Capitulo 20
Cuando Albert llegó se estaba poniendo el sol.
Detuvo el 4x4 bruscamente en el camino de acceso y, en cuanto aparcó el vehículo, se bajó, corrió hacia la puerta y la abrió. Tenía que ver a Karen y asegurarse de que estaba bien. Cuando Candy le llamó por teléfono, se le detuvo el corazón para luego ponérsele a palpitar a toda velocidad. ¿Leonard había estado a punto de matarla?
Por fin habían capturado a aquel psicópata aco sador. Siempre le había dado la impresión de que al concejal le faltaba un tornillo, pero jamás hubiera sospechado que el divorcio de uno de sus seguidores le afectaría hasta el punto de incitarle a come ter homicidio.
Pero Karen estaba bien. Y Albert necesitaba asegurarse de que es taba sana y salva. Abrazarla. Decirle que la amaba.
En el vestíbulo se tropezó con un obstáculo inesperado y apenas pudo evitar caerse. Bajó la vista. Eran sus maletas. Estaban todas allí.
«¿Qué quería decir eso?»
Todo su mundo se tambaleó. Una sensación helada le envolvió mientras sorteaba el equipaje y subía la escalera a toda velocidad.
-¿Karen?-
No obtuvo respuesta.
Corrió por el pasillo en penumbra y se detuvo en el umbral del dormitorio principal. Ella estaba sentada en la cama, con el pelo suelto. Albert se fijó en que no llevaba la alianza. Cubierta por una enorme camiseta gris, tenía la mirada clavada en la ventana de su derecha. Parecía a un millón de kilómetros de distancia. No, parecía derrotada.
A Albert se le puso la piel de gallina. Karen era una luchadora. Había sobrevivido a traumas que habrían aplastado a cualquier otra persona y había resurgido de las cenizas más fuerte que antes. La mujer que miraba por la ventana... no parecía ella.
-¿Cariño?-
-Eres un hombre muy listo, Albert- dijo ella sin mirarle.- No quiero discutir contigo. Limítate a recoger tus cosas y vete-
A Albert se le encogió el estómago. Se quedó sin respiración. Se había sentido muy alarmado al oír que ella se había quedado atrapada por las llamas y que si no hubiera sido por George y Tom, habría muerto en el incendio. Pero ¿por qué le echaba de casa? ¿Le estaba diciendo realmente que habían terminado?
-No sé qué es lo que te ha parecido tan mal, pero podemos solucionarlo, cariño. Lamento no haber estado aquí para protegerte. He vuelto para estar contigo, para asegurarme de que te encontrabas bien... ¿Qué ha sucedido para que hayas empaquetado todas mis cosas y...?-
-No quiero discutir contigo- le corto.
Albert cruzó la habitación y se acercó a la cama, sentándose en el borde, a su lado. Ella seguía mirando por la ventana. La frustración de Albert iba en aumento, pero la contuvo centrando la atención en ella mientras le cogía la mano. La tenía fría.
-Pues ya somos dos. Pero podemos resolver las cosas sin discutir. Dime qué es lo que sucede, hablemos sobre ello. Si estás enfadada porque no estaba aquí cuando ese bastardo de Leonard te atacó, créeme, nadie lo lamenta más que yo-
Ella negó con la cabeza. Entonces, finalmente, apartó la vista de la ventana y la bajó a su regazo.
-Tenías que trabajar y estabas haciéndolo. Ya habíamos hablado antes de que debías irte a Los Ángeles para cumplir el contrato-
La voz de Karen era plana y sin inflexión. Cuando la luz del sol se reflejó en sus mejillas, Albert vio huellas indudables de lágrimas secas. Se le oprimió el corazón. Al mirarla atentamente, le resultó evidente que ella tenía los ojos rojos y la nariz hinchada, señal in equívoca de que había llorado mucho. Parecía como si Karen se hubiera quedado sin emociones. Aquella certeza le hizo jadear.
Conteniendo el miedo, le apretó la mano.
-Ahora mismo no estoy preocupado por mis compromisos laborales, sino por mi mujer-
Karen apretó los ojos y negó con la cabeza.
