Capitulo 19


No debía de haber oído correctamente.

-¿Qué secreto?-

-El que te preocupa. Sé que te guardas algo-

¿Cómo sabía ella que él guardaba un secreto?

Albert negó con la cabeza. La sinceridad de aquel momento era tanta, que Albert tenía las palabras en la punta de la lengua. Pero se calló. En primer lugar, Karen ya había pasado por demasiadas cosas ese día y, después de haber sufrido tanta angustia, sería mejor dejar para otro momento las inevitables discusiones sobre la ascendencia del bebé. Y, en segundo lugar, ¿qué conseguiría diciéndole a Karen que era imposible que ese bebé fuera suyo excepto acabar los dos hechos pedazos?

En lo más profundo de su corazón se preguntó si existía alguna remota posibilidad de que ese bebé fuera suyo. Ella seguía jurando que no se había acostado con George. Albert comprendía ahora a su mujer mejor que antes. Karen no mentía. ¿Y si lo que parecía una ridícula probabilidad se había cumplido?

Él no podría saber la respuesta a esa pregunta a menos que fuera al médico y se sometiera a otra humillante serie de exámenes. Pero por ella y por su matrimonio, estaba dispuesto a hacerlo. Aunque no se atrevía a esperar que ese milagro, que deseaba con desesperación, se hubiera producido. No quería llevarse otra decepción. Tenía que haber otra explicación para ese embarazo. Quizá Peter sí la había violado y Karen había bloqueado el traumático hecho. Quizá sus recuerdos de los acontecimientos se habían visto alterados por las contusiones...

Pero hasta tener las respuestas, debía evitar aquel peligroso tema. Le diría pronto la verdad, en cuanto estuviera más fuerte. Cuando le pudiera decir que no le importaba que fuera la semilla de otro hombre la que había arraigado en su vientre, cuando no quisiera arrancarle la cabeza a aquel bastardo.

Pero hoy no era ese día.

-Nuestras vidas han sufrido muchos cambios, cariño. Ninguno de los dos había previsto que nos casaríamos ni que me vendría a vivir contigo. El programa de la tele y el Bonheur suponen mucho es trés para los dos. Estoy preocupado por tu salud y por el bebé... Si he parecido ausente, lo siento-

Karen le lanzó una mirada llena de dudas, pero lo dejó pasar.

-Sea lo que sea, estoy dispuesta a oírte-

Albert la rodeó con sus brazos.

-Estoy bien. Duerme. Estaré aquí todo el tiempo que necesites-

Tanto el lunes como el martes fueron días con mucho movimiento en «Las sirenas sexys». Las fechas cercanas a las vacaciones solían ser una auténtica locura y, con el Día de Acción de Gracias a la vuelta de la esquina y haciendo demasiado frío para estar en la calle, todos los gamberros de la ciudad parecían haber buscado cobijo bajo su techo. Vaya suerte.

-Ya se ha ido todo el mundo. He cerrado la puerta- dijo George, asomando la cabeza en su oficina.

-Gracias a Dios hemos logrado terminar la noche sin una sola pelea-

-Menos mal. ¿Me necesitas para algo más? Estoy muy cansado-

-No, vete. Tom anda por aquí, probablemente esté exami nando de manera obsesiva todas las puertas y ventanas-

George se rió.

-Albert te ha conseguido unos guardaespaldas realmente duros. Pero Robert y Terry son niños de pecho comparados con Tom. Él es un auténtico hijo de perra-

Karen lo miró sorprendida.

-Lamento que Tom haya interferido en tu rutina. Pero es que... mientras Albert está rodando en Los Ángeles, se siente más tranquilo si sabe que tengo protección extra. Y lo cierto es que yo también-

-Ya. No puedo culparle de que no quiera que sea yo quien se ocupe de ti. Yo haría lo mismo en su lugar-

Karen suavizó la expresión. George sentía algo por ella y no se mo lestaba en ocultarlo. Y a ella le remordía la conciencia no corresponderle. Era un buen hombre y se merecía una mujer que le amara con locura.

-Hasta mañana- le dijo George, cerrando la puerta.

Un momento después, Tom pareció materializarse en una es quina oscura como por arte de magia. Ella dio un brinco en la silla y se llevó la mano al pecho.

