Capitulo 16


El domingo siguiente a la boda, Karen se apoyó contra el marco de la puerta en el dormitorio principal de su casa y observó cómo Albert metía las últimas prendas en la maleta. Aunque siempre le había gustado vivir sola, Albert se había mudado a su casa al día siguiente de la boda. Era lo más lógico, entre las grabaciones del programa de televisión y las presentaciones de los libros, Albert viajaría a menudo, y ella estaba atada a la ciudad por el club y el restaurante. Que él hubiera vivido en su espacio personal, usado su armario, su cuarto de baño y sus cajones, le había resultado extraño. Era incluso más ordenado que ella. Y sabía planchar, lo que era toda una ventaja. Pero durante esos días, se sintió invadida en todos los aspectos: su casa, su cuerpo y su corazón.

Ahora, mientras le observaba prepararse para marcharse, Karen se tuvo que tragar una punzada de tristeza. Iba a echar de menos a Albert, probablemente más de lo que debería. Se había acostumbrado a verle en la cocina del Bonheur y a que velara por ella durante las pocas horas que pasaba en el club. Dos días antes, el agente de Albert había filtrado a la prensa la noticia de su boda. Desde entonces, Albert y Karen habían ido en el coche de ésta cada noche, y él se había apretujado contra ella en aquel pequeño espacio. Ella se había acostumbrado a que él le llevara un sándwich a la cama, a su presencia reconfortante mientras dormía a su lado y al inevitable —y delicioso—despertar. Se había habituado a sus caricias y a la manera en que le hacía alcanzar el orgasmo.

Ahora estaría fuera durante las dos semanas siguientes. No era el fin del mundo, por supuesto, pero su ausencia hacía que ella se sin tiera nerviosa y ansiosa.

-Te llamaré en cuanto llegue- le prometió él.

-Gracias-

-¿Te encuentras bien hoy?-

Karen asintió con la cabeza.

-Estoy un poco cansada, pero es normal-

-No trabajes demasiado. Le he dicho a Sadie que no te quite el ojo de encima-

-Es una traidora- Karen cruzó los brazos sobre el pecho con irritación fingida.

-Por eso hablé con ella, sé que me lo contará todo- Albert cerró la maleta y la dejó en el suelo. -Estaré de vuelta unos días antes de Acción de Gracias y te acompañaré al ginecólogo a la semana siguiente-

Era la primera visita al obstetra. La primera vez que oirían el latido del bebé.

-Te agradezco que estés aquí para acompañarme-

Él cruzó la estancia y le encerró la cara entre las manos, dirigiéndole una mirada oscura y determinada.

-No me lo perdería por nada del mundo-

Santo Dios, cuando le hablaba así, con esa voz, con esa preocupación en la cara, la dejaba absolutamente conmovida. Seguro que él lo sabía.

-Antes de irme quería darte algo que tengo para ti-

Ella lo miró fijamente y frunció el ceño, confundida, cuando él se dio la vuelta y sacó un paquete de su maletín, que estaba apoyado en la pared. Era una caja pequeña, envuelta en papel plateado y brillante. Tenía un elegante lazo de regalo.

Albert se lo ofreció.

-Es un regalo de bodas atrasado-

-¿Un regalo? Pero no tenías por qué...

-Pero quería-

Tragándose el nudo de emoción, Karen deshizo el lazo y desgarró el papel para encontrarse una caja de color tostado. Después de forcejear con el cartón, sacó el contenido y se quedó sin aliento. Dentro había un marco de fotos doble con dos óvalos entrelazados. A la izquierda había una foto suya vestida de novia. A la derecha, una de ellos dos besándose después de casarse. En el medio, donde los dos óvalos se unían, Albert había hecho grabar sus nombres y la fecha de la boda.

-¡Es precioso!-

Karen casi se atragantó con una mezcla de gratitud y amor. Puede que su matrimonio no fuera perfecto y que todavía estuvieran conociéndose, Pero Albert estaba intentando que funcionara. Ella todavía se contenía. No obstante, algunas veces lo pillaba con los ojos clavados en ella y se pasaba mucho tiempo mirándola antes de responderle; había llegado a sospechar que quizá también él...