-Estás preocupado por el bebé-
-Por supuesto- ¿Qué tenía eso de malo?
Por fin, ella le miró. La furia y la determinación que vio allí, le dejaron aturdido. Comenzó a palpitarle el corazón. ¿Qué habría ocu rrido después del ataque? ¿La habría convencido George para que le dejara?
-Por lo menos eres sincero. Por fin- se burló ella.
Por un lado, Albert se alegraba de que Karen mostrara alguna emoción. Por otro... El miedo le añadió una nueva perspectiva a su pre ocupación. Sólo se le ocurría una cosa en la que no había sido sincero con ella.
«Oh, Dios mío, por favor, no.»
-¿Qué quieres decir?- Se forzó a decir las palabras y notó en ellas la agitación que sentía.
-Lo que digo es que sabía que estarías preocupado por el bebé, pero nunca hubiera supuesto que era lo único que te preocupaba. Siempre te mostraste tan atento y solícito- Negó con la cabeza, burlándose.- Soy una condenada estúpida. Siempre confío en los hombres que no debo-
¿Eran imaginaciones suyas o acababa de incluirle en la misma categoría que Joshua?
Maldita sea, eso sí que le revolvía el estómago.
-Karen...-
-Debería haber insistido para que me contaras tus verdaderas razones para casarte conmigo- El tono de Karen era un látigo contra su alma; oírla casi le mataba.- Siempre supe que te declaraste por el bebé, aunque en lo más profundo de mi ser esperaba que yo también te importara algo. Lo que jamás me hubiera imaginado es que te casaste conmigo creyendo que el bebé no era tuyo-
Albert cerró los ojos mientras su mundo explotaba. Alguien le había contado a Karen su secreto, su vergüenza. Alguien le había facilitado aquella información y le había dejado sacar las peores conclusiones. Ya que sólo dos personas conocían esa información, y Terry era una tumba, sabía exactamente quién había hablado con ella.
Candy, con quien aclararía las cosas más tarde. Ahora tenía que hacerlo con Karen, tenía que hacerle comprender la verdadera razón para casarse —y seguir casado— con ella. Y esa razón no era otra que la propia Karen, no el bebé.
-Siento no haberte hablado sobre mi... situación. El hecho de que el bebé no pueda ser mío, no cambia nada. Me importas tú tanto como el niño-
Por fin, ella le miró. Sus ojos escupían fuego.
-¿De verdad vas a intentar convencerme de eso? ¿De que nuestro matrimonio significa algo para ti?-
Albert la agarró por los hombros y le sostuvo la mirada.
-Tú siempre has significado algo para mí, incluso antes de ca sarnos. Por eso me sentí tan contento y aliviado el día que apareciste en el centro comercial. Estaba dispuesto a ponerme de rodillas y decirte lo que fuera sólo para poder hablar contigo. Estaba más colgado por ti de lo que jamás pensé que podría estar-
Ella puso los ojos en blanco.
-¡No sigas! ¡Sé honesto por una vez! Yo fui la respuesta a tu problema de fertilidad. Fue entonces cuando te colgaste por mí. Una mujer con la que te gustaba follar se quedaba conveniente mente embarazada. ¡Aleluya! Y aunque el bebé no fuera tuyo, su pongo que ése es un detalle sin importancia para ti, ¿por qué no fingir adoración por ella y convencerla para que se casara contigo?- Cada palabra rezumaba desprecio.- ¿Por qué no convertirte en su marido bajo falsas premisas y alentarla a que te entregara su alma? A fin de cuentas, ella tiene un vientre fértil-
Todas las acusaciones de Karen cayeron sobre Albert como una losa. Para solucionar todo eso tenía que responderle con rapidez. Estaba claro que le había hecho mucho más daño del que había su puesto. Se sentía usada. Y ésa jamás había sido su intención. Maldición.
