Capitulo 14


-... Y eso es todo-

Eran las cuatro de la madrugada y estaba en el interior de «Las sirenas sexys». El club ya había cerrado y Karen miraba nerviosa a Sadie y a George.

-¿Así que te dejó preñada y salió corriendo?- gritó George. La tensión de su cuerpo no dejaba lugar a dudas. Quería golpear algo... preferentemente la cara de Albert. - ¿Dónde se ha metido? Quiero verlo ahora mismo-

Karen suspiró.

-No salió corriendo. Y dice que quiere casarse conmigo. Aunque no entiendo la razón, supongo que por el bebé-

George soltó un bufido.

-Eres guapísima. Inteligente. Tienes clase... Y vas a tener a su hijo. ¿Por qué razón no querría casarse contigo?-

-También cree que soy una prostituta y creo que piensa que el niño es tuyo-

-Ojalá- masculló por lo bajo.

Pero ella le oyó. ¿Podría sentirse peor?

-Su propuesta me sorprendió-

-¿Piensas aceptar a pesar de que le diste una buena patada en el culo la última vez que estuvo aquí? ¿Después de la despreciable manera en que te trató?-

Karen se mordisqueó los labios. Lo había pensado mucho. Ser la esposa de Albert, que su hijo tuviera su nombre en la partida de nacimiento sería beneficioso. Le daría estabilidad, dinero —aunque no lo necesitara— y, si le daban a elegir, prefería que el niño creciera disfrutando de la compañía de su padre.

Sin embargo, George tenía razón. Toda la volatilidad y los jueguecitos mentales que Albert y ella habían sostenido la última vez que ha bían estado juntos, no podían volver a repetirse. Si aceptaba su propuesta, tenía que dejárselo muy claro.

Pero aunque se llamara tonta de todas las maneras que conocía, amaba a Albert y no le rechazaría.

-Me las arreglaré-

-¿Cómo?- gruñó George. - Prácticamente te rompió el cora zón la última vez-

-He dicho que me las arreglaré-

Ni siquiera quería pensar en la posibilidad de perder a Albert por culpa de aquella novia suya tan perfecta... se estremeció. Era algo que le daba miedo. Pánico. Y una aguda y dolorosa tristeza.

-Estás loca- gritó George. -Acuérdate de cómo te trató a ti, ¿qué clase de padre crees que sería?-

-Creo que sería un buen padre - respondió Karen, sintiendo una opresión en el pecho. -En cuando se sobrepuso a la sorpresa de saber que estaba embarazada, pareció entusiasmado con la idea de tener un bebé. Afirmó que quería verse muy involucrado-

-Quizá con eso sería suficiente- sostuvo George. - No es ne cesario que se casen-

-Es posible- intervino Sadie. - Pero yo aprendí de la manera más dura que hubiera sido mejor estar casada cuando los tribunales le concedieron a Kenneth la custodia de nuestro hijo Ben por culpa de mi pasado-

-No puedes casarte con Albert sólo porque te dé miedo lo que él pueda hacer. Maldita sea, yo me casaré contigo. Estoy deseándolo- dijo George de forma vehemente

Karen cerró los ojos. Había sospechado que George pronto diría esas palabras y ella debería alegrarse. Ante los tribunales, en un hi potético caso de reclamación de custodia, estar casada con George obraría a su favor.

Pero no podía hacerlo. Aunque la propuesta de Albert hubiera sido práctica, le había alegrado el corazón llenándoselo de una innegable esperanza. La de George sólo la había llenado de pesar.

Era cierto que podía esperar y ver cómo se comportaba Albert con el bebé. Si era muy posesivo, siempre podía aceptar la oferta de George. Pero si era honesta consigo misma, había echado muchísimo de menos a Albert durante las últimas semanas. Era como si alguien le hubiera arrancado una parte de su vida. La parte más temeraria de su corazón todavía albergaba aquel sueño de vivir en una casita con una valla banca, el sueño que le fue arrebatado cuando tenía quince años y su vida se fue al garete. Y aquellos sueños los quería hacer realidad junto al hombre que amaba. Lo único que podría me jorar aquella situación sería que él también estuviera enamorado de ella.

Y si comenzaban a vivir juntos, en vez de compartir sólo una se mana, quizá algún día... Y si no, tendrían que criar a ese niño y esa sería su principal preocupación.

-Lo aprecio mucho, George. Pero no quiero que sacrifiques tu vida por mí-

-No sería un sacrificio- le dijo con solemnidad -, sino un honor-

-Deberías encontrar a una mujer que te ame y tener hijos con ella- dijo en voz baja pero firme. George tenía que asumir que con ella jamás llegaría a nada, en especial ahora.

Había tomado una decisión. Se dio la vuelta.

-¿Adónde vas?- le preguntó Sadie.

Karen observó que George apretaba los dientes pero que, juiciosa mente, no la miraba. Le había hecho daño y se sintió culpable. ¿Por qué no podía amarle? Siempre la apoyaba, siempre se preocupaba por ella, era divertido e interesante. Pero era su amigo, no su amante. Puede que Albert fuera sofisticado y complicado... y muchas más cosas terminadas en «ado» en las que ahora no podía pensar. No parecían tener nada en común.

