Capitulo 12
Albert clavó la mirada en la puerta cerrada del dormitorio. El portazo todavía resonaba en su cabeza.
La cólera de Karen había sido tangible y predecible.
Se pasó una mano por la cara y sintió que el cansancio se le filtraba hasta los huesos. Y aún así... a pesar de cuanto la deseaba, la necesitaba y la anhelaba, debía pensar en lo que quería del futuro y alejarse de ella.
Ver a George besando a Karen había sido como un puñetazo en las entrañas. La bestia de los celos había gritado en el fondo de su pecho, pugnando por salir, exigiendo el cuerpo y la sumisión de Karen. Y cualquier otra cosa que ella quisiera darle. Ni siquiera podía poner nombre a todo lo que necesitaba de ella. Pero desde luego, no era distancia.
Sí, Karen había permitido que George la besara, pero Albert sabía que de ellos dos, era él quien la había cagado. Después de lo suce dido esta noche, de perder el control de esa manera, se merecía todo lo que le había dicho y mucho más.
Pero ahora que Karen se había ido, él tenía que enfrentarse a la pregunta que le rondaba en la cabeza: ¿Por qué se ponía tan celoso cada vez que pensaba que tenía otro amante? Era evidente que no tenía futuro con ella. ¿Por qué no disfrutar del sexo y nada más?
«Porque te sientes muy atraído por ella. Sabes que no es sólo sexo y eso te asusta terriblemente.»
Se tambaleó junto a la cama y luego se dejó caer en ella. ¿Sería posible? ¿Podría sentirse tan atraído por ella en tan sólo unos días?
Lo mismo discutían que follaban, y hacían ambas cosas con el mismo ardor. Pero Karen era así: determinada y valiente. Digna de imitar por las demás mujeres. Inteligente. Pragmática. Y no le tenía miedo a nada... Pero también aquel lado vulnerable que le había dejado vislumbrar sólo en un par de ocasiones. Karen le ocultaba una parte de sí misma que él se moría por conocer. Todo lo referente a ella le fascinaba. A pesar de dedicarse a ese negocio, Karen era... auténtica. Más auténtica, de hecho, que cualquier mujer que hubiera conocido antes.
Pero no encajaba en el futuro que él tenía planeado.
Además, ella no era suya y nunca lo sería. Tenía que dejar de ac tuar como un asno aunque acabara destrozado en el intento. Le había exigido que se mantuviera alejado de ella hasta que se fuera de la ciudad. Y, aunque no sabía cómo, lo conseguiría. Era lo mejor y se lo debía. Tenía que aprender a olvidarla. O a vivir con la herida abierta.
Un momento después alguien golpeó la puerta. Albert se incorporó y atravesó la estancia para abrir. Era George.
-¿Dónde está Karen?- George tomó nota de la cama arrugada, de la apariencia desarreglada de Albert y de las destrozadas prendas de vestir de Karen esparcidas por el suelo. Entonces apretó los dien tes.-Maldita sea. ¿Le has hecho daño? ¿Dónde demonios está?-
¿Cómo responder a eso?
-No le he hecho daño físicamente-
-Pero le has roto el corazón, maldito bastardo santurrón-
George se acercó con el puño cerrado. Albert lo vio venir, pero no se apartó. El puñetazo fue fuerte y le acertó de pleno en la barbilla, el dolor le atravesó ruidosamente la cabeza.
Se frotó la mandíbula lastimada y le lanzó a George una mirada fu riosa.
-Si te sirve de consuelo, aún no había cerrado la puerta y yo ya me sentía como si me hubiera pasado un trailer por encima. Me puso en mi lugar y me hizo sentir una mierda-
—Bien. Karen puede parecer muy fuerte, pero en el fondo es muy frágil. No le muestra sus emociones a nadie, pero desde que tú apareciste por aquí, son más que evidentes en su rostro. Y parece muy abatida-
Albert agachó la cabeza. La había tratado como a una vulgar mujerzuela, había hecho el amor con ella para poder quitársela de la cabeza y luego la había acusado de acostarse con otro. Era cierto que se había sorprendido por su inteligencia —jamás se le hubiera ocurrido que una bailarina de striptease pudiera tener dos carreras universitarias—, sin embargo, si fuera cualquier otra mujer se habría limi tado a admirarla y no se hubiera comportado de esa manera. Quizá no había forzado su cuerpo, pero había menospreciado sus senti mientos, ya que nunca había tenido intención de quedarse.
