Capitulo 17


Esperando encontrar a Karen, a George o a alguien que supiera algo, Albert convenció a Robert para que le llevaran a «Las sirenas sexys». Era una acción desesperada, pero no podía dejar piedra sin mover.

En cuanto se detuvieron ante el vistoso letrero del edificio de la drillo, Albert observó que había un grupo de gente delante del club y gimió para sus adentros.

-¿Es Leonard? Mierda ... -Robert parecía casi tan enfadado como él.

Maldición, aquel bastardo santurrón ya le irritaba lo suficiente en circunstancias normales y ése no era el mejor día para que le vi nieran con tonterías.

-Y ha traído a la prensa con él - maldijo Albert.- ¿Qué mierda querrá?

-¿Cerrar el club de tu mujer?- dijo Robert retóricamente.

-Ojo- dijo Tom arrastrando las sílabas.- A ese tipo de cabrones orgullosos les encanta ser el centro de atención. Es como un niño en el cuerpo de un hombre al que le gustaría ser Dios al crecer.

Robert asintió con la cabeza.

-Sí, se cree el adalid de la moralidad. Imbécil...-

En cuanto aparcaron el cauto, Albert se bajó. Habría ido por la puerta trasera para evitar a Leonard, pero no tenía llave. Karen le había facilitado una de la puerta principal por si le hacía falta en al guna emergencia. Y aquello lo era.

Cuando se aproximó al club, Leonard le bloqueó el camino, con su rizado cabello blanco húmedo de sudor. Se puso delante de Albert y su papada se bamboleó cuando meneó un dedo ante la cara del chef.

-¡Deténgase! Piense en su alma inmortal antes de entrar en ese antro del diablo donde reina el pecado-

Albert tuvo que apretar los dientes y contenerse para no molerlo a golpes y dejarlo tirado en la calle.

-Entonces, piense que ahora está en la calle pero que, como dé un solo paso más, invadirá una propiedad privada y haré que le arresten- dijo Albert molesto.

Los pálidos ojos azules de Leonard ardieron de furia.

-¡Esa puta del demonio le ha conducido al pecado y a la forni cación!-

-Estamos casados, no es fornicación-

-¡Eso no es más que una patética mascarada! Una boda civil no cambia lo que ella es-

-No se atreva a hablar de mi mujer de esa manera. Es una con tribuyente de esta comunidad que jamás ha hecho nada contra usted. ¿Qué derecho tiene a insultarla?- exploto Albert.

El concejal infló su estrecho pecho.

-Todos los creyentes en Dios tenemos la misión de conducir a los demás por el camino de la rectitud-

Vomitivo. Albert no tenía tiempo que perder con imbéciles de mentes estrechas y, especialmente en ese momento, no tenía ni pizca de pa ciencia para hacerlo.

-Entonces seguro que le gustará saber que Karen ha no volverá a actuar más-

Leonard pareció revivir.

-¿Va a cerrar el club?-

-¿Ha tenido su reciente matrimonio algo que ver en la decisión de su mujer para dejar de actuar?-gritó uno de los periodistas.

La prensa... Santo Dios. ¿No se cansaban nunca aquellas sangui juelas de acosar a la gente con historias inexistentes?

No. Pero en este caso, les podía dar algo real que publicar.

-Sí. Tiene intención de volcarse más en el restaurante y cuenta con todo mi apoyo. Estamos muy ilusionados con la siguiente etapa de nuestra vida. Aunque ayer por la noche alguien forzó la entrada de nuestra casa y provocó muchos destrozos. Mi mujer se sintió ate rrada. Ahora ha desaparecido y necesito su ayuda para encontrarla-

-¿Tiene sospechas de que haya algo raro detrás de todo esto?-gritó otro periodista.

-Es una posibilidad- Cuando dijo las palabras, Albert intentó no pensar en qué haría si resultaran ciertas y algún maníaco la hubiera matado. Ahora lo único que podía hacer era conservar la compos tura y no dejarse llevar por el pánico.

La prensa hizo algunas preguntas más y Albert facilitó detalles sobre cuándo y dónde había sido vista Karen por última vez.

Satisfecho de haberle sacado partido a una mala situación, Albert se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del club. Una vez más, el concejal le bloqueó el paso.

Leonard alzó la nariz y le habló en voz baja, de tal manera que sólo Albert pudo escucharlo.

-Si alguien la ha secuestrado, no es más de lo que se merece-

Albert apretó las manos para no cerrarlas en torno al cuello de aquel asno. Pero la satisfacción que mostraba hizo pensar a Albert que Leonard podía estar detrás de todo aquello.

-Como me entere de que ha tenido algo que ver con el asalto a nuestra casa o con la desaparición de mi mujer...-

-¿Yo?- El rostro del hombre mostraba una auténtica conmo ción, pero al mismo tiempo parecía un tanto excitado.

Albert se preocupó todavía más.

-Si pensara que haciéndole daño a Karen lograría algo, sé que no vacilaría. Diría que fue en nombre de Dios o cualquier tontería por el estilo. Como descubra que es el responsable de cualquier cosa que le ocurra o la haya asustado de alguna manera, yo...

