Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.
Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.
Capítulo beteado por Sol.
Beta de Élite Fanfiction. www facebook com/ groups/ elite. fanfiction
En silencio, Bella dio la vuelta hacia la estructura pequeña de madera donde guardaban los materiales que sobraron de la remodelación de la cabaña; sin saber lo que en realidad estaba buscando. Solo dando el espacio que Edward necesitaba para despedirse de Carlisle. Cuando salió y fue testigo del cruce de palabras entre ellos, no podía creer cuánto había cambiado Edward y se sentía orgullosa de él reclamando su independencia y libertad.
La verdad, vio venir lo que iba a hacer, pero no lo detuvo, sino hubiese sido ella misma la que mataba a Carlisle con sus propias manos. Lo odiaba tanto por haberle hecho pasar un infierno de vida, que no le interesaba ir de nuevo a la cárcel, solo que sabía cuan dañado iba a estar Edward con la situación y por eso se detuvo a esperar.
Conocer a Edward podía calificar entre las cinco mejores cosas que le pasaron en la vida. Él la hacía sentir protectora y protegida, la amaba sin reservas. Edward podía ser tosco en la manera de tratar a las personas y por eso las ahuyentaba o huía de ellas, pero en la cama o cuando estaban los dos solos era totalmente diferente. Se daban su tiempo a solas y se entendían mejor que a nadie. Edward necesitaba que alguien lo comprendiese de la manera que Isabella lo hacía.
Dejó sus pensamientos sobre Edward y se puso a buscar algo sin saber qué. Escarbando, encontró unos sacos con cal, eso acabaría con el mal olor. Estaban muy pesados y no podía moverlos.
—¡Edward! —gritó una sola vez, con la voz calmada y tratando de disfrazar los latidos descontrolados que daba su corazón y que se reflejaba en el pánico de ser atrapada.
Los pasos de Edward se sintieron llegar, un poco apresurados. Mordió su labio y bajó la mirada hacia los costales, tenía que encontrar un lugar donde enterrar a Carlisle que no fuese muy sospechoso y que no costara mucho trabajo. La idea llegó rápidamente a su mente mientras se acercaba más a la pequeña choza para comenzar a sacar las cosas que había allí.
—Tenemos que desocupar el lugar y cavar un hueco de unos cuatro metros.
Edward asintió a lo que le dijo y comenzó a mover las cosas hacia afuera, con profundo cuidado. En menos de una hora, él e Isabella se encontraban armados con una pala para comenzar a hacer el hueco en el suelo.
El sol estaba calentando la tarde para ser inicio de febrero, por lo que ni a la media hora de haber comenzado a cavar estaban envueltos en sudor.
Isabella se quitó la chaqueta de lana que llevaba puesta y regresó a su labor. Entre ambos, pasada la medianoche, habían cavado perfectamente el hueco y en total silencio Edward acomodó el cuerpo de Carlisle.
—¿Por qué no pudiste ser un buen padre? —Lloriqueó Edward, lanzando la primera palada de tierra sobre el cuerpo envuelto en cal en los sacos que habían encontrado—. Pudiste haber hecho una buena persona de mí, papá y te evitabas la vergüenza que te hice pasar.
»¡Nada de lo que yo hacía estaba bien! —Absorbió por la nariz y sonrió en medio de las lágrimas—. ¿Pero sabes lo que siento ahora? Siento que he hecho lo correcto... Tú me llevaste a esto y tú lo terminaste. Espero que allí, donde algún día nos reuniremos, estés ardiendo para que sigas pagando todo lo que has hecho de mí.
Cada palabra representaba un desahogo de lo que fue su vida con Carlisle y mientras lo escuchaba, Isabella deseaba que se pusiera de pie para volver a matarlo con sus propias manos.
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Después del entierro, Edward e Isabella regresaron a la cabaña. Él estaba como en estado de shock, así que ella lo desnudó en completo silencio y lo ayudó a entrar en la tina para tomar un baño de agua caliente, sabiendo que lo necesitaba. Esparció jabón con una suave esponja permitiéndole seguir pensando y analizando lo que sucedió; el tiempo que llevaba conociendo y relacionándose con Edward le hizo dar cuenta que era de las personas que meditaban mucho después de hacer algo. Su cuerpo entraba en trance y él necesitaba saciar su consciencia. Por eso se movía a su alrededor en silencio, dejándolo ser él mismo.