Albert merecía el puñetazo y mucho más.
-No ocurrirá de nuevo-
-Puedes jurarlo- gruñó George. - Amo a esa mujer y tú la tratas como si fuera basura. ¿Sabes lo difícil que me ha resultado apar tarme y no hacer nada?-
Albert estaba seguro de que le habría resultado tremendamente duro. A él no le había gustado ver cómo George la besaba, pero si se hubiera visto forzado a hacerse a un lado y quedarse mirando cómo otro hombre la seducía y la trataba mal, se habría vuelto loco y ha bría destrozado al adversario. De repente, admiró el control de George.
-Sólo puedo decir que lo siento. Me limitaré a cocinar en el res taurante y me mantendré alejado hasta que me vaya el jueves-
-Será lo mejor. Pero ahora tenemos que encontrar a Karen. Sadie la vio salir hace unos minutos con los ojos llenos de lágrimas-
Albert cerró los ojos. Creía que no podía sentirse peor, pero se había equivocado. Constatar una vez más que le había hecho daño fue como pasarse una cuchilla afilada por el corazón.
-Y después de que la encontremos, imbécil, te juro. Como le causes más dolor, voy a disfrutar destrozándote con mis propias manos-
Por lo general, a Albert le hacían gracia las amenazas. Pero... asintió con la cabeza.
-Cuando salió, ¿te dijo adónde iba?-
-No- Le había dicho otras cosas.
George vaciló, apretando los dientes y los puños.
-Peter estaba en el local hace quince minutos. No salió y tam poco está en el baño. Tiene que estar en algún sitio. Espero que no haya ido detrás de Karen-
El miedo sacó a Albert de su estupor. Corrió hacia la puerta.
-Tenemos que encontrarla-
Asintiendo bruscamente con la cabeza, George salió corriendo de la habitación y bajó la escalera con Albert pisándole los talones.
-¿Sadie no vio adónde se dirigía?-
El guardaespaldas negó con la cabeza.
-Está buscándola por algunas de las zonas privadas. Quiere ase gurarse de que está bien.
Nosotros miraremos en el despacho-
Albert se percató de que lo más seguro era que ella hubiera ido allí. Si estaba tan trastornada, buscaría la privacidad de la estancia insonorizada para poder llorar a solas. Y una puerta con cerrojo.
Tuvo un mal presentimiento.
-¡Corre!- le gritó a George.
Unos segundos después, estaban delante de la puerta del despa cho. Estaba cerrada a cal y canto. Albert tenía el corazón en un puño. Tanto George como él golpearon la puerta y gritaron su nombre.
Nadie respondió.
-¿Qué estás haciendo aquí?- le exigió Karen, levantándose.
Incluso con aquellas botas rojas de tacón de aguja, no podía igua lar la altura de Peter, pero no pensaba dejar que él aprovechara la ventaja psicológica que le ofrecía su tamaño. El universitario era un hombre grande, de más de uno ochenta y cinco y noventa kilos. Y estaba borracho y excitado.
Y ella se había dejado el bolso con el spray de pimienta arriba, en el dormitorio.
«Tranquila. Intenta razonar con él.»
Peter se rió y comenzó a desabrocharse la camisa. La miró con una lasciva violencia que le puso la piel de gallina.
-Voy a obtener una parte de ese culo que meneas continua mente delante de mis narices. Permites que el gorila te toque y sé que ese cocinero de pacotilla ha sido tu sombra esta semana. Ahora me toca a mí-
Karen agrandó los ojos.
-¿Qué sabes tú de Albert?- pregunto lo más tranquila que pudo, tratando de ocultar su alarma.
¿Habría sido él quién escribió las notas?
Peter se burló.
