Capítulo beteado por Sool.
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La colina estaba empinada y ella iba rodando hacia abajo, arañándose contra las piedras y ramas que la golpeaban al paso. Su cabeza le dolía y sentía la sangre rodar por su rostro, pero tenía que continuar corriendo aunque sus pulmones le ardían y pedían un respiro. Debía seguir. No podía detenerse, él la iba a alcanzar y ella tenía que poner muchos kilómetros de por medio entre ellos para poder descansar.
Siguió la línea de los árboles, escondiéndose en las sombras y procurando no emitir ningún sonido. No tenía idea de cuál era la ruta que estaba tomando, pero algo en su interior la tranquilizó porque, por más extraño que pareciera, sabía que estaba dirigiéndose a un sitio seguro.
Cuando hubo caminado un buen tramo, comenzó a divisar pequeñas casas a lo lejos, de techos sucios y paredes amarillentas, pequeños pórticos acogedores y grandes patios traseros; niños jugando por doquier y madres sentadas en grupos vigilando. Era un vecindario muy llamativo, muy hermoso para ser real.
Ella miró entre todos, fascinada y muy asustada. Los niños a su alrededor solían ponerla nerviosa, por eso prefería saludarlos a lo lejos y no permanecer en contacto con alguno. Era lo mejor que podía hacer porque, según ella, no era digna del aprecio y ternura de cada uno de aquellos seres inocentes.
Un grupo pequeño salió corriendo de una casa, gritando fascinados con unas bolsas llenas de caramelos en la mano, se acercaron a otros niños y comenzaron a repartirlos con grandes sonrisas mientras las mujeres los observaban.
Una pequeña niña quedó rezagada al final del grupo, a lo que se le unió otro pequeñín de cabello color oro y revuelto, tenía los ojos grises más hermosos y vivos que pudo haber visto en su vida, llenos de alegría y picardía. El niño sacó un caramelo de su bolsa y lo puso en la boca de la niña que estaba a su lado; Isabella sintió celos por aquello, sintió posesión por él.
Entonces, cuando al fin había logrado la paz que necesitaba, una voz llamándola la sacó de sus cavilaciones… era Felix que iba por ella.
Tenía que volver a correr, pero antes de hacerlo necesitaba ver nuevamente a aquel hermoso niño aunque fuese por última vez... De pronto, cuando estaba tratando de divisar por dónde llegaba la voz de Felix, todo se volvió negro y las personas comenzaron a correr hacia la casa donde habían salido los niños con dulces.
Las llamas soltaron un calor abrazador que nunca había sentido, parecía que estaba en medio de aquel fuego, quemándose.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —gritaba una mujer de cabellos oros.
Isabella en su mente rogaba que no fuera aquel pequeñín vivaracho de ojos grises, las lágrimas corrían por sus mejillas, experimentando una sensación de ahogo que no la dejaba respirar.
La mujer logró zafarse de los brazos que la sostenían y corrió hacia la casa, esquivando a todo aquel que se cruzaba en el camino; ella también quiso correr detrás de la mujer, pero al intentarlo, algo la sujetaba de sus brazos, inmovilizándola. Volteó, arrugando los labios listos para soltar un gruñido que se quedó atorado en su garganta al darse cuenta que quien le impedía moverse era Felix, sonriéndole en grande, burlonamente. Experimentando otra clase de calor, uno que le daba energías y fuerzas, se sacudió fuerte hasta quedar libre de su esposo, poniéndose a la carrera hacia la casa, pero chocó de frente con alguien y Felix volvió a sujetarla.
Abandonando la resistencia, aflojó los brazos y dejó de luchar contra algo que era completamente imposible; él iba a hacer lo que le viniera en gana y no habría nadie para impedírselo. Cerró los ojos, sintiendo y escuchando a su espalda cómo la gente corría para apagar el incendio en aquella casa.
Percibió a alguien mirándola, una carga eléctrica recorriendo su cuerpo de manera placenteramente dolorosa y una caricia como el batir de las alas de un colibrí en su brazo. La piel se le erizó como reconociendo aquel toque; ella renunció a su cuerpo.
—Nunca te vas a librar de mí —murmuró Felix a su oído—. Nunca más... yo soy tu dueño, siempre lo seré.
Las caricias se detuvieron, unos dedos se envolvieron alrededor de su brazo y comenzaron a apretarse de tal manera que la sangre dejó de circular. Dolía y aun así no podía protestar ni abrir los ojos que estaban pesados. Alguien la hizo girar bruscamente, parpadeó y en el abrir y cerrar los ojos vio los mismos ojos grises del niño pero sin vida que la miraban intensamente. Quiso gritar, sin embargo, las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
Observó a su alrededor, ya no había niños, casas ni gente preocupada queriendo apagar el fuego; se encontraba en medio de la nada, en la oscuridad de la noche y con Edward.
Edward la iba a matar...
Solo necesitó ese pensamiento para saltar de la cama al rincón más alejado de su habitación en la cabaña; pegando gritos tan altos que podrían escucharse hasta la cuidad. Edward no sabía qué hacer, no quería asustarla pero si ella seguía gritando como lo estaba haciendo, alguien podría ir a la cabaña y todo se jodería. Así que se acercó a ella a pasos vacilantes. Los sollozos sacudían el cuerpo de Bella, la garganta la sentía rasposa.