-¿Te gusta?-

Karen notó que los ojos se le llenaban de lágrimas y parpadeó para intentar que desaparecieran.

-Me gusta mucho. Gracias-

Albert le cogió las manos.

-He pensado que quizá podrías ponerlo aquí, en el tocador- Lo colocó encima del mueble, enfrente de la cama. - Así, cuando yo no esté, podrás mirarlas-

«Y acordarte de mí.» Él no dijo las palabras, pero Karen las oyó en su mente. ¿Por qué no le decía que ella le importaba un poco? ¿Creería que lo iba a rechazar?

-Es perfecto- murmuró ella, acercándose a él y colocándole la mano sobre el duro músculo del bíceps.

Albert la rodeó con los brazos. La besó suavemente en la boca y, como siempre que la besaba, Karen se quedó sin voluntad. La hacía sentir caliente y débil, totalmente embelesada.

Él se apartó con un gruñido de frustración.

-Si seguimos, perderé el vuelo. No quiero ni imaginar cómo iba a explicar que no llegué a la grabación del primer programa porque no pude alejar las manos de mi mujer-

Ella se rió. Hacía años que no lo hacía. Albert era un hombre increíblemente sexy, pero vivir con él era... Karen comenzaba a apreciar aquel sentido del humor que añadía un nuevo ingrediente a su atractivo.

Cada día se sentía más enamorada de él. Sabía que aquellos in sondables sentimientos eran muy peligrosos. Y aun así, no podía evitarlos.

-No necesito que me echen la culpa de nada más. Ya me odian la mitad de las mujeres de esta ciudad. No quiero que California también se convierta en un nido de víboras-

Albert esbozó una sonrisa antes de ponerse serio.

-Quiero decirte algo antes de irme. Peter se ha mostrado muy tranquilo desde que salió en libertad bajo fianza-

-Espero que su padre lo mantenga bajo control-

-Si te pasa algo, si te asustas, sea por lo que sea, llamame-

-Estarás a más de tres mil kilómetros. Me las arreglaré. Me he puesto ropa de adulta-

-Pues para llevar ropa de adulta, las bragas son tan pequeñas como siempre- La miró de reojo mientras le metía la mano debajo de la falda y le ahuecaba la nalga desnuda, entonces suspiró. -Ya sé que eres auto suficiente. Los paparazzi que nos han molestado en los últimos días me seguirán a Los Ángeles y no te acosarán a ti. Pero aún así, si tienes algún problema, llámame-

-Sí, papi - se burló ella.

-¿Estoy siendo demasiado protector?- preguntó él.

-Un poco-

Él suspiró.

-Intentaré no serlo. Pero... llámame si me necesitas. O... cuando quieras-

-No te preocupes, lo haré. Pero estaré bien. El bebé estará bien. Las cosas irán bien en el restaurante y en el club. Son sólo dos se manas-

-Cierto- Él le pasó las manos por el pelo, luego le acarició la nuca, no pudo evitar las palabras que salieron de su boca. - ¿Me echarás de menos?-

«Como una loca.» Aún no se había ido y ya sentía como si le hubieran arrancado un trozo de su corazón.

Karen no confió en su voz, revelaría demasiado. Se limitó a asentir con la cabeza.

-Te echaré mucho de menos- susurró él contra sus labios.

Y entonces, después de un beso demasiado breve, se fue. Ella se quedó con la mirada clavada en aquel increíble regalo hasta que se le humedecieron los ojos, casi asustada de ser tan feliz. ¿Sería posible que durara tanta felicidad?


El miércoles a las cuatro de la madrugada, Karen estaba cansada. Había sido una noche muy agitada en «Las sirenas sexys». Había esquivado más pulpos de los que podía contar. Las únicas bendiciones eran que George no se había apartado de su lado y que a Peter, que había comenzado a rondar de nuevo el lunes por el club, le habían pillado conduciendo bajo los efectos del alcohol y estaba de regreso en prisión, muy lejos de ella.

