Capitulo 15
Aquél era su paraíso particular. Albert pasó la lengua por el sexo femenino; chocolate y champán se unieron al sabor natural de Karen para atraparle al instante. Se arrodilló al lado del sofá y se abalanzó sobre ella, instándola a separar más los muslos y manteniéndolos así con la anchura de sus hombros.
Cuando la saboreó otra vez, Karen movió agitadamente las ca deras y gimió; el sonido hizo que Albert se excitara todavía más. Que se acercara peligrosamente a aquel punto en el que perdía el control.
Esa noche no le importó.
Volvió a disfrutar el tentador sabor de su esposa, lamiéndole el clítoris. Karen contuvo el aliento y cerró los puños sobre su pelo. Aquella punzada de dolor en el cuero cabelludo hizo crecer la ne cesidad de Albert.
Cogió la copa de mousse de la mesita y esparció un poco más de dulce entre los cálidos pliegues, después vertió otro chorro de cham pán sobre el hinchado clítoris. Karen se quedó sin respiración. Albert se inclinó y tomó el duro brote con la boca, succionándolo a la vez que introducía un par de dedos en la mojada y estrecha abertura. Ella gritó de placer.
Los músculos internos de Karen palpitaron con fuerza en torno a sus dedos, hambrientos y exigentes, y Albert no pudo dejar de ima ginar qué sentiría ella cuando fuera su miembro el que la llenara. Cualquier cosa de esa mujer, su esposa, le hacía sentirse hedonista y posesivo. Hacer el amor con ella era algo indescriptible. Karen le excitaba más que cualquier otra mujer, y no era algo que él pudiera —o quisiera— evitar.
Al apaciguarse el orgasmo de Karen, cogió un poco más de mousse con los dedos y lo extendió sobre el pezón. Cuando lo lamió y lo chupó con fruición, ella gimió.
-¡Albert! Ooooh...- jadeó Karen con la cara y el pecho ruborizados de placer.
Dios, qué hermosa era. Mientras se arrancaba la ropa y la tiraba de cualquier manera sobre el respaldo del sofá, Albert vio de reojo la mano izquierda de Karen y el diamante que brillaba en su dedo. Era suya.
Incorporándose, alcanzó la copa aflautada de champán y la volcó sobre el valle entre sus pechos. Ella contuvo el aliento cuando él la cubrió con su torso. El líquido se calentó entre sus cuerpos mientras se frotaban sensualmente uno contra otro. Albert cogió una fresa y se la ofreció.
-Cómetela- dijo con voz ronca y dominante.
Karen se lo quedó mirando fijamente, sus ojos, centelleantes de excitación y curiosidad, y él se sintió un poco más cautivado. Ella separó aquellos exuberantes labios y se los hu medeció con la lengua antes de aceptar su ofrenda. Albert le metió la fresa bañada en chocolate en la boca. Cuando la mordió, Karen gimió. Cerró los ojos. El miembro de Albert se estremeció cuando la impaciencia y la necesidad le hicieron hervir la sangre. Se moría por perderse en su cuerpo.
Mientras ella masticaba la fruta bañada en chocolate, él se bebió el último sorbo de champán. En el momento en el que ella tragó, él se adueñó de su boca con un ávido beso, saboreando la sutil mezcla de sabores, disfrutando de la manera en que ella abría la boca, aceptándole profundamente en su interior. Pero Albert quería más.
Sujetándola firmemente por las caderas, exploró los resbaladizos y cremosos pliegues con el glande antes de comenzar a penetrarla con fuertes envites, buscando el refugio que tanto había echado de menos durante las últimas siete semanas.
Estrecha. Karen era jodidamente estrecha. Él siempre tenía que hacer fuerza para penetrarla y esa noche no fue una excepción. Un empuje, otro, otro más... Cada vez que se introducía un poco, los músculos internos de Karen creaban una pecaminosa fricción que le hacía contener el aliento. Tuvo que apretar los dientes para no dejarse llevar por aquel demoledor placer que le hacía perder el sen tido.
Por fin, estuvo totalmente sepultado en ella. Karen gimió con deseo, frotando su lengua contra la de él y ciñendo su pene con sus músculos internos. ¿Cómo hacía eso? Era tan perfecta que jamás podría tener suficiente de ella.