-Lo que cualquiera que tenga ojos. Es obvio por la manera en la que se miran. Además, estuve en el piso de arriba, justo delante de la puerta, hace veinte minutos, cuando te estaba follando. Cariño...- Sonrió y se desabrochó los Jeans. -Yo lo haré mejor- sentencio.
El miedo y la repugnancia le revolvieron el estómago, pero tenía que permanecer calmada. Conseguir que se largara de allí. No sería una víctima pasiva.
-No voy a acostarme contigo. No me acuesto con los clientes, en especial con mocosos universitarios que se piensan que pueden tener todo lo que quieren. Así que abre la puerta y lárgate-
Él se acercó, la agarró del brazo y se lo retorció en la espalda.
-Soy lo suficiente hombre para hacerte gritar de placer. No re cibo órdenes de ninguna mujer, en especial de una zorra como tú. Así que cierra la puta boca y abre las piernas. Haz algo útil- le ordeno.
A Karen se le puso un nudo en la garganta y la adrenalina corrió por sus venas. Se retorció para liberarse, pero Peter le apretó la mu ñeca con fuerza y le subió el brazo por la espalda. Ella se puso de puntillas. Como se lo subiera un poco más, le dislocaría el hombro, o se lo rompería.
«¡Maldita sea!»
-Maravillosas botas- comentó él. - No sabes lo caliente que me pondrán mientras te penetro. ¿Qué llevas debajo de la falda?-
Usando una mano para inmovilizarla, Peter la empujó hacia de lante, aplastándole la cara contra el escritorio. Un profundo dolor le atravesó la mejilla cuando se la golpeó contra la superficie de la mesa. Sintió otro pinchazo en la cintura, justo debajo de la caja to rácica, al clavarse la esquina del tablero. Se quedó sin aliento.
Mientras ella intentaba soportar el dolor, Peter aprovechó para le vantarle la falda, dejando el tanga a la vista, que rozó con la mano. Ella se estremeció.
-Maravilloso. Vaya culo más impresionante. La espera ha me recido la pena-
Le arrancó el tanga y el aire frío erizó la piel recién expuesta. Karen se estremeció.
Aquello no estaba ocurriendo. No podía ocurrir.
«Santo Dios. Oh, Dios mío.»
Tenía que detenerlo. No sería la víctima de Peter. Tenía que cla varle el codo en el estómago, darle una patada... lo que fuera. Él la mantenía inmóvil con la amenaza latente de romperle el brazo y, de momento, la tenía sometida; pero a Karen no le importaba que se lo rompiera si así conseguía liberarse.
Peter se inclinó sobre ella, tirándole del pelo y apretándole la me jilla ya lastimada contra el escritorio. Por fin, le soltó el brazo, pero lo mantuvo en el mismo lugar con la presión de su cuerpo. Aún así, era la oportunidad que Karen estaba esperando y tenía que utilizarla.
Peter le puso una mano en el final de la espalda y le pasó un dedo por la hendidura entre las nalgas.
-¿Alguna vez te han penetrado por aquí? Sí, apuesto lo que quieras a que sí. A las putas como tú les gusta este tipo de guarradas. Sí, también te follaré por aquí-
Karen le escuchó chuparse un dedo. Acto seguido, se lo apretó contra el ano. Sintió la humedad y se estremeció, intentando blo quear la realidad, pero el agudo dolor no se lo permitió. Aquello se estaba poniendo demasiado feo.
-Oh, sí. Casi no puedo esperar- Apartó el dedo. - Pero antes tengo que verte las tetas-
Karen esperó a que Peter se apartara y le diera la oportunidad de liberar su brazo o de poder hacer otro movimiento. Él cerró el puño sobre la fina tela de algodón del top y desgarró la prenda. Para su completo horror, le arrancó también del sujetador. Entonces, sus pezones desnudos rozaron contra el frío escritorio y ella siseó.
Peter apresó de nuevo la muñeca de Karen entre sus cuerpos y ella notó que se la rodeaba con el sujetador. Entonces, buscó la otra. Maldita sea, iba a atarla con su propia ropa. Pues no... ¡de eso nada!
Sin importarle si le rompía el brazo o se lo dislocaba, se giró. A él le sorprendió el movimiento y le soltó la mano. No podía perder esa oportunidad. Gracias a Dios que tenía las uñas bien afiladas.