Entró en casa y se recostó contra la puerta cerrada. No había dormido bien desde que Albert se había marchado y el embarazo la dejaba sin energías; necesitaba dormir ocho horas seguidas. Maldita sea, hacía frío allí dentro. Tendría que encender la calefacción.

Cuando se acercó para desactivar la alarma, vio que alguien había destrozado la centralita con un martillo y que no quedaba nada que desactivar.

Había trozos de plástico por el suelo y los cables colgaban del panel. Alguien había invadido su casa, igual que había sucedido antes en el club y en el restaurante. ¿Por qué demonios le había dicho a George que no necesitaba que la acompañara a casa?

No se atrevía a subir sola al dormitorio. De hecho, tenía que largarse ya de allí.

Dio un paso atrás y salió a la noche oscura. Cogió el móvil. George respondió al primer timbrazo.

-¿Qué te pasa?-

-Alguien ha forzado la entrada de mi casa-

George soltó una maldición, una larga retahíla de insultos y palabrotas que la hicieron estremecerse.

-Todavía estoy en el coche. Llegaré ahí en menos de cinco minutos. Llama inmediatamente a la policía-

Ella asintió con un murmullo, cortó la llamada y se estremeció bajo el impacto del frío aire de noviembre. Habían bajado demasiado las temperaturas para seguir usando aquellas faldas tan cortas, y deseó haberse puesto un abrigo. Tenía ropa de abrigo arriba, en el armario... pero prefería congelarse que arriesgarse a subir sola.

El telefonista del 911 respondió con rapidez y Karen le facilitó su nombre y dirección. Luego le explicó lo sucedido.

¿Debería llamar ahora a Albert o esperar a que fuera una hora más razonable? En Los Ángeles eran las dos de la madrugada, y los rodajes comenzaban siempre tan temprano que él estaría dormido como un tronco.

Antes de que pudiera decidirse, el vehículo de George apareció al final de la calle con el motor rugiendo al máximo. Él se bajó de un salto, se acercó y, rodeándole los hombros, la estrechó contra su cuerpo.

-¿Estás bien?-

-Estoy temblando, pero estoy bien-

-Tienes frío-

Soltando una maldición, él se acercó al coche, cogió su abrigo y la envolvió en él. Karen emitió un suspiro ante la sensación de calor, pero el alivio duró poco.

-Enséñame qué has encontrado- le exigió George.

-¿No sería mejor dejar que Jimmy y sus chicos echen antes un vistazo?- Lo cierto es que no quería ver qué había hecho el intruso en su casa.

-¿Te refieres a no tocar la escena del crimen porque son unos magníficos investigadores?- le preguntó George con un profundo tono de sarcasmo, tan punzante que no tenía nada que envidiar al filo de las cuchillas de afeitar. - Quiero ver la escena por mí mismo antes de que lo estropeen todo-

-Pero ¿no has dicho siempre que...

-Sí. No nos queda demasiado tiempo antes de que lleguen, sólo voy a mirar- La corto y cogió un par de guantes que tenía en el auto. -Vamos, rápido-

A Karen se le puso un nudo en la garganta mientras acompañaba a George a la casa. Las preguntas podían esperar.

Una vez dentro del oscuro vestíbulo ella encendió la luz, igual que había hecho antes cuando entró por primera vez. George se acercó a la centralita de alarma y la estudió con los dientes apretados.

-Vaya mierda. Cuando entraste antes en la casa ¿hasta dónde llegaste?-

-No pasé del vestíbulo, me dio miedo que el intruso estuviera todavía dentro-

-Ha sido lo mejor, puede que llevara consigo algún cuchillo o pistola- George masculló por lo bajo-

George sacó entonces una pistola semiautomática de la cinturilla del pantalón. Karen se lo quedó mirando fijamente, con los ojos muy abiertos.

-¿De dónde has sacado eso?-

-Del auto. Tengo licencia. Ponte detrás de mí- le ordenó mientras se dirigía a la escalera en penumbra.

Una vez arriba, George abrió con el hombro la primera puerta a la izquierda, la de la habitación de invitados, y encendió la luz.