El cuerpo femenino se tensó debajo del suyo. Karen le clavó las uñas en los hombros y le apresó las caderas con las piernas. Su es posa se amoldó a su ritmo y se contorsionó bajo aquellos empujes cada vez más bruscos.
El aliento femenino era como una pluma ardiente sobre la sen sible piel de su cuello. Él se estremeció sin control. El sexo con Karen siempre era más que deslumbrante, más que enloquecedor, más que cualquier cosa que él hubiera experimentado antes. Pero esa noche, saber que ella era suya en todos los aspectos, le despojaba de cualquier atisbo de control.
-Sí- murmuró ella. - Dios mío, sí... ¡Albert!
-Mierda, es tan bueno, cariño. Estás temblando.-
-Estoy a punto...-
Eso era algo que él no se podía perder. Ella palpitó en torno a él y Albert tuvo que aferrarse a sus caderas para seguir embistiendo, con virtiendo cada empuje en un placer que le hizo jadear, gruñir y ansiar vaciarse en el interior de su mujer.
-Córrete para mí- le exigió Albert. - ¡Ahora!-
Ella se tensó todavía más, jadeando, y abrió los ojos al alcanzar el orgasmo. Sus miradas se encontraron y la sensación de conexión fue tan potente que él sintió una opresión en el pecho.
Albert no tuvo ninguna posibilidad de resistirse. El éxtasis inundó su cuerpo mientras el clímax hervía en su interior, haciéndole explo tar finalmente. Albert gritó, se estremeció y se hundió en ella. La sen sación fue tan perfecta que deseó quedarse allí para siempre. De haber podido elegir, nunca se hubiera movido.
Ahora estaban casados. Legalmente y en todos los aspectos. Había llegado el momento de dejar a un lado el tema del embarazo y conseguir que su matrimonio funcionara. Por lo menos, quería poseer la confianza de Karen, ser su mejor amigo. Ser el hombre al que ella recurriera para cualquier cosa.
Pero en lo más profundo de su ser, Albert sabía que se estaba engañando a sí mismo. Quería mucho más. Quería todo lo que ella pudiera darle. Y no descansaría hasta que Karen fuera suya por completo.
La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas cuando Karen se desperezó, sintiendo que el cuerpo le dolía en un millón de lugares deliciosos. Se maravilló de lo preciada y saciada que se sentía. Cada vez que se acostaba con Albert terminaban sucumbiendo a una pasión enloquecedora, pero esa noche... Karen no pudo evitar sus pirar de dicha.
Después de aquel devastador interludio en el sofá, casi se quedó dormida. El inoportuno insomnio de la noche anterior, unido al es trés y al cansancio que le provocaba el embarazo, hizo mella fi nalmente en ella. Él no protestó por la interrupción de la noche de bodas que tan cuidadosamente había planeado. La llevó a la enorme bañera de la cabaña y la sumergió en el agua. Con exquisito cuidado, Albert la lavó, incluido el pelo, a pesar de que ella insistió en que podía hacerlo sola.
Sus protestas no sirvieron de nada.
Después, la peinó y le secó la melena. Un momento después la dejó sobre la cama más acogedora que ella hubiera visto nunca, firme pero suave, y con almohadas mullidas en las que se hundió con abandono. La acomodó entre las sábanas, desnuda como el día que nació, y luego se tendió a su lado, besándola tiernamente en los labios. Karen se quedó dormida en el instante en que su cabeza tocó la almohada.
Se despertó unas horas después, reconfortada por la respiración profunda y rítmica de Albert a su lado. Y el olor de su marido le inundó las fosas nasales, tentándola. Se acurrucó contra el calor que emitía y le pasó suavemente la palma de la mano por el pecho duro, por el musculoso abdomen y, luego, le rozó la creciente erección con la punta de los dedos.
Entonces la bombardearon destellantes imágenes de la pasión de Albert, de aquella romántica noche de bodas que ella jamás había esperado, de las sensaciones con las que había inundado su boca y su cuerpo, de sus tranquilizadoras caricias cuando la bañó.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le puso un nudo en la garganta. Y pensar que ella creía que no podría querer nada más. Aque lla noche sus sentimientos habían crecido hasta casi ahogarla. Karen no se engañaba, incluso aunque el matrimonio fracasara, su corazón siempre pertenecería a Albert.
La había fascinado desde la primera vez que le vio. Era inteligente y poseía una bondad que ella no solía ver en sus clientes. Cuando Albert y ella se conocieron, él no quiso tener nada que ver con ella, no es que hubiera sido rudo o irrespetuoso, pero se mantuvo alejado.