Karen alargó el brazo y acertó de pleno. Al primer intento encon tró los testículos y se los apretó sin piedad.
Él gruñó e intentó liberarse, pero ella siguió apretando y se in corporó del escritorio, sin dejar de mirarle.
-¡Maldita puta! Me las pagarás-
Enfurecida, Karen estrujó más, haciendo que Peter se doblara sobre sí mismo.
-Tú me las pagarás a mí- grito.
Le clavó el tacón en un pie. Aunque él llevaba puestas unas de portivas, Karen supo que había acertado de pleno cuando él aulló y comenzó a saltar sobre el otro pie. Entonces, sólo por diversión, le retorció los testículos.
Peter gritó como una niñita. Y ella sonrió.
De repente, él se incorporó y se abalanzó sobre ella, con el puño en alto, como un obús. Karen intentó esquivarle y le soltó para co rrer hacia la puerta. Pero Peter la atrapó por el pelo antes de que lo grara llegar, haciéndola caer otra vez sobre la mesa. El ruido que produjo su cabeza al chocar contra el escritorio resonó en la estan cia. El dolor la dejó sin aliento.
Pero aquello no fue suficiente para Peter. La alzó y la volvió a dejar caer, pero esta vez contra el suelo. Karen sintió un inmenso dolor en las sienes. Estaba mareada. En ese momento, él le agarró la mano, la dobló contra el antebrazo... y apretó. Ella escuchó un chasquido y el dolor fue tan intenso que le subió una corriente hasta el hombro. Karen gritó; el sonrió.
-Eso por apretarme las bolas, zorra. Ahora, quédate quieta que vas a recibir lo que merece una puta como tú-
Le cogió los brazos y se los subió por encima de la cabeza. Karen gimió de dolor.
Era un psicópata. Estaba completamente loco. Y supo que no podría librarse de él cuando la apretó con su peso contra el suelo, colocando las caderas entre sus muslos y el pene duro y desnudo entre ellos.
«Oh, Dios mío...»
Karen ya había padecido la pesadilla que estaba a punto de sufrir.
A pesar de saber que el despacho estaba insonorizado y que no serviría de nada, gritó con todas sus fuerzas.
Peter se cogió el miembro con una mano y lo apretó contra el fruncido agujero.
-Así. Me encanta que chilles. Gritarás mucho más antes de que acabe contigo-
Un momento después, Karen escuchó que alguien golpeaba la puerta y Peter se quedó quieto.
-¡Mierda!-
Negando con la cabeza, él se irguió y siguió intentando pene trarla. Justo entonces, la puerta se abrió de golpe.
George y Albert cayeron sobre Peter. El guardaespaldas le cogió por el pelo y la cinturilla de los Jeans y lo arrastró por la estancia. Albert corrió tras él, pateándole las costillas; a continuación comenzó a golpearle con los puños y siguió haciéndolo a pesar de los gritos de Peter. Goerge le ayudó agarrándole del pelo y apretándole la cara con tra el suelo.
Ella se quedó quieta por un momento hasta que ellos se acerca ron.
-Voy a llamar al 911-
Albert parecía preocupado. Y enfadado. ¿Por qué? Ella no le importaba. No obstante, era una buena persona. No le gustaba ver sufrir a nadie.
Estaba asustada. Tenía frío. Y a pesar de que odiaba admitirlo, sabía que necesitaba ayuda. Necesitaba sentir el consuelo de alguien que se preocupara por ella.
-George- gimió con la voz ronca.
-Aquí estoy, cariño-
Con mucho cuidado, George la acunó contra su cuerpo. Ella se atragantó por el dolor cuando le movió la muñeca, pero luego se quedó quieta.
«Oh, calor...»
-Hay una ambulancia en camino- señaló Albert, sosteniendo el teléfono contra la oreja. - Y también viene la policía. Peter ha per dido el conocimiento-
-Dime qué te ha hecho- le exigió George con suavidad.