—¡POR FAVOR! —Edward se detuvo en seco al escucharla suplicar—. Por favor, no me mates… —Más sollozos llegaban a través de su garganta.
—Shhh… —chistó, reanudando su camino a ella—. Shhh…
Bella hizo silencio al instante pero los sollozos no los podía calmar, eran altos y desesperantes. Edward comenzó a impacientarse, si había algo que odiaba hacer con su vida, era asustarla. Y verla llorar. Ella ya había tenido suficiente como para que él le llevara más sufrimiento. Miró alrededor de la habitación como buscando algo pero sin saber qué; cuando regresó la mirada hacia Isabella se dio cuenta de que intentaba alcanzar su celular que estaba en el suelo. Él se le abalanzó.
Un sonido desgarrador salió del interior de ella. Fue un grito desesperado, clamando por ayuda como si estuviera en verdadero peligro, tanto que llegó al interior de Edward y le estremeció los huesos, dándose cuenta de que nunca podría ser una persona normal y digno de ella. Atormentado por ese repentino pensamiento, tiró de ella para encerrarla entre sus brazos; a pesar de darse cuenta de la verdad, no era capaz de dejarla ir. Tanto tiempo viendo por ella en las sombras, deseando haberla conocido en otros tiempos, lo asustó. Isabella intentaba alejarse, pero mientras se sacudía él ajustaba más sus brazos a su alrededor sin querer dejarla ir.
—Por favor… —Suspiró, hipando y absorbiendo por la nariz. Su voz quebrada, rayando el límite del miedo pareciendo entrar en un ataque de pánico.
—Por favor… —susurró Edward, la voz ronca y dubitativa.
¿Por favor, qué?
Por favor, déjame sostenerte…
Por favor, permíteme abrazarte…
Por favor, sé la primera mujer que me ame y no me tema…
Por favor, eres un no sé qué importante en mi vida…
Por favor, no tengas miedo… no te dañaré.
Isabella pestañó algunas veces, aturdida. Su voz… cálida, cantarina, perfecta, masculina, ronca… su voz, la primera melodía hecha especialmente para sus oídos. La había imaginado, soñado, pero ninguna se acercaba a la realidad. Un poco temblorosa, pero no era lo único que le temblaba, su cuerpo se sacudía como si estuviera sufriendo una convulsión, parecía que iba a colisionar mientras la sostenía. Ella echó la cabeza hacia atrás para poder ver esos ojos grises brillando en la oscuridad, pareciéndole mentira que estuviera sucediendo aquello.
Sus brazos eran cómodos y se sentían seguros. Toda su mera presencia la hacía sentir una seguridad que nunca en su vida había experimentado. Ya no le temía. En realidad, nunca le temió a él; temió al miedo de que él se fuera a ir y dejarla, cuando ella ya había experimentado lo tan bien que se sentía su cuerpo pegado al suyo.
—No quiero que te vayas… por favor.
Isabella se revolvió hasta quedar libre de los brazos de Edward, se sintió en el vacío y si él no la sostendría, podría caer en cualquier momento. Retrocedió hasta que sus piernas tocaron el buró y encendió la cándida luz de la lámpara; necesitaba verlo a los ojos y prometerle que no se iría a ningún lado.
No sin él.
Sus ojos brillaron, llenos de lágrimas retenidas, sentimientos, preocupación e incertidumbre. Edward nunca había experimentado aquello que lo tenía al borde de la locura. Nunca había abrazado así a una mujer, porque ellas lo abrazaban a él. Ellas hacían todo el trabajo, él procuraba no tocarlas.
—Ven aquí. —Ella tiró de sus manos y lo sentó en la cama de un empujón—. ¿Desde cuándo?
Edward entendió su pregunta y bajó la mirada avergonzado. ¿Cómo podría admitir aquello; cómo podría decírselo sin parecer un maldito enfermo psicópata?
«Ya lo eres. Admítelo». Sonrió de manera irónica por sus pensamientos.
—Desde que te vi por primera vez —murmuró bajando la mirada para jugar con sus manos. A Isabella no le pasó desapercibido el ligero rubor que cubrió sus mejillas, pareciendo un niño cachado haciendo alguna travesura—, estabas tan… asustada cuando llegaste. Tenías los ojos bien abiertos y admiré la valentía con la que te enfrentabas, no querías admitir lo asustada que estabas. Yo me encontraba a un lado de la carretera. Me pareciste una chica fuerte, supuse que tenías cabeza dura y terca.
Isabella respiró hondo por lo que estaba escuchando. Nunca se había sentido observada ni mucho menos se había imaginado aquello.
—¿Por qué no te acercaste?
—¡Estás loca! Carlisle me tenía prohibido llegar a casa antes de las ocho de la noche. —Edward bufó—. Papá no quería meterse en problemas si yo…
—¿Me hacías algo? —Aunque sonó más a pregunta, ella había terminado la frase por él—. ¿Pensaste en…?