Entonces surgió aquel inesperado encuentro dominical del verano anterior. Cuando él la llamó para hacerle aquella escandalosa proposición: «acostarse con Terry y con él a cambio del favor culinario que eligiera». Albert sabía que ella estaba a punto de inaugurar el res taurante y que no sería tan tonta como para no aceptar. Casi se sintió como una prostituta, pero sabía de sobra la credibilidad que él pro porcionaría a su negocio. Y hubiera sido una tontería, sintiendo la atracción que sentía por Albert, rechazar la propuesta.
Aquella noche salvaje, Terry se largó sin ni siquiera tocarla... y Albert fue insaciable. Increíble. Pero no la trató en ningún momento como a una mujerzuela. De hecho, se comportó como si jamás se hubiera sentido tan cautivado, como si nunca hubiera deseado tanto a una mujer. Bien sabía Dios que lo que compartió con él le impe diría sentir nada con ningún otro hombre. A la mañana siguiente, ella se despertó deseándole otra vez... pero se encontró la cama vacía.
En lo más profundo de su corazón había esperado que aquel asombroso encuentro condujera a algo más. Así que mentiría si decía que no le había dolido despertarse sola. Pero también mentiría si decía que no se lo esperaba.
Durante las semanas posteriores, ella intentó pensar algo con lo que poder atraerle de nuevo, esperando que los recuerdos de aquel sexo asombroso fueran una base sólida para construir algo. Pero sólo lo volvió a ver cuando lo obligó a cumplir su parte del trato. El hecho de que él se hubiera resistido fue un hachazo para su corazón... Pero en lugar de perder la espe ranza, había seducido a Albert... sólo para darse cuenta de que él pen saba que también se acostaba con George y que la consideraba una auténtica mujerzuela.
Así que, a pesar de la explicación de Albert, su insistencia en casarse con ella no tenía sentido. Era la misma mujer y tenía la misma ocu pación. George, a quién Albert creía su amante, seguía siendo su guardaes paldas. ¿Cuál era la diferencia? Que ella estaba embarazada. Sí, puede que él la hubiera echado de menos durante las semanas que habían es tado separados, pero ¿era eso suficiente para casarse con ella?
Y ahora se sentía más atada a él. La noche anterior, con su pasión y su ternura, él la había dejado hecha polvo. No tenía ninguna otra manera de describirlo. Albert había logrado que dejara caer las defen sas que jamás dejaba que nadie traspasara. Hubiera querido o no, Albert había conseguido que ella fuera irrevocablemente suya. Karen esperaba que, al menos en parte, Albert también fuera suyo.
-Piensas demasiado- murmuró Albert, rodando para quedar frente a ella.
El pelo rubio le cayó sobre los hombros y coqueteó con los mús culos de su pecho. En la oscuridad del dormitorio, sus ojos parecían oscuros y ardientes. A Karen se le aceleró el pulso.
Sería tan fácil caer en sus brazos y dejar que todo lo que iba a ocurrir entre ellos simplemente ocurriera. Sin embargo, hacía mucho tiempo que Karen no veía el mundo de color de rosa. Necesitaba saber por qué Albert se había casado con ella, preguntarle por qué la había llevado allí. Pero si quería saber si se había casado con ella sólo por el bebé o por el sexo, iba a tener que cambiar de táctica.
-Tengo muchas cosas en la cabeza- respondió ella finalmente.
-Ayer fue un día muy estresante.-
Karen asintió con la cabeza.
-Casarse es una enorme responsabilidad y, en realidad, no hace tanto tiempo que nos conocemos. Si te das cuenta, sólo hemos pa sado juntos cinco días.-
Albert le apartó el pelo de la cara.
-Parece poco, pero... de alguna manera, para nosotros es sufi ciente-
Karen comprendía exactamente lo que él quería decir. Cada ins tante había sido un descubrimiento lleno de conflictos. Estar juntos era lo mejor y, la manera en que chocaban sus caracteres, lo peor.
-Necesito...- Santo Dios, se le estaba revolviendo el estó mago y no tenía nada que ver con los trastornos que provocaba el embarazo. ¿Qué ocurriría si Albert se reía, se burlaba o se enfadaba por su pregunta?
«Entonces sabrás.»