-¿Ves algo fuera de su sitio?-

Karen asomó la cabeza por encima de su hombro. Todo estaba exactamente igual que cuando lo había dejado esa tarde. De hecho, había un olor algo rancio, como si aquella puerta no se hubiera abierto desde hacía semanas. Lo que era cierto.

George apagó la luz y movió los hombros intentando relajarse. Avanzaron por el pasillo hasta la habitación donde Karen hacía ejercicio. La puerta estaba abierta de par en par, tal como había quedado después de que se entrenara aquella mañana.

Entraron y él buscó a tientas el interruptor. Un momento después, la luz iluminó suavemente el lugar. Todo estaba igual: el saco de boxeo colgando del techo, las pesas, el banco de musculación. Incluso, sobre la repisa de la ventana estaba todavía el botellín de agua que había dejado allí esa mañana.

-Está igual- murmuró Karen.

-Bien- George suspiró y apagó la luz, intentando relajarse.

-Puede que al destrozar la alarma, desahogara su frustración y se largara- Pero en el mismo momento que decía esas palabras, Karen supo que allí había estado alguien. Lo presentía... y se sintió muerta de miedo.

George hizo una mueca, como si no quisiera asustarla diciéndole la verdad.

Ella se mordisqueó el labio inferior.

-No sé por qué la policía no recibió el aviso de la alarma-

-Supongo que el muy hijo de puta cortó la línea telefónica antes de forzar la entrada, cargándose de paso la conexión con la policía- dijo George con voz sombría. - Si no tienes detectores en las ventanas, es probable que haya roto un cristal para entrar-

-Por eso hace tanto frío en el interior- Karen sintió náuseas.

-Exacto. Luego desactivó la alarma a martillazos. Después no importa lo que hiciera, ni siquiera tenía que preocuparse de que tus vecinos se dieran cuenta de algo. Es más, apuesto lo que sea a que se cargó la centralita simplemente por diversión-

-¿Es algo que haría un ladrón normal y corriente?-

Él negó con la cabeza. Salieron al pasillo en dirección al dormitorio.

-Los ladrones, por lo general, van al grano y no pierden el tiempo. Les gustan las cosas cuanto más fáciles mejor. Por ejemplo una ventana abierta. Pero eso no quiere decir que no sean capaces de hacer lo necesario si creen que pueden obtener algo de mucho valor-

-Pero yo no tengo nada de valor. Ni siquiera un televisor de plasma. El portátil está en la oficina del Bonheur. No tengo dinero ni joyas en casa-

-Y la alianza la llevas puesta, así que tampoco estaba aquí-

Así que George había notado lo del anillo. Y el tono de su voz no sonaba afectado en lo más mínimo. De todas maneras, no la sorprendía.

Cuando George abrió la puerta del dormitorio principal, se detuvo en el umbral.

-¿Dónde está el interruptor de la luz?-

-En la pared de la derecha, al lado de la puerta del cuarto de baño-

Él vaciló y luego negó con la cabeza.

-Demasiado lejos en la oscuridad. Por si acaso...

Se alejó del dormitorio y se dirigió al cuarto de baño de invitados, donde encendió la luz. Al instante, quedaron iluminados el pasillo y la entrada de la habitación de Karen.

-Espérame aquí- La voz de George decía que aquello no era negociable.

Sintió un nudo de terror en el estómago. Y lo peor era tener el presentimiento de saber que lo que verían la asustaría más que las notas clavadas con cuchillos que había encontrado antes. Con el corazón latiendo a mil por hora, Karen apretó los labios. A pesar de todo, siguió a George sin emitir un sonido.

-No entres tú primero - dijo George.

Karen le ignoró y avanzó hasta que él la cogió del brazo.

-Espérame en la puerta. Y no te pongas delante de la luz, dé jame ver-

Ella se situó a un lado a regañadientes, intentando ver el interior de la habitación. Un momento después, George encendió la luz.

Aquello era un auténtico desastre. Karen soltó un grito.