El hombre alzó la cabeza, mirándola directamente a los ojos; estremeciéndola porque de cálidos y asustados ojos, habían pasado a ser oscuros. Ella retrocedió, pero su espalda chocó contra la pared.
—Sí —contestó secamente—. Muchas veces te imaginé tendida en la cama y desangrada. No tienes idea de cuánto me estoy controlando aquí.
—¿Por qué no lo has hecho? —Tragó saliva.
—Porque luego descubrí que tu muerte sería la mía.
¿Cómo tomar aquella frase; como un cumplido o como una advertencia, o como que había marcado el final de sus días? Porque morir en manos de Edward, sería como una buena forma de acabar. Incluso noble.
Una electricidad corrió en su espina dorsal, haciéndola balancearse hacia delante. Estaba como en trance. Su cuerpo se sentía caliente, excitado porque de alguna retorcida manera, esas palabras la hicieron estremecer de placer.
El placer que solo Edward Masen era capaz de brindar con tan solo una mirada. Entonces, descubrió que era seguro que las mujeres no pensaban dos veces para irse con él, es más, ni siquiera lo pensaban. Él tenía todo el potencial de ser un asesino en serie pero no parecerlo: inteligente, guapo, tímido y misterioso. ¿Quién se resistiría a aquello, a aquel saco de testosteronas andantes? De seguro las prostitutas estarían dispuestas a darle todo lo que él pidiera sin cobrarle un centavo.
Ella también le daría lo que le pidiera con esa mirada fuego que le recorría todo el cuerpo y ese aire de peligro atrayente.
No supo qué fue lo que la empujó a sentarse sobre las piernas de Edward y estrellar su boca contra la de él en un beso demandante donde ambos querían ser los que llevaban la batuta de la lucha de lenguas y dientes que tenían. Las manos de él fueron a su cintura, ayudándola a mantener el ritmo de las caderas moviéndose en sincronización propia. Ninguno lograba tener un pensamiento coherente en su mente, ninguno era siquiera capaz de parar aquello que había iniciado y que era como una bomba a punto de explotar.
Habían iniciado algo que al final terminaría con ambos. Edward lo sabía, Isabella lo sabía. Juntos eran una bomba de tiempo.
Los labios de Edward abandonaron los de ella, pero nunca se separaron de la piel; recorrieron cada centímetro que se cruzaba en el camino. Mordió y besó todo a su paso. Al llegar a su cuello, percibió el olor natural y pasó su nariz para absorber todo lo que le era permitido, si fuera por él, viviría pegado a Isabella; su olor era único, olía a nieve, a frío, a flores, a ternura y fortaleza… era adictivo.
Tan adictivo que por más que él quería quedarse con ella, como se lo pedía, no podía porque estaba consciente de que algún día, lejano o cercano, acabaría con su vida.
El cuerpo de Edward comenzó a sacudirse y sus brazos se tensaron a su alrededor. Isabella, automáticamente, lo abrazó dándole consuelo. No sabía si su blusa estaba mojada de sus lágrimas o las de Edward, pero ambos lloraban desconsoladamente. Edward por no ser capaz de merecerla e Isabella por la triste infancia que él vivió.
Y una vez más, sintió ganas de matar a Carlisle con sus propias manos.
La presión de los brazos de Edward era tan fuerte que Isabella tuvo que hacer fuerza para poder respirar. No podía alejarlo. Edward encajaba tan bien en su cuerpo que creyó que era la pieza perdida de su rompecabezas. Su rostro escondido en la curvatura de su cuello, sus brazos alrededor de su cintura y sus manos presionándola más cerca de él.
Perfecto.
Ideal.
Le permitió a Edward llorar, sacudirse y gruñir. Sus manos y brazos presionándola, dejándola sin aliento. Él lo necesitaba. Llevaba años esperando por un consuelo, por una palabra de aliento y sabía perfectamente cómo se sentía; a diferencia de ella que le había cerrado las puertas a su alrededor.
Sus manos, suavemente, acariciaron la espalda de Edward, recordando aquellas marcas que había visto asomarse por sus hombros.
Se preguntó: ¿cómo pudo escapar Edward del incendio?
—Fue ella —susurró Edward. Isabella había formulado la pregunta en voz alta y no en su mente—. El suelo era de tierra. Mamá me pidió que me desnudara y rodara en la tierra mientras ayudaba al otro hombre a cavar un hueco por debajo de la pared de madera.
Isabella ajustó sus brazos en torno a él, como muestra de apoyo.
Edward cerraba los ojos y las imágenes de la pequeña choza incendiándose por dentro, llegaron a su cabeza. Cuánto le había rogado a su madre que saliera con él porque tenía miedo de que algo le pasara y ella le había prometido estar a su lado siempre, no abandonarlo nunca. Pero no cumplió su promesa, jamás salió de aquel lugar. Lo había traicionado, dejándolo con un hombre que no lo quiso y que no fue su padre, y luego cuando le prometió permanecer a su lado y ese mismo día lo había abandonado.