-¿Qué necesitas?- la apremió él, pasándole la punta de los dedos por el hombro desnudo. Ella se estremeció.
-¿Qué sientes por mí?-
Aquella pregunta le sorprendió. Lo vio vacilar antes de seguir acariciándola.
-Es una pregunta muy directa, pero no esperaba otra cosa de ti-
-Soy muy pragmática-
-Es cierto-
Ella se defendió.
-No me ha quedado más remedio-
Le acarició la mejilla mientras la miraba con una expresión tierna.
-No creo que sea nada malo. De hecho, es una de las cosas que más me gustan de ti-
Aquello la conmovió.
-Entonces, ¿te gusta cómo soy?-
Albert sonrió como un niño pillado con la mano dentro de un bote de galletas.
-Eres lista, fuerte y tenaz. Robert me contó de qué manera te com portaste después del ataque de Peter, a pesar de que te resultó un in fierno-
Vale, todo eso estaba muy bien, pero hasta ahora no había men cionado el amor. Aunque tampoco lo esperaba, se sintió decepcio nada.
Karen luchó contra aquel sentimiento. Quizá el amor que ella sentía fuera suficiente para los dos.
Suspiró. No sabía nada de relaciones, pero dudaba mucho que la devoción unilateral fuera suficiente. Después de lo sucedido la noche anterior, necesitaba retroceder un poco y reconstruir las de fensas que protegían su corazón.
-Gracias - masculló, alejándose de él.
Albert la sujetó por el brazo y la hizo caer contra su torso, uniendo sus cuerpos.
-¿Adónde vas?-
-A vestirme para ir a trabajar. El Bonheur quedó ayer hecho un desastre-
Él la apretó más.
-El restaurante está en perfecto estado a estas horas. Lo han limpiado de arriba abajo y los menús de hoy ya están preparados-
Karen se quedó boquiabierta.
-¿Quién...? ¿Cómo lo sabes?-
-Hice algunas llamadas y me encargué de todo-
Como se había encargado de todo lo demás. Parecía que no podía dejar de enamorarse de él una y otra vez.
-Gracias -
Albert era considerado, se anticipaba a sus necesidades y se ocupaba de satisfacerlas. ¿Quería decir eso que quizá sintiera algo más que ad miración por ella? ¿O estaría dejándose llevar por una espe ranza estúpida en vez de proteger su corazón cómo debía?
-Trabajas demasiado- Albert le pasó el pulgar por el arco de la frente mientras la miraba a la cara con una expresión que ella no pudo descifrar. - Me parece admirable, pero me preocupas-
-La admiración en un matrimonio...- «No es suficiente.» Contuvo las palabras. -Estoy segura de que ayuda mucho-
Él le encerró la cara entre las manos.
-No he dicho que eso sea lo único que siento por ti-
El corazón de Karen se saltó un latido. Albert le rodeó la cintura con un brazo y, con la mano libre, le hizo levantar el muslo y se lo colocó sobre la cadera, haciendo que separara las piernas. La besó en la boca. Le mordisqueó el cuello y le sopló en la oreja. Karen se estremeció y se le puso la piel de gallina. Su cuerpo se puso alerta, como si supiera que le reclamaba su amo y señor y se preparara para que lo poseyera.
Pero lo que la hizo retener el aliento fue la expresión en la cara de Albert. Decía que ella le importaba. Muchísimo.
-Oh...- suspiró ella.
-Ahora que estamos casados, debemos ser honestos. Comunicarnos- Acercó de nuevo la boca a la de ella, y Karen tuvo que es forzarse para centrarse en sus palabras cuando él siguió murmurando. -Lo cierto es que jamás había sentido por una mujer algo tan profundo como lo que siento por ti-
¿Más de lo que había sentido por Candy? «Bum, bum, bum.» El corazón amenazaba con salírsele del pecho.
-Pareces sorprendida-
-Lo estoy. Sé que has mantenido relaciones antes...
-Han quedado atrás- Apoyó la cabeza en la palma de la mano, mirándola fijamente. - ¿Qué sientes tú por mí?-
«Estoy tan ridículamente enamorada de ti, que sólo siento miedo.»
-También me importas mucho. Más de lo que pensé que sería posible-
Karen no se atrevió a confesar nada más. Si lo hacía se sentiría demasiado vulnerable, porque sabía por experiencia que, cuando le dices a un hombre lo que él espera oír, es como si te arrodillaras a sus pies.