-Oh, Dios mío... Me has dado un susto de muerte. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?-

-El suficiente para decirte que ya he terminado de examinar de manera obsesiva todas las puertas y ventanas. Dos veces- Tom nunca mostraba una emoción en su cara, pero Karen creyó ver el in dicio de una sonrisa.- Me ha gustado la descripción de tu amigo George, llamarme «auténtico hijo de perra» es de lo más suave que han dicho sobre mí-

A Karen no le costó creerle.

-Es probable que tenga que quedarme aquí una hora más. Los libros contables están hechos un desastre. Lo siento. Sé que es tarde-

Él se encogió de hombros.

-No tengo prisa-

Claro, Tom se había convertido en una de sus tres sombras. Entre Terry, Robert y Tom, Karen estaba bajo vigilancia veinticuatro horas al día los siete días de la semana, al menos hasta que regresara Albert el viernes por la noche.

Él no quería dejarla sola para ir al rodaje, pero ella había insistido. Aquel programa era muy importante para su futuro. Finalmente se había mostrado dispuesto a irse si ella accedía a dejar que sus amigos la protegieran.

-Gracias por entenderlo-

Tom le dirigió una mirada inexpresiva.

-Lo cierto es que no lo hago. Si yo estuviera en el lugar de Albert, tú estarías en un refugio con doble protección. Y jamás te perdería de vista-

Ella arqueó una ceja.

-Eres un paranoico-

-Sólo soy precavido- la corrigió.

-Pues ahora mismo voy a tener que ir al baño sin que nadie me vigile- Una de las bendiciones del embarazo

-Te seguiré- Su expresión no daba pie a discusiones.

Karen suspiró y se tragó un comentario sarcástico sobre asustar a las mujeres con su conducta. Aunque era sólo una suposición, pensaba que Tom disfrutaba de las peleas verbales. Pues podía esperar sentado. Ella no estaba de humor para complacerle.

El repique de los altos tacones de Karen sobre el duro suelo de hormigón resonó en el ominoso silencio de la trastienda del club. Estaba tan acostumbrada a que la música estridente lo invadiera todo y a los gritos de los clientes, que estar allí en absoluto silencio le provocaba escalofríos.

-No es necesario que entres, desde el pasillo puedes escu charme hacer pis-

Una vez más, casi pudo ver una sonrisa en la cara de Tom.

-Ya-

Pero no llegó a sonreír. Karen compadeció a la pobre mujer que acabara liándose con él. Tom le clavaría los dientes y jamás la per dería de vista.

Puso los ojos en blanco, entró en el cubículo y cerró la chirriante puerta antes de ponerse a lo suyo.

Tenía la cabeza llena de números y recibos cuando escuchó un ruido ensordecedor. Mientras se lavaba las manos, percibió peque ños sonidos amortiguados en el pasillo.

Cerró el grifo y la voz de Tom llegó claramente a sus oídos.

-George, ¿qué...?- Otro golpe y luego una pelea.- ¡Mierda!-

Entonces se escuchó un disparo. Un enorme estruendo que hizo que a Karen comenzara a retumbarle el corazón.

Y después, silencio.

«¡Mierda!» Alguien armado se había colado en el club. Y debía de haberle disparado a Tom o, de lo contrario, el SEAL estaría lu chando para sacarla de allí.

Así que ella tendría que arreglárselas sin ayuda de nadie.

Contuvo el miedo y miró a su alrededor buscando una vía de es cape. El cuarto de baño no tenía ventanas, y si el intruso no sabía ya dónde estaba ella, no tardaría demasiado en descubrirlo. Y se había dejado el móvil encima del escritorio.

«¡Estúpida!»

-¿Dónde te has metido, mi tentadora pecadora?-

Aquella voz conocida le puso los pelos de punta y la hizo estre mecer de terror. ¿Leonard? ¿Con un arma?

-Puedes salir ya, bomboncito. Ya he dejado fuera de combate a tus hombres; no te rescatarán. A pesar de todo aún no he matado a tu gorila. Podría tener piedad de él si te muestras ante mí como la Jezabel que eres, dispuesta a pagar por tus pecados-

¿Significaba eso que no había matado a George, pero que lo haría? ¿Qué Tom sí estaba muerto? era lo más probable, o éste ya se habría encargado de Leonard.