El silbido, tan pronto llegó a sus oídos, la estremeció como nunca. Él nunca lo había hecho cerca de Isabella; siempre se quedaba en silencio cuando se percataba que estaba cerca, sabiendo que la asustaba. Pero algo pasó, ni él se silenció y a ella no le llegó el miedo que esperaba. Nada. Ni una corriente de ese aire frío pasó entre ellos.
Cuando el agua estaba lo suficientemente fría para hacer a Bella temblar, se paró y tiró del cuerpo de Edward, poniéndolo de pie y envolviendo la toalla que estaba cerca para secarlo. Lo llevó a la cama e hizo que se sentara, desnudo y con la mirada perdida en algún lugar del mundo.
Las marcas de quemaduras que parecían ser ramas de árboles asomarse por la espalda, hicieron despertar la curiosidad de Bella. Moviéndose alrededor de él, su mirada se posó en la espalda, específicamente en el peculiar tatuaje que tenía en el omóplato derecho; un cerillo encendido. Simple, pero que representaba el todo en su vida. El dedo de Isabella trazó el pequeño tatuaje, temblando por las lágrimas que picaban en sus ojos. Carlisle había destruido a un niño; a alguien que podría haber sido una persona brillante, con un futuro prometedor. Lo había destruido de tal forma que la muerte había sido el precio más barato a pagar.
Y ella una vez más sintió sed de venganza.
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Había quedado atrapada entre los brazos de Edward una vez que logró meter su cuerpo debajo de las colchas de la cama. Sin poder dormir, escuchando las irregulares respiraciones de él que le indicaban que también estaba con insomnio. Movió su mano a lo largo del pecho desnudo. Su cabeza apoyada en su hombro. Pensando en las cicatrices de Edward, parecía como si el fuego del infierno le había dado la bienvenida con un abrazo, como ramas de árboles encantados, atrapando a un hombre que siempre quiso escapar y nunca lo pudo hacer.
Edward se balanceó sobre Bella, quien lo acogió entre sus piernas, permitiéndole hundirse en su interior y derramar la rabia que tenía por dentro. Se desquitó con el cuerpo de la mujer y en toda la noche, o lo que quedaba de ella, no la dejó descansar, tomando todo lo que ella podía darle, queriendo más, exigiendo, desatando un placentero dolor cuando terminó en ella, con sus dientes apretando salvajemente la carne de su hombro.
Con la incomodidad de su hombro y respirando entrecortadamente, Isabella tiró su cuerpo contra el colchón; no sentía absolutamente nada de sus extremidades, estaba fuera de combate completamente. Edward descansó su espalda contra el pecho de ella. Las manos de Isabella automáticamente se trasladaron a acariciar el poco cabello que quedaba en esa cabeza, extrañando las suaves hebras enredarse con sus dedos.
—¿Qué sientes?
—¿Qué siento de qué?
—Por haber matado a Carlisle, ¿qué sientes?
Edward alzó la cabeza y aunque Bella estaba detrás de él y no podía ver su rostro, supo que estaba sonriendo; con el recuerdo lejano asomándose en sus ojos.
—No siento nada, Isabella. No tengo sentimientos.
—Pero estabas llorando.
—Llorando porque me viste matarlo. No quería que seas testigo de mi verdadero yo.
Isabella lo ajustó más a su cuerpo, sintiendo pena. Edward podría haber sido un chico excepcional, sin duda alguna. Pero verlo en toda su gloria despertó un sentimiento guardado en su interior, era como una satisfacción sexual, lo mismo había ocurrido cuando lo vio por primera vez con la mujer en el auto. Algo subversivo, placentero e intimidante que despertaba en sus entrañas y la hacía estremecer.
—Me gustó —dijo en voz baja y luego sonrió, rascando el cuero cabelludo de la cabeza de Edward—. Fue… excitante. Una… experiencia única. Ver tus ojos nublados y tu cuerpo en tensión… sentí como si estuviera observándote hacer ejercicios; tus músculos tensos y tu frente cubierta de sudor. Estabas… sexy.