-Eso no es cierto. Lamento no haberte hablado sobre mi este rilidad. En este momento lo siento más de lo que puedes imaginar. Sí, puede que hayas llegado como caída del cielo para solucionar mi problema, pero significas para mí mucho más- La acercó a él, deseando hacerle comprender.- Te eché mucho de menos cuando estuvimos separados. Al estar apartado de ti tuve la impresión de que me faltaba una parte de mí mismo, noté como si me hubieran arrancado el corazón. Desearía más que nada en el mundo que este bebé fuera mío, pero... las posibilidades están en mi contra-
-Muy bien, Sherlock, entonces, ¿de quién carajos es el bebé? ¿De George?-
Sería fácil mentirle... y seguir agraviándola.
-Eso pensé al principio. Sé lo que él siente por ti y te toca como si tuviera derecho a hacerlo, como si ya lo hubiera hecho más de mil veces. Pero me has dicho que no se han acostado y te conozco lo suficiente para saber que no mientes-
-Desearía poder confiar en ti de la misma manera- le escupió ella.- Entonces, cuando nos casamos, tú pensabas que George era el afortunado donante de esperma. Ya que ahora tienes tan claro que no es cierto, machote, dime ¿piensas que me prostituí? ¿Qué me acosté con alguno de los clientes del club?-
Albert le encerró la cara entre las manos.
-Claro que no. Quizá Peter te llegó a violar y no lo recuerdas...-
-Lo recuerdo todo perfectamente. No me penetró. Este bebé es tuyo-
-Quizá el ataque te supuso un trauma o...- sugirió Albert.
Karen se zafó de sus manos.
-No me supuso ningún trauma. Si todavía puedo recordar el olor de las sábanas de mi casa y que tenía a mi osito de peluche junto a la cara mientras Joshua me violaba, arrebatándome la virginidad, creo que puedo recordar perfectamente si Peter me penetró o no-
«Santo Dios.»
Albert luchó contra el deseo de estrecharla con fuerza contra su cuerpo. El estómago le dio un vuelco ante esas palabras. Parecía absolutamente segura de que Peter no la había violado, lo que quería decir que... ¿Sería posible que él se las hubiera arreglado para dejarla embarazada?
-¿O qué?- le presionó ella.
-O... el médico se equivocó al hablarme sobre mi problema-
-Vaya, que alguien le dé un premio a este hombre- Se levantó de la cama y se alejó de él.
Albert cogió a Karen y tiró de ella, sentándola en su regazo. Ella luchó y se retorció para liberarse, pero él la sujetó con firmeza aun que sin apretarla. Quería que le escuchara, no asustarla.
-Dios mío, deseo más que nada en el mundo que mi médico se haya equivocado. Me gustaría saber que la vida que crece en tu interior la hemos creado juntos. Pero compréndelo, después de tantos años sabiendo que es imposible, es difícil considerar siquiera la posibilidad-
La cólera de Karen se transformó en una mueca de resignación.
-Sí, eso lo comprendo. Si un médico te dice que algo es imposible, le crees. Yo también lo haría. No te culpo por eso-
Gracias a Dios.
«Quizá pudieran aclarar todo aquel entuerto de una vez por todas.»
Pero entonces, ella se zafó de él y atravesó la estancia con los puños y los dientes apretados.
-¡Lo que no puedo soportar es que me mintieras!-
La actitud de Karen gritaba «no te acerques» y él se mantuvo alejado. Intentar acercarse a ella sólo sería contraproducente, y él quería que ella apartara la cólera. Definitivamente merecía poder desahogarse. Y él se estaba cuestionando ahora todas las decisiones que había tomado hasta ese momento. No haberle dicho toda la verdad a Karen ¿había sido por mantener la paz o por mera cobardía?
-Sólo puedo decirte esto, cuando me dijiste que estabas embarazada, los desee tanto, a ti y al bebé, tanto que no tengo palabras para explicártelo. Cada célula de mi cuerpo me gritaba que te hiciera mía para siempre. Pensé que la verdad sólo serviría para alejarnos- Y la verdad nos va a alejar.