-¿Qué?- ladró Leonard con aire satisfecho.- ¿Qué me hará?- desafío.

Aquel tipejo quería que Albert le amenazara. Pero él se negó a tragar el anzuelo y no le dijo a aquel bastardo que lo descuartizaría, describiéndole cada sangriento detalle. Se negó a darle munición, en especial porque podía ser él quien retuviera a Karen.

-Me aseguraría de que le juzgaran apropiadamente y de que ca yera sobre usted todo el peso de la Ley. Y como pueda probar que ha estado involucrado en estos hechos, entonces sí que va a necesitar la ayuda de Dios-

Los periodistas les esperaban cuando salieron, y Robert llamó a uno de sus amigos para que siguiera a Leonard y averiguara si estaba re lacionado con la desaparición de Karen. Su amigo se puso manos a la obra... pero ¿quién sabía cuánto tiempo tardarían en obtener respuestas?

Albert intentó no desanimarse, pero la preocupación le corroía por dentro y le oprimía el pecho. Y ¿si no la encontraba con vida?

Poco después, Jimmy llamó para decirles que habían acabado de investigar la escena del crimen. Habían tomado todas las muestras que consideraron pertinentes para el laboratorio y Albert podía entrar en la casa cuando quisiera. Robert realizó otra llamada y se puso en contacto con un servicio de limpieza a domicilio.

Entonces, Terry llamó al móvil. Había localizado a un con tacto que podía ayudarles a encontrar a George. Se negó a dar más de talles puesto que necesitaba algún tiempo para conseguir algo.

Albert se removió inquieto en el asiento del copiloto, estaba a punto de explotar.

-Sé lo que estás sintiendo- dijo Robert en voz baja.

Albert clavó los ojos en él.

-¿Porque hace un tiempo te tiraste a mi mujer?-

En cuanto pronunció las palabras, Albert deseó poder borrarlas. Lo que hubiera habido entre ellos era una historia antigua y Robert era un buen amigo.

-No seas idiota- dijo Tom desde el asiento trasero del 4x4.- Robert está completamente enamorado de Annie-

-No pasa nada- Robert sujetó el volante con fuerza y luego se relajó.- Karen es demasiado para, casi, cualquiera-

A Albert no se le escapó ese «casi».

-No se me había ocurrido que te molestaría algo ocurrido hace tanto tiempo. Lo siento- dijo Robert.- Pero ahora estoy casado. Y, francamente, ya sabes el tipo de relaciones sexuales que me gustan-

Era un hecho sabido que Robert era un amo dominante que había convertido el bondage en un fino arte.

-Sí-

-Karen y yo no fuimos... compatibles. Supimos muy pronto que éramos mejores amigos que amantes-

Robert no podría ser más sincero, y Albert supo que tenía que sobre ponerse a cualquier cosa que Karen hubiera hecho con otros hom bres antes de que la conociera. Si hasta el propio Albert había tenido relaciones con Candy después de pasar una noche increíble con Karen. Si al guien había obrado mal, él había sido el primero.

-Gracias. Lo siento-

-Te entiendo- Robert le dirigió una sonrisa.- Yo también quiero cortarle las pelotas a cualquier hombre que mire fijamente a mi mujer. Antes me refería a que comprendía lo preocupado que estabas. Después de que dispararan a Annie, me quise morir. Sentí como si alguien me hubiera abierto un boquete en el pecho y me hu biera arrancado las vísceras-

Aquélla era una buena descripción del estado en el que se en contraba Albert en ese momento. Se pasó una mano por la cara. Eran casi las tres de la tarde y le daba terror no encontrar pistas. ¿Qué harían entonces?

Cuando llegaron a casa, Albert subió las escaleras corriendo a pesar de las advertencias de Robert. La destrucción que encontró en el dor mitorio principal le hizo ver más rojo que la pintura que cubría las paredes y el suelo. ¿Karen había visto aquello?

Recorrió la habitación lentamente y parpadeó, apenas capaz de asimilarlo. Lo de la ropa y las sábanas no tenía importancia, se re pondría con facilidad. Y el daño que habían sufrido las paredes y el suelo tampoco le preocupaba. Pero el resto... Ver la ropa interior de encaje de Karen amontonada encima de la cama, manchada con el resultado de la masturbación de algún pervertido, le llenó de pá nico. Y también habían destruido su regalo. La hermosa fotografía de Karen vestida de novia, elegante y con una misteriosa sonrisa, tenía una amenaza garabateada que se le clavó en las entrañas como una puñalada.

Quien hubiera hecho aquello, iba en serio. Y podía tener a Karen en su poder.

Albert no sabía si ese bastardo también le habría escrito el resto de notas aparecidas. No lo podía descartar, y eso le preocupó seria mente. De todas maneras, después de que Albert encontrara a su es posa, buscaría al responsable del allanamiento de su casa y, esperaba disponer de diez minutos a solas con aquel pervertido.