El cuerpo de Edward comenzó a estremecerse por las carcajadas que salían de su boca. Imaginó tener a Isabella intimidada, creyó que seguía allí por miedo, pero nunca pudo siquiera pensar que en realidad se quedada por deleite propio.
Isabella Swan tenía la misma mente criminal que él. Ella estaba dañada tanto como él. Y se regocijó, al fin su cerebro lo había podido comprender; quizás el destino los unió, quizás fue el mismo dueño del mal, quizás eran el uno para el otro. Al fin y al cabo, todos tienen su media naranja destinada para cada quien, solamente es saber identificarla. Y a él la había encontrado. ¿Era la suerte? ¿El destino? ¿O simplemente una casualidad de la vida? No tenía idea, pero sí sabía que ella estaba allí y no la dejaría escapar. Nunca. Haría todo lo que estuviera fuera y en sus manos por mantenerla con él.
Cerró los ojos satisfecho por lo que había descubierto, aunque su corazón parecía haberlo hecho mucho antes, cuando la vio dormitando en la sala de la casa de reinserción social.
Prácticamente ronroneó, entregándose por completo a las caricias de Isabella, nunca antes nadie lo había tocado tan reverencialmente que su corazón, el que había descubierto que palpitaba gracias a ella, se oprimió con el pensamiento de no haber sido antes arrullado, no recordaba nada de su madre; Carlisle se había encargado de desaparecer fotos y no hablaba de ella.
Las manos de Bella se fueron hacia sus tensos hombros y comenzaron a masajear suave y seductoramente, distendiendo los músculos y llevándolo a un nivel de excitación más alto. Golpearon suavemente los hombros, haciendo que el cuerpo se balancee hacia delante. La mujer aprovechó para sentarse sobre sus rodillas y hacer que Edward se acostara boca abajo. Las manos trabajaron en cada una de sus terminaciones nerviosas que, cuando sintió el cuerpo de su mujer sobre él y los dientes mordisqueando sus hombros, no pudo reprimir el gemido que salió de su garganta.
—Mmmm… —gimió Edward—. Más duro, Isabella. Muérdeme más duro.
Isabella mordía tan fuerte, sacándole un gemido gutural a Edward, dejando las marcas de sus dientes incrustadas en la piel, pero también besó con devoción cada una de las marcas y cicatrices. Edward no pudo evitar estremecerse con cada toque y beso. Se sentía adorado, algo que siempre quiso pero que nunca lo pudo obtener.
Isabella incitó a Edward a que se acostase sobre su espalda, quien se endureció al sentir las delicadas manos sostener su hombría, el cuerpo se arqueó de forma automática al sentir la boca de la mujer sobre él. De todas las maneras que habían hecho el amor, esta era la primera vez que ella lo tomaba de así, en su boca. Y le gustó, demasiado, sintiendo cómo la conocida electricidad bajaba por su columna y se alojaba en el bajo vientre hasta hacerlo explotar. Con los dedos enredados en el cabello castaño, la apartó. La mirada salvaje que le regaló ella lo hizo gemir. Sus ojos fieros ardían y no sabía si era bueno o malo, si estaba en lo incorrecto, pero él quería más de aquello.
Sin embargo, tiró de Isabella hasta que estuvo extendida sobre su cuerpo. Desnudos. Piel con piel, sintiendo cómo lo quemaba. Era la primera vez que unos ojos lo cautivaban y lo embrujaban de esa manera. Allí había algo más, algo que lo tenía en el borde del abismo. Una voz que le gritaba poseerla, pero él peleaba en contra. Isabella había sido la primera mujer con la que había hecho el amor, así que estaba fuera de sus parámetros. Era el mantra que se repetía siempre, ya que le era imposible no soñarla en medio de un charco de sangre pero, en aquellas ilusiones, se veía a él mismo acompañándola. Sangre de ambos cuerpos mezclándose, almas fundiéndose y yendo juntos al infierno, ardiendo.