Pero... era Albert quién la atraía. Karen se sentía especial con él. Por él. Puede que discutieran mucho, pero cuando la tomaba entre sus brazos o le mostraba su lado más tierno, algo en su interior le decía que aquello era lo correcto.

Acarició el brazo de George en una disculpa silenciosa.

-Voy a llamar a Albert-

-¿A estas horas de la noche? - Sadie la miró como si estuviera loca.

Karen encogió los hombros, intentando aplastar aquella ridícula sensación de vértigo. Puede que terminara por lamentar la decisión que acababa de tomar, pero ahora estaba segura de lo que iba a hacer. No sólo era por el bebé; aquella era la última oportunidad que tenía de vivir su cuento de hadas y pensaba intentarlo con todas sus fuerzas.

-Me dijo que le llamara en cualquier momento. Creo que si vamos a casarnos, debería decírselo ya.


Albert se enderezó la corbata y esperó junto al ventanal del Bonheur mientras el sol entraba a raudales por las ventanas aquel radiante mediodía de noviembre. El olor a rosas y lirios flotaba en el aire, ligeramente empalagoso. Karen apareció en el pasillo al otro lado de la estancia, estaba vestida de blanco y parecía etérea, elegante y muy nerviosa.

-¿Estás seguro de que quieres seguir adelante?- le susurró Terry al oído.

Al otro lado de Albert, Sadie, vestida de azul, apretó los labios.

Tenía muchas dudas. Todavía le conmovía el tema del bebé, pero mientras esperaba junto al juez de paz que Karen llegara hasta él, se dio cuenta de muchas cosas. Como marido y mujer no sólo iban a tener que tratarse civilizadamente, como ella le había exigido, sino que tendrían que vivir el día a día. Ajustar sus vidas. Encontrar pun tos en común. Acostumbrarse a compartir espacio, prioridades y sentimientos. Convertirse en esposos y padres. Y para lograrlo, ten drían que confiar el uno en el otro.

¿Serían capaces de lograrlo con un matrimonio que se basaba en una enorme mentira?

Albert tragó saliva.

En la primera fila, en los bancos reservados para los familiares del novio, estaba sentada su hermana con su respectiva familia y un puñado de tías, tíos y primos. Además estaban Candy y sus dos hermanos, Jhon y Tom, unos cuantos amigos de Albert y varios colegas. Su lado estaba lleno, y podría haber invitado aun a más gente. La parte de Karen estaba casi vacía.

-Estoy seguro- respondió a Terry con un susurro.

George ocupaba un lugar en la segunda fila. Tenía el ceño fruncido y una expresión tan siniestra que parecía que quisiera matar a alguien. Que aquel hombre no hubiera intentado impedir el matrimonio y exigido sus legítimos derechos, o incluso que no hubiera solicitado una prueba de paternidad, le había dejado perplejo. Albert no comprendía que fuera capaz de contenerse. Él no lo habría logrado. No obstante, quizá George no quisiera cargar con la responsabilidad que suponía un bebé…

Robert y Annie estaban sentados detrás del guardaespaldas. Había más personal del club y del restaurante ocupando sitios suel tos aquí y allá, pero la primera fila, reservada para la familia, estaba vacía.

Hasta ese momento, no se había preguntado si asistiría la familia de Karen. Que no hubiera ido nadie le había entristecido. En el hos pital, después del ataque, George afirmó que ella no tenía familia. ¿Sería verdad? ¿No tendría realmente ningún pariente que le impor tara lo suficiente como para pedirle que la acompañara en el día de su boda?

Albert se giró y miró a su novia fijamente. Santo Dios, resultaba extraño. Karen era una novia preciosa. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, unos pendientes de perlas, y un velo de tul adornado con brillantes abalorios le caía suavemente por la espalda hasta las caderas. El vestido era muy sencillo. De manga larga y con un escote en V que acababa justo donde empezaban los pechos, a los que el corpiño de seda se amoldaba a la perfección. Tenía algunos abalo rios más en la cintura, desde allí la falda caía en cascada hasta cubrirle los pies. En las manos llevaba un pequeño ramillete de capullos de rosa del mismo tono rojo que su lápiz de labios.

Karen estaba muy hermosa, pero parecía algo asustada. Albert apretó los dientes, decidido a dejar atrás las mentiras que había entre ellos y dispuesto a esforzarse todo lo posible para que aquello fun cionara. Ella le había ofrecido un regalo inesperado. Y a pesar de que ella mentía —y de lo que él callaba—, una parte de él todavía la amaba.

Cuando Karen se acercó, él alargó la mano hacia ella. Lo miró fi jamente, con aquellos bellos ojos, ahora rojos e hinchados. Parecía como si Karen no hubiera dormido y se hubiera pasado la noche llorando. Resultaba evidente que también ella tenía dudas. Albert se puso tenso de inmediato.

Se obligó a sonreír. Ella respiró hondo y, por fin, puso una mano fría encima de la de él, preguntándole con la mirada lo que no podía pronunciar delante de toda esa gente: ¿por qué quería casarse con ella?

