Capitulo 13
-¿Albert?
Él se giró hacia la voz conocida tragándose la irritación. Patty se acercó a él; parecía recién salida de un catálogo de Lands' End, con aquellos pantalones color caqui, la blusa blanca y la chaquetita roja de punto. Los colores resaltaban su cutis pálido y el pelo oscuro. Llevaba accesorios a la moda, pero siempre resultaba discreta. Son reía hasta con los ojos. Realmente se podría decir que era perfecta.
La sonrisa con la que Albert le respondió fue más una mueca de dis gusto que otra cosa.
Él se miró el reloj. Se sintió aliviado al ver que el acto de presen tación de su libro de cocina —demostración incluida— terminaría en diez minutos.
Mientras firmaba y saludaba a sus admiradores, dejando que le sacaran fotografías y respondiendo a todas las preguntas, fue cons ciente de la presencia de Patty a su izquierda. La miró. Maldición, no le quitaba la vista de encima.
Cuando se quedó sin libros y sin tiempo, se levantó de la silla y se dirigió al estrado, donde cogió el micrófono.
-Gracias a todos por venir. Vuestra presencia ha significado mucho para mí. Buenas tardes-
Después de una ruidosa ovación, la gente comenzó a desfilar hacia la salida. Un par de periodistas intentaron acercarse a él, pero el personal de seguridad los escoltó hasta el exterior. Albert se preparó mentalmente y se volvió hacia Patty.
Una vez más se sorprendió al verla. Era una mujer preciosa, dis creta y educada. Adoraba a los niños y le había insinuado discreta mente que aceptaría una propuesta de matrimonio y formar de inmediato una familia. Albert incluso llevaba el anillo en el bolsillo, un diamante en forma de lágrima de dos quilates engarzado en una delgada banda de oro, y sólo esperaba el momento adecuado para dárselo.
Patty era todo lo que él quería. Pero llevaba esperando aquel momento adecuado más de tres semanas y el anillo todavía seguía en la caja, en el bolsillo de la chaqueta.
Albert suspiró. Luego se acercó a ella y la besó en la mejilla.
-Qué guapa estás- No era culpa de ella que él se muriera por ver a otra mujer. Una que llevara una excitante faldita y un liguero, y mostrara una actitud descarada.
¡Maldición! Jamás volvería a verla y Albert sabía de sobra qué era lo que tenía que hacer. Ese mismo día cumplía treinta y seis años. Esa noche era tan buena como cualquier otra para aceptar el futuro. Si quería tener hijos, tenía que ponerse ya manos a la obra. Podría ser un proceso largo, pero Patty, que tenía veintiocho, lo soportaría perfectamente.
Albert se sentía culpable y aliviado al saber que para tener hijos con ella no tendría que recurrir al sexo. Patty era preciosa. Y una per sona maravillosa. Pero no se sentía atraído sexualmente por ella. Quizá algún día...
Patty le brindó una amplia sonrisa.
-Tú también estás muy guapo. Y ahora, vámonos a cenar. Te nemos que celebrar tu cumpleaños, ¿Adónde quieres ir?-
Albert intentó parecer entusiasmado.
-¿Te importa si vamos a casa?-
La sonrisa de Patty desapareció.
-¿Te duele otra vez la cabeza? ¿Has ido ya al médico?-
Desde que había vuelto, hacía ya seis semanas, se había inventado un sinfín de dolores de cabeza para explicar su falta de interés por salir con Patty o interrumpir bruscamente muchas de sus citas. Odiaba mentirle, se merecía algo mejor. Albert tenía que decidirse de una vez. O se lanzaba a un futuro con ella o la dejaba en paz.
Su corazón se inclinaba por lo último. La lógica le hacía pregun tarse cómo alcanzaría lo que quería del futuro si dejaba a Patty. Karen no formaba parte de su vida porque así lo había decidido él. Por mucho que deseara otra cosa, esa separación era por su culpa... y, a pesar de saber que era lo más inteligente, no tenía ánimo para hacer lo que debía.
Esbozó una sonrisa forzada.
-Estoy bien-
Patty frunció el ceño.
-No te deprimirá que sea tu cumpleaños, ¿verdad?-
No de la manera en que ella lo insinuaba, pero era una buena ex cusa.