—Escuché lo que Carlisle te dijo —hipó, pareciendo un niño pequeño mal herido—, toda mi maldita vida me la pasé complaciéndolo… pensando que era mi padre. Quise ser el mejor para él, buscando su aprobación o una felicitación, que estuviera orgulloso de mí, pero nunca la encontré. Obtenía excelente calificaciones, me perfeccionaba cada día, sin embargo, nunca me dio una palabra de aliento. La única vez que escuché un: "estoy orgulloso de ti", fue cuando me desperté en el hospital, con sus compañeros de la policía a nuestro alrededor.
»Entonces, un día descubrí que mi novia del instituto se acostaba con el quarterback del equipo y que estaba conmigo solo porque su familia me consideraba el chico ideal para tener una familia y la presionaba con las tradiciones. Discutimos, me gritó en la cara que no me amaba, pero yo creía estar enamorado de ella. La mente se me nubló, no supe lo que había hecho hasta que ella dejó de respirar. Estaba asustado pero a la vez sentía adrenalina. Salí silenciosamente de su casa, no sin antes dejar una vela encendida, caída por accidente en las cortinas de su habitación.
»Días después, papá me comentó que los forenses habían descubierto que ella había muerto porque alguien la ahorcó. Su rostro iluminado y excitado porque raras veces sucedían esas cosas en el pueblo. Así supe la única manera de agradarlo, aunque en realidad no supiera que era yo.
Isabella sintió compasión. Nunca, ni en la cárcel, había escuchado una historia tan triste de un niño que tan solo buscaba alegrar a su padre.
—Creo que algo en mí me decía que Carlisle no era mi padre.
—Un padre nunca actúa de esa manera. —Isabella acarició la nuca de Edward—. No quiero sembrar odio en tu corazón, pero hay padres de corazón que no tienen la necesidad de que su sangre corra por las venas para reclamar a alguien como su hijo. Lo que Carlisle hizo es algo… no tiene precio. Él ha sido despreciable contigo siempre y no es necesario sacar esas conclusiones viéndolo. Mira en la persona que te convirtió, pero lo importante es que no has perdido tu corazón.
Edward alzó la cabeza para mirarla a los ojos, aquellos oscuros que reflejaban sinceridad. No había pena ni condena en ellos. Pero aun así no creía sus palabras… ¿él tenía corazón? Pues si fuera otra situación, se hubiera descostillado de la risa; lo que menos tenía era corazón. Ese mísero musculo no existía en su pecho.
—Isabella, yo sé estoy enfermo porque una mente sana no haría lo que yo hago. Yo no tengo corazón.
—Mírame —ella se señaló—, estoy aquí. No me has hecho algo, Edward. Tú mismo me confesaste hace un rato que se te ha pasado por la cabeza matarme, pero no lo has hecho.
—Quizás es demasiado pronto, pero he callado esto por tantos meses que siento que esta es la oportunidad… tú eres mi corazón. Si tú dejas de latir, yo automáticamente moriré.
El corazón de Isabella latía tan fuerte y rápido que estaba segura que se podía escuchar en un radio de cien kilómetros. Las palabras de Edward le afectaban más de lo que podía demostrar. Sentía una emoción incalculable que la dejaba sin aliento. Por primera vez en su vida alguien le había hablado tan lindo, tan sincero y sin interés alguno.
Una sonrisa resplandeció en sus labios.
—Yo también tengo cadáveres en el armario —susurró, sin importar lo que por primera vez en años sacaba a la luz—. Dos. Literal.
Edward la miró fijamente, tratando de encontrarle el chiste.
—¿Có-mo? —Seguro parecía un idiota, pero estaba sorprendido. Antes de que Isabella pudiera decir algo, se aclaró—: Eres... buena. No te creo capaz de matar a una cucaracha.
—Las apariencias, Edward. Las apariencias engañan.
Hurgó en los castaños ojos, tratando de descifrar si era una mentira para hacerlo sentir mejor, pero no encontró nada, solamente la sinceridad que la caracterizaba.
—Me sorprendes —murmuró—. No puedo imaginarte matando a alguien.
—Lo planifiqué —Isabella se encogió de hombros y luego de manera confidencial agregó—: hasta el último detalle.
La sorpresa inicial de Edward ya había pasado, pero aun así su cerebro rechazaba las palabras de ella. Isabella no podría ser como él porque ella sí tenía corazón, la había visto tantas veces poner empeño y tratar bien a las personas. La única vez que había presenciado su enfado había sido esa tarde con su padre y sin embrago, estaba con él, hablándole amablemente, a pesar de que lo había cachado dentro de su habitación en la cabaña.
—¿Quieres que te demuestre cuan mala soy? —le susurró al oído.
El cuerpo de Edward se tensó. Se repitió en la mente que era Isabella tantas veces para que su asesino interior se quedase donde estaba. La quería a ella sana y salva, y por primera vez no deseaba defraudar a una persona porque aquella se había convertido en alguien especial y le estaba diciendo que él tenía corazón; había que darle crédito.
A parte que Isabella estaba dañada como él.
Sus dedos tocaron la cadera de la mujer que jadeó en su oído enviándole corrientes a través de sus sensibles huesos, casi se podía sentir temblar cuando sus caderas conectaron en un movimiento y lo hizo gemir, poniéndose rudo como una roca.
