Capitulo 21
Karen entró en casa con un suspiro de cansancio. Echó un vistazo al reloj sin mirarse el desnudo dedo anular ni pensar en lo que eso significaba. Era casi la una de la madrugada, Albert ya debía de haber recibido los documentos. Había deseado y esperado que él hubiera llamado esa noche al Bonheur exigiéndole que hablara con él, pero no fue así. O que la hubiera estado esperando en el camino de entrada a su casa cuando llegó, pero no estaba. Se mordisqueó la uña y se preguntó qué querría decir. ¿Significaría que él estaba de acuerdo en poner un punto y final legal a su matrimonio como si nunca hubiera tenido lugar?
Esperaba algo así. Bueno, eso era lo que tenía que querer. Albert la había engañado; ella jamás le había importado como él le importaba a ella. Vale, a pesar de no amarla, Albert la había hecho sentirse especial, pero no tenía manera de saber si toda aquella ternura había sido puro cuento o no. No quería confiar de nuevo en él. Despertarse de pronto un día y darse cuenta, demasiado tarde, de que había puesto toda su fe en alguien que estaba destrozando su mundo y rompiéndole el corazón.
Alguien como…
Hablarle a Albert de su pasado resultó ser una especie de catarsis. A pesar de lo difícil que fue, Karen creyó a pies juntillas que ese hecho les había unido más. Sin embargo, puesto que se había equivocado, estaba determinada a ponerle fin a todo. Si no lo hacía, acabaría por esperar algo imposible y eso sí que sería un error de dimensiones catastróficas.
Por mucho que le doliera, era mejor así. O lo sería algún día. Ahora se trataba de seguir respirando, de poner un pie delante del otro y caminar aunque resultara una agonía. Karen no comía bien, y lo poco que se obligaba a ingerir era por el bien del bebé. Y dormir... simplemente no podía hacerlo sin tener a su lado el cuerpo cálido y protector de Albert. Karen sabía que era como una vela consumiéndose por los dos extremos, por un lado trataba de sacar adelante el restaurante y, por otro, negociaba con el seguro y los contratistas para reconstruir «Las sirenas sexys». Y además, intentaba olvidar a Albert. Pero la vida que crecía en su interior era un constante recordatorio de su marido. E incluso, si no existiera el bebé, dudaba que pudiera llegar a olvidarle algún día.
Después de cerrar la puerta principal, Karen encendió la lámpara más cercana y comenzó a subir la escalera lentamente. Los tacones repicaron sobre el suelo de madera del oscuro pasillo camino del dormitorio.
En ese momento, recordó que no había sonado la alarma cuando entró en casa. ¿Se habría olvidado de activarla por la mañana? Y la puerta del dormitorio estaba cerrada. Karen frunció el ceño. No dormir ni comer bien debía de estarle afectando. Le habían comentado que, durante el embarazo, algunas mujeres se vuelven muy olvidadizas.
Aun así, ella jamás cerraba esa puerta. Siempre quería ver qué le esperaba dentro de la habitación antes de entrar. Una consecuencia de lo que le ocurrió con Joshua.
¿Sería posible que Albert le estuviera esperando al otro lado de la puerta? ¿Querría sorprenderla para derribar sus defensas?
La posibilidad la llenó de ansiedad. Se suponía que ella quería poner fin al matrimonio, pero mentiría si dijera que no le había añorado cada vez que respiraba. No imaginaba cómo podría haber entrado en la casa. Después de todo, había cambiado las cerraduras. No obstante, era amigo de Robert y pariente de Terry, y esos dos podrían entrar en Fort Knox o en la Casa Blanca si les diera la gana.
Karen suspiró y, con un nudo en el estómago, empujó la puerta, esperando ver que Albert había decorado la habitación como una suite para una luna de miel.
Pero no. Sólo vio unas cuerdas en los cuatro postes de la cama con esposas para las muñecas y los tobillos. Contuvo el aliento presa de las náuseas.
Karen parpadeó, jadeando llena de horror, clavó los ojos en la escena. ¿Qué demonios...? Albert sabía mejor que nadie que ella no soportaba el bondaqe. ¿Por qué haría eso? ¿Para probar que ella podía confiar en él? Si quería que se reconciliaran, amenazar con atarla a la cama no era la mejor manera de persuadirla para que le diera a su matrimonio otra oportunidad.