-Me... - casi no podía articular palabra entre las lágrimas. - Intentó violarme-
George apretó sus dedos contra los labios. - No pienses en eso. Ya se acabó-
-No soportaría que me volviera a ocurrir- A Karen le tem blaba la voz y se le revolvían las entrañas al recordar a Peter sobre ella, forzándola, intentando penetrarla a la fuerza. - Nunca más-
George y Albert intercambiaron una mirada de sorpresa y horror mientras ella comenzaba a desmayarse. Antes de perder la concien cia, leyó la cara atormentada de Albert. Karen cerró los ojos, odiando que él conociera su mayor vergüenza.
Albert se paseó de arriba abajo por la sala de espera de urgencias. Ya habían pasado tres largas horas y no les habían dicho ni una palabra. No dejaba de recordar la imagen de Peter encima de Karen, cubriéndola con su cuerpo, con la promesa de la violencia escrita en el rostro. Por enésima vez, Albert se recriminó haberla tratado tan mal y haberla dejado salir sola del dormitorio. No importaba lo enfadada que hubiera estado con él, debería haberla seguido para asegurarse de que estaba a salvo. No necesitaba que George se lo dijera con la mirada. Había sido culpa suya que Peter hubiera llegado hasta ella y...
Albert se hundió en la incómoda silla verde y enterró la cabeza entre las manos. Santo Dios, ¿qué había hecho? Por su mal proceder, ella había huido de él para caer, directamente, en manos de Peter.
Se oyó un estrépito en la puerta de urgencias, las puertas automá ticas se abrieron y entraron tres figuras conocidas.
-Terry- Albert se levantó y estrechó la mano de su primo antes de abrazarle. -¿Qué haces aquí?-
-Después de que me llamaras decidí venir. De todas maneras lo hubiera hecho mañana. He pensado que podrías necesitar un poco de apoyo. Robert ha insistido en acompañarme-
-Gracias por venir- Albert le tendió la mano. - En espe cial a la una y media de la madrugada-
Robert se la estrechó.
-Karen es amiga mía-
Respiró hondo y miró al tercer hombre. El hermano de Candy, Tom. Decir que el ex-militar jamás había soportado a Albert era ser muy comedido.
-¿Qué tal, Tom?- dijo, tendiéndole la mano.
Tom se quedó mirando con mordacidad la mano extendida de Albert hasta que éste la dejó caer.
-¿Qué? ¿Jodiéndole la vida a otra mujer?-
Albert contuvo el aliento y cerró los ojos. Tom tenía razón y no se podía decir que fuera de los que se callaba la verdad.
Terry dio a Tom una palmada en la espalda.
-Vamos. No es el momento-
Tom fue compasivo y cambió de tema.
-¿Alguien quiere un café?-
-Yo, gracias- dijo Robert. Terry y Albert también aceptaron, así que Tom se alejó para dejarles hablar.
-¿Aún no hay noticias de los médicos?- preguntó Robert.
Albert negó con la cabeza.
-Cuéntame qué ha pasado- le dijo Robert.
-El bastardo que ha estado amenazándola, dejando esas terribles notas, la pilló a solas en el despacho y la atacó. No sabemos si le dio tiempo a violarla-
-¡Hijo de perra!-exclamó Terry.
-Espero que lo metan preso- dijo Robert, con una sonrisa cruel. - Como el resto de los reclusos se enteren de lo que ha hecho, se lo harán pagar con creces-
Quizá aquello debería haber consolado a Albert un poco, pero no lo hizo. No pudo evitar hacer la pregunta que le había rondado en la cabeza durante horas.
-¿Cuánto tiempo hace que conoces a Karen?- le preguntó al socio de su primo, un hombre que proclamaba a los cuatro vientos sus inclinaciones hacia los juegos sexuales de dominación y sumi sión.
Robert suspiró y meditó, haciendo memoria.