Tenía años que no tocaba a una mujer así, exactamente desde Jessica, su primera novia.
—No... —susurró Edward débilmente, sin alejarla.
—Lo quiero. —Lo besó—. Lo quieres. —Miró a sus ojos intensamente, queriendo sumergirse en esos pozos turbulentos y grises—. Pídeme que me detenga.
—Qué diablos, ya que estoy condenado al infierno —dijo antes de apoderarse de la boca de Isabella en un beso demandante donde era válido todo; labios, lenguas, dientes, saliva... Todo. Se sentía bien, era como si él hubiese sido enviado al cielo después de una vida de condena. En cambio, él la sentía real. Suya. Entregada.
No tenía idea de lo que sucedería al día siguiente, pero si fuera el fin del mundo, su vida estaba realizada con la mujer que se encontraba a horcajadas sobre él.
Las piernas de Isabella presionaban las caderas de Edward con cada pequeño movimiento que hacía con las suyas, volviéndolo loco por la fricción en la que sus cuerpos estaban siendo sometidos. Los estremecimientos llegaron cuando Isabella posó la palma de su mano por debajo de la camiseta de Edward que estaba helado y ella le transmitió calor electrizante. Ambos sentían que iban a estallar en una bomba si no lo hacían.
Isabella nunca había sentido ese calor tan intenso. Con Felix las cosas habían sido muy distintas, llegando a un acuerdo de que cuando estuvieran casados comenzarían su vida sexual. Él era el único hombre al cual se había entregado, pero el deseo y la desesperación de ser suya no era tan intenso como lo era con Edward. Entonces se preguntó, ¿por qué no? Ya lo había intentado de la manera tradicional y las cosas no habían salido bien.
En cambio, Edward se preguntaba, ¿por qué no la detengo? La última vez que tuvo relaciones sexuales fue la primera vez que mató a alguien -después de sus padres-, e Isabella no estaba muy segura en sus manos. Su carácter y estado de ánimo eran muy cambiantes y le resultaba fácil deprimirse en niveles tan altos que comenzaba a pensar en el suicidio como única salida; pero también descubrió que ella no lo dejaría. Era tan terca y de carácter fuerte, decidida.
Podrían intentarlo y morir, pero nada les cambiaría cómo se habían sentido estando con sus cuerpos colisionando.
Se despojaron de sus ropas en medio de besos y manos recorriendo el cuerpo de cada uno, explorándose, conociéndose. La piel de Isabella era tan suave y lisa. La vio desnuda y tendida en la cama, pequeñas cicatrices de cortes atravesaban su piel. Edward maldijo a las causantes de aquello y agradeció que estuvieran muertas, aunque tenía ganas de resucitarlas y volverlas a matar con sus propias manos. Besó cada cicatriz, haciéndola estremecer. Se recordaba que debería ser suave con ella, atento y delicado porque parecía una muñequita de porcelana frágil iluminada por la luz de la lámpara, mezclada con la de la luna. Mandó fuera todo pensamiento que tuviera que ver con la muerte y se dedicó a venerar aquel cuerpo que era entregado a él; aquel primer cuerpo que tenía que cuidar y no matar. Le costó, pero sin embargo, lo consiguió.
Comenzó siendo suave pero firme, posesivo con aquella mujer. Esparciendo besos, sintiendo los suaves estremecimientos de su piel.
Cuando Isabella lo acogió en su interior, se dio cuenta que él era la pieza que faltaba en su vida.
Estaba enamorada de Edward.
Sentía correcta una conexión que no había experimentado antes. Era perfecto y solo suyo. Sus ojos mirando dentro de los de ella hacían que las palabras sobraran, solo se escuchaban las respiraciones pesadas, los jadeos y gemidos. Con cada estocada, se enterraba más profundo en ella y no solo físicamente, sino que el corazón de Isabella parecía querer salir a correr una maratón infinita con tantas emociones que experimentaba.
Aquel calambre, uno que nunca había sentido, comenzó a formarse en el centro de su vientre. Edward necesitó solo un par de movimientos para que aquello estallase y se expandiera por todo el cuerpo de la mujer, ocasionando mucho placer. Los senos de ella lo tentaron y él los acogió en su boca; chupando, mordiendo y lamiendo, mientras continuaba con el suave movimiento en su interior, sintiendo la electricidad recorrer hasta la médula de sus huesos y derramándose en el interior de ella.
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Apagó la luz del velador y miró por la ventana, era pasada la medianoche y no había tenido noticias de Edward. Todas las noches, desde cuando ellos se entregaron y abrieron su mente el uno al otro, él había ido sin faltar; hacían el amor y caían rendidos en lo profundo del sueño. Ya no había pesadillas ni desánimos a la hora de levantarse. En La Reserva todos habían notado la sonrisa resplandeciente que portaba Isabella, se lo comentaban y ella afirmaba que era la de siempre. Sin embargo, en su mente, estaba más que segura de saber quién era el responsable y el solo pensamiento le ampliaba la sonrisa hasta hacer que sus músculos protestaran.