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El tiempo que llevaban juntos, Isabella supo que Edward era una persona solitaria y silenciosa, alguien que había aprendido a sobrevivir en las manos de su padre. Un hombre inteligente pero que se lo guardaba para sí mismo. Nunca pudo mostrarle al mundo de lo que era capaz. Nunca nadie le dio la oportunidad de reivindicar su vida, de tratar de enderezarla.
Ella y él eran dos almas iguales. Dos personas que no tuvieron la oportunidad a tiempo. Era demasiado tarde como para querer arreglarlo. Demasiado tarde como para aprovechar alguna oportunidad.
Sentada, apoyada en el espaldar de la cama, con su mano paseando por el cabello de Edward, en la posición favorita de este: enredado en su cuerpo y cabeza apoyada en su pecho; analizaba lo que había pasado sus últimos días, mientras veía la navaja de Edward brillar sobre la cómoda de su dormitorio.
¿Cuánta sangre guardaría cada rincón de ese cuchillo? ¿Lo habría utilizado en cada una de sus víctimas? ¿Qué tiempo estaba con él, siendo su único compañero de aventuras? ¿Algún día esa navaja sería su pase directo al infierno? ¿Existiría un infierno peor que la propia tierra?
—Mi vida por tus pensamientos —murmuró Edward cerca de su oreja, atrayendo su mirada.
¿Habría un día en que la melodiosa voz de Edward no la hipnotizara inmediatamente?
Le sonrió acomodándose mejor, su cuerpo hormigueaba.
—Mis pensamientos no son valiosos —susurró, desviando su mirada a la nada.
—Mi vida está ligada a ti, Isabella —dijo Edward, poniéndose de rodillas sobre la cama, cerca de ella—. Si tus pensamientos te mantienen alejada de mí, soy capaz de darla para traerte de regreso.
Ella lo miró y sonrió de forma nostálgica. Amaba al Edward desinhibido, aunque solía ser muy entrometido.
—Encontré a Felix —anunció—, y voy a ir tras él.
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Horas después ambos estaban camino a Boston. Había hablado con Angela y le explicó que se escapaba a unas vacaciones express con su novio y que no tenía idea de cuándo regresaba, también le rogó que no le dijera nada a Charlie y se comprometió de pagarle a ella y su novio unas vacaciones después de solucionar el problema que tenían en Arizona. Le fue imposible confesarle la verdad a una chica inocente.
Viajaron varios días a través de la carretera, durmiendo en hostales y comiendo en restaurantes de carretera. Era el viaje que más había disfrutado, turnándose con Edward para conducir, estar largas horas en silencio y en complicidad con él. En su soledad, acompañada de la única persona que la había apoyado sin temer ensuciarse las manos.
Había descubierto que podía llegar a ser egoísta, pensar en ella y en que solamente quería tener a Edward a su lado. Apenas había pronunciado el nombre de Felix, se había tirado de la cama y la ayudó a empacar unas cuantas cosas en una mochila; sin preguntas.
Entre todos los papeles que Renata le había dado, figuraban las coordenadas de la casa donde su esposo se escondía, en medio de un bosque, ocultada en una montaña alejada de la ciudad. También estaba el nombre falso por el que se hacía llamar: Aro Vulturi.
Supuestamente un hombre ermitaño, que rara vez se lo veía en el pueblo. Se había dejado crecer la barba y el cabello, que solo se le veían los ojos. Sin embargo, Isabella nunca olvidaría esos ojos y estaba segura que así Felix se hiciese un trasplante de rostro, reconocería su mirada. Y apostaría por ello.
—Necesitamos crear un plan —expresó Bella cubriendo su cabeza con la gorra del abrigo, al pasar el letrero que les indicaba que habían ingresado a Massachusett—. Tenemos que cubrir nuestras espaldas.
Edward, que iba manejando, le sonrió y estiró su mano para alcanzar las de Bella que estaban temblando.
—Tengo una idea —le dijo tranquilo.
Una sirena detrás de ellos los hizo mirar por el espejo retrovisor, era un oficial que venía haciéndoles señal de que se estacionaran a un lado de la carretera.
—Se supone que no debemos llamar la atención —gruñó Bella, viendo por el espejo al oficial acercarse al auto.
