le zumbó todo el cuerpo y movió las caderas con desasosiego, presionándose contra él, invitándole a entrar. Cuando estaba con Albert no tenía cabida la vergüenza; jamás. Cualquier cosa era buena para seducirle. Sí, estaba furiosa. Y le leería más tarde la cartilla, le diría que ningún hombre podría decirle jamás lo que debía hacer, pero ahora no podía detenerle. El deseo de Albert era semejante al de ella, como si los acontecimientos se hubieran escapado a su control y el tiempo que les quedaba juntos pasara con demasiada rapidez.
-No vuelvas a darme celos-dijo él, arrancando la boca de la de ella, con los labios separados y la respiración entrecortada.- No quiero que te quedes sola con George-
-No me habría hecho daño-
Los ojos de Albert ardieron.
-Puede que no, pero te habría follado. Y, maldita sea, yo ya no comparto. Mientras estés conmigo, no le ofrecerás este dulce cuerpo a nadie más que a mí-
Las palabras flotaron en su mente, agradables y perturbadoras a la vez. Antes de que Karen pudiera asimilar sus sentimientos y res ponder, Albert metió la mano debajo de la falda y le arrancó el tanga lanzándolo al suelo de madera. Entonces le pasó el dedo a lo largo de la hendidura, presionando sobre el clítoris hinchado.
Las sensaciones la inundaron dejándola débil. Santo Dios, qué le hacía ese hombre... Sólo tenía que tocarla un momento y ella se mareaba. Apretó los puños contra la pared. Comenzó a atravesarla un deseo incómodo e innegable. A pesar de lo mucho que odiaba que tuviera tal poder sobre ella, no podía evitarlo.
-Así -canturreó él dulcemente.- Mojada. Siempre mojada para mí-
Albert le introdujo dos dedos en la estrecha abertura. Ella siempre estaba preparada para él. A pesar de estar algo inflamada por la re ciente actividad, se derritió contra él, absolutamente dispuesta para cualquier cosa que él le exigiera.
No era posible que él pudiera creer que estaría tan dispuesta para cualquier otro.
-George no...
-No quiero oírte hablar de él- atronó Albert, penetrándola pro fundamente con el dedo anular.
Ella contuvo el aliento al sentir que él le frotaba sin piedad el punto G.
-No quiero oír hablar de George y punto. He visto cómo le be sabas...- Albert respiró hondo, como si intentara controlarse.
-Albert...- Karen quería explicarle, pero Albert no se lo permitió.
-¡No! Mientras folles conmigo, maldita sea, no follarás con él-
Las palabras de Albert penetraron por fin la neblina de placer que envolvía a Karen.
-¿Qué insinúas? ¿Qué puedo reanudar mi tórrido romance con él en cuanto te largues?-
Él jadeó más profundamente. Sus ojos azules se hicie ron más oscuros, casi negros.
Exudaba peligro. Se le enrojecieron las mejillas y su expresión se hizo más tensa mientras le aferraba las ca deras con fuerza. Estaba furioso y excitado, parecía un guerrero a punto de luchar, de reclamar su propiedad.
Santo Dios, ella deseaba que la reclamara para siempre, que no sólo quisiera acapararla hasta su marcha, tres días después. ¿Es que para él no era más que un polvo fácil?
Albert no respondió, amoldó su boca a la de ella una vez más y la besó con una ferocidad que le robó el aliento. Karen intentó no de jarse llevar, pero él se apretó contra su cuerpo y su mente fue arra sada por un torrente de implacable deseo. Un momento después, él se inclinó y le rozó el pezón con los dientes. Ella se arqueó y gritó.
-Separa las piernas- ordeno.
Karen vaciló. Sabía a donde conducía aquello... pero también sabía que casi no les quedaba tiempo juntos. La fantasía de conseguir que se enamorara de ella en una semana, sólo era un deseo imposi ble. Él se iría pronto y ella no podría detenerle. Lo único que podía hacer era almacenar recuerdos.
Cerró los ojos ante aquel agridulce anhelo y se dejó llevar. Albert le mordisqueó el otro pecho y bajó los brazos, cogiéndole un muslo con cada mano e inmovilizándola contra la pared. Un instante más tarde, Karen notó que el miembro de Albert indagaba entre sus plie gues. Apenas tuvo tiempo de preguntarse cuándo se había desabrochado él los pantalones antes de que se sumergiera profundamente en su interior. La resistencia que ofreció el hinchado sexo de Karen fue anulada por el húmedo deseo y el irreprimible anhelo de con quistarla.
Jugueteó con ella durante unos tortuosos minutos, introduciendo y sacando su pene suavemente. Por fin, la penetró hasta el fondo. Ahora que estaba rodeado por la mojada vaina de Karen y tenía el control, Albert la inmovilizó con una brillante mirada.
-Bien sabe Dios que no puedo impedir que George te tome una vez que me haya ido si tú quieres, pero ahora... Ahora eres toda mía, y me aseguraré de que sepas a la perfección el nombre de quién debes gritar.