-Quizá un poco-
-Pues, ¡aquí estoy yo para animarte!- Patty sonrió mostrán dole sus hoyuelos e intentó cogerle
la mano.
Así eran las cosas con Patty: darse la mano y castos besos. A lo largo del último mes, sólo habían tenido ese tipo de contacto. ¿Qué haría en la noche de bodas si no era capaz de imaginarse haciendo el amor con ella? Peor todavía, ¿qué haría cuando el deseo que to davía sentía por Karen le acuciara, exigiéndole algo que sólo ésta podía darle? ¿Vacilaría entonces aquella determinación de no acer carse a ella? ¿O aguantaría en silencio hasta sólo sentir resentimiento por Patty?
Albert recogió el cuaderno de apuntes y los bolígrafos, luego pasó un buen rato guardándolos en la mochila, dándose tiempo para recomponerse y aplastar el deseo que sentía por Karen.
-Albert- Patty le tocó en el hombro—. Quería esperar a que estuviéramos solos, pero... quisiera saber qué es lo que pasa. No es que quiera presionarte...-
-Entonces no lo hagas- susurró él. - No puedes hacer nada-
Aquella perpetua sonrisa desapareció de la cara de Patty.
-Soy una buena oyente-
-Lo sé. Pero esto es algo que tengo que resolver yo solo-
-Si no estás interesado en mí y en el futuro común del que hablamos, será mejor que me lo digas-
Él cerró los ojos. ¿Debía aferrarse al pasado o forzar una men tira?
-Albert... -Era otra voz femenina, ésta más lejana.
Pero esa voz atravesó sus sentidos como una descarga eléctrica haciéndole estremecer. ¿La echaba tanto de menos que se imaginaba su voz?
Lleno de esperanza, Albert se giró con rapidez y la vio en el otro lado de la estancia.
-¿Karen?- La sorpresa le dejó anonadado. Albert apenas podía respirar.
La última vez que la vio, lo había echado del club. De su vida. ¿Por qué estaba allí? ¿Se encontraría bien? ¿Lo echaría de menos tanto como él a ella?
La absorbió con la mirada. A pesar de que hacía seis semanas que no la veía, Karen le dejó sin aliento cuando se acercó. Se había recogido parte del pelo en la nuca y el resto lo llevaba suelto, dejando que le cayera por la espalda. Los vaqueros gastados se ceñían a su menuda figura, pero le quedaban más flojos de lo que recordaba. De alguna manera, aquellos altos tacones hacían que pareciera más frágil. Llevaba, además, una camiseta con el eslogan de «Las sirenas sexys» sobre los pechos: «Vive tu fantasía». Apenas se había maquillado. Aun así, sus ojos eran profundos. Y parecía muy cansada.
Cuando estuvo a unos metros, Karen miró a Patty y luego a él.
-¿Tu novia?-
-Sí - respondió Patty con rapidez.
Karen arqueó una ceja y miró a Albert con frialdad.
-Hablaremos en otro momento-
Se dio la vuelta en dirección al vestíbulo principal del centro comercial. Albert no se lo pensó dos veces. Rodeó la mesa y la siguió.
Justo antes de que la abordara, ella se detuvo y se volvió hacia él, con una expresión de frustración en la cara. Albert se detuvo en seco. Quería tocarla... pero ella le había dicho la última vez que se vieron que no volviera a hacerlo nunca más. Incluso ahora, parecía advertírselo.
-No te vayas- le suplico.
Santo Dios, cómo la había echado de menos. Daría y haría cualquier cosa por estar con ella cinco minutos más. Albert supo en ese momento por qué.
Se había enamorado de ella.
Karen miró a Patty, que seguía en el otro lado de la estancia. Albert no tuvo que darse la vuelta para sentir su confusión y su dolor. La parte más cobarde de Albert se regocijó. Patty tenía que estar dándose cuenta de a quién pertenecía su corazón. Así era más fácil que sentarse a cenar con ella civilizadamente para aplastar todas sus esperanzas.
-Tu novia querrá que me vaya- le indicó Karen.
-Yo no. No te vayas- Le lanzó una mirada desesperada, deseando que le entendiera.