-No deberías de haberlo visto. Pareces a punto de vomitar y de asesinar a alguien-

-Exacto-

-Encontraremos a Karen y a este hijo de perra-

Como no confiaba en su voz, asintió con la cabeza.

Un momento después, sonó el timbre de la puerta. En sólo unos minutos, el equipo de limpieza a domicilio estaba arreglando la ha bitación con instrucciones precisas de tirar todo a la basura. Albert no quería que quedara nada que pudiera recordar a Karen aquel asalto, en el caso, claro está, de que lograra llevarla de vuelta a casa sana y salva.

-En un par de horas no quedará nada que recuerde lo sucedido- le dijo una mujer con el pelo rubio oxigenado.- Si quiere tam bién podemos pintar las paredes. Unas sábanas nuevas, una limpieza a fondo en la alfombra... y todo quedará como nuevo-

Después de enseñarle donde encontrar todo lo que necesitaban, Albert siguió a Robert escaleras abajo. Tom les esperaba, paseándose por la cocina.

-He llamado a unos cuantos amigos- dijo el hermano de Candy.- Están esbozando el perfil de este psicópata pervertido. Pero a simple vista, diría que se trata de alguien que está obsesio nado con tu mujer. Parece que la boda le ha enfurecido, ya que ha comenzado a manifestarse poco después-

¿Sería Leonard? ¿O quizá George, que sí tenía una buena razón para estar celoso?

-Puede ser el mismo tipo que antes-

Tom arqueó una ceja.

-Pero, ¿cuántos acosadores pueden andar acechándola?-

-¿Has visto alguna vez a mi mujer en el escenario?-

Tom vaciló antes de hacer una mueca.

-Tienes razón-

Dejó a un lado el pensamiento de que ése era otro hombre que había visto a su esposa desnuda y se centró en hacer algo.

-No puedo quedarme aquí sentado sin hacer nada. Tengo que agotar todas las posibilidades, y eso implica tratar de encontrar a George-

Pero ¿dónde se habría metido aquel bastardo?

En medio de aquel pensativo silencio, sonó su móvil. Era Terry.

-¿Has averiguado algo?-

-Tengo un amigo que conoce a un tipo que trabaja para la com pañía eléctrica en la ciudad. Ha hecho una búsqueda con el nombre de George Jhonson, buscando un alta entre mayo y julio. Me ha dado tres nombres y ha enviado las direcciones de estos por correo electrónico-

Gracias a Dios. Quizá estuvieran llegando a algún lado. Albert rezó para encontrar pronto a su esposa. Esperaba que sólo se hubiera asustado y acudido a la persona más cercana para sentirse a salvo. Eso podía entenderlo. Vale, lo entendía a regañadientes, pero... si sólo estaba asustada, ¿por qué no se había puesto en contacto con él?

Los tres se subieron en el 4x4 de Jack y se dirigieron a la primera dirección, que estaba a menos de dos kilóme tros de distancia. Albert se bajó del vehículo en cuando aparcaron, re corrió el camino de acceso y golpeó la puerta. Respondió una mujer morena y menuda. Después de que se identificaran, la mujer les dijo que su marido estaba en Inglaterra por negocios. Con una mirada de simpatía, les enseñó una fotografía de su marido. Definitivamente no era George.

Albert maldijo entre dientes y sintió una opresión en el estómago.

Se encaminaron a la siguiente dirección. Estaba situada en un bloque de apartamentos en el límite noroeste de la ciu dad. Otra vez, Albert golpeó una puerta con impaciencia. Un mo mento después le respondió un joven de unos veinte años. Alto, delgado y muy cansado.

Después de que les dijera con irritación que le habían despertado, pues tenía turno de noche y dormía de día, ellos se disculparon y se fueron. Albert se sentía cada vez más inquieto. Otra posibilidad per dida. Albert no quiso ni pensar que la última pista fuera también un ca llejón sin salida. De serlo, querría decir que ella había sido secuestrada, y no podía pensar en Karen asustada o lastimada por un loco pervertido. E incluso muerta.

En medio de un sombrío silencio, los tres hombres se subieron al vehículo para dirigirse al sudoeste de la ciudad, a un edificio de apartamentos de lujo. Parecía nuevo. Aparcaron junto a una piscina reluciente que parecía un oasis tropical en medio de la ciudad. Era un complejo que disponía de Spa, gimnasio y conexión inalámbrica a Internet. Definitivamente algo mucho más lujoso de lo que George podría permitirse con el sueldo de guardaespaldas.

A Albert se le encogió el corazón y, dadas las expresiones de sus caras, Robert y Tom habían llegado a la misma conclusión que él. Pero buscaron el apartamento 314 y llamaron a la puerta.

Un minuto después, tras escuchar un gruñido y una maldición, les abrieron la puerta. George. Y parecía muy sorprendido.

-¿Qué demonios estás haciendo aquí?-

-¿Sabes dónde está mi esposa?-

George arqueó una ceja y sonrió.