—Tranquila. —Edward le guiñó un ojo mientras bajaba la ventana de su lado y le sonreía al oficial. Había estado en la escuela de policía, lo habían entrenado y estaba seguro que era lo mejor que podía pasarles—. Buenos días, oficial.
—Buenos días —saludó el hombre con un asentamiento de cabeza—. Ha pasado la velocidad permitida. Sus documentos, por favor.
—Oh, ¿sí? —preguntó fingiendo estar asombrado, era parte de su plan—. Lo siento, en el pueblo de atrás se nos dañó el auto y tuvimos que desconectar el sistema eléctrico para ahorrar batería mientras llegamos a Boston. No nos dimos cuenta.
Edward le pasó los documentos y esperó pacientemente mientras el oficial revisaba que todo estuviera en orden. Se sorprendió cuando vio la licencia que acreditaba a Edward como oficial guardabosques del estado de Seattle.
—¿Edward Masen? —susurró—. ¿Eres hijo de Carlisle Masen?
Edward trató de que el miedo no se reflejara en sus expresiones, mientras que Bella empuñó sus manos y se removió un poco incómoda.
—Sí. —Edward trató de sonreír. El oficial asomó un poco su cabeza por la ventana, viendo la incomodidad de la mujer—. Um, ella es mi esposa, Isabella. Está embarazada y ya sabe… los malestares.
—Mucho gusto, señora Masen —susurró. Isabella asintió, regalándole una pequeña sonrisa tímida—. Bueno, oficial Masen, no lo detengo más, parece que su mujer necesita un descanso pronto. Que tenga buena estadía en Boston. Saludos a su padre, de parte del oficial Clearwater.
—Claro, oficial —murmuró Edward, recogiendo los papeles.
Puso el auto en marcha rápidamente antes de que Bella de verdad terminase vomitando en media carretera. Isabella suspiró cuando avanzaron un buen tramo de donde se habían detenido.
—Ya me vi tras las rejas —murmuró, un poco pálida.
Edward resopló y dijo:
—Principiante. —Lo que hizo que la mujer riera a carcajadas.
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Veinte minutos después, el auto de Isabella ingresó a la ciudad de Boston. Una ciudad moderna, de preciosas estructuras que un día había encantado a Isabella. Ahora solo pensaba en regresar a su pequeña cabaña enterrada en el bosque.
Edward condujo hacia el lujoso Hotel Swan, donde ya tenían una habitación matrimonial separada.
Edward vio asombrado la torre que parecía llegar al infinito, era un edificio antiguo que le agregaba elegancia al nombre del hotel. Fuera estaba un mozo esperándolos con una radiante sonrisa. Era obvia su extremada cordialidad, Isabella era una de las herederas de la firma hotelera y su hermana Rosalie se había ganado a pulso ser la perra más grande, así que no se sorprendió al ver a una numerosa tripulación danzar a su alrededor en completo silencio.
—Creo que debería pedir la contabilidad —murmuró Isabella, divertida por ver la expresión de fastidio de Edward—. Pero como tu esposa está tan cansada…
Edward, quien rara vez había mostrado afecto por ella en público, la abrazó por la cintura y sonrió, haciendo que Bella se sorprendiera.
—Estabas a punto de vomitar —susurró en su oído.
—No es cierto —refunfuñó, alejándose de él. Era verdad, estaba mareada, asustada y sentía la bilis subir por su esófago, pero Edward no tenía por qué saberlo. Estaba un poco abochornada, mientras que él había actuado con naturalidad, esparciendo su talento innato de hipnotizar a la gente cuando le convenía.
—Digamos que te creo, señora Masen.
Isabella le sonrió, aunque esa alegría no había llegado a sus ojos y estos se habían apagado por completo. Edward se arrepintió de haber abierto la boca, quizás Isabella estaba afectada todavía por la traición de su esposo. Él había navegado un poco por internet, en las páginas de chismes y había visto fotos de la pareja disfrutando en una simple caminata. Seattle no era tan propenso a chismes, ni a paparazzis, aunque más de un magnate vivía en la ciudad.