-¿Podemos hablar en algún sitio? No tardaré demasiado en decirte lo que he venido a contarte-
-Tendrás todo el tiempo que necesites-
Karen se mordisqueó el exuberante labio inferior, mirándole desde debajo de aquellas pestañas negras. Era un gesto vulnerable... y, a la vez, demasiado erótico. Pero Albert comenzó a preocuparse.
Karen estaba más delgada, más pálida, más frágil.
-¿Te encuentras bien?- Apenas logró contener la mano con la que quería rodearle los hombros.
Ella se mordió el labio con más fuerza.
-No quiero hablar aquí-
«En algún lugar a solas. Por supuesto.»
-Espera un momento-
Albert regresó con Patty, intentando pensar alguna excusa. Pero no se le ocurrió nada. Ya no quería mentir mas.
-Me tengo que ir-
-¿Qué pasa con la cena de tu cumpleaños?- dijo ella molesta.
«Eso, ¿qué pasa?»
Él abrió la boca, pero no dijo nada. Al final, negó con la cabeza.
Patty le observó con aquellos inteligentes ojos castaños.
-Ella es lo que te pasa…-
«Qué perceptiva.»
Él respiró hondo y se lanzó a la piscina.
-Sí -
Patty miró a Karen.
-Es increíblemente guapa-
-Por dentro y por fuera-
-Jamás he tenido ninguna posibilidad contigo- Patty intentó ocultar la decepción con una brillante sonrisa, pero no lo consiguió.
Maldición, parecía que últimamente no hacía más que lastimar a la gente, pero tenía que ser honesto con Patty. Era mucho más cruel permitir que se hiciera ilusiones. No sería un buen marido para ella. Y aunque Albert no sabía por qué estaba allí Karen, no le importaba. Si tenía la más mínima oportunidad de volver a entrar en su vida, aunque sólo fuera un momento, se aferraría a ella con las dos manos. Quizá aquella ardiente y apasionada llama se apagaría, pero no lo creía. No habían acabado todavía. Si ella se abría y confiaba en él, le hablaría de su esterilidad y que fuera lo que Dios quisiera.
-La amas- dijo Patty con suavidad.
No era una pregunta y Albert se negó a insultarla con una mentira.
-Sí.-
La joven frunció la cara. Patty suspiraba. Mientras le resbalaba una lágrima por la cara, negó con la cabeza.
Maldición, se sentía fatal.
-Eres una mujer maravillosa y, algún día, alguien te amará como te mereces-
Se inclinó y la besó en la mejilla. Luego, ella se despidió con un gesto de cabeza y salió rápidamente de la estancia. Dirigió una mi rada a Karen cuando pasó por su lado antes de perderse entre la multitud del centro comercial.
En cuanto ella se marchó, Albert regresó con Karen. Ella dio un paso atrás cuando él se acercó; parecía afligida.
-Aunque no he oído vuestra conversación, me pareció entender que hoy es tu cumpleaños-
Albert esbozó una sonrisa alentadora.
-Tenerte aquí conmigo es un regalo que no esperaba-
-Te he estropeado el día-
No era cierto, se lo había alegrado.
-De eso nada. Ven, vamos a cenar y podremos hablar-
Albert esperaba que ella se negara. Karen vaciló y luego asintió in decisa.
Agradablemente sorprendido, la condujo hasta su coche. Un Ja guar nuevo que se había comprado hacía dos semanas, en cuanto firmó el contrato para realizar el programa para la televisión por cable.
Al acercarse al vehículo, un fotógrafo que esperaba en la acera se acercó a él con la cámara en alto. Albert intentó proteger a Karen con su cuerpo, agradeciendo que ella se hubiera puesto unas gafas de sol que le ocultaran la mitad del rostro.
«¡Ay!»
Cuando se acercaron al coche, el fotógrafo les siguió. Albert maldijo para sus adentros y corrió, urgiendo a Karen a hacer lo mismo.
-Será mejor que no vayamos en el mismo coche. Además, así luego no tendrás que traerme a recoger el mío- sugirió ella, caminando a su lado.
-No me importa- insistió él.
Ella le dirigió una frágil sonrisa.