-Bien- Albert sonrió, su expresión era tan íntima en la oscuri dad que a ella se le encogieron los dedos de los pies. -Tenemos que conseguir que este matrimonio funcione-
¿Y se suponía que ella debía saber cómo?
-De acuerdo-
-¿Qué necesitas de mí?- susurró él. - ¿Qué buscas en un ma rido?-
Lo cierto es que ella nunca había pensado sobre el tema.
-Alguien a quién le guste y me respete, que me entienda. Disfruto de tus atenciones, me gusta que te hayas ocupado de todo, pero no es necesario. Necesito que sepas que yo también soy capaz de hacerlo sola-
Él le rozó los labios con el pulgar, luego tomó posesión de ellos en un beso breve pero intenso que la calentó un poco más.
-Creo que puedes hacer cualquier cosa que te propongas-
Karen se sintió llena de orgullo.
-Gracias. No sé si sabré compartir lo que pienso. Supongo que he vivido y trabajado sola demasiado tiempo-
Eso, y que apenas había sobrevivido a la última traición que su frieron sus sentimientos y su confianza. Pero él no necesitaba cono cer tantos detalles.
-Espero que no te importe que te haga muchas preguntas. Me gusta saber qué sientes y quiero sentirme involucrado en el Bonheur o en cualquier otra cosa que quieras hacer. Te ayudaré en todo lo que pueda. Sólo tienes que pedírmelo. Y no me entrometeré en tus ne gocios a menos que algo me parezca peligroso o un error. Sé que durante años te las has ingeniado muy bien sin mí y no me atrevería a pensar que eso va a cambiar-
Santo Dios, justo cuando ella pensaba que las defensas que ro deaban su corazón ya no podían caerse más...
-Gracias-
-Si crees que me extralimito, dímelo. Yo sólo quiero pedirte tres cosas-
¿Sería aquella la trampa que había estado esperando?
-¿Qué?- se puso en alerta
-Primero, no quiero que vuelvas a hacer striptease. La población masculina no tiene por qué ver desnuda a mi mujer-
-De acuerdo- Lo último que ella quería era quitarse la ropa ante un montón de borrachos y babosos desconocidos. Qué él no quisiera que la vieran desnuda le hizo palpitar el corazón.
-Bien. En segundo lugar, necesito que confíes en mí. Después del ataque de Peter, me di cuenta de que te violaron en algún momento de tu vida. No necesito que me des ahora los detalles, pero quiero que sepas que puedes confiar en mí y contarme cualquier cosa-
Ella ya sabía que él había sacado algunas conclusiones bastante veraces, pero ¿no iba a presionarla? El alivio de Karen fue casi tan gible. Había oído a otras bailarinas que los cavernícolas con los que se habían casado pensaban que un certificado de matrimonio les capacitaba para conocer todos los detalles de su vida Karen no creía que ella estuviera preparada para compartir sus más íntimos pensa mientos.
-Lo agradezco-
-Hmmm- Albert le suspiró sobre el hombro y le apretó la boca sobre la clavícula. -Yo agradezco la suavidad de tu piel-
Cuando él le deslizó la palma de la mano por un pecho, ella le atrapó la muñeca y le detuvo. Sí, le deseaba otra vez, necesitaba sen tirle fuerte y exigente en su interior. Karen no tenía medida en lo que a Albert concernía. Pero esa conversación era demasiado intere sante para interrumpirla ahora.
-¿Y la tercera?-
Él se quedó inmóvil, aunque apretó los dientes.
-Absoluta fidelidad-
Ella se apartó bruscamente como si la hubiera abofeteado.
-Todavía me consideras una puta-
Albert se acercó a ella, rodeándole la cintura de nuevo con el brazo y arrastrándola hacia su cuerpo.
-No. Sé que no coqueteas en el club y también que no te acuestas con los clientes. Antes de conocerte bien pensaba lo que todo el mundo, que una mujer capaz de desnudarse por dinero, también estaría dis puesta a abrirse de piernas ante cualquiera que le pagara. Pero tú no eres así-
Karen contuvo las lágrimas inundada por un profundo alivio. Pero entonces se dio cuenta de que en aquella elaborada respuesta, su marido no había incluido a George.