Ella negó con la cabeza, con la cara tensa. Parecía a punto de llorar, y Albert odió haber sido él quién hubiera puesto esa mirada en su cara
-Cuando nos casamos, para mí era suficiente que fueras el padre de mi hijo. Creí que te amaba lo suficiente por los dos y, que algún día, quizá también tú podrías llegar a amarme-
¿Ella le amaba? El júbilo que sintió murió con rapidez, estrangu lado por el miedo. Karen había hablado en pasado.
-No tienes que esperar, cariño. Yo te amo. Yo...-
-Qué conveniente decirlo ahora. ¿Crees de verdad que esas pa labras mejorarán algo las cosas?-
Albert intentó tragar saliva pero tenía la boca seca por el temor.
-No, y no es por eso por lo que las digo ahora. Sé que me lle vará tiempo demostrártelo. Pero es la verdad y es un alivio poderte confesar al fin mis sentimientos-
Karen le dio la espalda.
-¿Cómo puedo creerte?-
Él no tenía respuesta para ello, salvo decirle que confiara en él. Confianza... Lo único que no había entre ellos.
-Por favor... Te lo juro. Estoy diciendo la verdad-
-¿Igual que cuando me hiciste creer que pensabas que el bebé era tuyo?- Ella se rió.- Son sólo palabras y no significan nada-
-¡Eso no es cierto! Para mí lo significan todo- Luc se pasó la mano por el pelo. ¿Cómo convencerla de que sus sentimientos eran profundos y eternos?.- Nos casamos porque estabas embarazada. Todavía estás embarazada, y yo sigo queriendo ser marido y padre. Puede que esto comenzara siendo un matrimonio de conveniencia, pero nos enamoramos. Te amo, cariño. Esto es demasiado bueno para tirarlo por la borda. Tenemos que intentar arreglar este malentendido, incluso aunque nos lleve algún tiempo-
-No es un malentendido. Es una mentira. No puedes usar esa palabra para ponerle una tirita al hecho de que al parecer sientes tan poco respeto por mí que supusiste de inmediato que el bebé era de otro hombre. Me ocultaste información importante, me sedujiste haciéndome creer que te importaba...-
-¡Me importas, maldita sea! ¿No me has oído? Te-a-mo. Jamás supe lo que significaban esas palabras hasta que te conocí-
Karen le lanzó una mirada llena de incredulidad.
-Me amas tanto que nunca me dijiste la verdad, que nunca te has molestado en obtener una segunda opinión para saber si es realmente cierto que no puedes tener hijos, por si acaso el médico se había equivocado...-
-Lo cierto es que tengo una cita el viernes para que me hagan todos los análisis necesarios en una clínica de Los Ángeles. No sabes cómo espero que esta segunda opinión sea diferente y que el bebé sea mío-
-Te dirán lo que yo ya sé. Que puedes tener hijos. No tengo duda de que serás un buen padre, y jamás impediré que veas al niño. Es tan tuyo como mío y deseo que te conozca. Pero no quiero tener más relación contigo. Para nosotros dos, todos estos repentinos «te quiero» tuyos llegan demasiado tarde. Adiós, Albert-
El día después de Acción de Gracias, Albert miraba a través de la ventana de su casa en Chicago, era un día gris. Se notaba entumecido, le era imposible sentir nada más que un enorme vacío en su interior. Un vacío que sólo podía llenar su esposa.
Y Karen no hablaba con él. Le rehuía.
Había abandonado su casa después de aquella discusión para darle tiempo y espacio. En las doce horas siguientes, ella se había apresurado a cambiar las cerraduras, tanto de la casa como del restaurante, así como los números de teléfono del móvil y de casa. A la noche siguiente Albert había esperado en el atestado aparcamiento del Bonheur, como si fuera un maldito acosador, a que ella saliera para irse a casa y poder tener así unos minutos a solas con ella para poder explicarle de nuevo lo mucho que lo lamentaba todo y que la amaba.
George la había acompañado al coche, y la rodeó con el brazo protectoramente en cuanto lo vieron junto al vehículo. El guardaespaldas le había apartado de un empujón, dando tiempo para que Karen escapara. Cuando se quedaron solos, Albert no aguantó más y des ahogó la frustración acumulada con aquel idiota, pero no pudo intercambiar ni una palabra con su esposa.
