Capitulo 22
Era una tarde de viernes y sobre el cielo no se veía una nube. Karen observó la calle por la ventana de la salita mientras esperaba. Dentro de media hora, debía estar en la consulta de la ginecóloga. Albert había pedido que le dejara acompañarla. Pero aún no había dado señales de vida.
Karen suspiró. ¿Dónde se había metido ese hombre?
-Tienes cara de estar pensando en Albert- bromeó Sadie.
Karen puso los ojos en blanco ante tamaña ridiculez. Había to mado medidas para poner fin a su matrimonio con Albert, pero le resultaba imposible dejar de pensar en él. Aquella misma mañana, se descubrió acariciando la alianza, tentada de ponérsela, sólo para sentirse más cerca de él.
-No comprendo a Albert- confesó. -Ha pasado casi una se mana desde que le disparamos a Joshua.
-Ese tal Joshua es el individuo más merecedor de una caja de pino que yo haya encontrado en mi vida- Sadie le agarró la mano. - Querida, ¿por qué no nos contaste nada sobre tu pasado?
Porque era su vergüenza y la había ocultado en el fondo de su alma, usándola para endurecer su corazón y no dejar que nadie se acercara demasiado. Albert había derribado sus defensas y colmado su alma. Y ahora se sentía incompleta sin él.
«Jamás podré amar a otra mujer ni la mitad de lo que te amo a ti.»
Karen se mordisqueó una uña mientras esas palabras atravesaban su mente. ¿Albert lo había dicho de verdad o sólo las pronunció por que se enfrentaban a la muerte?
-Sólo quería olvidarlo todo- dijo Karen finalmente. -Además, jamás me imaginé que Joshua me hubiera visto en el entierro de mi madre ni que me reconociera y, mucho menos, que contratara a alguien para seguirme la pista...
-¿Estás enfadada con George?
La pregunta rondaba sin cesar en su cabeza.
-No, no estoy enfadada. Le encargaron un trabajo. George me explicó que Joshua no le pareció un psicópata hasta después de que me localizó y le comunicó la información que había obtenido. En realidad, dejó su vida en suspenso para protegerme porque se temía lo peor.
-Y porque esperaba que te enrollaras con él.
Karen hizo una mueca.
-Eso también.
-¿Te dijo lo que iba a hacer ahora?
-George quiere quedarse a vivir en aquí. Dice que le gusta la ciudad y que no es tan agobiante como Los Ángeles. Robert y Terry le han ofrecido trabajo. Al parecer, han tenido que rechazar clientes porque no dan abasto, y Terry quiere pasar más tiempo con Candy ahora que tienen un niño en camino.
-Tú también lo tienes, querida. ¿A qué hora es la cita con el médico? ¿No deberías irte ya?
Karen rechinó los dientes y miró el reloj. Se quedó sorprendida.
-Le daré a Albert cinco minutos más, después, si todavía quieres...
-Por supuesto, iré contigo. En estas situaciones, una chica necesita todo el apoyo moral que pueda conseguir- se ofreció Sadie, sonriendo con tristeza. - Aunque sé que preferirías que te acompañara Albert.
Karen no pudo negarlo.
A pesar de haber estado con él el lunes, cuando él había insistido en verla en casa para asegurarse de que estaba sana y salva, Albert se había ido...
«¿Qué esperabas que hiciera después de que le enviaras los documentos de anulación? ¿Que se quedara contigo para que pudieras insultarle de maneras más creativas?»
La semana anterior, después de responder a todas las preguntas que Jimmy les hizo tras el ataque de Joshua, había esperado que él se quedara, que hablaran sobre los documentos de anulación. Que al menos le dijera qué opinaba. Pero él se había limitado a darle un beso, a decirle que la amaba y a rogarle que le dejara acompañarla a la cita con el ginecólogo. Acto seguido, se había marchado.
A mediados de semana, la curiosidad había podido más que el orgullo y llamó a Albert dispuesta a conocer la respuesta al millón de preguntas que rondaban en su mente. Pero, una vez más, él se limitó a decirle que la amaba y que la recogería el viernes. Karen intentó pensar en todas las cosas que tenía que hacer, pero no fue capaz.