La ropa de Albert había sido amontonada en medio del dormitorio, la habían hecho trizas y luego había volcado encima un bote de pin tura roja. Las sábanas de la cama habían sido arrancadas y tiradas al suelo, y también estaban rotas y empapadas en pintura roja. Lo mismo que la alfombra y las paredes. La furia de quien hubiera hecho eso era palpable. Era un acto de maldad personal, un atentado directo y silencioso a hacia ella.

-¿Quién es capaz de hacer algo así?- A Karen le tembló la voz y se apretó el estómago, preguntándose si no acabaría vomi tando la cena.

-Peter es mi primer sospechoso-

-No puede ser… Ahora mismo está en la cárcel- le dijo a George con una mirada de pánico.

George frunció el ceño con aire sombrío.

-¿Leonard?-

-Quiere clausurar el club. Pero para conseguirlo tiene que desprestigiarme públicamente, no asustarme. Haciendo esto no consigue nada-

-¿No es posible que quiera asustarte para que abandones la ciudad?-

-Estoy segura de que le encantaría que lo hiciera, pero después de dieciocho meses intentando desacreditarme, sabe que con esto no conseguirá nada- Negó con la cabeza.

No, no era probable que aquello fuera obra de Leonard.

-Cierto... Pero es el único sospechoso que nos queda, a menos que algún otro cliente esté muy cabreado contigo-

-No- estaba segura o al menos eso creía.

Despues de unos minutos, Karen se dio cuenta poco a poco del verdadero estado de devastación de la habitación y se cubrió la boca con la mano. Los frasquitos de perfume estaban en su lugar, pero rotos, y en la estancia flotaba un nauseabundo olor a esencia de flores y productos químicos que le revolvió el estómago. Sobre el colchón, habían amontonado su ropa interior y, cuando se acercó allí, la imagen se volvió todavía más repulsiva.

-Oh, Dios mío. Eso es... semen...

Al instante, George se acercó a ella con los ojos clavados en los es pesos chorros de esperma que manchaban la lencería. Sólo un enfermo mental podría haber hecho aquello.

Karen se tapó la boca con la mano y se dio la vuelta. Ahora sí que iba a vomitar.

Pero entonces, sus ojos cayeron sobre un destello plateado de algo caído en el suelo, cubierto a medias por el edredón y el alma se le cayó a los pies. Con una opresión en el corazón, corrió y alargó la mano para recoger el objeto.

-¡No!- gruñó George, sujetándola antes de que lo tocara. -No puedes. Déjame a mí-

Tiró del edredón y movió el objeto, confirmando los peores miedos de Karen. Alguien había destrozado el regalo de bodas de Albert. La fotografía en la que se daban un beso estaba rasgada. Y el intruso había salpicado el marco con la pintura roja que manchaba también el suelo. Ella emitió un sollozo y se lanzó a recogerlo, deseando tanto estrecharlo con fuerza contra su pecho que le dolió.

George la sujetó de la cintura desde atrás, deteniéndola.

-No puedes hacerlo-

-Pero... es un regalo de Albert- Karen comenzó a llorar y a emitir unos temblorosos gemidos que la estremecían de los pies a la cabeza. Luego se dobló sobre sí misma, incapaz de soportarlo más.

George la atrajo contra su pecho, le puso la palma de la mano sobre el estómago y acercó los labios a su oreja.

-Está bien. Todo se arreglará. Cariño, te vas a poner enferma. No es bueno para ti-

Ni para el bebé. Ella lo sabía, pero la repulsa y el miedo inundaban su cuerpo, uniéndose al profundo cansancio y al espeso olor a perfume. Finalmente no pudo más y se rindió.

-Shhhh- dijo él.

Ella negó con la cabeza.

-No lo soporto-

-Tienes que hacerlo. Jimmy llegará con los chicos en cualquier momento. Ven, bajemos-

Karen asintió con la cabeza y George la arrastró hacia la salida. Casi no se sostenía en pie, pero se obligó a mantenerse erguida.

George apartó el edredón por completo, dejando al descubierto la otra foto del portarretratos para revelar un último horror. La foto en la que aparecía Karen vestida de novia había sido arrancada del marco; el acosador había escrito sobre ella un mensaje que la hizo gritar y desmayarse.