Responder no tenía sentido. La verdad no serviría más que para hacer pública su vergüenza, separarlos y enviarla de vuelta a los bra zos de George. Albert guardaría su secreto. Y si el niño se parecía al guar daespaldas... Albert cerró el puño. No podía hacer nada salvo cruzar ese puente cuando llegara el momento. Pero ahora lo mejor sería tranquilizar a su novia y ser bueno para ella durante el resto de sus vidas.

-Estás guapísima- le dijo. Una sonrisa iluminó la cara de Karen.

Entonces, el juez de paz comenzó la ceremonia. Las palabras no fueron más que un borrón. Albert respondió cuando le tocaba y Karen hizo lo mismo, con voz aguda y temblorosa.

Entonces llegó el momento de los anillos.

Le tendió la mano a Terry, que se inclinó hacia él.

-¿Estás realmente seguro?- le susurró su primo.

Albert se limitó a mover los dedos con impaciencia. Con su suspiro, Terry le puso el anillo en la palma de la mano. Entonces se volvió hacia Karen y le deslizó el anillo en el dedo mientras recitaba sus votos.

Amar. Honrar. Ser fiel. Hasta la muerte. ¿Podrían conseguir que funcionara?

Cuando bajó la mirada al anillo, ella contuvo el aliento. Él sonrió.

A principios de semana, Karen le preguntó si quería uno. Él le respondió que sí, que le gustaría llevar alianza. Al parecer, ella había supuesto que él le compraría otra. Pero cuando fue a devolver el anillo de Patty, otra sortija había captado su atención. Tenía tres piedras preciosas que parecían representar el pasado, el presente y el futuro. Lo consideró una señal. La gema del medio tenía dos qui lates y las de los lados, uno. Estaban engarzadas en una banda de platino. No tenía más adornos ni filigranas. Era sencilla y resplandecía igual que Karen.

-¿Te gusta? -susurró Luc.

Ella asintió con los ojos muy abiertos. Una estúpida sensación de felicidad atravesó a Albert. Puede que aquel matrimonio estuviera abo cado al desastre, pero ya había conseguido que ella se sintiera espe cial. Por ahora, era suficiente.

En ese momento, el juez se dirigió a Karen. Todavía agitada, ella le deslizó en el anular una alianza de platino. Era sencilla y bonita, justo lo que él habría elegido.

-Con este anillo...- tragó saliva. - Yo te desposo. Prometo amarte, honrarte y serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad durante todos los días de mi vida-

Karen respiró hondo y le miró a los ojos. La seguridad en sí misma había desparecido. Parecía ansiosa, nerviosa. ¿Le preocuparía que descubriera una mentira?

Contuvo una sonrisa irónica y le cogió las manos con las suyas. El juez hizo una pausa y les miró fijamente.

-Puede besar a la novia-

Bien, eso era algo que quería hacer desde que el sábado ella volvió a aparecer repentinamente en su vida. Desde entonces habían resuelto los detalles de la boda por teléfono y correo electrónico, de manera fría e impersonal. A principios de semana, él tuvo que irse a Nueva York y no regresó hasta el día anterior. La ceremonia era tan sencilla que no fue necesario ensayarla, así que Albert había organi zado una cena tranquila para que Karen conociera a su familia. No había estado a solas con ella ni un solo segundo. No la había tocado desde aquella desastrosa noche en el dormitorio del club.

Se moría por besarla.

Albert le cogió la cara entre las manos y se inclinó hacia ella. Karen le rodeó la cintura con los brazos, como si él fuera su ancla, y esperó, jadeante, a que la besara. Él rozó los labios con los suyos suave mente. Un toque, una caricia. Un suspiro compartido. Albert se recreó, rozando su boca una vez más, ahora con más firmeza. Le atravesó una oleada de deseo aguda, fiera y exigente. Los labios de Karen se ablandaron y se separaron bajo los de él. Albert se sintió tentado a su mergirse en aquella boca, a ahogarse en ella y mandar a los invitados al infierno.

«Más tarde.»

Éste era su primer beso como marido y mujer, y su familia y sus amigos estaban mirándoles. Más tarde, ella comprendería con exactitud lo que él quería de ella y lo mucho que la deseaba.

-Señoras y señores- dijo el juez de paz. -Los señores de Andrew.-

Los asistentes aplaudieron entusiasmados mientras la pareja re corría el pasillo. Robert se acercó para estrecharle la mano. Candy le besó en la mejilla y le susurró lo mucho que deseaba que fuera feliz. Sadie abrazó a Karen. George continuó mirando a todo el mundo con el ceño fruncido.

El fotógrafo, un amigo de Albert, les esperaba. Les sacó algunas fotos, los hizo moverse de un lado a otro. Albert sintió un estremeci miento de placer cuando sugirió que besara otra vez a la novia para poder plasmarlo para la posteridad.

Contenerse esta vez resultó más difícil. El primer beso sólo había servido para estimular su apetito, para que la bestia hambrienta que tenía en su interior volviera a la vida. Tenerla entre sus brazos, to carla, acababa convirtiéndose siempre en algo exquisito. Tener el derecho a hacerlo cada vez que lo deseara, era intoxicante.