-Pero te importará-
¿Qué quería decir con eso? ¿Habría comenzado Peter a portarse mal ahora que estaba en libertad bajo fianza y en espera del juicio? Robert no le había comentado nada, ¡maldito fuera! Había hablado con el socio de Terry casi todos los días.
-Si queremos salir de aquí lo más rápido posible, será mejor que vayamos en un coche. Sube- la presionó, desbloqueando el seguro con la llave.
-Insisto, debemos ir por separado-
Era demasiado terca.
-Bueno, a dos manzanas de aquí hay un pequeño restaurante italiano muy tranquilo. No creo que el fotógrafo sea capaz de seguirnos hasta allí si nos damos prisa-
-¿Te siguen a todas partes?-
Él suspiró.
-Sólo desde que firmé el contrato para la televisión por cable y comenzaron a entrevistarme. Espero que se cansen pronto. ¿Te pa rece bien ir al italiano?-
-Claro- A pesar del entusiasmo que quiso dar a la palabra, el tono sugería que le daba igual ir allí o a otro sitio.
Albert apretó los dientes. El suspenso le estaba matando. Y además, ahora también estaba preocupado. Era evidente que le pasaba algo.
Después de ponerse de acuerdo para que le siguiera al restau rante, esperó a que ella se metiera en su coche y se acercara. El fo tógrafo corrió entonces tras él, pero no fue lo suficientemente rápido para seguirlos en coche.
El recorrido hasta Georgio's fueron los cinco minutos más largos de la vida de Albert. ¿Por qué Karen no quería estar con él después de la cena? ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué estaba tan delgada y pa recía tan cansada? ¿Bonheur sería demasiado para ella? ¿Querría pe dirle consejo?
Por fin, llegaron al restaurante. Él aparcó al lado de una plaza vacía, pero ella estacionó más abajo. Maldición. Si Karen quería mantener las distancias entre ellos, ¿por qué estaba allí?
Ella se mantuvo en silencio hasta que estuvieron sentados en una mesa tranquila en la esquina. No había mucha gente. Era tarde para almorzar, pero temprano para cenar.
-¿Qué tal van las cosas por el Bonheur?- preguntó él, esperando que ella bajara el menú y le hablara.
-Muy bien. El primer mes ha funcionado muy bien. Y éste pa rece que las cosas irán todavía mejor. Gracias por tu ayuda-
Albert sonrió, aunque el misterio que envolvía su visita le intranqui lizaba cada vez más.
-Es labor tuya. Yo sólo estuve allí la semana de la apertura-
-Has hecho más que eso. Te vi en Ellen la semana pasada-
Él dio un respingo.
-Cosas de la tele-
-Hiciste publicidad de mi restaurante-
-La cadena ha arreglado un montón de entrevistas, quieren que sea muy popular cuando emitan el primer programa en enero-
Se acercó el camarero y tomó nota de la bebida. Albert pidió un cabernet sauvingnon. Ella agua y se negó a beber alcohol. Él frunció el ceño y le pidió al camarero que regresara un poco más tarde para apuntar la comida.
-Será mejor que pidamos ya-
¿Ahora mismo? ¿Karen tenía hambre? ¿O se trataba de que no quería estar con él más tiempo del estrictamente necesario?
«¿Tú qué crees, después de haberla tratado como si fuera una prostituta?»
Albert se mostró de acuerdo con cierta reticencia y le indicaron al camarero lo que querían cenar.
El hombre los dejó por fin a solas.
Albert miró a Karen, deseando tener algo que decir. Quería tocarla, pero sólo si era lo que ella deseaba. Le debía por lo menos eso. Ella se mantuvo en silencio durante un buen rato, removiéndose en la silla con nerviosismo.
-¿Se trata de Peter? - la apremió con suavidad- Robert me dijo que no llegó a violarte… Sé que está en libertad condicional en espera de juicio, pero hay pruebas de asalto, acoso y violación frustrada.
Ella asintió con la cabeza.
-Peter insiste en que él no escribió las notas. No creo que lle guemos a saber nunca la verdad. Pero no es por eso por lo que estoy aquí-
Él se inclinó hacia ella y pudo observar de cerca lo pálida y tem blorosa que estaba, preocupándose todavía más.