Karen había desaparecido. Albert se paseaba de un lado para otro en su habitación en el hotel de Los Ángeles. Llamó otra vez a su casa y al móvil. No obtuvo respuesta, ni había ningún mensaje de voz. Sadie había sido incapaz de localizarla, no estaba ni el Bonheur ni en el club. Jimmy sólo pudo informarle de que Karen llamó al 911 para denunciar que alguien había forzado la entrada de su casa. Al llegar allí encontraron el auto de Karen, pero ella no aparecía por ningún lado.

¿La habría secuestrado alguien? ¿Y si no había sido Peter quién dejó aquellas notas amenazadoras?

El término «sudor frío» adquirió un significado nuevo para él mientras metía sus últimas pertenencias en la maleta.

Una hora antes había llamado a Robert para que se pusiera a buscarla de inmediato. Este le llamo unos minutos después para decirle que, hasta ese momento, no había descubierto nada. Y Albert se sentía indefenso en Los Ángeles. Si a Karen le había pasado algo... Grabar el programa era importante, pero mucho menos que ella y el bebé.

La única persona con la que no había hablado y que podía saber algo de su esposa era George. Karen acudiría a él; el guardaespaldas la hacía sentirse segura. Pero ¿qué más la hacía sentir? ¿Sería capaz de acostarse con el padre biológico del bebé unas horas después de que Albert se hubiera marchado? No sabía la respuesta, pero sí que George se sentiría muy feliz si Karen volvía a calentarle la cama. Los celos que le inundaban, lo volvían loco. Era preferible pensar que había sido raptada por un loco, a la idea de imaginarla con George.

Pero las dos cosas le provocaban una opresión en el pecho.

Maldijo entre dientes. Cogió de nuevo el móvil y llamó a Robert.

-¿Algo nuevo?-

-Lo siento- dijo Robert. -He llamado a todos los hospitales. Nada-

Albert cerró los ojos e intentó controlar el pánico que le envolvía, temiendo haber perdido a Karen fuera por la causa que fuera.

-Sigue buscando, por favor. Salgo ahora mismo para el aeropuerto. Volveré a llamar a Sadie, a ver si ella consigue localizar a George. Tomaré el primer vuelo-

Después de que Robert se despidiera, colgó el teléfono y llamó a Sadie; la llamada que tanto temía. La stripper respondió de inmediato.

-He hablado con Brandy- dijo Sadie. - No sabe nada de Karen-

Albert se pellizcó el puente de la nariz luchando contra el dolor de cabeza que le provocaba la falta de sueño. Había llamado a su esposa de madrugada, y al no lograr localizarla, fue incapaz de volver a dormirse. No sería capaz de hacerlo hasta no saber qué demonios ocurría.

-¿Y se sabe algo de George?-

-Le he llamado por teléfono. No he obtenido respuesta. No me importaría pasarme por su casa... pero no sé donde vive. Sólo es amigo de Karen-

«¿Amigo?»

Albert apenas logró contener un gruñido. Después de darle las gracias a la bailarina, colgó el teléfono y volvió a llamar a Robert desde el taxi que le llevaba al aeropuerto.

-¿Podrías localizar la dirección de un tipo llamado George Johnson? Hace poco que vive allí-

-¿El guardaespaldas de Karen? Sí. Dame un rato y te vuelvo a llamar-

Complacido de la presteza de Robert, Albert volvió a llamar a Karen. No obtuvo ninguna respuesta. Dejó un mensaje de voz a su productor, indicando que su esposa no se encontraba bien y que tendría que volver a casa.

No había mucho tráfico a las seis de la mañana. Estaba llegando al aeropuerto cuando el móvil sonó de nuevo. Se le detuvo el corazón. La esperanza se mezcló con el subidón de adrenalina. Abrió el aparato. Era Robert.

-Dime- dijo nervioso

-No hay ningún George Johnson viviendo en el centro. Al menos nadie que posea carnet de conducir. Voy a investigar en los alrededores-

A Albert se le heló la sangre en las venas.