El resto de la celebración transcurrió de manera tranquila. Cor taron la tarta nupcial que él había hecho a primera hora de la ma ñana. Era sencilla y blanca, con virutas de escarcha adornando el borde de cada uno de los tres pisos. Había cintas de dulce caramelo blanco por la superficie, así que parecía un elegante paquete. La mesa donde reposaba, estaba adornada con flores recién cortadas.

Karen y él no concretaron nada específico después de que él se hubiera ofrecido para organizar la celebración. Ahora, Albert esperaba, lleno de nerviosismo, saber si a ella le gustaba lo que había planeado.

-¿La has hecho tú?- le susurró Karen, - Es preciosa-

-Está rellena de crema suiza con amaretto. Espero que te guste-

Cortaron juntos la tarta envueltos por los flashes de las cámaras. Él le ofreció un trocito, y cuando ella gimió al probarla, la satisfac ción de Albert fue completa. Entonces, ella le ofreció otro a él con dedos temblorosos. El deseo estalló en el interior de Albert, haciendo que casi perdiera el control.

Albert todavía intentaba controlarse cuando Terry se levantó para hacer un brindis.

-Después de un primer encuentro muy poco apropiado, han elegido compartir un futuro que os deseo esté lleno de amor y de todo lo mejor que la vida puede ofrecer. Felicidades-

Karen levantó el vaso y se inclinó hacia Albert.

-Es imposible que lo haya pensado él solo-

Albert se rió por primera vez en el día. Karen no le tenía mucha estima a su primo.

-Estoy seguro de que Candy le ayudó-

En ese momento, Sadie se levantó para hacer otro brindis.

-Por una gran jefa, una buena amiga y un inmejorable ser hu mano. Karen siempre está ahí para sus empleados, ya sea para con solarles o tenderles la mano. Te mereces toda la felicidad del mundo. Albert, no hace mucho que te conozco, pero espero que seas una fuerza poderosa y positiva en su vida y que la ames como se merece. Por que vuestra vida juntos sea larga y feliz-

Unos momentos después, comenzó a sonar la música suave que él había elegido. Albert se levantó y le tendió la mano. Karen lo miró sorprendida.

-¿Bailamos?-

Ella se mordisqueó los labios y se puso en pie. Caminaron entre los silenciosos invitados que observaron cómo la cogía entre sus brazos. Era una delicia sentirla contra él, casi demasiado bueno. El deseo de Albert creció un poco más y enterró el rostro en el cuello de Karen. Su olor a durazno y canela estaba mezclado con un per fume ligero y enloquecedor que le hizo arder por la necesidad de abrazarla, desnudarla y poseerla.

-Me ha parecido una ceremonia preciosa- murmuró ella -, pero estoy segura de que a tu familia le hubiera gustado una boda más fastuosa-

Una que no fuera tan apresurada y en la que la novia no fuera una bailarina de striptease embarazada. Albert sintió el dolor que encerraban esas palabras. Le alzó la barbilla con un dedo.

-Mi familia lo único que quiere es que sea feliz. He decidido casarme contigo y no me arrepiento. Sadie nos ha deseado una vida larga y feliz. Vamos a empezarla mirando al futuro y no al pasado-

Las palabras que Albert le había dicho en la pista de baile resonaron en la mente de Karen. ¿Realmente podrían mirar hacia al futuro sin que el pasado se interpusiera?


-¿Qué estoy haciendo?- preguntó Karen en voz alta mientras Sadie la ayudaba a quitarse el vestido de novia en el cuarto de baño delBonheur.

-Me hiciste la misma pregunta cuando te estabas poniendo el vestido. La respuesta no ha cambiado-

-Sé que esto es lo mejor para el bebé.- Suspiró con la cara oculta entre las manos. - Pero es que estoy completamente enamorada de Albert y jamás seré para él otra cosa que el útero donde crece su hijo-

-Eso no lo sabes. Cuando le veo mirarte, yo veo algo más-

-¿Irritación?-

Karen sabía que eso no era cierto, pero no sabía por qué él se había casado con ella. Se había mostrado dispuesta a otorgarle todos los derechos legales que quisiera. Albert le había hablado de algunas ra zones para casarse... pero todas la beneficiaban a ella. ¿Qué ganaba él?

Y la incertidumbre en las caras de sus familiares le preocupaba. No era desaprobación, vale, pero aun así... ¿qué ocurriría si ésta aca baba por aparecer? ¿Qué pasaría si su trabajo, su vida y su pasado se convertían en la manzana de la discordia entre Albert y su familia? ¿O entre Albert y ella misma? Albert apenas la conocía. Y esperaba que jamás se enterara de algunas cosas.

Sadie negó con la cabeza.

-No, no es precisamente irritación. Más bien lujuria incontro lable. Pero hay algo más-

A Karen le daba miedo esperar que Albert sintiera algo por ella. Apartó a un lado esos pensamientos y se quitó el vestido de novia. Entonces le dio la espalda a Sadie.