-Claro, sígueme-

Albert casi se desmayó de alivio.

-¿Está aquí? ¿Se encuentra bien?-

El enorme guardaespaldas le miró por encima del hombro con una expresión entre confundida e irritada.

-Por supuesto-

Albert siguió a George conteniendo la impaciencia, casi sin percibir que recorrían el apartamento —a todas luces decorado por la mano de un profesional— hasta... el dormitorio.

Al final del pasillo, Albert se quedó sin respiración y se detuvo en seco. Allí estaba Karen, dormida en la cama de ese hombre. Estaba abrazada a la almohada y llevaba una camiseta, que se le había subido hasta la cintura, un tanga y nada más. Parecía casi inconsciente.

¿Aquello era lo queparecía en realidad?

«¿Qué más va a ser, idiota?» Si ella sólo se hubiera asustado, ¿por qué no le había llamado para decirle dónde estaba y que se encon traba a salvo? ¿Por qué desvestirse y meterse en la cama de George?

Se sintió sacudido por una traición tan profunda que casi no pudo respirar. La mirada relajada y ladina de George fue como una cuchillada en el pecho. Pero durante un momento fugaz, reconoció que la infidelidad de Karen era mejor que su muerte. Aunque lleva ban casados menos de dos semanas. ¿Qué mierda iba a hacer ahora?

-Parece como si te hubiera dado un puñetazo en el estómago-

Albert le lanzó una mirada encolerizada.

-¿Acaso no lo has hecho? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Karen re gresó a casa, se la encontró destrozada y te llamó para que la pro tegieras? Por supuesto utilizaste la oportunidad para desnudarla. ¿O quizá fuiste tú mismo el que destrozó la casa y esperaste a que ella te llamara para poder volver a tirártela?-

-Hombre, no ibas a ser tú el único que lo consiguiera-

«¿Cómo aceptar que mi esposa se acuesta con otro hombre?»

George negó con la cabeza.

-Llévatela a casa, asegúrate de que descansa y desaparece de mi vista-

Las palabras de George fueron casi despectivas, como si... bueno, como si supiera que volvería a ver a Karen —que la posee ría— otra vez. Había sido tan estúpido como para sentirse atraído por ella y ahora iba a pagarlo con creces. Se había casado con ella porque estaba embarazada de ese hombre. Ahora tenía que aceptar lo que habían hecho para concebir. ¿Por qué dolía tanto?

Pero si él se había casado con Karen por el bebé, por Dios que se la llevaría a casa por ese bebé. Karen podría compartir su cuerpo con George, tenia que en contrar la manera de que no le doliera.

Albert apretó los dientes, se acercó a la cama y alzó a su dormida esposa en brazos. Ella apenas se movió.

-¿Qué carajos le has hecho?-

-Nada fuera de lo normal. Sólo está agotada-

¿Quería decir George que se la follaba a menudo hasta dejarla casi en coma? Aquel bastardo estaba tratando de cabrearle.

Albert apretó a Karen contra su pecho. No podía mentirse a sí mismo, incluso sabiendo lo que había hecho, se alegraba de que ella estuviera sana y salva.

-Mantente alejado de mi mujer-

-Tú la dejas sola, así que alguien tiene que encargarse de las ne cesidades que tiene-

«Mentira»

Albert la había amado furiosa y desesperadamente la mañana antes de irse a Los Ángeles. ¿Cómo iba a tener ella unas necesidades tan abrumadoras como para tener que recurrir a otro hombre sólo tres días después? ¿O acaso Karen tenía sentimientos tan fuertes por George que la ausencia de Albert la hacía meterse en su cama por algo más que una necesidad?

No podía quedarse allí escuchando a George o acabaría matándole. Albert sentía que la furia burbujeaba en su interior, que amenazaba con hacerse con el control. Y a pesar de lo mucho que pudiera odiar a George, no era razón suficiente para ir a la cárcel por su culpa.

Y si Karen se había acostado voluntariamente con él tan poco tiempo después de su boda,

ella tampoco valía la pena.

-Vete a la mierda-

Robert y Tom se apartaron rápidamente para dejarle paso. Luego le siguieron y abandonaron el apartamento de George. Albert estrechó a Karen contra su pecho, evitando a propósito las miradas compasivas de sus amigos cuando se subió al asiento trasero del 4x4.

Mientras acomodaba a Karen en su regazo, Albert se preguntó qué iba a hacer con ella ahora que la había encontrado.


Karen se despertó con un profundo dolor de cabeza. Parecía que las extremidades le pesaban como si fueran de plomo. Notaba la boca pastosa y no era capaz de hilvanar dos pensamientos.

Abrió los ojos poco a poco, aturdida al encontrarse en una habi tación a oscuras. Su habitación.

Se puso alerta de inmediato. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cuándo? Santo Dios, debían ser... ¿Las cinco y media? ¿Las seis de la tarde? Si había sido George el que la había llevado allí, sabía de sobra que tenía que estar en el Bonheur hacía horas. Gimiendo, rodó sobre sí misma para mirar el despertador.