-¿Qué te ocurre? Puedes decirme lo que sea-
-Seguro que jamás has tenido un regalo de cumpleaños así... -Cerró los párpados. Frunció la cara y apretó los labios como buscando fuerzas. Entonces lo miró fijamente a los ojos con una pena profunda. - Estoy embarazada-
Albert se echó hacia atrás impulsivamente. Parpadeó y se la quedó mirando.
-¿Embarazada?-
¿Por qué se lo decía? ¿Estaba intentando decirle que el bebé era suyo?
-¿Estás segura?-
Ella asintió lentamente con la cabeza.
-Hace semanas que no tengo la regla y pensé que era debido al estrés. Pero según pasó el tiempo, comencé a notar cambios extra ños en mi cuerpo-
-¿Cuáles?- le preguntó. Quizá estuviera equivocada.
Incluso aunque no lo estuviera, aquel niño no era suyo.
Había pasado el sarampión en la adolescencia, lo que había pro vocado en él indeseados efectos secundarios. Los médicos le habían dicho que poseía tan pocos espermatozoides, que la probabilidad de dejar embarazada a una mujer era prácticamente nula. Entonces tenía diecisiete años y la noticia le provocó una reacción agridulce. Por un lado una profunda tristeza al saber que no tendría hijos y por otro, una exultante alegría al darse cuenta de que su novia y él no tendrían que tomar medidas contraceptivas.
Pero después de algunos años, el tema le comenzó a preocupar. Regresó al médico con veintisiete años y se sometió a nuevas prue bas. A pesar de haber mantenido relaciones a tres bandas con Terry y otras mujeres, comenzó a desear tener mujer y familia propias. El médico aplastó aquella posibilidad con rapidez. Albert incluso llegó a tomar unas pastillas de citrato de clomifeno durante unos meses para intentar mejorar su recuento espermático. Los análisis revela ron que sí, tenía más posibilidades que antes de tener hijos, pero éstas seguían siendo muy inferiores a las de cualquier otro hombre.
No volvió a someterse a más análisis. ¿Para qué molestarse en repetir algo tan humillante y devastador?
Pero Karen pensaba que ese niño era suyo, o quería que él lo creyera. Tamborileó los dedos contra la mesa mientras le embargaba una oleada de celos. Al no conocer el secreto de Albert, lo más proba ble es que ella pensara que existían la mitad de posibilidades de que ese niño fuera suyo. Pero el honor correspondía a Geotge. ¿Por qué había viajado hasta aquí para decírselo en vez de comunicárselo al guardaespaldas? ¿Porque a él le habían entrevistado en Ellen? ¿Porque había firmado un ventajoso contrato con la televisión por cable? No parecían razones dignas de la terca y valerosa Karen, pero no se le ocurrían otras.
¡Maldición! Había mentiras que dolían tanto, que las entrañas casi explotaban de dolor. Cuando le rechazó seis semanas atrás, le había dolido mucho, pero esto era todavía peor.
-Se me pusieron muy sensibles los pechos- continuó ella, tras un largo silencio. - Era como si tuviera gripe... pero al poco tiempo, comenzó a darme asco la comida muy condimentada Me sentía muy cansada. Fui ayer al médico. Estoy embarazada-
«No gracias a mí...» ¿Por qué era tan amarga aquella cerveza? Tamborileó los dedos en el tapete otra vez. ¿Qué mierda quería ella que le dijera? ¿Qué la felicitara?
-El parto seria para mediados de junio-
Albert tenía que otorgarle cierto crédito. Las matemáticas estaban a su favor. Sin embargo, resultaba evidente que también se habla acostado con George durante esa semana.
-¿Estás aquí porque... es mío?-
Ella puso los ojos en blanco.
-Me da igual que me creas o no, eres el único hombre con el que he mantenido relaciones sexuales en los últimos tres años. Así que sí, es tuyo-
Albert contuvo el deseo de reírse histéricamente. Era eso o tragarse la amarga realidad de que otro hombre había dejado embarazada a la mujer que amaba y que ella estaba mintiéndole descaradamente. Se le aceleró la sangre en las venas y movió los dedos más deprisa sobre la mesa.