-¿Puedes aflojarme el corsé?-

La joven vaciló.

-¿Por qué quieres quitártelo? Es muy sexy. Albert se morirá de lu juria cuando te vea-

Karen se mordió el labio inferior y se preguntó si eso sería bueno. Había notado el deseo de su marido en los besos que le había dado, y también cómo respondía su propio cuerpo. Bueno, era algo que sucedía cada vez que estaban en la misma habitación. En el mismo edificio. Pero para sacar adelante un matrimonio tenía que existir algo más que sexo fantástico y un niño en camino. Y no podrían conseguirlo si él seguía considerándola una stripper.

-Prefiero quitármelo-

-Pero es tu noche de bodas- le recordó Sadie.

-Algo que jamás imaginé que tuviera- Anhelado, tal vez, pero hacía catorce años que había olvidado las fantasías románticas. Co nocía a los hombres. Harían o dirían cualquier cosa para lograr llevarse a una mujer a la cama. ¿Por qué se había atado a él? Alguien que probablemente acabaría siendo un bastardo mentiroso que le arruinaría la vida.

«Porque has sido tan estúpida como para enamorarte de él, y to davía esperas que el bebé sea el broche final para ser la familia per fecta, y que viviremos felices y comeremos perdices. Sí... eso era.»

Ni en un millón de años se hubiera imaginado que un hombre se le metería bajo la piel y que se sentiría tentada a retenerle. Pero que ría demasiado a Albert para no casarse con él. ¿Qué ocurriría si se daba cuenta de que ella le amaba? ¿Y si le correspondía?

-¿No quieres que la noche de bodas sea memorable?-

Karen estaba bastante segura de que lo sería.

-Aflójalo, por favor-

Sadie soltó un bufido.

-Espero que lo sustituyas por algo igual de sexy-

-Claro que sí- mintió.

Con una risita de regocijo, Sadie le desabrochó el corsé. Karen se lo quitó y dio las gracias a su amiga, que se alejó para guardar el vestido de novia en su funda protectora.

Luego la propia Karen guardó el corsé con el vestido. Se puso un sujetador blanco de encaje con un tanga a juego, cogió la percha que había colgado en la pared y se vistió con una falda color cho colate y una sencilla blusa blanca. Después de cambiarse de zapatos, se quitó el velo y, tras doblarlo y colocarlo con el vestido de novia, salió del cuarto de baño.

Albert conversaba con sus familiares cerca de la puerta. Los invitados estaban abandonando las instalaciones del Bonheur. Vio el nuevo Ja guar de Albert más allá de la acera.

Albert la miró de arriba abajo y se acercó a ella. Karen sintió un hormigueo en el vientre. Se había sentido muy segura de sí misma cuando su única intención era seducirlo. Conseguir llevarse a un hombre a la cama era fácil. Mantenerle allí cuando te has enamorado de él y toda la confianza en ti misma ha desaparecido, era mucho más difícil. ¿Qué demonios hacía ahora? ¿Y mañana? ¿Y el resto de su vida?

Albert cogió la bolsa de Karen y la acompañó junto a sus familiares. Cuchicheaban entre ellos. Karen sabía que Albert les había dicho que estaba embarazada, y sospechaba que también les había puesto al corriente de que era la propietaria de «Las sirenas sexys». Pero no pensaba avergonzarse ni disculparse. ¿Hacerlo cambiaría algo las cosas?Probablemente todo parecía peor de lo que era porque sufamilia no había asistido a la boda. Habrían supuesto que su familia la había repudiado. Y, en cierta manera, así había sido.

¿Qué habría pensado su madre si hubiera estado allí?

Karen apartó a un lado aquel pensamiento. Aunque la mujer que le dio la vida se había muerto hacía sólo unos meses, los años y las demás cuestiones que las separaban las habían convertido en extra ñas.

-Gracias por haber venido avisándoles con tan poco tiempo- les dijo. - Me alegra que hayan podido acompañarnos. Sé que significa mucho para Albert-

La tia de Albert, levantó la mirada y le brindó una sonrisa afectuosa.

-Les deseamos a Albert y a ti toda la felicidad del mundo-

No era exactamente un «bienvenida a la familia», pero por algo se empezaba.

-Gracias-

Karen miró a su alrededor. Ya no quedaba nadie en el interior del Bonheur. Había que hacer una limpieza a fondo. En la cocina había demasiados platos sucios para pensar ahora en ellos. El suelo estaba hecho un desastre y también habría que limpiarlo. Ya se ocuparía de todo al día siguiente.

Antes, Albert y ella tenían que disfrutar de su noche de bodas.

-¿Preparada?- le preguntó Albert con suavidad.

«No. Dios mío, no. ¿Qué sé yo de matrimonios?»

Karen respiró hondo.

-Claro que sí-


Resultaba evidente que Albert no se dirigía a casa. Iba hacia el oeste, más allá de los límites de la ciudad. Karen vaciló. El silencio que llenaba el coche estaba lleno de tensión y de expectación. Odiaba romperlo, pero...