Sintió que la furia la embargaba. ¿Dónde se había metido aquel hijo de perra? ¿En el cuarto de baño? ¿En el armario quizá? ¿Se habría escondido porque sabía que ella no estaría dispuesta a eso?
Cuando se giró hacia el cuarto de baño, casi vomitó al ver quién la estaba esperando.
No era Albert el que estaba apoyado contra la pared, sin chaqueta, con la corbata suelta y una afectada sonrisa en la cara.
Albert detuvo el coche delante de la casa que había compartido con Karen. Aparcó. Se quedó mirando el edificio. Había luz en la salita; ella ya estaba en casa. Maldición. ¿Le abriría la puerta a esas horas de la noche?
Durante el largo viaje, no había dejado de preguntarse lo mismo una y otra vez, como si sus pensamientos fueran un bucle sin fin que le llevaran siempre a la misma conclusión: tenía que hablar con ella e intentar arreglar las cosas. No renunciaría a Karen sin luchar. Tenía que encontrar la manera de convencerla de que la amaba y de que jamás volvería a traicionarla.
Armado con todas esas convicciones, apagó el motor y se enfrentó a la tranquila y fría noche de noviembre. Cuando se acercó a la puerta, le sudaban las palmas de las manos.
Un grito lleno de terror rompió el silencio de la noche. El sonido le puso la piel de gallina. No era un programa de la tele. Era real, humano y muy familiar.
«¡Karen!»
Corrió hacia la puerta, agarró el picaporte y lo movió. Pero es taba cerrada con llave.
-¡Mierda!- ¿Las ventanas? ¿La otra puerta? Sabía que todo estaría cerrado. Robert había dotado la casa con unas medidas de seguridad a prueba de bombas. Lo que le hizo preguntarse quién y cómo habría entrado. Ya pensaría en eso más tarde. No podía preocuparse ahora por esos detalles sin importancia.
Tenía que encontrar la manera de entrar y decidir qué hacer rápidamente o Karen podría morir.
Llamar al 911 era la elección lógica... Pero Jimmy no hacía bien su trabajo y no contaba con medios para entrar en la vivienda. Lo más sensato sería llamar a George.
Sacó el móvil y marcó el número del guardaespaldas, agradeciendo haber copiado el número del móvil de Karen después de que ella hubiera «desaparecido».
George respondió a instante.
-¿Qué pasa?
-Es Karen. Alguien ha entrado en su casa. La he oído gritar, pero no puedo entrar porque cambió las cerraduras.
-No me vengas con cuentos estúpidos para intentar acceder a ella.
-¡Es la verdad Idiota!- Entonces Karen volvió a gritar, muy fuerte.
-¡Demonios!- maldijo cambiando de actitud. - Estoy a más de diez minutos. Vas a tener que entrar tú e intentar hacer algo hasta que yo llegue. Te indicaré cómo.
-¿Cómo? -Estaban perdiendo el tiempo. Cada segundo que pasaba, Karen corría un peligro mortal.
-Rodea el garaje hasta el lateral de la casa. En el patio hay una puerta de entrada al garaje. A la derecha de la puerta, hay un arbusto de acebo. Detrás hay una lata medio enterrada en la tierra.
Albert rodeó la casa lo más rápidamente que pudo. Ahora estaba justo debajo de la ventana de Karen. La oyó gritar otra vez y el so nido le retorció las entrañas de terror. ¿Por qué no podía romper una de esas jodidas ventanas y entrar? No podía perderle, maldita sea, la necesitaba en su vida.
-¡Está demasiado oscuro para ver nada!.
Lleno de frustración regresó corriendo al coche y cogió la linterna de emergencia. Y de paso, por si las moscas, la pistola semiautomática que llevaba en la guantera, que se metió en la cinturilla del pantalón, en la espalda...
Los segundos que le llevó llegar de nuevo a la puerta lateral se le hicieron eternos, pero localizó la lata con rapidez y metió la llave en la cerradura.
-Ya estoy en el garaje.
El aire olía a polvo y a hierba. Albert no se atrevió a encender la luz, pero conocía muy bien el lugar.
-Entra y cierra la puerta por si el asaltante no está solo. No hay necesidad de que nadie sepa que estás ahí. La podrían matar antes de que tengas la oportunidad de salvarla.
-Cierto- Hizo lo que George le ordenó.
Rodeó el cortacésped y el pequeño descapotable de Karen y se dirigió sigilosamente a la puerta que daba acceso a la vivienda.