Albert tenía una docena de razones para pensar que el guardaes paldas y ella eran amantes. George la tocaba en público, tenía una llave de su casa, la veía desnuda a menudo... Si ella fuera Albert, pensaría lo mismo que él. Insistir otra vez en que George sólo era un amigo, sería contraproducente. Era mejor dejar que Albert se diera cuenta de las cosas por sí solo.
-No sé mucho sobre el matrimonio, pero considero que la fi delidad es importante. Si me la vas a exigir a mí, yo quiero lo mismo a cambio. Cuando te vayas a Los Ángeles para grabar los programas de cocina la semana que viene, no me importa qué aspirantes a es trella se te sienten en el regazo-
Albert se rió.
-No me interesa que unas estrellitas de pacotilla se me sienten enelregazo, en la cama o en cualquier otraparte. Estoy completamente embelesado contigo, con estar contigo, dentro de ti...
La voz de Albert bajó una octava y su mirada oscura se volvió in sinuante y apasionada. Él entrecerró los ojos y, antes de que ella pu diera pensar o respirar, Albert indagó entre sus muslos y la penetró.
Aquella intrusión inflamó sus pliegues hinchados. Como era ha bitual, ella estaba mojada para él. Tenía los pezones duros. Él cogió uno entre los dedos, y ella notó un placentero ramalazo de dolor cuando él introdujo su miembro más profundamente. Karen separó más los muslos y empujó las caderas hacia él, desesperada por que la penetrara tanto como fuera posible. Él la llenaba de una manera que hacía que le resultara difícil tomarle por completo. Aceptar toda su longitud y grosor era casi imposible. La sensación de sentirle en su interior era deliciosa y enloquecedora.
Su carne protestó y el ardor en el clítoris casi la volvió loca. Albert continuó concentrado en sus pezones. Le escocían un poco de la noche anterior. Ahora estaban erguidos, duros y sensibles al más leve roce, incluso sentía en ellos el aliento jadeante de Albert. Pero cuando los apretó con fuerza al tiempo que se introducía hasta el fondo en su interior, ella...
Ella gritó.
-Sí- ronroneó él. -Estar dentro de ti, que aceptes cada cen tímetro en este coñito tan apretado y ardiente que tienes, es maravilloso. Me encanta hacerlo contigo. Me he vuelto adicto a ti-
Albert se retiró lentamente, tan despacio, que ella gimió. La dejó sin aliento cuando se entretuvo rozándole los tensos pezones con los pulgares antes de morderle la nuca y penetrarla con fuerza hasta el fondo.
-Cuando no consigo hacerlo contigo, me siento aturdido e irritado. Me duele. No puedo pensar en nada salvo en desnudarte y metértela hasta el fondo, en que me estreches en tu interior y me empapes con tu humedad. Sin condón. Siempre sin protección. No quiero que nada se interponga entre nosotros-
Jamás había permitido a ningún hombre que le hiciera el amor sin la protección adecuada, pero lo que Albert provocaba en ella... Santo Dios, no lo podía describir. Incluso sus palabras la hacían sentirse caliente. Siem pre deseaba tenerlo en su interior, y lo más profundamente posible.
-Cariño, no deberías preocuparte por lo que haré cuando no esté dentro de ti, sino por cómo lograrás que me mantenga alejado. Me pones tan caliente que te aseguro que se nos van a enfriar muchas comidas, no podrás ducharte sola, ni dormir una noche completa. Adoro que estés inflamada, mojada y preparada para mí, y pienso mantenerte de esa manera-
Cada palabra que salía de su boca la excitaba un poco más. En el pasado, cuando los hombres le hablaban así, se sentía como una mujerzuela. Pero había algo en Albert y en la manera en que le susu rraba, algo casi reverente y asombroso, que hacía que la sensación que creaban los dos juntos fuera especial.
Mientras Albert continuaba moviendo su miembro dentro de su sensible interior, a Karen le comenzó a hervir la sangre, haciendo que le palpitara el clítoris. Las sensaciones la envolvieron cuando él se retiró con una lenta fricción. Ella gimió cuando volvió a introdu cirse muy despacio y llevó las manos hacia a la espalda, intentando clavarle las uñas en las nalgas. Él se negó a dejarse apresurar. De hecho, se negó a permitir que ella le controlara en absoluto.