-¿Adónde vamos?-

Albert le dirigió una mirada tan ardiente que la hizo estremecer hasta la punta de los pies. Las sombras del atardecer contribuían a mantener la atmósfera de intimidad que reinaba en el interior del vehículo. Karen respiró hondo.

-Es nuestra noche de bodas-

¿Quería eso decir que él había planeado algo?

-Pensé que iríamos a casa-

Albert negó con la cabeza.

-Tenemos que celebrar como se merece nuestra primera noche como marido y mujer-

No habían hablado de eso. ¿Estar una noche a solas con Albert como... su esposa? Los nervios le hicieron sentir un enorme nudo en el estómago. Mantendrían relaciones sexuales, eso estaba claro. Pero él hacía que aquello sonara como... algo más.

No obstante, él había pensado en un romántico baile de bodas, había hecho la tarta y comprado ese enorme anillo. Todo lo cual fue completamente inesperado para ella. ¿Por qué? ¿Cuál era la razón?

Por supuesto, se había casado con ella exclusivamente por el bebé. ¿O también lo habría hecho por el sexo? Si era así, Karen sabía exactamente lo que ocurriría en cuanto se cansara de ella. Veía a hombres en esa situación todas las noches en el club. Entonces, ¿para qué hacer algo especial esa noche? La boda había sido un espectáculo en honor de su familia; lo comprendía. ¿Ahora que esta ban solos desaparecería cualquier atisbo de romanticismo?

-No haces más que mirar el anillo-

Aquellas palabras la sobresaltaron.

-Es precioso-

Albert hizo una pausa.

-Me recordó a ti en cuanto lo vi-

Karen intentó que aquellas palabras no la conmovieran.

-Gracias. No tenías por que...

-Lo sé. Pero quería hacerlo y, aunque ésta ha sido una boda un tanto precipitada, no es razón para no tener sólidos símbolos de nuestra unión-

Karen se mordisqueó los labios. Albert decía unas cosas tan boni tas... Pero notaba algo en él, un indicio de cólera. ¿O sería cosa de sus nervios?

-¿Por qué no ha venido tu familia?- le preguntó él. - Sé que tu madre ha muerto...-

Santo Dios, ¿por qué tenía que preguntarle justo eso?

-Soy hija única, y no he visto a mi padre desde que se largó. Yo tenía cuatro años-

Albert frunció el ceño.

-¿Tías, tíos, primos?-

Ella negó con la cabeza. Lo cierto es que hacía años que no pen saba en ellos. No se había atrevido a ponerse en contacto. Era pro bable que sus primos estuvieran casados, que ya tuvieran hijos. También era probable que su tía Anna ya se hubiera jubilado.

-Ninguno. ¿Podemos hablar de otra cosa?-

Él abrió la boca como si fuera a decir algo, pero la cerró. Pasó un largo y silencioso minuto antes de que finalmente hablara.

-Si alguna vez quieres hablarme de tu familia, me gustaría es cucharte-

-Tú mismo has dicho que tenemos que centrarnos en el futuro, no en el pasado. Creo que es una idea excelente-

Albert suspiró y apretó el volante.

-¿Tienes hambre? No has comido demasiado-

No, y comenzaba a sentir debilidad. Desde que supo que estaba embarazada, había intentado no saltarse comidas como solía hacer. Intentaba comer algo por lo menos dos veces al día, y galletitas sa ladas y zumo de manzana entre horas.

-Debería comer algo-

Él sonrió.

-Yo me encargaré de todo-

Igual que se había encargado de todo esa semana. La mayoría de los hombres se habrían limitado a aparecer en la ceremonia. Pero él se había ocupado de enviar las invitaciones, del almuerzo, de la tarta, del anillo, del fotógrafo... Ella apenas había sugerido algunas cosas necesarias. A Karen le había gustado todo lo que había hecho. Todo había sido muy elegante, probablemente para complacer a sus pa dres. Ella se limitó a comprar su vestido y las flores.

Se mordió el interior de la mejilla. Se sentiría mejor cuando su piera a ciencia cierta por qué se había casado con ella. Si era sólo por el bebé... o si había algo más.

-Apenas hemos tenido oportunidad de hablar sobre el bebé- dijo él, rompiendo de nuevo el silencio. -¿Qué tal ha ido el em barazo hasta ahora?-

«Por fin, un tema seguro.»

-Lo único malo es que estoy cansada todo el día. Estoy to mando vitaminas. E intento cenar fruta y algo de verdura. Durante el resto del día no me apetece comer nada. No tengo náuseas, pero no me entra nada hasta por la tarde-

-Quiero que me cuentes todo lo que notes-

No era una pregunta, pero Karen detectó un rastro de preocupación en su voz. Sabía que debería mantenerse en guardia ante pa labras como ésas, pero el tono de Albert la complació demasiado.

-Lo haré-

Unos minutos después llegaron a un bed & breakfast en un pueblo cercano. El sol se estaba poniendo por detrás de una casa antigua de ladrillo y había un montón de cabañas un poco más alejadas. Era un lugar precioso, parecían haber llegado a una época pasada. Era muy romántico, y a Karen casi se le detuvo el corazón.