«Oh, Santo Dios.»

Karen se mordió los labios para ahogar un grito de pánico. Había muchas posibilidades de que matara a George a pesar de todo, pero quizá ella pudiera ganar tiempo para que el guardaespaldas actuara. Ahora mismo era su única esperanza. Porque incluso, aunque la puerta no chirriara y la delatara, no podría escapar. Y Leonard podía matar a George si no se dejaba ver.

Empujó lentamente la puerta. Como era de esperar, el chirrido alertó a Leonard de su presencia. Él miró a su alrededor empu ñando el arma.

El concejal estaba junto a la puerta trasera. George estaba incons ciente, de espaldas, en el suelo. ¿Estaría ya muerto? ¿Le habría gol peado Leonard en la cabeza? ¿Le habría drogado?

A menos de un metro, Tom también estaba tendido en el suelo. Se estaba formando un charco de sangre cada vez más grande debajo de él a causa del disparo que había recibido en el hombro. La mancha roja se extendía sobre el pavimento y en la camiseta azul que cubría el ancho pecho del SEAL.

El miedo atenazó la garganta de Karen hasta casi estrangularla. Santo Dios, siempre había pensado que Leonard estaba como una cabra, pero nunca le consideró un asesino. Pero allí estaba, dispuesto a matar, y ella encabezaba la lista de víctimas.

-Ah, aquí estás. Tan provocativa como siempre. El diablo en persona ha venido a la tierra para tentar a los hombres y conducirlos al pecado. Pero debo detenerte. Me avergüenza admitir que yo mismo he agitado mi carne pensando en fornicar contigo. Ahora debo castigarte porque...-

«¡Qué asco!»

La imagen de Leonard masturbándose mientras pensaba en ella, casi la hizo vomitar. ¡Maldición! ¿Habría sido él quien forzó la puerta de su casa y eyaculó en su ropa interior?

Seguramente, pero ahora no importaba. ¿A qué distancia que daba su despacho? ¿Sería capaz de llegar hasta allí y cerrar la puerta con llave antes de que la atrapara? ¿Qué le haría a George si lo inten taba? ¿Qué le haría a ella si no lo hacía?

-Ahora-continuó él -debo detenerte antes de que arruines a más hombres piadosos y destroces sus matrimonios-

Karen dio un paso hacia el despacho meneando el trasero. Como era de prever, la mirada de Leonard siguió el movimiento de sus caderas. La joven se echó el pelo sobre el hombro y cruzó los brazos bajo el pecho, consiguiendo que sus senos se elevaran de una ma nera provocativa.

-¿Qué quieres decir?-

-Mi ayudante, Randall, ha pasado tanto tiempo aquí y te ha co diciado de una manera tan impura que su esposa ha solicitado el di vorcio. Tú le has conducido al mal camino-

Randall. ¿El que metía más billetes que nadie en el tanga de las bailarinas los sábados por la noche y el domingo asistía piadosa mente a la iglesia para arrepentirse de sus pecados?

Contoneándose, se acercó más al despacho mientras meneaba la cabeza y fruncía la boca en un mohín.

-Dios les ha dado a todos esos hombres libertad de elección-

-Tú eres una tentación que los hombres no pueden resistir. No puedo permitir que continúes haciéndoles pecar- Leonard le vantó un poco más el arma.

-¿Vas a dispararme? ¿Aquí? ¿Ahora?- Karen se deslizó una mano por el muslo, levantando la falda lo suficiente para que él vis lumbrara el liguero rojo.

Leonard se atragantó.

-¡No fornicaré contigo, ramera!-

La erección que tensaba la bragueta indicaba que sus deseos te nían ideas propias, algo que ella tenía que utilizar contra él.

Bajó un hombro, y el tirante del top se le deslizó por el brazo, de jando a la vista la tira del sujetador negro y más porción del escote. Él no tardó en clavar allí la mirada.

-Jamás te pediría que fueras contra tus principios. Ahora soy una mujer casada-

-¡Eso no es más que una charada! Apostaría mi vida a que te has acostado con el guardaespaldas y, probablemente, también con éste- Señaló a Tom.

Leonard estaba comenzando a delirar, y ella tenía que conseguir coger de una vez el maldito móvil. Tom cada vez perdía más sangre.