La noche siguiente, Karen le había llamado desde el restaurante para repetirle que la dejara en paz. Antes de que él pudiera decirle lo mucho que la amaba, ella colgó el teléfono.
Aquello había ocurrido ocho días antes. A principios de semana tuvo que regresar a Los Ángeles para terminar el rodaje. No quería ni imaginar la mierda de programas que se habrían rodado, Albert se mostró ausente todo el rato y sin duda tendrían que volver a grabar algunas partes.
Y el día anterior, era probable que les hubiera estropeado a Terry y a Candy la celebración de Acción de Gracias. Su primo y su es posa tenían mucho que agradecer y habían invitado a la familia de Candy. Albert intentó pasar desapercibido, pero Tom le había lanzado continuas miradas reprobadoras con las que le llamaba a las claras «jodido estúpido».
-¿Sabes algo de Karen? —preguntó Candy acercándose a él con una actitud tan contrita que Albert no pudo seguir enfadado con ella. La joven sólo había asumido que, ya que Karen era su esposa, él había sido sincero con ella sobre su problemática «condición».
-No-
-L-lo siento...-
-Lo sé- Albert no tenía fuerzas para oírla disculparse otra vez. Lo único que conseguiría era recordar lo irremediablemente mal que estaban las cosas. Se apretó las palmas de las manos contra los ojos.- ¿Por qué no aprendí la primera vez? Además de mi primo, Terry es mi mejor amigo. Y también a él le oculté la verdad. Casi nos distanciamos por eso. Y a pesar de todo seguí sin aprender la lección. Deseaba tanto que Karen y el bebé fueran míos...- sus piró- que me olvidé de los principios morales-
-Tú pensabas que ella te mentía sobre el padre del bebé, ¿ver dad?-
-Sí, fue la razón que me di a mi mismo para justificar mi engaño. Pero maldita sea, como dice el refrán, dos mentiras no hacen una verdad-
-Cierto- Candy suspiró.- ¿Qué vas a hacer? Jamás te había visto tan infeliz-
-¿Sabes?, debería estar entusiasmado por cómo me están yendo algunas cosas. Cuando comencé los contactos para hacer un pro grama de cocina en televisión hace un año, éste era mi sueño. Ahora es toda una realidad... La meta por la que he trabajado, uno de mis objetivos cuando me quedaba hasta las tantas repitiendo el mismo plato una y otra vez hasta conseguir que me saliera perfecto. Una de las razones por las que reduje los actos promocionales de mis libros de cocina. Quería tener la oportunidad de llegar a más gente y compartir con ella el amor que siento por la cocina-
-Estoy segura de que los programas serán geniales. Encandilarás a los espectadores con tu personalidad. Lo sé-
Él encogió los hombros.
-Quizá. La cuestión es que me importa un bledo-
Candy le apretó la mano.
-Sólo estás preocupado por Karen. Dios mío, si hubiera sabido que...-
-No te eches la culpa por algo que provoqué yo mismo. Si le hubiera dicho la verdad cuando nos casamos, ahora no estaríamos en esta situación-
-Sé que estás muy dolido, pero tienes muchas cosas que agradecer. Volverás a interesarte por los programas en cuanto soluciones las cosas con Karen. Tus amigos y tu familia te apoyamos, tienes una gran casa y mucho talento. Estás sano...-
«Sano.» Albert se rió con ironía. Estaba más que sano.
-El doctor Kimjin me llamó esta mañana-
Terry entró en la estancia y se puso detrás de la silla de su esposa, colocándole una mano en el hombro.
-¿Es el médico que te examinó la semana pasada en L.A.?-
Albert asintió con la cabeza. Las palabras del hombre todavía resonaban en su mente.