Lo suyo era un matrimonio de conveniencia, un amor no corres pondido. Albert ya había hecho demasiado y, además, la llevaba allí para disfrutar de una noche de bodas de verdad. Aquel hombre la abrumaba. Lo que era una estupidez. Probablemente lo único que quería era sacar provecho de la situación. Y aún así, a Karen se le llenaron los ojos de lágrimas.

Respiró hondo, intentando contener sus sentimientos.

-Es un lugar precioso. Gracias-

Albert aparcó en el camino de acceso.

-Espérame aquí un momento. Ahora vuelvo…

Cuando regresó, llevaba un enorme llavero de latón en la mano. Condujo el vehículo por un camino de tierra que rodeaba la casa principal hasta una pequeña casita azul con un coqueto porche donde había dos mecedoras. El letrero de la puerta indicaba que se llamaba «Dulce Rendición».

El nudo que Karen tenía en el estómago se apretó más. El pulso se le disparó.

Él abrió la puerta con la llave. Antes de que ella pudiera asomar la cabeza, Albert la alzó en brazos. Karen soltó un gritito.

-Es la tradición- la riñó. Entonces entró con ella en brazos y cerró la puerta de una patada.

El interior de la cabaña era confortable y acogedor. Había alfom bras hechas a mano sobre el viejo suelo de madera. Las paredes de madera estaban cubiertas de alegres cuadros. Las cortinas de encaje y el mobiliario rústico añadían un toque encantador al conjunto.

La dejó encima de un sofá de piel y se arrodilló ante ella para descalzarla, acariciándole de paso las pantorrillas. Karen se estre meció ante la mirada en sus ojos.

-Parece que no dormiste mucho anoche. Descansa. Prepararé la cena-

Nadie se había encargado de ella como Albert, y era maravilloso. Debería levantarse, insistir en hacer algo. Pero lo más seguro es que aquel tratamiento especial no durara demasiado, y dejar que él se ocupara de todo era muy tentador.

-Cierra los ojos- le exigió él.

Ella accedió. Si se fiaba del pasado, Karen iba a necesitar de todas sus energías para esa noche.

Se despertó un poco más tarde, justo cuando él colocaba en la mesita una ensalada de pasta y verdura. Como le sucedía desde que estaba embarazada, Karen estaba famélica a la hora de la cena, y disfrutó de cada bocado.

-Está buenísima-

Albert se terminó también su plato.

-Ahora el postre-

«Asombroso.»

-¿Cuándo hiciste todo esto?-

-Esta mañana. Terry y Candy lo trajeron antes de la boda-

Albert había pensado en todo, y cada una de esas cosas la hacía sen tir especial. Pero una vez más, la omnipresente pregunta inundó su mente: ¿por qué?

Sin esperar respuesta, Albert se levantó y desapareció en la pequeña cocina. Regresó unos momentos después con una botella de cham pán y una copa aflautada, la descorchó con un estallido. Karen su puso que bebería solo, ya que ella no podía probar el alcohol. Antes de dar un sorbo, él desapareció otra vez, volviendo a aparecer al ins tante con dos copas llenas de mousse de chocolate y una fuente de fresas cubiertas de chocolate.

-Tiene un aspecto delicioso. Te has tomado demasiadas mo lestias-

-Ya que sólo pienso casarme una vez, no me parecen tantas- Tenía una expresión muy solemne cuando cogió la copa para brindar. -Por mi hermosa esposa y el comienzo de nuestra vida juntos-

«Pregúntale ahora o cállate para siempre.»

-¿Lo dices en serio, Albert? Dejando a un lado que vamos a tener un bebé, no tenemos nada en común salvo sexo fantástico-

Albert arqueó una ceja y pasó el dedo por el borde de la copa.

-Después de que me marche ¿alguna vez deseaste volver a verme? ¿Me echaste de menos un poco?-

Karen vaciló. Pero ¿por qué mentirle cuando ella buscaba la verdad?

-Sí.

-Yo te eché muchísimo de menos, y cuando te vi allí, me sentí muy feliz. Hay... existe algo entre nosotros-

Ella contuvo el aliento. Sus esperanzas crecieron un poco más. ¿Sería realmente posible que algún día se enamorara de ella?

«¿Realmente existe la posibilidad?»

La esperanza se disolvió. Le dolió profundamente, pero no pudo evitar sentir miedo. Era como una espina clavada en su alma. ¿Cuándo la había querido alguien?

Tenía que olvidar todos esos pensamientos hasta el día siguiente y vivir el momento. A pesar de los votos y de todo lo que le había dicho, él podría irse muy pronto.

Albert levantó la copa y bebió un sorbo, saboreando el champán. Entonces frunció el ceño.

-Podría saber mucho mejor-

-¿Cómo?-

Albert curvó sus sensuales labios en una sonrisa.

-Sabría mucho mejor sobre ti-

Aquél fue todo el aviso que tuvo Karen antes de que Albert sumer giera el dedo en la copa y se lo pasara por los labios. Apenas tuvo tiempo de olerlo, de sentir el cosquilleo de las burbujas antes de que Albert se inclinara sobre ella, con los ojos resplandecientes y ardientes, y la devorara con un beso abrasador.