Karen retrocedió lentamente, acercándose cada vez más a la puerta del despacho. A cada paso, contoneaba las caderas, mostrándole un poco de piel. Aquello hacía que el psicópata la mirara de una manera lasciva, pero Karen haría eso y mucho más para sobre vivir.

-¡Estás pavoneándote ante mí!- la acusó.

-Lo único que hago es estremecerme e implorar por mi vida mientras me apuntas con una pistola-

Al instante, él negó con la cabeza.

-Este club tiene que desaparecer. Tú debes morir. Esa es la mi sión que Dios me ha encomendado. Soy uno de sus soldados-

Él iba a disparar en cualquier momento. A Karen le hubiera gus tado estar más cerca de la puerta, pero si esperaba más, quizá no tuviera la posibilidad de escapar y, por otro lado, era difícil que él acertara a un blanco en movimiento.

Detrás de Leonard, ululó el viento moviendo la puerta trasera y haciendo que golpeara contra la pared. El concejal se giró con ra pidez al oír el ruido. Karen aprovechó la distracción y comenzó a correr lo más rápido que pudo sobre sus altos tacones de aguja. Poco antes de cerrar la puerta y correr el cerrojo con la mano, oyó que Leonard gritaba.

-Dios te condenará por engañarme, ramera. Te condenará al infierno, yo soy la espada que te enviará a la eternidad-

En ese momento, él disparó a la cerradura. La manilla comenzó a moverse y hasta ella llegó el sonido de algo que tintineaba al otro lado de la puerta. ¿Habría arrancado el picaporte por su lado? Karen se acercó lentamente y examinó la cerradura. Parecía desprendida y se veía a través del boquete que había hecho la bala.

Entonces, él volvió a disparar al mismo lugar. Ella se apartó de la puerta con el corazón palpitando de una manera frenética e irre gular. Un brusco susurro inundó sus oídos, seguido de una risa dia bólica. ¿Qué demonios estaba haciendo aquel psicópata?

Antes de que ella pudiera pensar nada más, oyó los rápidos pasos de Leonard en el pasillo, y débiles sonidos de líquido cayendo.

«¿Estaba vertiendo líquido?»

¿Pero qué...?

Karen frunció el ceño y miró aterrada la puerta que les separaba. Jadeó. Escuchó de nuevo las salpicaduras, esta vez más cerca.

En ese instante un fuerte olor a gasolina le inundó las fosas na sales y los pulmones.

-Arderás en el infierno, ramera. ¡Ahora mismo!- gritó Leonard.

Sin que pasara un instante, se escuchó un siseante silbido, y co menzó el fuego. Aquel bastardo tenía intención de freírla viva.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, la joven intentó abrir el cerrojo y escapar del despacho antes de que las llamas se hi cieran más intensas. Pero la manilla no se movía, estaba atascada. ¿Cómo diantres iba a salir de allí?

Karen agarró el picaporte, pero el metal estaba demasiado ca liente, y apartó la mano bruscamente.

Intentó no dejarse llevar por el pánico. Tenía que llamar al 911. Tenía el móvil encima del escritorio. Seguro que los bomberos lle gaban a tiempo.

Pero cuando se giró para cogerlo, el teléfono no estaba allí.

Karen se despertó poco a poco, abrir los ojos era demasiado es fuerzo debido al intenso dolor que le latía en las sienes. Se encon traba en un lugar que olía a alcohol. Estaba envuelta en algo. Y la cama —que no era la suya— tenía las sábanas ásperas. Le dolían todos los músculos.

Respiró hondo y, al instante, comenzó a toser. Le ardían los pul mones como si se hubiera fumado un cartón de cajetillas en un solo día.

Abrió los ojos de golpe.

-Tranquila- susurró George, alargando el brazo para cogerle la mano.

-¿Qué...?-

Santo Dios, ¿aquel graznido era su voz?

-Estás en urgencias. Llevas aquí unas horas-

Karem frunció el ceño, intentando buscar la explicación entre sus caóticos recuerdos. Su mente era una nebulosa confusión de pánico.

-¿El bebé?- Tosió. Le ardían los pulmones.

-Está bien. El médico te examinó en cuanto llegaste. Tú tam bién estás bien. El bebé no ha sufrido daño alguno y sigue creciendo a salvo en tu vientre-

Oh, gracias a Dios. El alivio la inundó y se movió en la cama.