El ambiente entre ellos se volvió tenso, así que se separó de ella para mirar a su alrededor, ya que ni siquiera les habían permitido llevar sus mochilas. El hombre tuvo la sensación de que por poco los llevaban en brazos hacia la habitación.
Todos a su alrededor se habían quedado mirándolos sorprendidos por la demostración que estaban haciendo, Isabella se sonrojó un poco mientras se acercaba a la administradora.
—Buenos días, señora —la saludó efusivamente la mujer—. Aquí están las llaves de su habitación, como usted pidió, es la suite presidencial que está en el ala este del edificio.
Isabella asintió, recogiendo la llave electrónica de la habitación.
—No quiero servicio a la habitación, excepto que yo lo pida; tampoco que ingresen a arreglar cuando nosotros no estemos.
—Lo entiendo. —La mujer sonrió ladinamente mientras le lanzaba miraditas a Edward, que visiblemente estaba ansioso.
Demasiado gente a su alrededor dándoles atención, le ponían los nervios de punta. ¿El plan no era pasar como un par de turistas? No se sorprendería si al salir los atacaban los paparazis.
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Una pequeña mujer salía del gimnasio que se encontraba en un viejo edificio en el centro de la ciudad. Era baja de estatura, parecía ser frágil y su cabello rubio resplandecía con los rayos del sol que se abrían paso a través de la neblina que cubría una parte de Boston. Llevaba un bolso colgado de su hombro y entre los dedos de sus manos bailaban un juego de llaves que tintineaban con el choque de unas contra otras.
Ella era Jane, con su carita de ángel y ojos del color del cielo. Isabella se compadecía de ella por ser la becada en una escuela de prestigio, la acogió bajo su brazo y le ofreció todo el apoyo posible por ser víctima del bullying, incluso amenazó a su grupo de amigas si escuchaba algo de ellas en contra de Jane. Se convirtió en su hermana y prácticamente vivía con ella. Sus padres la trataban como a una hija más, aunque su hermana Rosalie decía que era una oportunista.
Debió haber creído en su hermana, haber prestado atención a cada una de las señales; como cuando un día los vio saliendo de uno de los pasillos del edificio donde estaban las oficinas. O cuando la encontró en su propio departamento y nerviosa le explicó que había ido a visitarla, cuando Isabella había estado en la universidad.
Creyó cada uno de esos encuentros porque Jane había conseguido ser primera bailarina en un estudio de ballet y siempre pasaba de viaje. Se alegraba de verla tanto que creía cada una de las mentiras. En su cara, las dos personas que significaban mucho en su vida, la habían traicionado e intentado de deshacerse de ella.
Edward pretendía tomar fotos, cuando se dio cuenta de la rigidez de Isabella. Siguió su mirada hacia la mujer que esperaba el cambio del semáforo para cruzar la calle. Seguro esa era Jane, tal y como Isabella la había descrito. No había podido ver las fotos que Isabella tenía, pero no lo dudaba. Un rostro de ángel que parecía no matar ni a una mosca, no era de sus favoritas pero eso no quería decir que no lo podía hacer.
—Todos los días sale de ese gimnasio —Isabella apuntó hacia el edificio, pareciendo estar interesada en unas esculturas—, a la misma hora.
—¿Vamos hoy? —Edward la abrazó por la cintura.
—No. —Ella sacudió la cabeza, sonriendo resplandecientemente.
Edward asintió y continuó haciendo su papel de turista en su luna de miel.
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Días después, Edward e Isabella veían a Jane entrar a la cabaña destartalada en medio de los bosques de Las Montañas Blancas. Edward estaba sobre las ramas de un árbol, mientras Isabella, sentada en las grandes raíces que sobresalían del suelo observaba con unos binoculares.
Estaban a una buena distancia, esperando el momento adecuado. Después de haber espiado cada cosa que hacia Jane durante unos días, decidieron que era suficiente y que necesitaban un poco de acción.
Edward se lanzó del árbol y ayudó a Isabella a ponerse de pie: el día estaba poniendo su fin y el viento soplaba fuerte y congelaba, al parecer una nevada se acercaba. Había sido excelente idea actuar con el clima. Las excursiones habían sido canceladas y aunque ellos estaban en una zona aislada, no había senderistas alrededor.