El aliento abandonó su cuerpo lleno de ardor y necesidad. Se movió hacia él y Albert la apretó contra el sofá, amoldando sus labios a los de ella y perdiéndose en su boca. Profundamente. Era como si las últimas siete semanas de separación no hubieran transcurrido. Su cuerpo le conocía, se humedecía, le ansiaba, se preparaba para él.

Albert se apretó más contra ella gimiendo, derribando las últimas barreras y borrándole los pensamientos con aquel beso ardiente. Sin ser consciente de lo que hacía, Karen llevó las manos a su pelo, y le acarició la nuca. Necesitaba enterrar los dedos en sus cabellos de la misma manera que necesitaba embriagarse de su olor.

De repente, él se apartó y le frotó más champán en los labios. Ahora los sentía hormigueantes y temblorosos, y casi no podía es perar a sentir su boca sobre la de ella otra vez. Albert no la decepcionó, la saboreó y bebió de ella como si no pudiera saciarse.

Karen se preguntó si ella lo conseguiría alguna vez.

-Necesito más- le exigió él, quitándole la chaqueta y desabro chándole los botones de la blusa. – Ahora-

Albert clavó los ojos en los de ella. En ellos brillaba la abrasadora promesa del éxtasis que le esperaba y la silenciosa declaración de que tenía intención de satisfacerla hasta dejarla saciada por com pleto. Ella se estremeció. El deseo latió entre sus piernas. La sangre le hervía en las venas. No podía esperar a sentir la piel cálida de Albert, a que se sumergiera en ella tan profundamente que no pudiera pen sar en otra cosa que en el latido del deseo y en la salvaje oleada que la cubriría al alcanzar el clímax, arrastrando a su paso cualquier tipo de inhibición.

Después, Albert le soltó el sujetador, le tiró bruscamente de la falda y le desgarró el tanga.

Ahora estaba desnuda y a merced de un hom bre que parecía no tener nada que perder.

Karen se estremeció.

-Desnúdate- dijo Karen con voz áspera, tirándole de la cha queta.

Él le apartó la mano y cogió una fresa bañada en chocolate.

-Abre la boca-

Era imposible oponerse a una orden tan enérgica. En cuanto se paró los labios, él le puso la dulce fruta en la lengua. El sabor le ex plotó a través de los sentidos, y lo saboreó con fruición cuando el chocolate se le derritió en la lengua. Albert tomó un sorbo de champán y la observó con una mirada ardiente.

En cuanto ella tragó, él se acercó de nuevo, abriéndole la boca con la suya. El chocolate que le quedaba en la lengua burbujeó con el champán de la lengua de Albert. Los sabores se entrelazaron para crear algo irresistible. Acercándose todavía más, ella le comió la boca, necesitando más, y él se lo dio, ahondando el beso interminablemente. Karen se quedó sin respiración.

Uno momento después, él se alejó, acercándose a la mesita.

-¿Un poco de mousse?-

Karen jadeó, incapaz de responder, y se quedó mirando cómo Albert cogía una cucharada de mousse y se la ofrecía.

«¡Oh, Santo Dios!» Aquel hombre era capaz de crear los sabores más asombrosos. Karen cerró los ojos y gimió. Cuando los abrió, él estaba tomando otro sorbo de champán, y se inclinaba para darle otro beso.

Esta vez, ella anticipó el sabor —afrutado, persistente, cre moso—, y se habituó a él. Cada vez que él rozaba su lengua contra la de ella el sabor de las burbujas añadía el complemento perfecto a la dulce armonía del postre.

Karen le aferró los hombros para quitarle la chaqueta y acercarle todavía más. Él se retiró poco a poco, y cogió de nuevo la copa de mousse mientras dejaba caer la cuchara, que aterrizó sobre la alfom bra. Karen se sobresaltó, pero él no se dio cuenta. Metió dos dedos en la suave textura y cogió un poco de mousse.

-¿Q-qué vas a hacer?-

Karen estaba tan aturdida y abrumada que apenas podía respirar. Albert la había besado, la había desnudado, y ella corría el peligro de perder la cabeza por completo. Y ni siquiera le importaba. Ahora ne cesitaba recorrer aquel volátil camino hacia el placer, ese placer que sólo él la hacía alcanzar.

Albert la hizo separar las piernas sobre el sofá y luego esparció la mousse entre los hinchados pliegues femeninos. Karen se quedó sin aliento ante la sensación del postre helado y los cálidos dedos de Albert en su sexo, e intentó mantener la calma por todos los medios.

A él ya no le quedaba ninguna. Agarró la botella de champán y la inclinó sobre ella. Entonces el líquido burbujeante se derramó sobre los pechos de karen, por su abdomen, le llenó el ombligo... y cayó sobre su sexo provocando una sensación que la dejó sin res piración.

Con una picara sonrisa, Albert clavó los ojos en el mojado cuerpo de la joven y en el clítoris cubierto de chocolate.

-Ahora, tomaré el postre-


Y hasta ahí llega este capítulo jajajajajajajaj no me maten! XD yo las quiero… hasta el próximo cap! besos