Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.

Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.

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La sonrisa maligna de Isabella lo dejó petrificado. Su mirada no era de rabia, ni de rencor, era una llena de diversión. Una brillosa y radiante mirada, como si estuviera jugando a algo satisfactorio y estimulante.

—Si— Felix quiso sonar seguro de sí mismo pero la voz temblorosa lo delató.

—Vamos a ver si de verdad la amas— murmuró Isabella, como para ella mismo. — ¿Quieres hacer un trato, Félix? ¿Algo como para que sigas viviendo?

—¿De qué trata? — articuló casi sin aire, viendo a Edward pasar la punta de su navaja por el cuello de Jane. La mujer parecía no tener aliento y que en cualquier momento se iba a desmayar.

—Yo te digo, por ejemplo, quiero que cortes alrededor de su seno, ¿lo harías?

Jane abrió sus ojos azules, mientras atemorizada veía a Félix.

—Estás loca— contestó Félix rotundamente.

—Edward, yo me encargo de Jane— dijo Isabella. —Córtale una oreja.

Edward poco a poco volteó el arma, apuntando hacia Félix, mientras Isabella se encargaba de Jane. Félix se asustó cuando Edward comenzó a moverse a su alrededor, con la navaja en su oreja.

—Bella— gimió. —No eres capaz...

—Estoy loca — se encogió de hombros.

—No te manches las manos de sangre, bebe— murmuró, mientras cerraba los ojos y sentía la fría punta metálica alrededor de su oreja.

—No soy tu bebé, Félix. Y no me estoy manchando las manos... ¿realmente me pueden acusar de matar a un muerto?

Félix apretó los ojos cuando la punta fría se enterró en su piel.

» Esto es simple; tu vida o la de ella.

—¿Y me vas a perdonar?

Jane jadeó al escuchar las palabras de rendición de Félix.

Después de todo lo que ella había hecho por él, dejando todo: su familia, sus sueños, su futuro por ir detrás de él, a una ciudad nueva y desconocida, a ser tan solo una simple maestra de ballet en una academia que no tenía ningún prestigio… y ahí estaba él, entregándola al diablo.

—Fue él el de la idea— tartamudeó Jane. — Yo solo me contacté con Alice.

—Interesante— murmuró Isabella. —Interesante, ¿verdad, Edward? Uno se entera de cada pequeñez… ella solamente contactó a Alice. — la mujer movió el brazo y le propinó una cachetada que la dejó sangrando. —¡UN SIMPLE CONTACTO, PERRA! — Cachetada— ¡TU SIMPLE CONTACTO MATÓ A MI BEBÉ!

—Bella…— lloró Jane, con sus labios hinchados y sangrando por los golpes. —¡PERDÓN! No lo sabía.

—Les fue tan fácil deshacerse de mí, ¿no? — Isabella estaba exasperada, volteando hacia Felix— mataste a tu propia hija, cobarde hijo de puta. ¡LA MATASTE! Ella era lo único bueno de ti, pero hasta a eso arruinaste.

Felix temblaba, por su mandíbula bajaba un chorro pequeño de sangre. No sabía que ella había estado embarazada… un nudo se le formó en la garganta.

—Jane…— Felix gimió. —Me aseguraste que solo la asustarían.

—¡Qué bien! — Isabella aplaudió. —¡Me encanta el amor que se tienen, tirándose la pelotita!

Isabella estaba fuera de sí. Había llegado a un punto que no podía mantenerse calmada y quería mandar todos los planes al infierno y simplemente matarlos, pero la mirada de Edward la frenó a apretar el gatillo del arma.

En un momento de descuido, Felix tiró del brazo de Edward, logrando salir corriendo hacia la puerta. Pero Isabella fue más rápida y le disparó en la pierna, haciendo que este tropezara con la alfombre y se cayera. Mientras tanto, Edward había logrado sostener a Jane que, en el despelote, también había querido escapar.

—Déjame ir— lloró Felix. —prometo que no los delataré.