-Aproximadamente, unos diez años. Comenzó a trabajar en «Las sirenas sexys» cuando el club tenía otro nombre y era propie dad de una prostituta conocida como Marquessa. Deberías haber visto a Karen. Era capaz de iluminar la habitación con su presencia. Yo estaba todavía en el ejército y la conocí durante uno de los per misos. Estaba ayudando a un amigo mío a pillar a un tipo que le vendía droga a su hermano pequeño en el instituto. Al parecer, le gustaba derrochar las ganancias constrippers. Cuando Karen se en teró de lo que hacía, buscó a mi amigo y le ofreció su ayuda. Enton ces me di cuenta de que era buena gente-
Sí, eso sonaba a algo que ella haría: defender al débil y ayudar en lo que pudiera. La vida estaba lejos de ser perfecta, pero aun así ella encontraba la manera de socorrer a los demás. Era admirable. ¿Por qué no se había fijado en eso en vez de en la profesión de Karen y en quién más calentaba su cama?
Albert tragó saliva, deseando no tener que decir las siguientes pa labras.
-Cuando arrancamos de encima de ella a ese hijo de puta, ella no hacía más que llorar diciendo «otra vez, no». ¿Sabes si la violaron en algún momento?-
Robert dio un paso atrás.
-¿Si la violaron? No en los últimos diez años. Karen y yo somos buenos amigos. Habría recurrido a mí y, aunque no lo hubiera hecho, me habría enterado. Conozco a todos en el club. Alguien me lo habría contado-
-Hace diez años, Karen tenía... ¿cuántos? ¿Dieciocho? ¿Dieci nueve años?-
Robert hizo una mueca.
-Sí.
-Mierda- masculló Terry.
Alguien había violado a Karen cuando era una adolescente.
Revivió repetidas veces la escena; cuando la encontraron con Peter, dolorida e indefensa. ¡Maldición!
Albert se sintió fatal. La había tratado como si ella no valiera nada y no era cierto. Durante todo ese tiempo, en lo único que él había pensado era en que ella no tenía cabida en su futuro y que no era lo suficientemente buena para ser la madre de sus «hijos», cuando lo cierto es que era él quién no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
Tal vez George fuera más adecuado para ella. Karen había vivido muy tranquila hasta que él apareció. Bien sabía Dios que él no se había molestado en mirar tras su fachada de mujer fatal hasta que fue demasiado tarde.
-¿Quién es familiar de Karen Klaise? —dijo un médico de urgencia que aparentaba treinta años, con tono práctico.
-Nadie- respondió George que había permanecido en silencio hasta entonces. - No tiene familia. La traje...
-La trajimos- le corrigió Albert atravesando la estancia para acer carse al médico.
George le lanzó una mirada dura y asintió con la cabeza.
-La trajimos.
Sadie había llegado en ese momento, Robert y Terry se apiñaron alrededor. El médico apenas miró dos veces la corta bata de seda de la stripper y el espeso maquillaje que le cubría la cara.
-La señorita Klaise ha sufrido una conmoción leve y múl tiples contusiones, tiene dos costillas fisuradas y una muñeca rota-
Con cada palabra que salía por la boca del médico, Albert quería machacar a Peter de nuevo. ¿Cómo se había atrevido aquel niño rico a pensar que podía hacerle daño a Karen?
Pero Albert se preguntó si él había sido tan diferente. No le había hecho daño físicamente, pero la había tratado como si, por tener esa profesión, no tuviera corazón ni sentimientos. La había pisoteado. Igual que Peter. Lo había jodido todo.
-Se desmayó en la ambulancia- continuó el médico. - Pero ya la hemos estabilizado. Su vida no corre peligro. Se recuperará por completo. Ahora está durmiendo. Queremos mantenerla bajo obser vación durante unos días- Vaciló. - Se ha negado a que usemos un kit de violación.
-¿Qué?- Si con eso conseguían que encarcelaran a Peter, había que hacerlo.
-No puede ser- intervino George.
El médico le miró fijamente.
-Intenté hacerla entrar en razón. El área vaginal muestra con siderables señales de penetración y, en el examen superficial, se en contraron huellas desemen-
«¡Oh, maldita sea!»
Albert se aclaró la voz.
-Podría ser mío-
-¿Mantuvo relaciones sexuales sin protección con la víctima?-
Albert no miró a George, pero supo que el guardaespaldas quería pe garle. Asintió con la cabeza a la pregunta del médico.