Albert abrió la boca para decirle que era imposible que el niño fuera suyo. Pero la cerró de golpe.
«Ese niño necesita un padre.»
Tragó saliva. Los pensamientos se sucedían uno tras otro en su mente. Y si... ¿no le contaba nada? Debía haber alguna razón para que ella le eligiera a él. Y, ¿acaso importaba?
Una vez había deseado casarse con Candy, a pesar de no estar enamorado de ella, para ser el padre de su hijo cuando ella pensó que estaba embarazada. Cuando se despidió de Patty media hora antes, pensó que le estaba diciendo adiós a la paternidad. Y ahora, Karen le regalaba una nueva oportunidad. Y encima con un plus añadido. A diferencia de Patty o Candy, sentía algo muy profundo por ella. Algo que jamás había sentido por otra mujer.
De repente, supo exactamente lo que quería hacer. Y sabía que, después de la manera en que se despidieron, tenía que jugar muy bien sus cartas.
-Di algo- dijo ella.
Albert vaciló, meditando cuidadosamente la estrategia a seguir.
-¿Se lo has dicho a alguien?-
Ella frunció el ceño y se levantó con rapidez, dispuesta a mar charse.
-Si lo que te preocupa es que voy a ensuciar tu imagen o que voy a hacer que eches a perder la relación con tu novia, olvídate. No quiero nada de ti. Lo que he hecho es lo que haría cualquier per sona decente: informarte. Deber cumplido-
«Interesante táctica de su parte. ¿Psicología inversa?»
Albert se pasó a su lado de la mesa, impidiéndole salir.
-No quería decir nada de eso. Sólo quiero saber si se lo has dicho a alguien o no…
Karen se puso a la defensiva.
-¿A quién? ¿A George? ¿Por qué iba a hacerlo? No existe ninguna posibilidad de que este niño sea suyo, y si se lo digo se le ocurrirá algo absurdo, como por ejemplo pedirme que me case con él-
A Albert se le cayó el alma a los pies. ¿Karen casándose con George? ¿Aquel gorila jugando a ser el padre de ese niño? Sería sobre su ca dáver.
-Ahora que ya sabes lo de mi embarazo... -Le empujó en el pecho buscando una salida.
Él se negó a moverse. Por fin, cuando se dio cuenta de que él no iba a dejarle pasar, Karen se volvió a sentar y le dirigió una mirada encolerizada.
-Ahora que lo sé, vamos a discutir nuestras opciones- le dijo él, sentándose a su lado. Albert intentó mantener la calma, pero el co razón le latía a toda velocidad.
-¿De qué opciones me hablas?- le dijo casi a gritos. - He ve nido a informarte en persona en vez de optar por el camino fácil y llamarte por teléfono. Pero voy a tener el bebé. No me persuadirás de ninguna manera para que ponga fin a...
-¡Eso es lo último que quiero!- El mero pensamiento ya le horrorizaba.
-Ah - Parecía sorprendida. -Mira, no te pido nada. Sería genial para el niño que te involucraras en su vida, pero si no... - Encogió los hombros. -Hay muchas madres que crían solas a sus hijos.
Karen era independiente y lo suficientemente decidida como para ocuparse ella sola de todo. Albert admiraba su tenacidad, pero al mismo tiempo quería sacudirla.
Eligió las palabras con mucho cuidado.
-Así que ¿no te casarías con George si te lo pidiera?-
-Pues no lo he considerado. Y lo cierto es que no me lo ha pe dido; sólo he supuesto que podría hacerlo-
Una suposición, según pensó Albert, bastante acertada. George la amaba y aprovecharía cualquier cosa que la hiciera suya. Además, el hombre podría afirmar que el niño era suyo. Y estaría en lo cierto. Pero Albert no pensaba darle la oportunidad. Quería a ese bebé. Y, a pesar de todas sus mentiras, también quería a Karen. La quería demasiado, el deseo que sentía por ella iba más allá del control. Así que él estaba perversamente contento con el giro de los acontecimientos.
Esta vez, él era lo mejor para ella. Jamás dejaría que otrohombrela tocara. Jamás le permitiría que deseara que ocurriera.
-¿Es por algo contra George o contra el matrimonio en general?-
Karen frunció el ceño.