—No— Edward chasqueó la lengua, mientras sacudía la cabeza. —Si quieres salir vivo de aquí, tendrás que hacer lo que te pidamos.

—¡AY! — chilló Felix, cogiéndose la pierna lastimada—Seguro alguien viene…— resopló por el dolor. —El disparo… lo… escuché…

Isabella exasperada, agarró la pierna lastimada y con todas las fuerzas lo arrastró –a pesar de los gritos que emitió el hombre- hasta quedar frente a la única ventana que tenía la cabaña.

—Si ves eso, mi querido Felix— Isabella corrió la cortina; fuera, el día había pasado a ser oscuro, el viento silbaba fuertemente mientras golpeteaba contra los vidrios queriendo pasar a la casa, y la nieve se había apoderado de toda superficie. —Nadie te va a escuchar— terminó susurrando.

—Así que, adelante, son bienvenidos a gritar todo lo que quieran— Edward empujó a Jane hacia un mueble e hizo que se sentara allí.

Isabella clavó la punta de su zapato en la herida de Felix.

—¿Vas a aceptar nuestra oferta, sí o no?

—Si— gimió el hombre.

—Muy bien, — Isabella se alejó de él unos pasos. —Levántate. Aquí tienes tu primera tarea; vas a atar a Jane en la cama. Y tiene que ser muy bien porque por cada intento de escape de ella, recibirás un disparo, — sacudió el arma dándole mejor dramatismo.

Su esposo asintió y gimiendo se puso de pie. La herida le sangraba, aunque la bala había pasado rosando la pierna. Por cada paso que dio, sintió un dolor estremecedor, pero se hizo el valiente y a paso seguro avanzó hasta Jane. La mujer no tenía color en el rostro y en tan poco tiempo parecía que ella había envejecido diez años; el pelo rubio parecía el de una persona muerta y Felix no quiso seguir analizándola porque no quería imaginarla muerta. Él la tenía que matar, por salvar su vida. Isabella estaba despechada con su mejor amiga.

Ella negaba furiosamente con su cabeza, apenas podía emitir algún quejido. Edward le lanzó un rollo de cinta. Él lo alcanzó, tiró con fuerza de las muñecas de la mujer y las juntó detrás de ella; le ató las manos y procedió a hacer lo mismo con los pies. Jane le propinó una patada en el brazo mientras este estaba de cuclillas frente a ella. Isabella apretó el gatillo y le rozó la otra pierna con una bala. Él chilló, pero pronto se mordió el interior de la mejilla para continuar con lo que estaba haciendo.

—W.O. W— murmuró Edward, asombrado por la puntería de la mujer. —¿Qué otros dotes mantienes ocultos, preciosa?

Isabella le sonrió de lado como respuesta. A Felix no le pasó por alto el intercambio de miradas.

—Mi padre siempre estuvo preocupado por nuestra seguridad y yo estaba obstinada a no tener guardaespaldas, así que cuando cumplí los catorce años me envió a clases de defensa personal y de tiro. Siempre fui la mejor.

Felix puso los ojos en blanco, ni qué se diga. Isabella, drogada, había empleado sus conocimientos de defensa personal con él; le había dejado un hematoma a la altura de las costillas del lado izquierdo y un fuerte dolor de cabeza con el cabezazo que le había dado. Había tardado días en recuperarse para poder viajar fuera de Seattle.

—¿Quieres escuchar los gritos o le tapamos la boca, cariño?

Ahora que Jane estaba atada, ambos apuntaban a Felix con sus armas.

—Me gusta escuchar— respondió Edward con la voz ronca, guiñándole un ojo.

—Está bien. — ella hizo un movimiento de manos— haga los honores, Oficial Masen.

Una mano enguantada le pasó la navaja con la que antes Edward le había cortado. Felix la tomó con las manos temblorosas.

—Quiero que cortes a lo largo de su brazo izquierdo— le dijo Edward.