-Eres una chica mala- le masculló en el oído. - Tu impacien cia sólo conseguirá que lo haga más despacio-
Antes de que el confuso cerebro de Karen pudiera entender lo que él quería decir, Albert se retiró y salió de ella. Luego volvió a zam bullirse profundamente, con unos movimientos lentos, relajados y torturantes.
-Por favor… Más rápido…
Albert se recostó y la besó en la oreja, en la nuca.
-¿Qué es lo que quieres más rápido?-
Santo Dios, Albert quería que se lo dijera con todas las letras. Juga ron a eso la primera noche que pasaron juntos, hacía ya meses. Ella se resistió, y él fue derribando cada barrera hasta que, finalmente, Karen le suplicó. Entonces llevaron a cabo una docena de fantasías. Que quisiera hacer lo mismo ahora, hacía que su sangre se transfor mara en lava espesa.
Karen apretó los dientes con fuerza para contener las palabras, pero los relajados movimientos de Albert la dejaban indefensa. En tonces, él llevó los dedos a su clítoris y comenzó a jugar con el hin chado botón.
-Dime lo que quiero oír, sabes que en cuanto lo hagas te daré lo que quieres-
Sí, lo haría, pero también la dejaría sin defensas. Ya le había en tregado su corazón. Pero eso... sería la señal de que le había entre gado también la última brizna de independencia. Y su alma.
Albert arrastró laspuntas de los dedos por el clítoris expuesto, y ella se quedó sin aliento. Él siguió susurrándole al oído.
-Podría hacer esto durante toda la mañana. Estás tan mojada... y a mí me encanta llevarte hasta el límite. Te hinchas y te hinchas... me aprietas de una manera... Mmm.
El placer desgarraba a Karen. Le tensaba el vientre. La presión crecía hasta convertirse en una marea ardiente y avasalladora, como si unas tenazas calientes apretaran su resistencia.
Albert se retiró otra vez, y se volvió a sumergir en su apretado in terior, lentamente, hasta chocar contra aquel lugar tan sensible. Karen no podía respirar. La cabeza le daba vueltas. Albert le volvió a rozar el pequeño y necesitado brote otra vez.
-¡Albert!- le exigió casi sollozando.
-Así… Sí. Apriétame en tu interior- Albert se aferró a su hombro y lo usó para impulsarse mientras continuaba entrando y sa liendo del cuerpo de Karen con un ritmo pausado que casi la volvió loca. -Dime lo que quieres. No podré dártelo hasta que me lo pidas-
Él continuó jugando con ella, desafiándola. Ceder iba en contra de sí misma... Pero Albert sabía muy bien cómo exprimir su cuerpo para que alcanzara el placer. Aquel asombroso ataque a sus sentidos continuó hasta que ella ya no pudo defenderse más.
Sollozó otra vez.
-Por favor...
-Dímelo. Abre esa provocativa boquita y dime lo que quieres-
-¡Más rápido! ¡Metemelo más rápido!-
Y aun ahora, él vaciló. Su aliento, cálido y pesado, cayó sobre el cuello de Karen, haciéndola estremecer.
-¿Más rápido? Y si lo hago, ¿qué harás por mí?-
Él quería algo y Karen no sabía qué era. Si hubiera estado en su sano juicio, se habría negado. ¿Quién prometía algo antes de saber lo que era?
Pero Karen no estaba en situación de negociar.
-Lo que quieras- dijo jadeante, intentando que volviera a pe netrarla.
Albert la agarró con firmeza, impidiéndole cualquier movimiento.
-¿Lo que quiera?-
El placer hervía en el interior de Karen, cada vez más espeso y caliente, más apremiante. Un leve movimiento... Lo necesitaba. Ahora. Estaba a punto de explotarle la mente y su cuerpo ya era esclavo de Albert.
-Mierda…Lo que quieras-
-¿Y si lo quiero todo?- gruñó Albert.
Karen ya no podía hablar, así que asintió temblorosamente con la cabeza.
-Dime las palabras, mi pequeña esposa- Movió los dedos, rozando el monte de Venus de la joven, negándole incluso ese roce en el clítoris que la enviaría a la estratosfera.
Santo Dios, ya no podía resistirse a él, ni ocultarle nada de sí misma. Se arqueó hacia atrás, y Albert se deslizó un poco más profun damente en su interior. Y aún no era suficiente.
-¡Todo!- El grito resonó en la estancia.
Como un depredador persiguiendo a una presa, Albert se preparó para la estocada final.