-Estoy ante la puerta de entrada a la casa.
-No vas a poder acceder por ahí. Está cerrada y no sé donde puede esconder Karen la llave. Si la abres y la alarma está conectada, se pondrá a sonar y alertará al intruso. Tienes que entrar por el desván.
-Ahora voy- Albert se subió al coche de Karen y tiró de la cuerda que bajaba la escalerilla de mano. Subió, iluminando el recorrido con la linterna.
Una vez dentro del desván, se encontró rodeado de cajas con adornos de Navidad y libros contables pulcramente ordenados; no había nada más salvo espacio vacío. El miedo y la impaciencia hicieron mella en él.
-Veo dos puertas muy pequeñas. ¿Dan al alero de la vivienda?
-Efectivamente. Nunca pensé que ayudarla a poner los cables serviría de algo- intentó bromear George, aunque el comentario rezumaba tensión.
-La primera parece llevar al tejadillo que hay sobre la salita.
-Exacto. Vete por la otra. Una vez en el alero, síguelo hasta el final. Por ahí podrás acceder al pasillo que lleva a su dormitorio.
-Creo que ya sé adónde va a dar- Albert ya se había fijado en esa puerta.
Atravesó la puerta y rodeó la casa a gatas por el alero.
-Me llevará unos minutos. Está resbaladizo y es muy estrecho, pero por lo menos tendré de mi parte el factor sorpresa.
Aunque cada segundo que tardaba hacía que Albert se angustiara más, estaba de acuerdo en que ése era el mejor plan para entrar.
-¿Tienes idea de quién ha entrado?- preguntó George.
-No.
-Peter ha sido extraditado a Florida. Al parecer tenía allí pendiente una acusación por asalto. Leonard ha salido bajo fianza.
-¿Crees que podría ser tan idiota?
-Desde luego, tenaz sí que es. Y no está bien de la azotea.
Albert no podía estar más de acuerdo.
George suspiró.
-Hay algo que no debería decirte, pero puede que aclare algo las cosas. Supongo que habrás sospechado más de una vez que no soy guardaespaldas profesional.
-Sí- Albert se sintió alarmado. ¿Qué demonios quería decir ese hombre?
-Sabes que soy de California, de donde procede Karen.
«¡Maldición!» A Albert no le gustaba el rumbo que estaba tomando todo eso.
-¿Adonde quieres ir a parar?
-Trabajé de agente en la brigada anti-vicio de Los Ángeles, aun que ahora soy investigador privado. A finales de junio me contrató un tipo rico para que encontrara a Karen. Me dio una foto de ella con quince años y la información de una posible localidad. El tipo me dijo que era su hermana perdida.
Albert se quedó helado.
-Joshua.
-El mismo.
-¿Por qué no has dicho nada antes? ¿Por qué no se lo has dicho a ella?
-¿Para qué me echara de su vida? No, gracias. Pensé que era mejor tenerlo todo bajo control.
-¿Crees que puede ser Joshua quién está dentro?
-No lo sé- George suspiró. - En cuanto localicé a Karen, lo avisé y me dijo que regresara enseguida. Volví a Los Ángeles en el vuelo siguiente para facilitarle la información y las pruebas fotográficas. El muy hijo de perra me hizo un montón de preguntas raras, del tipo que si tenía marido o amante... Quién se la tiraba... Si mantenía alguna relación... Parecía obsesionado con Karen.
A Albert se le encogió el estómago.
-Maldición, todos pensábamos que Leonard era la mayor amenaza.
-Él está como una puta cabra y no creo que haya recuperado la cordura ahora que está en libertad bajo fianza. ¿No has llegado ya al final del alero?
-Estoy muy cerca.
-Yo también estoy llegando.
Por una vez, agradecería la presencia de George.
-Cuando te diste cuenta de que Joshua estaba perturbado, ¿regresaste para proteger a Karen?
-Sí. No podía traicionar la confianza de mi cliente contándoselo a ella sin arriesgar mi licencia. Él sabía ahora dónde estaba Karen y lo que hacía. Entonces las cosas comenzaron a descontrolarse, pero yo no tenía pruebas de quién le estaba dejando las notas. Así que me quedé y llamé a algunos de mis amigos para localizar a ese bastardo y asegurarme de que todavía estaba en Los Ángeles, mientras intentaba no perderla de vista. Todo habría sido muchísimo más fácil si Karen hubiera sido mi amante. La habría mantenido vigilada las veinticuatro horas del día.