Sadie echó un vistazo al reloj.
-¿Por qué no vas a buscar el bolso? Te espero en el coche, lo tengo aparcado delante de la puerta.
Karen intentó contener la desilusión al ver que Albert no llegaba y sonreír a su amiga.
-Claro, gracias.
En cuanto escuchó que la puerta se cerraba detrás de Sadie, Karen notó que unas molestas lágrimas le escocían en los ojos. Maldición, tenía que ir al ginecólogo y preocuparse sólo por el bebé. Si Albert había aceptado la anulación... bueno, quizá fuera lo mejor. Al menos sabría a qué atenerse, o eso se repetía a sí misma. Aunque durante la última semana se había dado cuenta de que jamás sería plenamente feliz ni se sentiría completa sin Albert.
Pero también sabía que no podía seguir casada con el hombre que amaba más que nada en el mundo sólo porque él quería estar con el niño que siempre había ansiado tener. Sin el amor de Albert, compartir casa, cama y nombre con él serían actos vacíos de significado. Y al final les haría trizas a los dos. Si realmente no la amaba, era mejor saberlo ahora, no cuando el niño les hiciera pasar noches en vela, o cuando empezara a asistir a la guardería... O cuando tuvieran que acudir a su primer partido, apoyarle en su primera decepción, asistir a su primer amor... O cuando Albert por fin encontrara a una mujer a la que entregar su corazón y la dejara rota como una concha vacía.
Pero si bien se evitaría sufrir más adelante, ahora mismo lo estaba pasando fatal.
Se tragó las lágrimas, cogió el bolso y activó la nueva alarma antes de cerrar la puerta. Después, se giró para encaminarse al coche de Sadie.
Pero ésta se había ido.
«¿Qué demonios...?»
Negó con la cabeza y recorrió el camino de acceso hasta la acera.
Y allí estaba Albert mirando el reloj.
Se quedó sin respiración. Se le detuvo el corazón. Él estaba allí.
¿Por qué?
Con la mente bullendo con cientos de pensamientos, Karen dio unos pasos vacilantes hacia él. Albert levantó la mirada, la vio y se acercó.
Él le cogió la cara entre las manos y le dio un suave beso en los labios, que terminó tan pronto como empezó.
-Hola, cielo. Te he echado de menos.
La mirada de aquellos ojos color cielo parecía sincera y honesta. Santo Dios, ¿por qué le estaba haciendo esto? Si todavía la quería, ¿por qué no le decía que no quería la anulación? ¿O tal vez sí la quisiera? Estaba tan confundida...
-Hola. Gracias por acompañarme al médico.
-No me lo perdería por nada del mundo- Abrió la puerta del copiloto y la ayudó a entrar.
¿Sería sólo afecto por la madre de su hijo? Cuando él se subió al asiento del conductor y la miró, había algo en su cara que ella no había visto antes. Un embriagante anhelo. Albert la quería, de eso no cabía duda. Pero aquella expresión que siempre decía que quería devorarla... y continuar haciéndolo durante horas y días, había sido sustituida por algo más cálido, como miel derritiéndose bajo el sol. Algo como... afecto. Incluso esperanza. Aquella sonrisa parecía querer decir que no existía nadie más para él.
¿Sería algo tan profundo como lo que sentía por el bebé?
Albert le cogió los dedos y puso en marcha el Jaguar. Karen sabía que debería soltar la mano... pero no tenía voluntad para hacerlo.
-¿Jimmy ha vuelto a interrogarte? ¿Te ha dado más información sobre el ataque de Joshua?- preguntó él.
-No. En cuanto Jimmy nos exculpó de cualquier cargo, no he querido saber nada más del tema.
-Debes sentirte aliviada al saber que Joshua está muerto. El pasado ya no volverá para rondarte.
-Albert- dijo en voz queda mientras le apretaba la mano. Ella obtuvo fuerzas de la caricia. Aquel tema no podía tratarlo con nadie... salvo con él. Albert era la única persona que la conocía a fondo. Y estaba agradecida por ello. -Me gustaría haberme reconciliado con mi madre, pero quizá fuera imposible. Ella no quiso creerme porque le complicaba mucho la vida, y eso es lo que no puedo perdonarle.