-A las diez de la mañana y otra vez alrededor de las once y media de la noche, poco antes del ataque-
-Eso complica las cosas. A menos que ella lo confirme, no puedo decir si ha sido violada o no- El médico se pasó la mano por el oscuro cabello despeinado. -Si cambia de idea, supongo que la policía querrá que nos deje una muestra para poder descartar su ADN y averiguar si hay huellas del sospechoso-
Albert no vaciló.
-Cuenten conmigo para lo que sea necesario y acusar a ese bas tardo-
-Bueno, tiene una buena lista de lesiones. Incluyendo la nariz rota. No le hará daño a nadie durante un tiempo-
Albert no se sentía demasiado victorioso. ¿La nariz rota? Eso no impediría que Peter volviera a perseguir a Karen. Sólo lo evitaría que estuviera tras las rejas un tiempo. Bueno, esperaba que el ataque, añadido a las notas que aquel bastardo había dejado, sirvieran para recluirle durante diez o veinte años.
-¿Puedo verla?- preguntó Albert.
El médico le brindó una mirada de disculpa.
-Le hemos suministrado un sedante y está dormida. Antes de eso dijo que no quería visitas-
Por supuesto. Prefería sufrir en silencio. Y ¿por qué iba a querer verle?
Dejando a un lado el dolor, miró a George y a Sadie.
-¿Pueden ocuparse del club mientras se recupera? Se preocupará mucho menos si sabe que todo está en buenas manos-
-Por supuesto- dijo la morena.
George asintió con la cabeza.
-Me ocuparé de todo-
-Yo me encargaré del Bonheur hasta el miércoles. Para entonces, ya le habrán dado el alta- Miró a Robert. -¿Puedes encargarte de que esté a salvo?-
Él frunció el ceño.
-Parece como si fueras a irte-
-Me voy a ir-
-¡Ni hablar! Ahora te necesita-
Albert se rió con tristeza.
-No. Soy lo último que necesita- Le echó un vistazo al her mano de Candy que regresaba con una bandeja llena de vasos de café. -Pregúntale a él. Te lo confirmará-
Albert le dio una palmada a su primo en la espalda y se dio la vuelta. Observó que la enfermera de guardia abandonaba su puesto para ayudar a una parturienta. Traspasó la puerta sin que nadie le viera y recorrió el pasillo. Las habitaciones de urgencias estaban situadas en círculo alrededor del puesto de enfermeras. Allí había una lista con el nombre de los pacientes y el número de la habitación que ocupaban. Saber que la de Karen era la de la esquina resultó muy fácil. Se coló dentro.
Habían corrido la cortina. Podía ver su silueta, pero nada más. Ella no quería verle y él respetó sus deseos, así que no la abrió como ansiaba hacer. Maldición. Albert quería asegurarse de que estaba bien. Pero ella había dejado muy claro lo que quería. Ésa era su única oportunidad de despedirse de ella.
Tras la cortina se oía el pitido de los monitores y el siseo del suero. La percha de la que colgaba la botella estaba al lado de la pared, oculta solo a medias. Él tragó saliva, quería verla, cogerle la mano... algo, lo que fuera.
Pero ella no quería saber nada de él, y eso dolía.
Deseando que ella no estuviera dormida y le oyera, suspiró mo viendo con el aliento la fea cortina azul.
-No sabes cómo siento todo lo que ha ocurrido. Cuando te tengo cerca no sé controlarme y tienes razón al no querer saber nada de mí- Agarró la cortina obligándose a mantenerla en su sitio y no descorrerla, tumbarse junto a Karen y despertarse con ella entre sus brazos. - Lamento que mi comportamiento te hiciera caer en manos de Peter. Lo siento mucho. No lo sabes, pero estoy a punto de enamorarme de ti por completo. Es evidente que lo mejor para los dos es que me vaya-
Había llegado el momento. Sólo faltaba una palabra. Era todo lo que tenía que decir. «Adiós.» Entonces podría irse, dejarla descansar y, finalmente, rehacer su vida.
Albert no logró pronunciarla y se limitó a apretar los puños para contener las lágrimas. Luego dio la vuelta y abandonó el hospital para siempre.
Pobreeeeeee lo esta pasando pésimo… Pero solo por ahora ;)
Besos