—Una oportunidad más, — Isabella lo detuvo—podemos dejar libre a Jane y matarte a ti de un tiro, sin dolor, o puedes matarla y quedarás libre. Tú elijes.

Felix miró a Jane y tragó grueso. Alzó la navaja y la pasó a lo largo del brazo de la mujer. Esta gritó con todas las fuerzas de su garganta, aunque tan solo había sido un rasguño con la punta de la navaja.

—Ya veo que has hecho tu elección— murmuró Isabella, mirando a Edward.

Sabía que Felix era mezquino, pero había llegado a pensar que quizás lo que él quería era estar con Jane sin ella. Sin embargo, una vez más, él le demostró que seguía siendo el tipo Yo-yo; todo lo quería para él, sin importar a quién hundía en su camino.

Isabella, derrotada, bajó el arma y con un movimiento de cabeza le dio carta blanca a Edward.

Quizás si Felix hubiera elegido la primera opción de dejar libre a Jane, ella hubiese bajado las barreras y dejado a ambos a que estén juntos. De todas maneras, ya los había hecho asustar un poco.

Tan solo quería refugiarse entre los brazos de Edward, cerrar los ojos y abrirlos en la comodidad de la cabaña en Forks, sabiendo que todo había sido un cruel y vil pesadilla.

Edward llegó a su lado y la acercó a él pasando su brazo por encima del hombro de la mujer. Sentía la bruma que Isabella sentía y quería sostenerla, apretarla a su lado… fundirse en ella para demostrarle que ella poseía dos corazones: el de él y el de ella. Juntos en un solo cuerpo. Quería sentirlos latir en el momento que él caiga debilitado sobre el cuerpo de Isabella.

Quería que ella sea libre. Y la única manera de que lo sea, era eliminando el gran elefante rosa en el armario de Isabella.

—Hazlo de nuevo— ordenó Edward.

La mano de Felix tembló, pero volvió a pasar la navaja por el abrazo de Jane, haciendo que esta sangre y la mujer grite. Edward tarareó mientras sonreía al escuchar las suplicas y los gritos de la rubia, que eran como música para sus oídos.

Menos mal que Felix no se dio cuenta del abatimiento de Isabella. Ella suspiró, observando como su marido obedecía a las órdenes de Edward, ya no deseaba nada más que verlos muertos. Lo deseaba de corazón, pero tampoco les iba a dar una muerte tranquila y apacible, ella deseaba la venganza, hacerlos sufrir tal y como lo hizo su bebé indefenso.

—Más dolor, — murmuró Isabella contra el pecho de Edward. —Necesito más dolor.

Edward asintió y le ordenó a Felix que le haga una cortada, no tan profunda en el pecho. Jane gritó, como si su último aliento saliera de su cuerpo, con lágrimas en los ojos. Pero la imagen no conmovió a Isabella.

—Quiero que le des una puñada en el vientre, — dijo Isabella, su voz vacía y ojos inexpresivos.

—No…— Felix temblaba, con la navaja con sangre empuñada en su mano. Su voz sonó dubitativa y la mirada que le dirigió su mujer hizo que prefiriera callar.

Isabella se acercó a él, tirando de su cabello hacia atrás, enterrando las uñas en el cuero cabello del hombre.

—Si quieres vivir, hazlo— le ordenó.

La navaja se enterró suavemente en el vientre de Jane. Se deslizó sin ningún problema, con su fuera un carnicero haciendo cortes.

Luego, siguieron una serie de órdenes: unas cuantas más en el vientre, otras en las extremidades, una petición de arrancarle las uñas a Jane, más cortes en el cuero cabelludo, alrededor de los pechos… Jane había perdido demasiada sangre, ya casi no chillaba, ni se revolvía por empujar a Felix, sus ojos perdieron vida y tan solo miraban a la nada, sin parar de derramar lágrimas.

Ambos, Edward e Isabella, se divertían por cada herida o chillido de Jane, por las manos que unos principios eran temerosas y al final terminaron siendo seguras y astutas, las ordenes dejaron de repetirse y continuaron danzando alrededor del cuerpo con la navaja sostenida por los dedos.