Albert sintió una llamarada de celos.
-Ésa no es la única razón por la que deseabas a Karen.
-Oh, claro que no. Me enamoré de tu mujer el día que la vi- Suspiró. -Pero ella siempre te ha amado a ti. Jamás he tenido nada que hacer con ella.
-Me has inducido a creer más de una vez que te acostabas con ella.
-Esperaba que así te enfadarías, te largarías y yo tendría una oportunidad. Pero eres demasiado tenaz, maldita sea.
La verdad al descubierto. George jamás se había acostado con su es posa. Karen no le había mentido. Albert apretó los dientes. Había sido una estupidez dejar que los celos tomaran el control.
-Tampoco voy a rendirme ahora- le prometió. -Estoy delante de la salida del alero. Está en el tejado. ¿Al empujar la trampilla baja ya la escalera de mano interior?
-Debería. Pero tendrás que hacerlo con cuidado. La escalerilla de mano hará ruido al golpear en el suelo de madera si la bajas bruscamente.
Karen gritó de nuevo, un sonido que fue gemido y una orden a la vez.
-¡No! ¡No me toques!
-¿La has oído?- gruñó Albert. -No tengo tiempo que perder.
-Tienes tiempo de sobra. Hace tres horas recibí la llamada de un antiguo compañero del departamento. Me dijo que Joshua abandonó L.A. hace algunas semanas.
-¿Tres?
George suspiró.
-No pensé que después de tantos meses de espera, se le ocurriera actuar de repente. No llamé con la suficiente frecuencia... la he jodido, lo sé. Al parecer, Joshua le ha dicho a su esposa que estaría en Londres, por negocios, pero mi colega dice que jamás salió del país... Si es él quien está en el dormitorio con ella, se va a entretener bastante. Hace más de diez años que busca a Karen. Si tiene intención de matarle, no lo hará rápido. Respira hondo y revístete de paciencia.
Las palabras de George le retorcieron las entrañas. La ansiedad le inundó. Se la tragó porque si no, no lograría nada.
-¿Sabrás enfrentarte a él? ¿Llevas algún arma?- Preguntó George.
-Tengo la licencia de armas en Lakewood y llevo una automática en el coche, la he cogido.
-Vaya, vaya, haciendo algo ilegal.
-No estoy de humor para tecnicismos.
-Vale, vale... Tenemos que colgar, necesitarás las dos manos para bajar por la escalerilla y, en cuanto abras la trampilla, él podría oírte.
-Sí- Albert sostuvo el teléfono e intentó tranquilizarse. Tenía que conseguirlo. Tenía que salvar a Karen o morir en el intento.
Terry le había preparado para ello. Era hábil en la lucha cuerpo a cuerpo, sabía kárate y disparaba bastante bien, pero no dejaba de ser cierto que Albert era cocinero y, salvo ayudar a George a deshacerse de Peter en la oficina de Karen, jamás había tenido que poner en práctica sus conocimientos para rescatar a nadie, en especial a alguien a quien quería con toda su alma.
-Puedes hacerlo- le aseguró George—. Lo primordial es que permanezcas tranquilo y no hagas ruido. Usa el factor sorpresa si puedes. Y si no, métele un tiro en cabeza a ese hijo de perra. Voy a llamar a Jimmy ahora mismo. Y yo estaré ahí en menos de cinco minutos. Haz lo que consideres necesario para mantenerla con vida durante ese tiempo, nosotros nos encargaremos del resto.
-Gracias- Albert podía no estar tan bien entrenado como George, pero no pensaba dejar que mataran a su esposa. Y si era Joshua quien estaba con ella... Albert haría lo que fuera para ayudarla a exorcizar ese fantasma para siempre.
Karen parpadeó sin creerse lo que veía. Su peor pesadilla había cobrado vida... y estaba en su dormitorio.
-Hola Karen, es como te haces llamar, no?... Aunque supongo que ahora debería llamarte «puta».
«¡Corre!»
La sorpresa la tenía paralizada y no conseguía que su cuerpo obedeciera las órdenes de su cerebro. Dio un paso atrás, llenó los pulmones de aire y gritó con todas sus fuerzas.
-Grita todo lo que quieras. Hace mucho tiempo que te busco. De hecho, más de una década. Ahora que he conseguido dar contigo, voy a recordarte a quién perteneces. Y sí, las cuerdas son para ti. Por los viejos tiempos.