Suspiró y lanzó una última mirada a la ventana y a la puerta con la esperanza de volverlo a ver, pero no había ni rastro de que estaba cerca, así que apagó la luz de la mesita y se hundió entre las cobijas sin sentir la calidez del cuerpo de Edward amoldado al suyo. Era inconcebible que tan solo habían pasado pocos días y ella sintiera vacía la cama sin la presencia de Edward, había dormido sin él toda su vida. No quería volverse dependiente de alguien.
Estaba dormitando cuando escuchó el crujido de la ventana al abrirse y sonrió; a pesar de haberle dado las llaves de la cabaña para que entrara como una persona normal, Edward seguía haciéndolo por la ventana para no perder la costumbre. Le había divertido aquel comentario y los pocos más que siguieron una vez que él había obtenido su confianza y seguridad. Era un poco sarcástico y a veces muy inocente, pareciendo tan solo un niño encerrado en el cuerpo de un hombre; Isabella se entristecía imaginando cómo fue la vida de él con quien decía ser su padre. Edward no lo había comentado, pero ella tenía la certeza que aparte de ignorarlo y tratarlo como un retrasado mental, también lo maltrataba.
La cama se hundió a su lado, alejándola de sus pensamientos y automáticamente se acopló a Edward, soltando un suspiro de alivio al oler la esencia de bosque, madera y silvestre del desgarbado hombre que la sujetaba contra su cuerpo con los brazos firmes y cómodos a su alrededor.
—Tardaste —le reprochó con voz de niña pequeña. Cuando esas palabras abandonaron su boca, automáticamente apretó los labios. No quería ser una mujer controladora, pero el par de horas que había perdido de sueño la tenía de malgenio.
Edward rio, tratando de esconder su sonrisa en el cabello de Isabella, pero su cuerpo se sacudió.
—Lo siento —susurró—. Venía hacia acá y vi a un cazador perdido. Tuve que llevarlo hasta la oficina de guardabosques porque allí lo estaban esperando los demás.
—No importa. —Se encogió de hombros—. Igual, ese cazador perdido ya me puso de malgenio porque quitó unos minutos de mi tiempo preciado contigo.
—Prometo que te lo recompensaré. —Edward rio y le besó el cabello. Se revolvió incómodo porque estaba acostumbrado a dormir desnudo, pero la había extrañado tanto que apenas se había quitado el uniforme cuando se reunió con ella en la cama, mas no podía volver alejarse así que comenzó a tararear algo sin sentido mientras cerraba los ojos y se dejaba envolver por la calidez de su cuerpo pegado al suyo.
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Antes le era fácil concentrarse en los balances de La Reserva. Adoraba estar metida entre números, inventarios y pagos, no había nada tan estresante como tan hermoso. Pero desde un par de semanas atrás, sus pensamientos no iban más allá de Edward. Cada noche dormían juntos después de hacer el amor, al amanecer Edward le preparaba el desayuno y comían entre silencios y a veces animadas pláticas, después ambos partían hacia sus respectivos trabajos y regresaban a lo mismo de siempre. No le fastidiaba ni un gramo la rutina, a Edward le gustaba mantener un horario para tener su tiempo libre y evitar sus crisis existenciales e Isabella lo apoyaba.
El lápiz que tenía en la mano, resbaló cuando la oscuridad se apoderó de sus ojos. Unas grandes y calientes manos, de dedos largos y finos le cubrieron los ojos. Isabella sonrió y se echó hacia atrás, queriendo entrar en contacto con aquel pecho firme, llevó sus manos hacia las de Edward y las apretó ligeramente. Su sonrisa grande y perfecta se sentía contra su piel.
Todo lo de ella era perfecto: sus ojos, nariz, boca, cuerpo… aún le costaba creer que aquel ser era de él. Ella lo mantenía pensando constantemente, queriendo averiguar el misterio del porqué Isabella todavía no había huido lejos de él. Era amable, cariñosa, soñadora, encantadora; todo aquel que se le acercaba salía enamorado de ella. A veces le resultaba pesado ir caminando por el bosque y escucharla hablar, quería acercarse y llevársela a un lugar donde solo existieran los dos. Pero ella no podía convivir en su mundo porque aquel sitio era oscuro, silencioso y peligroso. Solo existía él. Isabella no podía pisarlo ni un segundo porque descubriría el verdadero Edward y lo dejaría, sin lugar a dudas. Él tenía que ser normal, podía intentarlo y no fallarle.
—¡Oye! —Isabella rió y volteó en su silla hacia Edward, notando cómo repentinamente la expresión de perdido cambió a una amplia sonrisa—. Me agrada que me visites.
—Bueno, solo es una rápida visita porque me vengo escapando de mi jefe. —Le guiñó un ojo, juguetón—. Quería invitarte al cine.
—Oh. —Se sorprendió. No imaginaba que a él le gustara el cine—. ¡Eso es estupendo! ¿Qué iremos a ver?
—Mmmm. —La mano nerviosa de Edward fue a parar hacia su cabello que había crecido considerablemente desde la última vez que Carlisle lo obligó a cortárselo—. Vi que había una película de chicas en cartelera. —En realidad, Edward había estado navegando por todas las salas de cine de Port Angeles, ninguna categoría le llamaba la atención pero había escuchado durante la secundaria que a las chicas le gustaban las películas cursis y romanticonas. Él lo podía hacer por Isabella.