El cuerpo rasguñado y cortado de Jane, comenzó a tornarse pálido por la pérdida de abundante sangre que la mujer estaba teniendo. Isabella se la miraba fijamente, con su corazón apagado. No sentía nada más que satisfacción, gozo, por verla sufrir, así cómo ella lo ha venido haciendo desde hace unos cuantos años.

Isabella se acercó a Jane, tiró de su cabello haciendo que la cabeza robots hacia atrás, ella sonrió sintiendo satisfacción… excitación… emoción… sus sentimientos a flor de piel. Viendo como la vida abandonaba el cuerpo de la mujer, sonrió.

—Listo— dijo soltando el cabello de Jane. — se murió.

Félix suspiró fuerte, tratando de no ver lo que había hecho por mantener su vida. Con las manos ensangrentadas, apoyadas en sus rodillas se permitió soltar unas lágrimas antes de recomponerse.

—Pueden marcharse— les dijo, con la voz ronca. —Yo me encargo de su cuerpo.

—No— Isabella tarareó. —¿Tienes queso, Félix?

Él hombre frunció los labios y alzó la cabeza por la pregunta estúpida que le había hecho su esposa.

—Si…— murmuró señalando hacia la cocina, actuaba de manera autómata. Félix había logrado bloquear sus sentimientos con lo que acababa de pasar. —En la nevera hay unos cuentos embaces de piqueo con queso.

Ella sabía perfectamente que Félix no podía vivir sin sus piqueos de queso, sonriente y un poco liviana del dolor, se encaminó hacia la cocina. Abrió la nevera y sacó uno de los que contenía aceite, de su mochila sacó un frasco de aceite de maní y vertió un poco en el queso.

Regresó a la sala, donde estaba un Félix rociando combustible a la cabaña mientras Edward lo vigilaba de cerca, apuntándolo con una pistola. Isabella le tendió a Edward una de las cervezas que había tenido en la mochila y se acomodó cerca de ellos hasta que su esposo terminara regar gasolina por toda la cabaña.

—Ahora vamos a brindar— le dijo a Felix cuando hubo terminado. Le tendió la bandeja de piqueo de queso, la cual él recibió dudoso. — brindo por un nuevo comienzo— Isabella alzó la lata de cerveza que tenía entre sus manos y sonrió libremente, mientras miraba a su alrededor. —¡Salud!

—¡Salud! — respondieron ambos hombres.

Felix bebió de su cerveza con cautela, sin dejar de ver a Isabella mientras ella alzaba su lata en signo de un brindis. No podía creer que ese ser angelical y divertido, una niña tan dulce e introvertida se haya vuelto una persona cruel y sin corazón. Pero también entendía que él había contribuido con sus acciones a que ella haya cambiado, solo esperaba que después de lo sucedido, la esencia de ella vuelva a salir a flote, que pueda retomar a su vida común porque él ya no podría vivir, él había perdido a su mujer y a la mujer que amó en su vida desde el primer día que la vio. ¿Cómo se pudo dejar de convencer de Jane? El dinero. La mejor respuesta era la ambición que ambos tenían hacia el dinero de Isabella. Alzó su cerveza como respuesta, sabiendo que sería la última vez que la vería, viendo la llama de furia que se asomaba en sus ojos. El pedazo de queso que tenía entre sus dedos lo puso en su boca y apenas lo tocó con su legua, su garganta empezó a cerrarse.

Isabella salió de la cabaña una vez que vio su señal. Edward detrás de ella. Ahora solo debían esperar, habían dejado una vela encendida cerca de Felix y él tenía que tumbarla en cualquier momento.

Las llamas comenzaron a sonar y a extenderse a lo largo de la gasolina regada. Vieron cómo la casa se consumió rápidamente.

Y ellos sonrieron, mientras sostenían sus manos y sus ojos se iluminaban en medio de la noche con las llamas que tronaban rugientemente.