Karen tembló sin control. Pero cuando vio que él llevaba un cu chillo de sierra en la mano —idéntico a los que habían encontrado con las notas—, fue su mundo el que se tambaleó.
-Has sido tú y no Leonard, ¿verdad?
Los ojos de Joshua centellearon con enfermiza ironía.
-Me ha encantado dejarte todas esas notas. Me divertí mucho también destrozando tu dormitorio. Pero no te asustaste tanto como yo quería. Me irrita sobremanera que no seas la misma virgen mansa y apocada.
No lo era. Pero en ese momento, Karen se sentía como si tuviera otra vez quince años: incapaz de asimilar que su mejor amigo fuera su peor pesadilla, el que le provocaba aquel inmenso dolor mientras la despojaba de su inocencia, forzándola una y otra vez.
-No lo hagas, Joshua- le imploró, dispuesta a hacer cualquier cosa por el bien de su hijo.
-Ah, entonces recuerdas mi nombre. Qué halagador que no hayas olvidado tu primera vez. Vamos a ver de qué más te acuerdas.
-Vas a matarme- No era una pregunta. Karen sentía la res puesta en los huesos.
Él no vaciló.
-Por supuesto. Te mantendría con vida, pero no me gusta la idea de compartirte con ese cocinero con el que te has casado. Además, mi esposa odia mis... juguetitos.
«¿Su esposa?»
Karen se sorprendió. Lo que planeaba hacer era horrible, pero además los votos matrimoniales le daban igual... No obstante, a juzgar por sus palabras, no parecía la primera vez que se hubiera desviado del camino.
Los ojos de Joshua brillaron con una dolorosa promesa mientras se acercaba a ella con una sinuosa sonrisa. Karen retrocedió.
-Déjame en paz.
-No puedo. Después de que te escaparas fui el hazmerreír de mis amigos. Se burlaron de mí diciendo que te había gustado tan poco follar conmigo, que preferiste escaparte de casa que volver a hacerlo.
«¡Es cierto!»
Pero sabía que no era aconsejable decirlo en voz alta.
-Comencé a preguntarme si mis amigos tendrían razón. Puede que te resultara un poco doloroso al principio, eras virgen y todo eso, pero estoy seguro de haberte follado bien.
¿Joshua pensó que a ella le había gustado lo que le hizo?
-Todo eso forma parte del pasado, Joshua. Ahora no hay nada entre nosotros.
-Yo soy quien decide eso. Cuando te escapaste, me robaste el control. Y compartiste tu cuerpo con otros hombres. ¡Incluso te has casado!- Joshua apretó los labios. -Ésa fue una idea muy mala, aunque afortunadamente no durará mucho más.
Con aquella amenaza implícita, Karen sintió que una hirviente cólera crecía en su interior arrinconando el miedo.
-¡No te atrevas a hacerle nada a Albert!
-Él es mi siguiente objetivo. Ahora, ofréceme un buen espectáculo como la stripper que eres. Quítate toda la ropa.
El tiempo de hablar había terminado. Una vez que Joshua decidía que quería algo, nada le detenía. Podía ser metódico y paciente, jugar al gato y al ratón durante un rato, pero después, se convertía en un bastardo ávido de sangre. Justo estaba en ese punto.
Karen se negó a seguirle la corriente.
Tenía que encontrar la manera de detenerle y llegar a la puerta. Si se daba la vuelta y echaba a correr, él la atraparía. Karen llevaba tacones de aguja y él había sido deportista de élite en el instituto. En ese aspecto no tenía nada que hacer. Era necesario encontrar la manera de igualar las tornas.
Retrocedió lentamente hacia la puerta y se arriesgó a mirar por encima del hombro. Lo primero que vio fue el brillante portarretratos plateado; sabía que pesaba mucho.
«Gracias Albert, por tu regalo de bodas.»
Le dio la espalda a Joshua y se abalanzó a por el objeto. Como esperaba, él salió detrás. Pero Karen estaba preparada. Cuando él se acercó, ella agarró el pesado marco abollado y le golpeó con él en la cara con todas sus fuerzas.
Joshua retrocedió tambaleándose hacia la pared mientras se tapaba el ojo derecho con la mano.
-¡Perra! Vas a pagar por esto. No sabes cuánto he aprendido en estos catorce años del fino arte de follar haciendo daño, pero estoy dispuesto a enseñártelo.