Pero se tropezó con Albert, que estaba sentado en el borde de la cama, rígido y silencioso. Si una simple mirada no le hubiera dicho ya que pasaba algo horriblemente malo, la expresión de su cara sí lo habría hecho.

-¿Albert?- Karen intentó incorporarse y se dio cuenta de que llevaba puesta una camiseta de george.

De hecho, ahora que miraba a su alrededor, todo estaba distinto. La última vez que había estado en esa habitación, estaba patas arriba. Ahora había sábanas limpias en la cama, olía un poco a pintura y es taba ordenada.

-¿Q-qué ha pasado?-

Él parecía sombrío, y ella tuvo la impresión de que estaba inten tando controlar la furia.

-Creo que soy yo quien debe hacer esa pregunta. Alguien irrumpió en nuestro hogar y no me llamaste. Te pusiste en contacto con el 911 y con George para desaparecer después durante casi doce horas. Pero no te dignaste a decirme si estabas viva o no. Ni res pondiste a mis llamadas-

-No sabes el miedo que pasé y... debí de dejarme el móvil en el auto de...

-Supongo que todo este tiempo has estado con él- No era una pregunta, sino un dardo bien dirigido.

A Karen se le puso un nudo en la garganta cuando se dio cuenta de lo que aquello debía parecerle a Albert.

-Sí. Pero...

-Y, ¿en todas esas horas no se te ocurrió llamarme para decirme que el psicópata que entró en casa no te había secuestrado? Oh, vaya...- se burló de manera sarcástica y corrosiva.- ¿Estabas de masiado ocupada con tu amante, para decirle a tu marido dónde mierda es tabas y que seguías viva? Tuve que despertar a Robert a una hora impía, dejé plantado el rodaje para subirme a un avión y atravesar medio país. Le dije a la prensa que habías desaparecido. Y ¿dónde te en cuentro? ¡En la cama de George!- Albert se puso en pie, con los puños y los dientes apretados- ¡Maldita seas!-

Karen cerró los ojos. Albert había llegado a unas conclusiones precipitadas y erróneas. Debía haberla encontrado en el aparta mento de George. En su cama. Se estremeció.

Pero ¿por qué no era capaz de meterse en esa dura cabeza que a pesar de su profesión, jamás lo dejaría?

-No es lo que piensas. Déjame explicarte- le imploró- Yo...

-¿Qué pasa? ¿No puedes pasar sin su pene dentro tuyo?-

-¡No!- grito sorprendida.- Albert...

-¿Estás enamorada de él?-

Karen palideció.

-¡No!-

-Entonces, ¿sólo querías un polvo rápido y ponerme los cuernos?-

¿Cómo podía pensar eso ni por un segundo? Probablemente eran la cólera y el miedo residual lo que hablaban, pero...

Karen respiró hondo un par de veces. ¿No habían tenido ya esa conversación —o una muy parecida— antes de que Albert se fuera la primera vez y ella descubriera que estaba embarazada? Sí. Él la había acusado de ser la amante de George, de haberse acostado con él. Pero ¿es que Albert no se daba cuenta de que le amaba a él? Vale, puede que nunca le hubiera dicho las palabras, pero Santo Dios, se había entre gado a él en todos los aspectos, le había dejado entrar en su vida, en su casa. Su semilla crecía en su vientre. La ilusionaba saber que siem pre tendría una parte de Albert. Y él seguía considerándola una furcia.

No podía vivir así.

Se alejó de él rodando hacia el otro lado, se sentó en el borde de la cama y se levantó. Se acercó a la puerta.

Albert le lanzó una mirada airada.

-¿Adonde crees vas?-

Maldita sea, quería estrangular a ese hombre por romperle el co razón.

-Que te jodan-

Cuando traspasaba la puerta, él la cogió por los brazos y la arras tró de vuelta a la cama.

-Oh, es a ti a quién voy a joder. Por completo, juegas conmigo a tu antojo y la mitad de las veces no sé ni cómo me llamo. Soy como un drogadicto y tú eres mi droga. ¿Y sabes lo más irónico? Que si ahora mismo te quitases esa camiseta de otro hombre con la que cubres tu precioso cuerpo, caería estúpidamente de rodillas ante ti y agradecería la posibilidad de follarte una vez más-

Cada palabra era como un martillazo. Albert sentía algo muy pro fundo, pero temía confiar en ella. Por lo que ella era. Si le dijera en ese momento que le amaba, ¿la abrazaría y le diría que él también la amaba? ¿O se limitaría a reírse en su cara?

A Karen le daba demasiado miedo saberlo.

Los ojos le picaron por las lágrimas, parpadeó para ha cerlas desaparecer, negándose a llorar otra vez por ese hombre.

-No, lo más irónico es que tú te has casado conmigo pensando lo peor de mí. Que no me dejas contarte lo que ha sucedido. Y ahora ya no importa. Accedí a casarme contigo porque pensé que sentías algo por mí por el bebé. Dios mío, qué estúpida soy. Seguro que piensas que el bebé es de George-

Albert le lanzó una mirada furiosa y angustiada.