-¿Qué quiere decir eso?-

-Que, o bien el señor Johnson no ha actualizado el carnet desde que se mudó aquí, para lo que tiene un plazo de treinta días —algo que un antiguo policía como él debería saber. - O bien...

-Lleva ahí por lo menos cuatro meses. ¿O bien que?- Albert se temía la respuesta.

-O bien… No es quien dice ser-

«¡Mierda!» Quizá era George el que estaba detrás de las amenazas desde el principio. Quizá dejarla preñada no era más que otra vuelta de tuerca más en su atípica y morbosa admiración.

Antes de subirse al avión, volvió a llamar a Karen una vez más. Nada. Albert no quería ni pensar en ello, pero... ¿cómo iba a vivir sin ella?

Aquella pregunta le rondó en la cabeza durante las cinco horas que duró el vuelo acompañada de una pena incontenible. En ese tiempo se arrepintió de la cólera, de los comentarios sarcásticos, de las discusiones y de las veces que la había hecho llorar. Volvió a re vivir aquella noche en «Las sirenas sexys», justo antes de que Peter la atacara, y se preguntó cómo demonios pudo haber sido tan imbécil. Karen se comportó como la mujer honesta que era, y él la trató con desprecio. Y todo porque le daba demasiado miedo admitir cuánto la amaba. La castigó porque le había dado miedo mantener una relación con alguien que podría llegar a hacerle elegir entre su corazón y sus sueños.

Cuando el avión aterrizó, Albert tuvo que contenerse y no apartar a todo el mundo para salir del aparato. En cuanto pisó la terminal, encendió el móvil y miró si tenía mensajes. Nada.

Fue entonces cuando se le ocurrió una cosa que le dejó lívido. Ni siquiera una vez, durante aquel largo viaje en avión, había pensado en el bebé. Todos sus pensamientos, sus miedos y oraciones habían sido para Karen.

Robert estaba acompañado de Tom, le estaban esperando junto a la cinta de recogida de equipajes. Albert sintió que le cubría un sudor frío. ¿Esta rían esperándole para decirle lo peor?

-¿Qué ha pasado?- les exigió Albert.

-No hay noticias nuevas- Robert le tendió la mano y Albert se la estrechó, estremeciéndose de alivio. Puede que Karen todavía no estuviera a salvo, pero al menos tampoco la habían encontrado muerta.

-Estamos siguiendo algunas pistas- le indicó Tom. - Debería hacerlo el sheriff, pero es idiota-

Parecía como si el hermano de Candy comenzara a sentir un poco de simpatía por él. Todo podía ser. Y respecto a lo que pensaba de Jimmy, Albert estaba totalmente de acuerdo.

-Sólo hemos venido a recogerte- Robert miró la cinta transportadora que se movía sin parar. - ¿Equipaje?-

-Es ése- le respondió. -No tenían por qué haber venido. Tengo el auto en el estacionamiento-

Robert arqueó una ceja oscura.

-¿Has dormido algo en las últimas veinticuatro horas? ¿Eres capaz de pensar en algo que no sea Karen?-

Albert le dirigió a su amigo una mirada indefensa. No, no había dormido, y tanto Tom como él lo sabían.

-Entonces llévenme a casa. Quiero ver lo que ha ocurrido-

Los dos hombres se miraron. Albert se dio cuenta de que no que rían hacerlo.

-A menos que tengas mucho aguante y que me prometas que no te enfadarás, no me parece buena idea- dijo Robert finalmente.

Lo primero, podía ser... Lo último, no. Ya estaba furioso.

-Llévenme allí. ¿Hay señales de lucha? Jimmy no me explicó nada-

-No. Por lo menos yo creo que no. Pero lo que hemos encontrado nos indica que todo es producto de una mente psicópata y pervertida-

A Albert se le detuvo el corazón.

-¿Qué ha hecho? ¿Ha dejado algo?-

Robert hizo una mueca.

-Hemos encontrado la foto de Karen vestida de novia cubierta de pintura roja. Encima había escrito «puta muerta».


En este momento odio a Karen por no llamarlo! Yyy esto queda hasta aquí, por ahora…