-¿Qué te ha dicho?-
-Repitiendo sus palabras, no es imposible que haya fecundado a Karen. Lo definió como improbable, pero no imposible. Al parecer, durante los últimos nueve años, mi organismo fue respondiendo poco a poco al tratamiento al que me sometí, por lo que mi recuento espermático ha crecido lo suficiente como para que las probabilidades de tener hijos se hayan multiplicado. Aun así, estaba muy sorprendido de que hubiera ocurrido, pero me confirmó algo que yo ya sabía: es totalmente posible que el bebé de Karen sea mío. De hecho, estoy seguro de que lo es-
-¡Es genial!- dijo Terry entusiasmado.
-El doctor Kimjin me dijo que el otro médico debería haberme explicado que esto podía llegar a ocurrir, y que al no hacerlo me había causado muchos perjuicios-
-¿No te lo dijo?- le preguntó su primo.
-No. Ojalá hubiera pedido una segunda opinión antes-
-Pero ahora ya lo sabes- dijo Candy con suavidad.- ¿Se lo vas a decir a Karen?-
Albert se rió.
-¿Cómo? Ha cambiado los cerrojos y los números de teléfono. Ni siquiera responde al correo electrónico. No quiere verme ni hablar conmigo- Después de haber confiado en su hermanastro cuando era una adolescente, con tan horribles resultados, no le sor prendía que no quisiera tener nada que ver con alguien a quien consideraba un traidor.
-Pero la amas- intervino Candy.
Sí, la amaba. Tanto que sabía que jamás se sentiría completo sin ella. Pero los sentimientos que él podía tener no cambiaban la situa ción.
Justo entonces, sonó el timbre de la puerta y Candy dio un brinco.
-Ya voy yo-
Mientras Candy se ausentaba, Terry lo miró fijamente.
-Debes intentar hablar con ella. Cuanto más tiempo te man tengas alejado, más fácil será que Karen se convenza de que no te importa nada-
Albert se levantó con rapidez.
-¿Y qué demonios puedo hacer? La última vez que lo intenté me sentí como un puto acosador. Y ni siquiera conseguí hablar con ella-
Terry se pasó la mano por la nuca.
-¿Le has enviado flores?-
¿Igual que la primera noche que pasaron juntos —aquélla que debían haber compartido con Terry—, cuando le envió unas flores con una educada notita?
-Para ella eso no sería un gesto romántico. Además, le dije que la amo. No sé si duda que sea verdad o si sólo cree que quiero más al bebé que a ella-
-¿Y es cierto?- Terry arqueó las cejas cuando Albert negó bruscamente con la cabeza.
-Durante estos últimos años he sentido que mi vida no estaba completa y, al no encontrar una explicación lógica, supuse que era porque quería ser padre, lo único que no podría lograr. Después de la llamada del doctor Kimjin, me intrigaba no sentirme más feliz. Me he pasado media vida pensando que ser padre me haría sentir completo, que llenaría el vacío que siento en mi interior, y resulta que no es así. Está en la naturaleza humana querer lo que no se puede tener-
-Enterarte de que sí podías hizo que te dieras cuenta de que lo que quieres en realidad es alguien con quien compartir tu vida- No era una pregunta, Terry lo sabía.
-Sí. ¿Cómo he podido ser tan estúpido? Ser padre será genial y siempre querré a este bebé con todo mi corazón. Pero amaré a su madre hasta el día de mi muerte y me destroza no poder acercarme a ella e intentar convencerla de que para mí, ella lo es todo. Ella es lo que busco desde hace años sin saberlo-
-Albert, tienes que venir a la puerta- dijo Candy con suavidad, mordisqueándose los labios.- He intentado convencerles de que estás ocupado, pero... insisten en hablar contigo-
-¿Periodistas?-
Ella no le sostuvo la mirada.
-No-
Alarmado, Albert se apresuró a salir de la cocina. El trayecto hasta la entrada se le hizo eterno y le dio miedo pensar en lo que le esperaba al final. Si eso fuera una simple entrega, Candy se habría encargado de todo. Por Dios, si ni siquiera le había sostenido la mirada.
Se dirigió a la entrada. Le dio la impresión de estar moviéndose a cámara lenta, a pesar de que su corazón galopaba a toda velocidad. Por fin, llegó ante la puerta y la abrió, encontrándose al otro lado a un hombre trajeado y bien afeitado de cuarenta y tantos años. El hombre mostraba una expresión entre seria y sombría.