-¿Lo es?-

Sólo dos palabras, y ella sintió como si le hubiera dado un puñe tazo en el estómago.

Lo suyo no funcionaría nunca. Karen siempre había pensado que no veía el mundo de color rosa, pero era lo que había hecho cuando decidió casarse con Albert. Y el precio a pagar era su corazón.

Se zafó de él.

-Como te he dicho antes, que te jodan-

Corrió hacia la puerta del dormitorio y salió al pasillo. Antes de llegar a las escaleras, Albert la cogió desde atrás y la giró contra su pecho. Le apretó las nalgas con la ancha y caliente palma de su mano. La piel de Karen comenzó a arder y le bajaron escalofríos por las piernas. ¿Por qué incluso cuando la enfurecía y la insultaba, su cuerpo seguía respondiendo a él?

-Ya que me lo pides tan dulcemente... -gruñó él, apretando los dientes.

Antes de que ella pudiera asimilar la certeza de que la iba a des nudar, la dejó caer sobre el colchón y le arrancó la camiseta del cuerpo. Ahora lo único que la separaba de él y de su fiera lujuria era un tanga de encaje.

Como había hecho siempre, también se lo arrancó. La prenda cayó al suelo.

-¿Quieres joderme?- la provocó. -Soy todo tuyo-

Albert había perdido el control. Y ella sabía lo que ocurriría des pués. Pero si se quedaba, tenían que hablar, no tirar sin control. Le debía convencer de que el bebé era suyo, no de George. Sin embargo, la mirada exigente de Albert decía que no iban a hablar, la iba a follar de todas las maneras posibles, más apasionadamente que nunca. Y sus entrañas comenzaron a arder. Una jadeante necesidad de tocarle amenazó con consumirla.

-No quiero hacerlo ahora- dijo ella, con la voz tan temblorosa como su cuerpo.

Albert la ignoró. Le deslizó su mano por el vientre hasta rozar el duro clítoris. Karen se tensó e intentó apartarle la mano. Pero no era rival para la determinación de Albert.

Le hundió los dedos profundamente en ella.

-Viendo lo mojada estás- murmuró él.- sólo puedo pensar que mientes-

Maldita sea, Albert conocía su cuerpo demasiado bien. Se inclino sobre ella y capturó un pezón con la boca mientras la llenaba con los dedos. Las sensaciones burbu jearon de inmediato y, en contra de su buen juicio, Karen se arqueó hacia él. No debería, pero... se trataba de Albert.

-Tenemos… que… hablar- Cada palabra sonaba a suplica.

Albert no la escuchó.

Lamió la rotunda curva de su pecho, y luego le pellizcó con los dientes la erguida punta.

-Después de que te corras para mí y recuerdes lo ardiente que es todo entre nosotros-

Como si lo olvidara en algún momento. Antes de que Karen pu diera protestar, él sumergió los dedos más profundamente, bus cando su punto G. A los pocos segundos, Albert comenzó a frotarlo sin piedad. «Oh, Dios... ¡Sí!» Aferrándose de una manera desespe rada a la camisa de Albert, gimió.

-Así... Siénteme. Quieres sentirlo otra vez, ¿verdad?-

No debería. Deberían hablar. Pero maldita sea, Albert la abrumaba, la hacía inflamarse por completo, y le amaba de masiado para decirle que no.

-Sí...

Albert le frotó de nuevo el punto G, a la vez que le acariciaba el clítoris.

-¿A quién deseas ahora?-

-A ti. Siempre a ti- Se retorció en aquella prisión de sudor húmedo, jadeando, suplicándole más, arqueando las caderas mientras una paulatina necesidad crecía entre sus piernas.

¿Cómo conseguía hacer eso? ¿Cómo podía llevarla con tal rapi dez al límite entre la razón y la cordura?

Él se movió sobre la cama y se inclinó sobre ella. La anticipación de Karen creció todavía más al sentir el cálido aliento de Albert sobre sus pliegues mojados e hinchados.

«Sí, por favor. Ahora. Ya...»

-¿Sólo yo?- le exigió él.

-Sólo tú-

Los ojos de Albert indicaban que la cólera pugnaba con la lujuria y la posesión con una intensidad que la hizo contener el aliento.

-Demuéstramelo-

Él succionó su clítoris con una voracidad increíble, colocando sushombros —todosu cuerpo en realidad—entre los muslos de Karen. El placer que sintió con el primer lametazo fue diferente a todo lo que ella había sentido antes. La cruel lengua de Albert la hizo perderse en el placer mientras la sondeaba con aquellos dedos largos y elegantes. La llevó una y otra vez al borde del orgasmo mientras le azotaba el clítoris con la lengua. Luego lo tomó con la boca y suc cionó.

Karen se arqueó, se aferró a las sábanas y gritó llena de éxtasis antes de que la explosión hiciera que su cuerpo estallara en mil pe dazos.

Santo Dios, sólo Albert podía conseguir eso.