-Joshua te hizo algo terrible. Trágico. Pero lo que hizo ella fue casi peor- La cálida mirada de Albert la envolvió en una sensación suave y confortable.
Sería tan fácil hundirse... perderse en ella. Y le dolería tanto después...
-Todos los días lo intento. Quizá algún día lo consiga.
-Lo que te ocurrió te convirtió en lo que eres hoy: una mujer fuerte, inconformista, pragmática, lista. No cambiaría nada de ti. Eres la mujer que amo.
A Karen se le detuvo el corazón. Quería creerle más que nada en el mundo.
-Albert...
-Shhh- Albert detuvo el coche en el hospital. - Ahora iremos al médico. Hablaremos después.
Maldición, ella no quería seguir retrasándolo. Karen no era de esas personas que dejaban a un lado lo que les preocupaba. ¿Por qué no hablar de una vez? Pero no iban a ponerse a arreglar su matrimonio en la sala de espera. Suspiró.
Al cabo de unos minutos, la enfermera los llamó y los condujo ante una mujer de mediana edad que les hizo muchas preguntas mientras Albert se sentaba en una silla detrás de Karen y le sostenía la mano.
-¿Les gustaría oír el latido del corazón del bebé?
-Por favor- sonrió Karen.
-Muchísimo.
Karen no podía ver la cara de Albert, pero sí escuchar la sinceridad en su voz.
La médico le aplicó un chorro de gel frío en el abdomen, luego acercó un aparato de plástico y...
«Guosch, guosch, guosch.»
Un pequeño corazón resonó en la consulta. El sonido era lento pero muy fuerte. Un milagro.
A Karen se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Oh, Dios mío...
Albert le apretó la mano con fuerza.
-Jamás había oído nada tan asombroso.
Su voz sonaba llena de emoción.
-Es un feto fuerte y saludable- les aseguró la ginecóloga. - El ritmo cardíaco es lento, lo que podría indicar que se trata de un varón, pero no lo sabremos a ciencia cierta hasta la vigésima semana, cuando hagamos una prueba de ultrasonidos.
«¿Un niño?» A Karen se le detuvo el corazón y luego se le puso a latir a toda velocidad. Le encantaría tener un niño. Aunque le daría igual que fuera una niña. Siempre amaría a aquel bebé por encima de todo. Porque sería parte de Albert.
Por fin, la obstetra le midió el abdomen, les indicó qué ocurriría durante el mes siguiente y luego se despidió de ellos. Pagaron a la recepcionista y salieron del edificio cogidos de la mano. Cuando llegaron al coche, él la detuvo y la hizo girar hacia él.
-Gracias por compartirlo conmigo. Es algo que siempre te agradeceré, pase lo que pase en el futuro. Me gustaría que me dedicaras quince minutos, si no te importa. Después, si todavía quieres seguir adelante con la anulación, no pondré ningún impedimento.
Karen notó que la invadía una negativa sensación de temor e in tentó contenerla. La anulación era, después de todo, algo bueno, ¿no? ¿Por qué todo su ser se revelaba sólo de pensarlo?
Porque le amaba demasiado.
-De acuerdo- dijo con voz temblorosa.
Regresaron a casa sin hablar y entraron en la salita. Se sentaron en el sofá, con un metro de separación entre ellos.
Qué ironía. Su relación había comenzado allí mismo, cuando él había acudido el verano pasado en compañía de su primo para hacer un ménage con ella. Algo que se convirtió rápidamente en un acto explosivo en cuanto se fue el primo de Albert. ¿Terminaría en el mismo lugar?
-¿Quieres tomar algo?- ¿Qué tenía Albert en mente? Karen necesitaba saberlo pero al mismo tiempo... le daba miedo.
-No, gracias- Albert sacó un grueso documento que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y se lo tendió. - Esto es tuyo, decidamos lo que decidamos.
La gravedad que rezumaba la voz de su marido le puso a Karen un nudo en el estómago. Respiró hondo. Desdobló los papeles con una mano temblorosa y los leyó.