-No follo con él- confesó ella boqueando, sin ganas de an darse con rodeos.- Jamás lo he hecho. Le contraté para que me protegiera, eso es todo-
Albert contuvo la respiración, parecía poseído por el deseo. Entonces negó con la cabeza.
-Da igual-
Porque ellos sólo tiraban. Cierto... George no era la causa de que ella no le importara. Ésta era sólo una excusa conveniente. Esa cer teza aplastó algo en el interior de Karen.
En ese mismo momento, Albert comenzó a moverse, incremen tando su deseo.
Él subió las manos desde los muslos de Karen a su cadera y la alzo un poco más, luego comenzó a penetrarla con unas estocadas tan rápidas y profundas que ella le clavó las uñas en los hombros.
-¡Albert!-
Una frenética necesidad hacía que se le enrojeciera la piel, que le burbujeara la sangre. Albert estableció un veloz ritmo que la dejó sin aliento. Impulsó las caderas contra las de ella, friccionando su clítoris de tal manera que los pensamientos, las objeciones y el pesar des aparecieron de su mente. Tan pronto como las sensaciones se adue ñaron de la situación, el deseo creció sin parar hasta que ella ya no pudo respirar.
La explosión estalló en su corriente sanguínea de una manera re pentina y devastadora. Karen gritó su nombre y luego le mordió en el hombro, aferrándose a él con más fuerza que nunca.
-Más- le exigió él, sin flaquear el ritmo.
Entonces, Albert apretó los labios otra vez contra su boca, envol viéndola en un beso interminable que la capturó por completo, una comunión de bocas que la cautivó totalmente. No sabía donde co menzaba ella y donde terminaba él, y no le importaba. Ya se había dado cuenta de que le había entregado una parte de sí misma y no podía remediarlo.
Y él se iría en unos días y jamás volvería.
Aquel pensamiento la atormentó cuando él se apartó de la pared y, sosteniéndola contra su cuerpo, se inclinó sobre la cama. La dejó sobre el colchón y siguió penetrándola profundamente.
-Separa más las piernas. Dobla las rodillas. Quiero metértela hasta el fondo-
La voz de Albert era casi un gruñido irreconocible. No le dio tiempo a negarse antes de que él le abriera los muslos todavía más. Gimió cuando él se hundió por completo. Santo Dios, era perfecto. Albert sabía exactamente cómo dejarla sin control.
Las extremidades le pesaban, los pensamientos se le dispersaban y un delicioso placer envolvió su cuerpo otra vez. Una urgente pre sión asaltó de nuevo su clítoris mientras él continuaba penetrándola con un ritmo duro y profundo. Ella se quedó pronto sin aliento y comenzó a palpitar a su alrededor, casi estallando de febril necesi dad.
Él la alzó por las caderas y la hizo bajar sobre su miembro mien tras empujaba hacia arriba. Con dureza. Directamente hasta la cer viz. Impulsando su pelvis contra la de ella y, oh, Santo Dios, la incipiente tormenta se concentró en el interior de Karen creciendo más allá de lo que ella podía resistir.
Antes de que alcanzara el clímax, él se retiró y la hizo ponerse a cuatro patas sobre las manos y las rodillas; volvió a entrar en ella desde atrás sin perder ni un instante. Le dio un azote en el trasero, provocando una caliente picazón que hizo que Karen contuviera el aliento. En ese momento, Albert apoyó el pecho húmedo contra su espalda, la rodeó con un brazo; y comenzó a juguetear con su clítoris.
-¿George te hace sentir esto?- le susurró Albert al oído mientras la explosión crecía, ascendía y se multiplicaba en su interior. Dejó de acariciarle el clítoris y ella gimió en señal de protesta. Albert le mordió el cuello, salió de ella y se hundió hasta lo más profundo al tiempo que le clavaba un dedo, mojado por sus fluidos, en el ano.
Las sensaciones crecieron todavía más mientras Albert maldecía y se introducía en ella una y otra vez. Karen le acompañó en cada movimiento, empujando contra él en cada envite.
Un millón de descargas la recorrió como una tormenta. El or gasmo se propagó desde el clítoris hasta el último rincón de su cuerpo.
-Oh, Dios mío- Karen se aferró a las sábanas y gimió.
Albert gritó cuando su clímax se acercó también. El sonido vibró en el cuerpo de Karen, haciendo que le zumbaran los pezones y que se estremeciera de los pies a la cabeza. Él siguió moviendo el dedo mientras su polla comenzaba a palpitar, empujándola de nuevo al borde. El éxtasis la inundó y la envolvió de nuevo, haciéndola perder la cordura mientras el cataclismo explotaba en su interior. Ella gritó al sentir un placer tan brutal que le dejó la mente en blanco, le oprimió la garganta y casi consiguió que el mundo desapa reciera. Un momento después, Albert eyaculó en lo más profundo de su cuerpo.
Maldita sea, se habían vuelto a olvidar del condón.
Karen cerró los ojos. No podía pensar ahora en eso. No podía pensar en nada... salvo en que Albert la había arruinado para cualquier otro hombre y en que había creado un conveniente abismo entre ellos dos utilizando una inexistente relación con George.