Karen no se quedó para oír el resto de aquel repugnante discurso. Se deshizo de los zapatos y salió rápidamente del dormitorio. Se de tuvo de golpe cuando Joshua logró asirle algunos mechones de pelo con el puño. Entonces, su hermanastro comenzó a tirar de ella.
Si permitía que la arrastrara de nuevo al dormitorio, era mujer muerta. Puede que acabara muriendo de todas maneras, pero no iba a rendirse sin luchar.
Miró hacia adelante y se impulsó con todas sus fuerzas. Le ardió el cuero cabelludo cuando un mechón de pelo arrancado quedó en el puño de Joshua, pero se liberó.
Sabiendo que sólo tenía un segundo de ventaja, atravesó el umbral de la puerta con rapidez, salió al oscuro pasillo y... chocó contra alguien.
Karen contuvo el aliento. Santo Dios, ¿Joshua tenía un cómplice?
-Shhh.
«¡Albert!»
Quiso hacerle un millón de preguntas, pero no era el momento. El sonido de los pasos de Joshua resonaba en el suelo de madera. Albert la puso a su espalda y luego se apretaron contra la pared, apartándose del camino de Joshua. Karen rezó para que, en medio de la oscuridad, él no los viera.
Se apretó contra Albert, aliviada de que estuviera allí, pero a la vez preocupada. Joshua quería matarle y Karen no dudaba que era capaz de hacerlo.
Albert la empujó hacia las profundas sombras cuando Joshua se acercó lentamente. Ella casi pudo sentir cómo su hermanastro rastreaba el pasillo en penumbra con una metódica mirada y contuvo el aliento, rezando para que Albert saliera con vida de aquello. Fuera como fuera.
Entonces, Karen sintió algo duro contra el estómago. Introdujo la mano entre sus cuerpos y tanteó en la cinturilla del pantalón de su marido. ¡Albert tenía un arma!
Él se tensó cuando ella tocó la pistola, entonces meneó la cabeza levemente. Karen frunció el ceño y bajó la mano. Las armas no le gustaban, pero esperaba que Albert tuviera un plan. Se preguntó cuál sería mientras él la apretaba contra la pared. A Karen le latía tan fuerte el corazón, que temió que pudiera oírse en toda la ciudad.
Joshua pasó sigilosamente junto a ellos y se detuvo en lo alto de la escalera cuando el estruendo de las sirenas rompió el silencio.
«¡La policía!» Gracias a Dios.
Al oír el sonido, Joshua levantó la cabeza y gruñó.
-¡Jodida puta! ¿Dónde estás? No has bajado las escaleras, te habría oído. Y ahora ya está aquí la maldita policía. Alguien nos ha interrumpido la diversión, pero te mataré antes de que puedan salvarte.
Sin avisar, él encendió la luz del pasillo. Sostenía un arma con la que apuntaba directamente al pecho de Albert.
Joshua parecía realmente asombrado. Pero al momento sonrió.
-Bueno, bueno, ésta es la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro.
Karen no podía respirar. Albert todavía tenía el arma en la espalda. Ahora no le daría tiempo de sacarla y disparar. Su hermanastro es taba a punto de matarle. Conocía a Joshua, sabía que lo haría sin pensárselo dos veces. Dios, lo más probable es que se riera a carcajadas mientras lo hacía. No podía suceder. Si no tenía a Albert, se quedaría destrozada, se apagaría... y moriría.
Se puso de puntillas y miró a Joshua por encima del hombro izquierdo de Albert.
-Déjale marchar. Sólo me quieres a mí. Subiré al auto contigo, me podrás llevar donde quieras, podrás hacerme lo que desees si le dejas marchar.
-¡No!- gritó Albert. -Por supuesto que no.
Por un segundo, Karen sintió esperanza. «Quizá...» Entonces recordó. La única preocupación de Albert era el bebé.
-Sé que te preocupa el niño. Pero conocerás a otra persona y tendrás otro. Lo sé.
-¡¿Un bebé?!- gritó Joshua, dando un paso amenazador hacia ella. - ¿Has permitido que este hijo de perra te hiciera un crío?
Albert miró el arma, pero la ignoró.
-Ahora mismo no estoy pensando en el bebé, estoy preocupado por ti. Si te vas con él, jamás volveré a verte viva otra vez. Y jamás podré amar a otra mujer ni la mitad de lo que te amo a ti.