Mientras ella todavía se estremecía, él le separó los pliegues con los pulgares y le introdujo la lengua profundamente. Karen contuvo el aliento y abrió más las piernas. Albert sabía exactamente cómo con seguir que le deseara otra vez.

Él sujetó de nuevo el clítoris entre los labios y sopló, lanzándola hacia otro orgasmo que no debería ser posible y, sin embargo, era inminente. La subida fue ahora más rápida, más pronunciada, más tortuosa.

Karen estaba empapada, los fluidos goteaban por sus muslos. Estaba tan excitada que sentía los pezones erectos y los pliegues hinchados. Pero esta vez, Albert la mantuvo al borde del abismo, a un latido del orgasmo. Ella se arqueó y retorció, intentando que la boca de Albert la enviara directamente al éxtasis del placer, pero él la apretó contra la cama poniéndole una mano en la cadera.

-Yo diré cuando-

Ella se tensó ante aquellas palabras. Lo necesitaba —le necesitaba a él— ahora.

-¿Qué me estás haciendo?-

-Me estoy asegurando de que sepas que tu cuerpo me pertenece a mí y sólo a mí- Un determinado destello brillaba en sus ojos oscuros.

Ella no era propiedad de un hombre ni tampoco era su juguete. Pero... aquél deseo la atormentaba. Se había convertido en una fluida tortura en su vientre cuando él sumergió los dedos otra vez en su vagina. Karen emitió un chillido y él comenzó a juguetear con la lengua sobre el clítoris. Ese hombre quería que ella perdiera el juicio. Y estaba a punto de tener éxito.

Cuando reemplazó los dedos por el pulgar e introdujo el empapado índice en su ano, ella cerró los puños en su pelo y gimió.

-Eres jodidamente sexy- Albert siguió bombeando con sus dedos simultáneamente. Una salvaje sensación la abrasó y cada cé lula de su cuerpo clamó por el clímax.

Él le succionó el clítoris otra vez, ahora estaba más duro que la última vez, y se puso todavía más duro cuando la llenó con los dedos. Y era... Oh, Santo Dios, un placer enloquecedor que ame nazaba con hacerla explotar. ¿Dónde había quedado ahora toda su determinación? ¿Y su intención de resistirse a él hasta que hablaran? Pero lo que rugía en su interior era una tormenta perfecta, un deseo cada vez más salvaje aunque lleno de cólera, miedo, amor y necesidad. Se convirtió en un remolino insondable y absorbente. Cada toque de Albert hacía que ella crepitara como un relámpago. Es taba envuelta en una oleada de éxtasis puro y candente. Karen abrió los ojos de repente y los clavó en la mirada autoritaria de Albert. Hom bros anchos, manos insistentes y ojos dominantes.

«Mía», decía esa mirada.

«Tuya», respondía el alma de Karen.

Las compuertas del placer se abrieron de golpe con una inunda ción torrencial. El éxtasis la ahogó, cubriéndola de tal manera que apenas podía respirar. Vio puntos negros ante los ojos. Gritó con los muslos tensos y el vientre palpitante. El éxtasis que Albert le hizo alcanzar fue brillante e interminable. Y no le dejaba duda alguna de que él la poseía.

Maldito fuera.

Y en cuanto él la dejó y se apartó de ella, Karen se dio cuenta de que aquello había sido totalmente unilateral. Él se puso en pie y se quitó la camisa, y ella supo que en la mente de Albert aquello no iba a cambiar.

Ahora que el deseo no la apremiaba, supo que él había esquivado la conversación y que trataba de controlarla utilizando el sexo.

«Que le den»

Ella agarró la sábana y se envolvió en ella.

-Detente. No vamos a seguir con esto ahora. Tenemos mucho que hablar, y prefiero que me maten a permitir que me acuses de acostarme con George y, al momento siguiente, contigo-

-¿Quieres rechazarme después de que te haya encontrado en la cama de otro hombre?-le espetó él, poniéndose a horcajadas sobre ella y haciéndola tumbarse sobre la cama.- Ni hablar-

Entonces, él cogió la camiseta de George e hizo tiras con la tela. Le rodeó las muñecas con ellas y se las anudó con fuerza.

¿Qué diablos estaba haciendo Albert? Estaba... ¡No!

-¡Albert! Suéltame- El terror inundó sus venas impulsado por una inyección de adrenalina. -¡Suéltame!-

-Vas a quedarte aquí conmigo hasta que recuerdes con quien estás casada. Será entonces cuando hablemos hasta que toda la fea verdad salga a la luz-

Con el ceño fruncido, le subió la muñeca al cabecero y cogió los extremos de la cinta de algodón, anudándolos a un barrote.

Albert tenía intención de atarla. Qué Dios la ayudara. «¡Oh, Dios mío!»

-¡Albert! No lo hagas...- El helado pánico que la atacó la hizo contorsionarse y corcovear debajo de él. Pero no se movió.- ¡Por favor, no lo hagas!-

Él ignoró sus palabras. El cuerpo masculino era un ancla que la inmovilizaba sobre el colchón cuando cogió la otra muñeca y ató la tela que la envolvía al cabecero. Karen luchó, pero él era cien veces más fuerte que ella.