Iba a ser ella la que tuviera que detener aquello. Karen ya no podía seguir «sólo follando» con él. Le destrozaba el corazón.
Sin esperar a que Albert se moviera, ella se escurrió bajo el cuerpo de él, y se levantó con las piernas temblorosas. Sin decir palabra, cruzó la estancia y buscó en los cajones un sujetador limpio y otro top, notando en todo momento la mirada de Albert clavada en la es palda.
Y cuanto más pensaba Karen en lo que acababa de ocurrir, más enfadada estaba.
Salir de allí ya no era una elección, sino una necesidad. Tenía que pensar. Sola. Antes de que él volviera a nublarle la razón y consi guiera que lo deseara de nuevo. En esos momentos se sentía una tonta sin pizca de cerebro. ¿Cómo podía dejar que Albert tuviera tal control sobre su cuerpo cuando resultaba evidente que la consideraba tan poca cosa? Lo que compartían era una llama viva, abra sadora y destructiva. Y Karen no podía estar en medio del fuego sin quemarse.
Miró a Albert, sostuvo con firmeza la ropa limpia contra el pecho y apretó los dientes.
-Esto es todo, Albert. Es...- Se apartó, negándose a llorar frente a él.- Ya no puedo aguantarlo más-
-Karen, yo... lo siento. Estaba enfadado y...- graznó en el si lencio, poniéndose rápidamente en pie con el pantalón desbrochado y la camisa cerrada.- ¿Te he hecho daño?-
-¿Tú qué crees?-le preguntó con sarcasmo.- No hay nadie más que tú. No me acuesto con George, pero tú te niegas a creerme. Aunque tampoco tiene importancia. No me quieres para ti, pero tampoco quieres que me tenga él. Me haces sentir como un hueso que deseen dos perros al mismo tiempo, y no porque signifique algo para ti, sino porque tienes que buscar alguna excusa que te permita seguir considerándome una prostituta. No pienso seguir aguantando toda esta mierda-
-Eso no es verdad. Me haces sentir cosas que...
Albert se pasó las manos por el pelo, buscando las palabras.
«Excusas -pensó ella.- Pero ya no más.»
-Hasta aquí hemos llegado. No pienso soportarlo más. Le diré a Sadie que me lleve a casa a las cuatro. Será mejor que no estés allí cuando llegue. Y puesto que tanto el restaurante como el club están cerrados los domingos, no quiero volver a verte hasta el lunes. ¿En tendido? No quiero hablar contigo ni que me vuelvas a tocar.-
Albert aún no había dicho ni una sola palabra cuando ella desapa reció en el cuarto de baño. Aquel silencio hizo que se le volviera a romper el corazón. Las lágrimas hacían que le picaran los ojos. Man tenía todo lo que le había dicho, pero una parte de Karen deseaba importarle lo suficiente como para que luchara por ella. Pero no iba a ser así. Tenía que dejar de pensar esas cosas. A los quince años aprendió que los cuentos de hadas eran mentira. ¿Por qué había ol vidado aquella valiosa lección?
Después de asearse, se puso un tanga limpio y se cepilló el pelo, maravillándose de la imagen de la mujer ruborizada de labios hin chados que le devolvía el espejo. Se había enamorado por primera vez en su vida. Qué experiencia más miserable.
Volviéndole la espalda al espejo, pasó con rapidez junto a Albert y se dirigió a la puerta. Él la siguió.
-Siento haberte hecho daño, no quería hacerlo.- El arrepen timiento ensombrecía su cara y parecía inseguro y contrito al mismo tiempo.
-¿Hacer qué? ¿El imbécil? ¿Has pensado alguna vez en volver a verme después del jueves?-
En la cara de Albert apareció una expresión de culpabilidad. Apartó la mirada.
-No.
Karen sintió que el dolor la inundaba de nuevo.
-Ya me he hartado de que me trates como a un felpudo. Ya que tienes tantas ganas de considerarme una mujerzuela... no te costará nada olvidarme-
Dicho eso, le dio la espalda y salió dando un portazo. En cuanto abandonó el dormitorio, las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas. Nunca más. Después de que se fuera jamás volvería a poner los ojos en él. Sería lo mejor, a pesar de que la había tratado con des precio, si lo veía de nuevo, se derretiría a sus pies. Suplicaría su afecto.
Maldita sea, se negaba a caer en la tentación de postrarse ante nadie, en especial ante un hombre que no la apreciaba.
Recorrió el pasillo, bajó la escalera y se ocultó detrás del perchero.
-¿Karen?-
Oyó que Sadie la llamaba, pero ahora no podía responderle. Le vantó una mano y corrió a su despacho, donde abrió la puerta y la cerró de golpe antes de encender la luz.
Apretó los párpados para contener las lágrimas, se dirigió al sillón y se dejó caer en él. Un segundo y un sollozo después, abrió los ojos para coger un pañuelo de papel.
Peter estaba ante ella.
Y parecía muy cabreado.
Uff ufff ufff si cada vez que se enoja se comporta asi, pues… XD