-¿Qué- tosió - ha ocurrido?-

-Has respirado demasiado humo. ¿Recuerdas que Leonard entró en el club?-

Entonces, todo encajó en su lugar. El club. El arma. Hunter en cima de un charco de sangre. El concejal amenazando con matarla. El fuego.

-¿Y Tom?-

-Está bien. Tom me encontró caído delante de la puerta después de que Leonard me golpeara. Cuando se arrodilló a mi lado para comprobar cómo estaba, el bastardo de Leonard le disparó desde el callejón. Le dio en el hombro. Ha perdido bastante sangre, pero los de urgencias llegaron a tiempo. Su hermana está en el pa sillo esperando para verlo-

Karen se relajó en la cama, soltando el aire que ni siquiera sabía que contenía. En ese momento la asaltó un nuevo temor.

-¿Y el club?- «Dios...»

-Ha ardido- Él negó con la cabeza con una expresión de pesar- Lo siento. Los bomberos lo intentaron...-

La angustia le inundó las venas como si un ácido corrosivo se hubiera mezclado con su sangre. El club, su refugio, el lugar donde había vencido al pasado y que le había ofrecido un puente hacia un futuro mejor, ya no existía. Y todo por culpa de las falsas creencias de un loco fanático.

Pero no, «Las sirenas sexys» no había desaparecido. Ella no lo permitiría.

-¿Tú estás bien?-

Él levantó las manos, diciéndole sin palabras que no se preocu para.

-Sólo tengo un chichón. Cuando abrí la puerta para irme, el chalado de Leonard me golpeó con la culata del arma y me dejó fuera de combate. Después de provocar el fuego, huyó por la puerta trasera. Cuando recobré el conocimiento vi que Leonard había des aparecido y que Tom estaba abriendo los ojos y evaluando la si tuación. Saqué el móvil y marqué el 911, se lo pasé a Tom en cuanto me levanté y me dirigí a tu despacho para sacarte de allí, pero ese SEAL estúpido me siguió en vez de largarse-

-Pero ¡aquello debía de ser un infierno en ese momento!- ¿Y los dos habían entrado a ayudarla?

-Las llamas llegaban del suelo al techo. Leonard había inutili zado la cerradura del despacho, pero la rompí de una patada. Jamás te habría dejado allí-

A Karen se le llenaron los ojos de lágrimas y le tendió la mano.

-Eres un gran amigo-

George le brindó una sonrisa llena de pesar.

-Eso soy yo, un gran amigo-

Karen supo que había metido la pata. George la amaba y ella odiaba no poder corresponderle. Había entregado su corazón a Albert hacía ya mucho tiempo, probablemente porque intuyó, desde el momento que le conoció, que era el tipo de hombre que cuando se enamorara no se fijaría en si una mujer era sexy o no, sino que tendría en con sideración otras cosas mucho más profundas.

¿Sería posible que Albert se hubiera enamorado de ella? Toda la preocupación, la ternura, las constantes llamadas telefónicas, la ayuda en el restaurante, las fabulosas comidas que le preparaba en casa... en fin, todo lo que su marido hacía por ella, no se podía deber sólo a que estuviera embarazada, ¿verdad?

-Algún día harás muy feliz a una chica- murmuró a George.

-Yo quería que esa chica fueras tú- El guardaespaldas apretó los dientes y una expresión de pesar atravesó su rostro.

-No, no soy yo; pero la encontrarás-

La enfermera los interrumpió en ese momento para tomar las constantes vitales de Karen. Le preguntó si quería un analgésico para el dolor. Negó con la cabeza. Lo que ella quería estaba lejos de allí.

-¿Alguien ha avisado a Albert?- No quería que él se preocupara innecesariamente, en especial después de lo mal que había llevado su «desaparición».

-Sí, lo hizo Candy. Está de camino. Lo esperamos dentro de un par de horas-

Vaya, de todas las personas que podían haber avisado a su ma rido, tenía que llamarle su antigua amante. Karen se estremeció. ¿Se habría enfadado el productor de Albert? Sólo quedaban dos días de ro daje en Los Ángeles.

-No debería venir-

George la miró boquiabierto.