-George ha sido mi mayor apoyo a lo largo de estas últimas semanas. No sé demasiadas cosas sobre lo que hacía antes de empezar a trabajar conmigo, pero me da igual. Es sólido. ¿Casarme con él…? no creo que funcionara. He visto tipos que son los padres más devotos del mundo y que se pasan por el club una vez a la semana buscando algo más-
-No todos los hombres son así- protestó Albert.
Karen arqueó una ceja.
-La mayoría, sí-
-Sólo algunos- la corrigió. - Y eso también lo hacen algunas mujeres- ¿Cómo se tomaría ella esa declaración? ¿Se sentiría culpable?
Karen encogió los hombros.
-Ellas no frecuentan el club por las noches.
Aquellas preguntas no habían obtenido los resultados que buscaba. Tenía que cambiar de táctica.
-Dejemos eso, ¿te casarías por el bebé?-
-¿Con George?- Ella vaciló un buen rato y luego suspiró. - Quizá.
Albert sopesó la información sin dejar de tamborilear los dedos. Aunque no parecía muy entusiasmada con la idea, no había dicho que no. Tenía que impedirlo.
-No era mi intención arruinarte el cumpleaños. Yo sólo pensé... que deberías saberlo- Se levantó de nuevo de la silla. -Te llamaré cuando nazca el bebé-
-¡Espera un momento!- Albert maldijo para sus adentros, ella lo hacía tensarse como la cuerda de un violín. Seguía sin saber qué era lo que quería Karen, pero tenía que arriesgarse a decir y hacer lo que fuera necesario para que tanto ella como el bebé formaran parte de su vida. - No te vayas, me alegro de que estés embarazada-
-¿De veras?- Ella frunció el ceño sin parecer demasiado con vencida
-Estoy muy feliz. Es el mejor regalo de cumpleaños que haya recibido nunca- Apretó los puños para no tocarla. -Pero no quiero que me llames cuando nazca el bebé. Me gustaría involu crarme más en la vida de este niño. Quiero estar presente cuando dé el primer paso, cuando le salga el primer diente, cuando diga la pri mera palabra, cuando tenga su primera cita... También quiero estar presente durante el embarazo-
Ella lo miró sorprendida.
-¿Qué... qué quieres decir? ¿Quieres acompañarme al médico en las revisiones?-
-Sí. Quiero estar a tu lado durante toda la experiencia. Estoy preparado para ser padre. Seré un buen padre- «Ésta es la decla ración más comedida del siglo» - No te decepcionaré-
Albert vaciló antes de decir más. ¿Sería convincente su entusiasmo? ¿La atraería o la repelería? Tenía que sopesar los riesgos. Karen tenía miedo y él tenía que tomar precauciones.
-Bueno... - Ella asintió con la cabeza; parecía algo contrariada. -Gracias. Sería útil...-
Albert pensaba ser mucho más que útil.
-¿Sabes?, casarse tiene ciertas ventajas- señaló él. -Ventajas financieras, por supuesto. Pero además, los niños dan mucho tra bajo. Que alguien te ayude aligeraría mucho la labor, en especial cuando se pusiera enfermo o te diera mala noche, o necesitaras tra bajar hasta tarde. Y ¿qué me dices de la seguridad? Es algo que te ha preocupado últimamente. Un marido os protegería a ti y al niño. Y todo te resultaría más fácil. Y el bebé tendría la estabilidad que proporcionan una familia, dos padres y un apellido. El amor de un padre y de una madre-
Karen se quedó paralizada.
-¿Quieres que me case con George?-
¡Maldita sea! Había llegado el momento de detener aquel juego verbal y poner las cartas boca arriba.
Albert se puso en pie, se inclinó sobre ella y, arriesgándolo todo, le encerró la cara entre las manos. Clavó los ojos en ella y le sostuvo la mirada, sintiendo hasta en los dedos de los pies el agudo zumbido que provocaban en él aquellas pupilas.
Cuando la vio en el centro comercial, jamás hubiera imaginado que Karen le caería con aquella bomba.
-No. Quiero que te cases conmigo-
Awww me encanta este muchachito de armas tomar, pero es tan pastelazo a la vez
Besos a todas,