—¡Estupendo! —La joven se puso de pie y juntó su nariz con la de Edward, estirándose lo que la silla le permitía—. Pero tengo una condición. —El cuerpo del hombre se tensó y ella soltó una sonora carcajada—. Tranquilo, no es nada malo; solo que, si quieres hacer una "típica" cita, tendrás que venir a recogerme… por la puerta principal.
—¿Por la puerta principal? —murmuró, tragando grueso. No le gustaba ser amable con la gente y por lo general pasaba metido en el bosque, por lo que era un completo salvaje—. ¿Y si mejor nos reunimos en el parqueadero?
Isabella negó divertida por la expresión de horror.
—No, señor. Aquí, como la gente. Te registras con Angela que te estaré esperando.
—Está bien —bajó la mirada—, pero esta noche me la vas a pagar.
Se dieron un último beso. Edward rodeó el gran escritorio y avanzó hasta la puerta. Isabella sabía que él había entrado por la ventana de su oficina. Le sonrió en grande cuando abrió la puerta, topándose con una atónita Angela que lo veía asombrada. Seguro la secretaria se estaría preguntando cómo entró a la oficina si ella no lo había registrado.
—Angie, el señor Masen va a venir esta tarde, lo dejas pasar a la oficina. —Le guiñó un ojo, juguetona. Edward gruñó y se apresuró a salir. Tenía que hacer las cosas como la gente normal porque Isabella querría a alguien normal.
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Mientras más se acercaba la hora para ir a recoger a Isabella, el estómago más se le encogía. Era algo simple: ir y preguntar por ella. La secretaria ya estaba anunciada sobre su presencia y no sería tan difícil, ¿no? La cabeza le dolía con tan solo pensar en que iba a estar rodeado de personas. La Reserva no solo era un paradero turístico, sino que era el lugar donde se acumulaban las personas, hacían reuniones y andaban de manera suelta por ahí. Pero tenía que solamente ir y pedirle a la secretaria que la llamara, algo que era muy sencillo para todos. Menos para él.
Tenía muchas ganas de llamarla y cancelar la cita con algún pretexto, pero se lo había prometido y no quería decepcionarla. Que ella estuviera con él, fuese su mujer y se despertara todos los días a su lado, era más que suficiente para tener las pruebas necesarias.
El sol comenzó a descender entre los árboles, el cielo se tiñó de diversos tonos de naranja, dándole paso a las nubes grises y oscuras que marcaban la noche y también su retirada para ir a buscar a su mujer. Su mujer, qué bien se sentían esas dos pequeñas palabras en su mente y esperaba poder decirla en voz alta pronto.
A medida que se iba acercando a la cabaña de los guardabosques, vio el viejo San Remo de Carlisle parqueado al lado de su camioneta. Quiso retroceder pero ya era demasiado tarde, su padre se había bajado del auto y caminaba hacia donde él se encontraba estático.
—Hola —saludó Carlisle. Edward le respondió con un movimiento de cabeza, quería mirar hacia el suelo pero estaba hostigado que él lo humillara cada vez que le daba la gana de hacerlo. Ella le había dado la fuerza que necesitaba—. ¿Podemos hablar?
—No. —No quería mostrar debilidad alguna pero Carlisle lograba hacerlo trastabillar.
—Es sobre Isabella.
Edward se puso en marcha, por el rabillo del ojo vio que su padre lo seguía. Solo vería qué quería con él e Isabella y luego correría hacia ella. Desvió de la cabaña hasta quedar entre un par de arboles que rodeaban el ingreso al bosque. Se detuvo y esperó que Carlisle comenzara a hablar, de espaldas a él.
—Esta mañana me enteré que has estado en las oficinas de La Reserva. —Edward respiró profundamente mientras sus manos se hacían puños—. He hablado con el oficial Dwyer sobre si te ha enviado por allá por algún problema y me ha informado que no. Edward, tienes que dejar en paz a Isabella. Ella no pertenece a tu mundo. En tus manos corre más peligro que pasando una noche en medio de la jauría de lobos. Tú no eres como ella, ni ella es como tú. Tienes que entenderlo, por favor.
—Está bien. —Él asintió. Siempre le diría que sí a todo lo que él le dijera, con tal de que lo dejara tranquilo.
—Bien. Solo piensa en su bienestar, si la quieres. No puedes inmiscuirla en tu mundo.
—No la estoy inmiscuyendo en mi mundo —gruñó.
—Pero tú tampoco puedes meterte en el suyo. El mundo de Isabella ha tenido suficiente drama como para que vayas con los tuyos. Allí no hay espacio para ti. Ella querrá hijos, una familia, un hombre digno a quien poder presentar delante de su círculo social. Ahora ella te podrá decir que tú lo eres todo, pero luego te dará una patada en el trasero cuando despierte a la realidad. Solo piensa en el momento que te dé una crisis, ¿la vas a arrastrar contigo? Nunca cambiarás lo que eres porque ya está en tu sangre. Y la sangre es lo que nunca se puede lavar.