Karen comenzó a sudar. Un gélido terror le revolvió el estómago y pensó que iba a vomitar. Cuando él le aseguró la otra muñeca, inmovilizándole los brazos, un ramalazo de terror puro atravesó su cuerpo.

Se movió agitadamente y gritó sin parar.

-Albert, ¡por favor! No hagas esto. No lo hagas-

Ella intentó contener los sollozos y permanecer calmada, pero cada segundo que seguía inmóvil y a merced de Albert, aumentaba su terror.

-¿Qué no haga qué? ¿Qué no me asegure de que te quedas aquí el tiempo suficiente para ser honesta conmigo? No voy a permitirte que pases el día con tu amante mientras yo estoy casi enfermo de preocupación, y que luego me digas «que te jodan». No dejaré que me niegues ese hermoso cuerpo que me vuelve loco de deseo noche y día-

-¡George no es mi amante! Nunca lo ha sido. Sé que no me crees, pero por favor...- Ese hecho, junto con el miedo que sentía, había aplastado sus defensas y agrietado su corazón. -Sólo suéltame. Desátame... -sollozó.

-¿Para que vuelvas con él? No-

Karen se obligó a levantar la mirada a la cara de Albert y se quedó paralizada cuando vio que la furia apenas contenida y una desolada determinación tensaban sus rasgos angulosos.

-No podemos seguir así. Suéltame. Por favor-

Albert fue inconmovible a sus súplicas. La miraba de tal manera que le hacía arder la cara, luego él deslizó la mirada por sus pechos hasta su abdomen. Cuando volvió a mirarla a la cara, la cólera po sesiva que asomaba en sus ojos la hizo estremecerse de temor.

-No puedo- Albert le rodeó las muñecas con los dedos y se in clinó sobre ella. - Eres mi mujer, maldita sea. Y eso va a significar algo para ti-

¿Qué? ¿Que la podía obligar a mantener relaciones sexuales cuando se le antojara?

-¡Albert, no!-

Karen no pudo decir nada más cuando él le cubrió la boca, le introdujo la lengua entre los labios y se los devoró. Se saboreó a sí misma en el beso. Estaba lleno de furia y desesperación; la deseaba. Y temió que no aceptara un no por respuesta.

Albert le apretó más las muñecas, haciéndole daño al profundizar el beso.

Las defensas que ella había acumulado durante meses y años para bloquear sus peores recuerdos fueron cayendo una tras otra. Volvía a tener quince años y era demasiado confiada. Demasiado inocente para entender que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Karen se estremeció y luchó contra él, haciendo todo lo que podía para librarse del peso masculino que la sofocaba y lastimaba. La agonía llegaría en cualquier momento, lo sabía. Santo Dios, ¿po dría sobrevivir a algo tan horrible otra vez?

Un pánico helado la atravesó hasta los huesos y mordió el labio de Albert. Él se apartó, llevándose la mano a la boca.

-¡No! No lo hagas. Por favor, Dios mío, no me hagas esto. No puedo...- Entonces, contra su voluntad, Karen comenzó a llorar. - No me hagas daño-

Las súplicas de la joven atravesaron la furia de Albert. Él se apartó de ella al instante; cualquier rastro de lujuria había desaparecido de su cara. Había sido reemplazada por preocupación.

-¿Te he hecho daño, cielo?-

Las lágrimas le resbalaban por las mejillas cuando se volvió hacia un lado todo lo que le permitieron las ataduras, y se llevó las piernas al pecho.

-Por favor, suéltame-

Ni siquiera había terminado la súplica cuando Albert ya estaba sol tando los nudos. Y ella estaba libre.

Lanzándole una mirada repleta de acusaciones y dolor, Karen corrió al cuarto de baño.

-¡Karen!- gritó él, con la voz llena de preocupación.

Ella no respondió, escuchó el aterrador sonido de los pasos de Albert siguiéndola y corrió más deprisa.

Cuando por fin alcanzó el cuarto de baño, dio un portazo para impedirle la entrada y cerró la puerta con llave. A salvo... por el momento. ¿Qué haría si él no se iba?

Se apoyó contra la madera fría y jadeó, el pasado brilló intermi tentemente en su mente, recordándole el horror y el dolor. Pero ahora era otra época, otro hombre. ¿Le hubiera hecho daño Albert en realidad?

Quizá había reaccionado con demasiada intensidad. Sin lugar a dudas Albert conocía ahora su más profunda debilidad. Y si Albert no se había dado cuenta ya, lo haría en cuanto viera lo destrozada que es taba.

Karen se dejó resbalar por la puerta hasta el suelo. Entonces, se cubrió la cara con las manos y sollozó.


Me ha tomado una eternidad terminar esto, pero espero hacerlo dentro de poco… No se espanten, voy a sacar las historias que están inconclusas justamente con el fin de terminarlos