Albert tragó saliva.
-¿Es usted Albert Andrew?- preguntó el individuo.
Incapaz de hablar, Albert asintió con la cabeza.
-Tengo unos documentos para usted. Por favor, firme aquí- Le puso un portapapeles delante de las narices.
«Documentos.» Aquello no auguraba nada bueno. Temía saber de qué tratarían aquellos papeles, no quería firmar nada.
Negando con la cabeza, Albert dio un paso atrás.
-¿Qué clase de documentos son?-
-Desconozco esa información, señor. Mi trabajo consiste en entregarlos a la persona a la que van dirigidos-
-No...- Albert no quería saber qué contenía aquel enorme sobre blanco que el hombre sostenía debajo del codo.
-Señor, tiene que aceptar la entrega-
Albert apenas podía respirar. El corazón le palpitaba de una manera irregular. Negó con la cabeza.
Terry se acercó desde atrás y le dio una palmada en el hombro.
-Firma ya, Albert. Ya nos ocuparemos después de resolver el asunto que contenga ese sobre. Te lo prometo-
¿Por qué Terry le hacía una promesa imposible de mantener? Albert no pensaba que su primo pudiera «resolver» nada de aquello.
-Señor, por favor- El hombre le tendió de nuevo el portapapeles.
-No pasa nada- le susurró Terry al oído.
Sí, claro que pasaba; pero sin querer afrontar los hechos, tampoco conseguiría nada. Maldita sea.
Con dedos temblorosos, cogió el portapapeles y el bolígrafo.
-Firme aquí- señaló el hombre.
A Albert se le paralizó el corazón mientras lo hacía y cogía el sobre blanco. Sabía que su vida se acababa de ir a la mierda.
Oyó que Terry mascullaba algo educado y que cerraba la puerta.
Su primo le agarró por el codo y le empujó.
-Vamos a la cocina a sentarnos-
Albert observó con aturdimiento que estaba de rodillas. Literal mente.
Se levantó y Terry le ayudó a llegar hasta una silla. La esquina del sobre le cortó la palma de la mano y sintió como si por la herida se le envenenara la sangre. La compasión que observó en la cara de Candy fue como una puñalada en el pecho. Todos sabían qué contenía el sobre. Albert cerró los ojos mientras el dolor se hacía más intenso.
Finalmente se hundió en la silla. Terry se sentó a su lado.
-Ábrelo-
-No- Ver el contenido le dolería demasiado.
-El sobre puede contener cualquier cosa. Algo sobre el pro grama-
Albert negó con la cabeza.
-Tienes que abrirlo de todas maneras- La voz grave de Terry resonó en su mente.
-¿Tú lo abrirías si estuvieras en mi situación? Si supieras que ese sobre contiene el final de tu matrimonio y de tu futura felicidad, ¿lo abrirías?-
Terry le lanzó una mirada a su esposa. En la cara de su primo brillaba un intenso amor, y a Albert casi le angustió ver lo felices que eran. Quería lo mejor para ellos, pero se preguntó por qué, si Terry había conseguido hacerle entender a Candy lo mucho que la amaba y compartir la vida con ella, él no era capaz de hacerlo con Karen. Quería tener lo mismo que ellos.
-Lo más probable es que me ventilara antes una botella de Jack Daniel's, pero me enfrentaría a la realidad. Y el Albert que yo conozco, también lo haría-
-Mierda...- Albert respiró hondo y cogió el sobre
Con el temor apretándole el corazón, Albert introdujo los dedos por debajo del sello del sobre y lo abrió. Le tembló la mano cuando retiró del interior un grueso fajo de documentos. Clavó los ojos en las palabras allí escritas y sintió como si le clavaran un puñal en el pecho.
Todas sus esperanzas de felicidad se esfumaron.
-¿Qué es?- susurró Candy.
Albert tragó saliva, y su voz fue ronca y áspera cuando leyó:
-Petición de anulación matrimonial-
Pobre bebe… ya estamos en la recta final