-No lo dirás en serio ¿verdad? Aunque me encantaría que no lo hiciera. Al menos entonces podría intentar convencerte de que no le importas nada-

Que viniera no quería decir que lo hiciera por ella. Estaba segura de que su mayor preocupación era el bebé.

-¿Han apresado a Leonard? —cambió de tema. Si se guía hablando de Albert, lo más probable es que se pusiera a llorar a lágrima viva ante el temor de que su marido no la amara como ella le amaba a él.

George sonrió.

-La poli lo capturó unos quince minutos después de que esca para. Estaba en casa con su esposa. ¿Te puedes creer que intentó convencerles de que no había salido en toda la noche? Pero encontraron restos de gasolina en la ropa y los zapatos, y también el arma-La sonrisa de George desapareció. - Cariño, también han descubierto una puerta falsa en el panel de un armario. Detrás había una especie de altar dedicado a ti. Ese cabrón está loco perdido, tenía fantasías de convertirte en su esclava sexual. Hallaron un montón de fotografías tuyas-

La expresión de la cara de George la hizo ponerse en guardia.

-¿Fotos mías?-

Él se estremeció.

-Algunas estaban retocadas con el PhotoShop, así que aparecías sangrando bajo su látigo, arrodillada a sus pies con las manos espo sadas- Ella se quedó helada. - Tenía fotos del día que hiciste el striptease con motivo del aniversario-

-Qué cerdo-

-Había escrito en ellas la palabra puta con pintura roja-

Ella se estremeció ante la imagen que le pintaba George, y le agra deció a Dios que lo hubieran atrapado.

-Supongo que ya sabemos quién escribió las notas y quien forzó la entrada de mi casa-

Menudo cabrón.

George asintió con la cabeza.

-Eso mismo piensa la policía. Y yo. Van a acusarle de todo lo que puedan-

Ahora estaba todo en manos de la justicia. Karen se dio cuenta de lo afortunada que era. Jamás se había tomado a Leonard en serio, no le había creído capaz de hacer todas esas cosas. Haberle menospreciado podría haber tenido como resultado su muerte y la del bebé. Gracias Dios, George y Tom la habían salvado.

Y ahora que Leonard estaba entre rejas, quizá pudiera descansar por fin. Podría dejar de mirar por encima del hombro y de temer que la atacaran otra vez.

George comenzó a dar toquecitos con el pie en el suelo, y ella se dio cuenta de que estaba nervioso.

-¿Qué te pasa?-

-Tienes que saber que... en algunas fotos aparecías con Albert en el dormitorio del club. Al parecer las tomó desde la ventana del callejón-

Karen contuvo el aliento; la sorpresa la dejó helada.

-¿Estábamos...?-

-Oh, sí. La expresión de tu mirada...- George apartó la vista.- ¿Sabe Albert lo mucho que le amas?-

Karen apretó los labios. Maldita sea, George era demasiado per ceptivo. Y no es que le gustara andarse con rodeos.

-No… ¿Es tan evidente?-

Él se rió en respuesta.

-¿Que llevas escrito en la cara lo que sientes? Sí-

«Genial.» Karen suspiró.

-No sé si él siente lo mismo que yo-

-Yo tampoco lo sé. Es evidente que te quiere mucho- George encogió los hombros. - Pero no sé nada más, no soy experto en sentimientos masculinos-

-Ya, tú eres experto en corazones rotos-

Él esbozó una tímida sonrisa.

-Sí, más bien-

-Me da a mí la impresión de que, en el fondo, eres un chico muy malo-

-¿Se puede?-

Karen se volvió hacia la voz femenina que llegaba desde la puerta. Era Candy. Era una joven agradable, pero se tensó cuando vio que la chica de rubia cabellera asomaba su dulce cara ova lada. La antigua amante de Albert era pequeña y delgada, y aunque no po seía demasiadas curvas, las que tenía eran más que suficientes.

Candy era lo que Albert quería, pero se la había quedado su primo. Sí bien, en su noche de bodas, Albert le dijo que jamás había sen tido por otra mujer lo que sentía por ella ¿Quién podía asegurar que era realmente su corazón el que hablaba y no sólo una mentira piadosa para conseguir que su matrimonio funcionara?