Todo lo que Carlisle le había dicho era verdad. Él tenía que alejarse y perder las esperanzas. Él no le daría la familia ni podría ser aquel hombre del cual ella se sintiera orgullosa. Su corazón le dolía pero no había nada que podría hacer; solo ignorarla.
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—Este es la última noche que pasarán en La Push. Por eso, he reservado esta tarde y noche para poder disfrutar de una acampada al aire libre en la playa. Si ven hacia la derecha, podemos apreciar la playa de La Luna; se llama así porque, obviamente, desde esta altura o desde el cielo se aprecia la forma de media luna que le da el monte Olympic rodeando la playa. Ahora, chicos, vamos a bajar del bus en completo orden y seguirán a Mark hasta la playa que es donde nos reuniremos. —Isabella se hizo a un lado para dar paso a los chicos que habían ido en un viaje de último año.
Cada uno de los jóvenes fue bajando y se formaron en una fila, siguiendo al otro guía que iba a la cabecera.
—Chicos, recuerden no pueden separarse mucho porque esta es una zona de lobos descomunalmente grandes y salvajes. Pueden estar aquí en la playa, que es donde vamos a armar nuestras carpas y caminar entre los árboles que rodean el bosque. Mañana por la mañana iremos a ver, con una distancia prudente, las guaridas de los bosques.
—¿Isabella? —Una chica rubia y de grandes ojos azules, la llamó—. ¿Por qué hay un camión de bomberos allí?
Isabella volteó hacia donde la chica señalaba, sorprendiéndose porque sí, había un camión de los bomberos y hombres alrededor conversando con expresiones de preocupación en sus rostros. Le hizo seña a los otros adultos que estaban a cargo del grupo antes de ir hacia ellos para ver si era seguro estar allí.
—Hola, soy Isabella Swan. —Le dio la mano al capitán que estaba bebiendo agua desde una botella—. Estoy con un grupo de veinticinco jóvenes y tenemos planeado acampar esta noche, ¿es seguro?
—Señorita Swan. Bueno, es algo irónico; esta noche es la más segura en la que podrá estar. Quiso formarse un incendio forestal pero afortunadamente unos cazadores nos llamaron y logramos apagar el fuego. Tengo entendido que no habrán lobos por los alrededores por lo que están espantados.
—Oh, muchas gracias, capitán. —Ella le sonrió dulcemente—. ¿El incendio fue provocado?
El capitán de los bomberos asintió mientras se hacía a un lado y le mostraba lo que pudo ser el cuerpo de alguien, prácticamente hecho cenizas. El pulso se le aceleró pensando en que pudo haber sido Edward.
La noche pasada habían quedado en ir al cine y Edward nunca llegó, ni siquiera se acercó a la cabaña e Isabella pasó despierta toda la noche, esperándolo. No lo había visto desde entonces y aquel incendio, con el cadáver, era algo que él podía haber hecho. Miró hacia abajo, pensando en dónde podría localizarlo, pero se encontró con una navaja. La pisó, buscando la manera de ocultarla porque era la de Edward. Necesitaba levantarla pero con el capitán frente suyo se le hacía completamente imposible.
—Capitán, el oficial de la policía quiere hablar con usted. —Otro hombre bombero se acercó a ellos. El capitán se fue con él, dejándola sola.
Isabella aprovechó y se agachó, con el pretexto de atar las agujetas. Cogió la navaja y la escondió rápidamente en las botas, asegurándose de que nadie había visto el movimiento.
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Con un fuerte dolor de cabeza, Isabella regresó a La Reserva al día siguiente. No había podido dormir en toda la noche, esperanzada de que Edward fuera por el campamento, ya que los guardabosques tenían siempre el listado de las personas que se encontraban acampando. Pero Edward nunca llegó y ella vio el amanecer alzarse ante sus ojos. Otras veces le hubiese parecido espectacular, a los otros les pareció maravilloso, pero ella solo deseaba regresar para ir a Forks a buscarlo.
—¡Bella! —Angela saltó desde su escritorio—. Hay alguien esperándote.
—¿Es Edward Masen? —preguntó ilusionada. El cansancio había abandonado su cuerpo.
—Nop. —Angela rio, cubriéndose la boca con las manos por el efusivo entusiasmo de Isabella—. Edward Masen suena más como a un hombre y quien te espera es una mujer.
—Angie, dale cita para otro día. Estoy muy cansada.
—Dijo que tenía que hablar contigo sobre Felix Volterra. —La cabeza de la joven automáticamente se alzó al escuchar lo que su secretaria había dicho.
¿Quién quería hablar sobre Felix Volterra?
N/A: ¿Hola, hay alguien aquí? Lo lamento tanto. No hay escusas ni nada. Todo es culpa de la señora Inspiración. Muchas gracias por esperar con paciencia esta actu. Les comento que es el penúltimo capítulo; Sool y yo estamos todas nostálgicas porque este Edward es nuestro bebé consentido.
No tengo más qué decir.
Nos seguimos leyendo,
Mel de Lutz.