Aquellas palabras le hicieron sentir una cálida emoción en el pecho, cayeron sobre su piel como chocolate derretido. Durante ese breve momento —posiblemente el último que pasarían juntos—, Karen quiso creer que eran verdad y que ella significaba algo para él.
Maldición, ¿por qué tenía que darse cuenta de que cabía la posibilidad de que los sentimientos de Albert fueran tan fuertes como los suyos justo cuando se quedaban sin tiempo?
No. Joshua ya se lo había arrebatado todo en una ocasión. No volvería a ser su víctima. Ahora sería él quien saldría perdiendo.
Albert tenía un arma y ella sentido común. Había llegado el momento de utilizarlos.
-Me vas a hacer vomitar- se burló Joshua, acercándose más y más, hasta apretar el arma contra la frente de Albert. - Ha llegado el momento de poner fin a este romance.
A Karen se le detuvo el corazón.
Las sirenas sonaban cada vez más cerca. Observó el pánico en la cara de su hermanastro. De un momento a otro, Joshua haría algo tan impulsivo y temerario como dispararle a Albert a quemarropa. No existía ninguna posibilidad de que su marido pudiera coger el arma y disparar con la suficiente rapidez. Sin embargo, ella sí podía utilizar el factor sorpresa.
-Tú- Joshua apuntaba a Albert con el arma, luego la movió a la izquierda. -Ella es mía. Siempre lo ha sido. Te voy a matar por haberla tocado.
-Te odio, ¡es pero que te pudras en el infierno!- le gritó Karen
Mientras él la miraba lleno de cólera, ella cogió el arma y empujó a Albert a un lado. Escuchó que su marido tropezaba. Joshua se sor prendió lo suficiente para que a Karen le diera tiempo de empuñar el arma, quitar el seguro, apretar el gatillo y...
Mientras el disparo aún resonaba en el aire, Joshua se llevó una mano al pecho y se tambaleó. Cuando apartó los dedos de la camisa blanca, estaban llenos de sangre. Una mancha roja comenzó a ex tenderse por su tórax.
-¡Puta!- masculló Joshua, oscilando de un lado a otro.
Para completo horror de Karen, se giró sobre sí mismo y levantó la pistola de nuevo.
Albert dio un salto y arrancó el arma de las manos de Karen. Antes de que ella pudiera protestar, él se puso delante, apuntó y disparó. El fuerte sonido del disparo reverberó en el pequeño espacio y es talló en sus oídos.
A Joshua se le fue la cabeza hacia atrás. Cuando se cayó de rodillas, salía un hilo de sangre por el agujero que tenía en medio de la frente.
Karen dio un salto cuando él se derrumbó con estruendo sobre el suelo de madera. El arma se deslizó de la mano laxa y resbaló hasta el suelo.
Albert apartó la pistola de una patada y se inclinó para cogerla sin dejar de mirar al hermanastro de Karen, la amartilló y volvió a apuntar. Karen dio un paso hacia Joshua y se inclinó.
-¡No!- gritó Albert. -Podría ser un truco.
-Entonces cúbreme- dijo ella, tragando saliva. -Necesito saberlo.
Maldición, pensar que posiblemente había ayudado a matar a su hermanastro le daba igual. De hecho, contenía el aliento y rezaba para que así fuera. Entonces, celebraría una fiesta por todo lo alto.
Abajo se escuchó una conmoción, luego un fuerte golpe cuando la puerta principal golpeó contra la pared del vestíbulo. Al momento se oyeron pasos en la escalera, justo cuando Karen se inclinaba sobre Joshua y le ponía los dedos sobre la garganta buscándole el pulso.
-¿Y bien?- la apremió Albert.
-¿Se encuentra bien, señorita Klaise?- preguntó Jimmy, que apareció por la escalera, justo detrás de Joshua.
-Señora Andley- le corrigió Albert antes de volverse hacia ella. - ¿Cariño?
Ella se levantó y sonrió —sonrió de verdad— por primera vez en catorce años.
-Este hijo de perra está muerto.
YYYYY después de mucho tiempo, he decidido retomar todas las historias que quedaron inconclusas, la musa no ha parado de jorobarme en todo este tiempo y es prudente darle curso… Pero como dijo Jack, vamos por partes. Primero termino de subir esta historia antes de lanzarme con las demás