Notó que el resentimiento que tenía contra Candy ardía a fuego lento en su interior, e intentó ocultarlo con todas sus fuerzas.

-Adelante-

Candy entró, graciosa y elegante, emanando seguridad en sí misma por cada poro de su piel.

-Mi hermano quiere que le informe de cómo estás. ¿Te encuen tras bien?-

Y además era buena persona. Probablemente sonreiría mientras hacía la mamada del siglo, mantenía el jardín impecable y había sido virgen hasta que conoció a su marido. Desde luego, sería la esposa perfecta en una reunión de padres y maestros.

Suspiró. No podía ser cruel sólo porque la inseguridad la corro yera por dentro. Candy parecía muy feliz con su marido, y jamás miraba a Albert como quien mira a un amante. Karen sabía que el problema era suyo.

-Pues muy bien. Gracias. ¿Cómo está tu hermano?-

Candy puso los ojos en blanco.

-Tan imbécil como siempre. Salió hace media hora del quiró fano, donde le extrajeron la bala, y ya quiere marcharse. Es un idiota…. Pero está bien-

-Entró para salvarme cuando podría haber dejado que me que mara, siempre le estaré agradecida-

-No estarás empezando a considerarle un santo, ¿verdad?- Candy negó con la cabeza. - Te aseguro que no lo es. Mi her mano se lanza en picado ante cualquier cosa que le dé un chute de adrenalina. ¿Un incendio? ¡Diversión a la vista!-

El sarcástico comentario hizo sonreír a Karen. Lo cierto es que podía imaginarse perfectamente que Tom considerara que un in cendio era más divertido que una fiesta.

-¡Oye, pues a mí me parece la mar de coherente!- protestó George.

-Sí, ya- le respondió Karen. - Y ya hablaremos al respecto más tarde-

La expresión del guardaespaldas decía que podía ahorrarse el es fuerzo.

Candy miró a George.

-¿Podrías dejarnos unos minutos a solas?-

Karen frunció el ceño.

¿Qué tendría que decirle Candy que George no pudiera escu char?

El guardaespaldas las miró a las dos y luego se encogió de hom bros.

-Claro. Iré a ver si encuentro al médico y le preguntaré cuándo te dará el alta-

-Gracias- murmuró ella, con la atención centrada en Candy.

La rubia entró en la habitación, ocupó la silla que George aca baba de dejar vacía y cruzó las manos en el regazo.

-Sé que no te caigo demasiado bien y que me voy a meter en donde nadie me llama, pero quería darte las gracias por todo lo que estás haciendo por Albert-

Karen vaciló, le dio vueltas a la declaración de Candy durante un rato y luego frunció el ceño.

-¿Qué estoy haciendo? No sé a qué te refieres-

-Ya sabes... Lo de casarte con él y dejar que sea el padre de tu bebé. Se quedó destrozado cuando hace unos meses nos enteramos de que no estaba embarazada. Cuando todavía estaba con Terry y conmigo. Hace años que Albert quiere tener un hijo y saber que no puede le afecta mucho. Pero ahora, al haberle dado tú la oportunidad...-

-¡¿Qué?!- ¿Albert no podía tener hijos? Aquello no tenía sentido. Por supuesto que podía, ella llevaba en su seno la prueba viviente. Pero la expresión de Candy proclamaba que consideraba cierta cada palabra que había salido de su boca. -Eso no es cierto-

Candy arqueó las cejas y le dirigió una mirada llena de com prensión.

-No es necesario que disimules conmigo. Albert sabe desde hace casi veinte años que no puede tener hijos, aunque ha buscado otras alternativas. Por eso estaba con Terry y conmigo. Ya sabes que no me amaba. Esperaba que nosotros tres... Bueno, esperaba que Terry me dejara embarazada y poder ser él el padre-

Karen parpadeó. Y parpadeó otra vez. Contuvo la respiración. ¿Había sido por eso por lo que había mantenido una relación a tres bandas? ¿Albert pensaba de verdad que era estéril? Oh, Santo Dios... Si lo que Candy le estaba diciendo era cierto —¿y por qué iba a mentir?— quería decir que Albert estaba seguro de que el hijo que ella esperaba no era suyo.

Karen sintió náuseas, y se puso protectoramente la mano sobre el vientre.