Por un momento, el cuerpo de Isabella se sacudió con la fría corriente que atravesó sus huesos, una sola vez había le había pasado así que sabía que eran solamente nervios y expectaciones. Sobre todo expectaciones. Caminó detrás de Edward, sabiendo que la nevada cubriría sus huellas y al finalizar la noche estaría todo hecho.
Tomó su lugar, detrás de la cabaña, mientras Edward se detenía frente a la puerta y la golpeaba. Se escuchaban risitas y cuchicheo que silenciaron cuando escucharon que tocaban la puerta.
Jane la abrió cuidadosamente y se sorprendió de ver al hombre sonriendo despreocupadamente, pasándose una mano a través de sus cabellos.
—¿Sí? —preguntó Jane con precaución.
—Lamento interrumpir, estaba regresando a mi cabaña pero me he quedado sin gasolina en el cuadrón, ¿será que tienes un poco para compartir?
Jane parpadeó un par de veces antes de asentir y decirle que esperara un rato mientras buscaba el combustible. Cuando ella hubo dado media vuelta, Edward la empujó hacia dentro.
—Pero qué… —La voz de Jane se quedó estancada en su garganta cuando Isabella apareció en su periferia.
La pequeña mujer quiso correr, gritar, pero estaba tan sorprendida que Edward se aprovechó de la situación y volvió a empujarla. Felix estaba de espalda a la puerta.
—Debo decir que me has decepcionado, Felix. —La voz de la mujer hizo que de un rebote estuviese de pie. Pálido. Con la voz atascada en la garganta.
Jane estaba atrás de Isabella, siendo apuntada con un arma por Edward.
—Bella… —murmuró, atragantándose.
—Hola, Felix —dijo muy segura de sí mientras daba unos cuantos pasos hacía él—. No parece tu lugar favorito en la tierra, ¿verdad? —Se sentó en uno de los butacones, cruzando las piernas y sonriendo—. No voy a preguntar cómo te está tratando la vida porque es algo obvio. —Señaló a su alrededor—. ¿No pudiste traer esa alfombra de piel de oso que tanto te gustó?
Felix estaba sin habla, parado frente a ella y tenso. Su boca se había secado en el momento que la voz de Isabella resonó fuertemente en sus oídos.
Isabella sonrió complacida al ver la cara de horror que tenía su marido, por lo menos tenía la dignidad de mostrarse asustado.
—Parece como si hubieras visto un muerto, querido. —Isabella sonrió y le guiñó un ojo a Edward, que empujó a Jane hasta hacerla sentar en el mismo mueble donde antes había estado Felix—. ¿Has visto un muerto, Felix?
Jane jadeó al ver a Edward sacar su navaja.
—Yo sí —afirmó—. He visto algunos, pero hay uno en particular… uno por el que me acusaron. ¡Pero en realidad anda de parranda! ¡Y con mi mejor amiga!
—Bella… —murmuró Felix al verla ponerse de pie y sacar una pistola de la pretina de sus jeans.
—Pero lo vamos a remediar. —Isabella sonrió inocentemente, apuntándolo—. A menos que hagamos un trato… —Miró a Jane—. ¿La quieres a ella, Felix? ¿Serías capaz de sacrificarte por ella?
—Bella, podemos hablar…
—Aquí no hay nada que hablar —interrumpió el ruego de Felix—, solo contesta, ¿la amas?
…
¡Holaaaaa! Ya sé que ha sido mucho tiempo desde la última actualización (favor de no matar a la autora, el problema fue de la Sra. Inspiración), les prometo que el siguiente, que es el final, va a estar pronto (o esta vez no demoraré tanto).
Muchas gracias por sus huellitas en los reviews, alertas, favoritos… y si tienen alguna duda, pueden escribirme un inbox a mi Facebook o dejen algún de contacto ya que siempre me hacen preguntas y de manera anónima, y asì no se puede! ;)
Y muchas gracias a Sol, que a pesar de que tiene una vida muy ocupada, me hace un lugarcito para escuchar mis divagaciones.
Nos leemos en el siguiente,
Besos,
Mel de Lutz.