-¿Absolutamente todo?-
-Sí - jadeó ella. -Por favor, Dios mío, ¡sí!-
-Pues eso es exactamente lo que tomaré- prometió él con voz ronca. Entonces comenzó a embestirla con unos movimientos pro fundos y despiadados, lo suficientemente rápidos para que la fric ción fuera cada vez mayor y hacerla subir la montaña de placer que la esperaba.
Apretó los resbaladizos dedos sobre el clítoris otra vez y conti nuó dibujando círculos diminutos. A Karen comenzó a hervirle la sangre y perdió la cordura cuando el placer la inundó, más grande de lo que su cuerpo era capaz de soportar. Cambió la definición que tenía de sexo asombroso y la unidad de medida por la que evaluar los encuentros con otros hombres. Todos quedaban tristemente en entredicho. Y el éxtasis aún siguió creciendo, convirtiéndose en un rugiente diluvio en el que se ahogó de placer.
Apenas había recobrado el aliento, apenas había recordado su nombre, cuando Albert se movió de nuevo, esta vez deslizando sus dedos resbaladizos alrededor de la fruncida entrada trasera.
Oh, Santo Dios. Él no sólo estaba tratando de dejarla indefensa, estaba tratando de vencerla.
-No.
-Me has dicho «todo»- le recordó él, moviendo sus lubricados dedos sobre la carne que rodeaba el pequeño agujero.
-Es demasiado- Karen oyó la nota de súplica de sus palabras, pero no le importó.
-¿Te hice daño la otra vez, la primera noche que pasamos jun tos?-
Él conocía de sobra la respuesta Como para no saberlo, teniendo en cuenta la cantidad de veces que ella se había corrido esa noche. Pero como antes, quería que lo dijera.
-No-
Él presionó un poco más los dedos mientras le lamía el hombro con la lengua.
-Haré que te guste, pequeña. Te lo aseguro-
De eso, no le cabía duda.
Ella contuvo el aliento cuando profundizó con los dedos un poco más, sin dejar de deslizarse dentro y fuera de su sexo, provo cando que las terminaciones nerviosas de Karen, que ella estaba se gura que no podían ser reanimadas, volvieran a la vida. Que centellearan, ardieran, brincaran, latieran.
Karen todavía estaba tratando de ajustarse cuando él se retiró de su interior. Albert se movió a su espalda y comenzó a presionar con su pene en el pequeño círculo. La presión era casi dolorosa, y ella siseó al notar que la necesidad resurgía otra vez con una llamarada ardiente cuando él forzó la resistencia de su recto y se introdujo de una manera aparen temente interminable, hasta que el cuerpo de Albert quedó apretado completamente contra su espalda. Ella hubiera jurado que lo podía sentir en todas partes.
-¡Mierda, sí!- Albert le apretó firmemente los hombros, le deslizó las palmas por la cintura, se aferró a sus caderas de una manera bru tal y desesperada.
-Acaríciate el clítoris. Esto va a ser duro y rápido-
Por fin, la pequeña misericordia que tanto tiempo llevaba nece sitando. Karen debería decirle que no seguía sus órdenes. Que se acariciaría el clítoris si quería. Pero él ya la había hecho alcanzar un estado imposible de soportar, le había puesto los nervios de punta, le necesitaba.
En cuanto ella comenzó a acariciarse, Albert estableció un ritmo que le robó el aliento. A los pocos segundos, la abrumó. Unas sen saciones que ella llevaba meses sin sentir estimularon terminaciones nerviosas ávidas de placer y una incontrolable necesidad que exigía cada vez más. Se acarició a sí misma arrastrada cada vez más arriba por aquellos movimientos feroces en lo más profundo de su cuerpo, que inflamaban sus más oscuras fantasías mientras Albert la tomaba exactamente cómo quería, alargando el placer y haciéndola llegar al clímax justo cuando él decidió.
Le pellizcó el pezón y se introdujo hasta el fondo de aquel canal apretado.
-Córrete- jadeó entonces Albert contra su nuca.
El mundo de Karen explotó de nuevo como una supernova. Brotaron de sus ojos lágrimas de alivio y de placer. Albert la había devastado, había hecho que se rindiera por completo. Y aún ahora, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, él se mantenía en su interior, grueso, duro y exigente, hasta que a ella no le quedó ninguna manera de proteger su maltrecho corazón.
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Hasta que llego, hasta la próxima ;)