-Este bebé es de Albert. No tengo por qué...-

-Está bien- Candy sonrió. - Albert me contó lo agradecido que estaba de que hubieras recurrido a él en vez de a George. Estoy segura de que hubiera sido más fácil casarse con el padre del bebé, pero Albert lo necesitaba más-

-¿Albert te dijo eso?- repitió con frialdad. ¿Le había dicho a Candy que no podía tener hijos, pero no se lo había dicho a su es posa embarazada?

Sintió una dolorosa opresión en el pecho. La sensación de trai ción le desgarraba el corazón. Qué dolor. ¿Cómo podía Albert haberla engañado de esa manera? ¿Cómo había podido mantener en secreto algo tan importante? Karen sabía desde que se casaron que él le ocultaba algo pero, incluso cuando ella le había preguntado directamente, él se había negado a compartirlo con ella. ¡Maldito fuera! ¿Cómo pudo casarse con ella pensando que el bebé era de otro hombre y seguirle la corriente de una manera tan magistral? ¿Cómo podía ella habérselo creído?

Dios, se iba a poner mala.

Candy asintió con la cabeza.

-No sabes lo contentos que estamos por los dos. Jamás he visto a Albert tan feliz. Me sentí culpable cuando Terry y yo decidimos ca sarnos y formar nuestra propia familia. Me alegro muchísimo de que haya encontrado contigo lo que necesita. Albert es un amigo ma ravilloso y será el mejor padre del mundo. No tengo ninguna duda-

«Cierto.» De repente, Karen tuvo muchas dudas. La primera era si ella le importaría realmente. Le había abierto su corazón, le había contado los recuerdos más dolorosos de su vida, le había entregado todo lo que podía entregar. Y él se lo había pagado con mentiras.

Estaba a punto de llorar y parpadeó para contener las lágrimas. No lo haría hasta que Candy se hubiera ido. No hasta que pudiera desahogarse a solas.

Joshua y su madre le habían demostrado que no podía confiar en nadie, que no se podía querer a nadie. La ternura de Albert, su ardiente manera de hacer el amor, sus celos y su vena protectora... no eran más que tonterías. Mentiras para que ella siguiera a su lado. Maldito cabrón.

En ese momento, llamó el médico a la puerta con George pisándole los talones.

-Me parece que debo irme- Candy se levantó de la silla. - Buena suerte. Llámame si necesitas cualquier cosa. Podemos inter cambiar vivencias sobre el embarazo-

La mujer se fue con una risita. Como si no acabara de dejar caer un enorme obús que hubiera agitado la vida de Karen hasta los ci mientos.

Sabía que Albert se había casado con ella por el niño. Lo que no sabía era que él pensaba que el bebé era de George... o de cualquier otro hombre. Ahora tenía sentido la reacción que había tenido cuando le dijo que estaba embarazada.

«¿Estás aquí porque... es mío?»

Había escuchado su tono de incredulidad y no lo había compren dido. Sin embargo ahora se daba cuenta de que lo único que hizo fue reafirmar, sin querer, su opinión de que ella era una mujerzuela que se acostaba con cualquiera. Algo que, sin duda, él debía seguir creyendo.

«Es el mejor regalo de cumpleaños que haya recibido nunca. Pero no quiero que me llames cuando nazca el bebé. Me gustaría involu crarme más en la vida de este niño. Quiero estar presente cuando dé el primer paso...»

Karen soltó un bufido. Ahora todo tenía sentido. Si él creía que no podía tener hijos y no le importaba hacerse cargo del de otro hombre, entonces el precio a pagar, incluso aunque tuviera que fin gir que sentía algo por su esposa, era el matrimonio.

Sintió una nueva oleada de náuseas. Desde el principio se había casado con ella por el bebé y fingió sentir algo para que compartiera el niño con él. Cada palabra, cada caricia, había sido mentira. ¿Y todos esos celos? Quizá los fingió para hacerla creer que le impor taba. O tal vez no quería que nadie tocara a la mujer que llevaba su apellido ni que se pusiera en peligro la vida de un niño que ya con sideraba suyo.

Habían abusado de Karen de muchas maneras, pero jamás se ha bían aprovechado de su vientre. De alguna manera, se sentía todavía peor que cuando la habían violado.


Y por eso y más odio a la Candida :P