-Esto es...- Parpadeó un par de veces. ¿Sería cierto?. - ¿Es un acuerdo de custodia? ¿Me cedes la custodia en exclusiva?
-Si continuas adelante con la anulación, solicito una semana al año y el día de Acción de Gracias o el de Navidad. Creo que cual quier niño debe conocer a su padre. Y también está detallado un acuerdo financiero. El abogado me recomendó una cifra y la subí un cincuenta por ciento más. Espero que lo consideres justo, pero podemos aumentar la cantidad si lo crees necesario. Jamás te pediré nada más ni solicitaré la custodia compartida. Sólo eso y alguna llamada telefónica ocasional.
A Karen se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no estaba a punto de llorar, sino de sollozar. Los cimientos de su vida se derrumbaban ante ella, todo se desmoronaba y el dolor era demasiado intenso. Albert la estaba dejando y le daba un control absoluto sobre la vida que habían creado juntos, aquel niño que ella sabía que él deseaba más que nada en el mundo.
-¿Por qué?- logró decir.
Albert cerró los ojos y apretó los dientes, luchando contra las lágrimas.
-Porque te amo y quiero que sepas que nada será nunca más importante que tú para mí, ni siquiera nuestro hijo.
-Pero hace años que deseas tener un bebé y...
-Eso es cierto. Lo deseaba tanto que manipulé a la gente que quiero, les engañé sin tener en cuenta cómo les afectaría. Y lo siento muchísimo. Pero no quiero que creas que me casé contigo por el niño. Fui un estúpido al no decirte que pensaba que el bebé era de otro hombre. No sabes cómo lo siento. Pero ahora tengo las cosas más claras- Suspiró. - Me di cuenta de que no sólo quería un bebé, sino compartir mi vida con alguien. Con una mujer asombrosa y fuerte, lista, ambiciosa y maravillosa. Mi alma gemela.
Karen sollozó con más fuerza.
Albert se levantó del sofá y se puso de rodillas ante ella.
-Te necesito.
-¿Y estás dispuesto a renunciar a la custodia del niño para de mostrármelo?
Él asintió con la cabeza. A Karen le dolió la agonía que se reflejaba en la cara de Albert.
-No es ningún truco. Quiero seguir casado contigo y ser una familia más de lo que he deseado nunca nada, pero no puedo permitir que creas que no eres lo más importante para mí.
«Oh, Dios mío.»
Ni en un millón de años se hubiera esperado que él le entregaría al niño que tanto había ansiado y para el que tenía tantos planes. Ni mucho menos que lo hiciera por ella.
-Medítalo- le dijo él con suavidad. - Si no tengo noticias tuyas antes de que la anulación se haga efectiva, entonces esta será la última vez que nos veamos. Y te echaré muchísimo de menos. Siempre te amaré.
La besó tiernamente en la boca. Sólo fue un roce de su aliento, pero el beso le golpeó en el corazón como un ariete. Y luego, Albert se fue.
Karen se paseó por la salita, retorciéndose las manos.
«En cualquier momento…»
Después de que Albert se fuera el viernes, ella había deseado llamarle de inmediato. Pero la chica asustada que vivía en su interior le había hecho ser cauta y prudente. Se había contenido y leído entero el acuerdo de custodia que él había redactado y firmado. Albert era muy generoso; sólo solicitaba los derechos mínimos, salvo los que le corresponderían si ella se moría de manera imprevista. Había añadido también una cláusula para revisarlo en caso de que ella se volviera a casar con alguien que resultara ser inadecuado para el niño.
El hecho de que él hubiera tenido eso en cuenta, le llegó al corazón.
Karen se había pasado la noche del viernes sin dormir sabiendo que sólo le quedaban dos opciones: poner fin al matrimonio y criar al niño ella sola, preguntándose siempre si habría cometido el mayor error de su vida al dejar marchar al hombre que amaba, o lanzarse a un futuro incierto y poner todo su empeño en que aquel matrimonio funcionara.
Albert decía que la amaba. Después de aquel acuerdo de custodia que le ofrecía, ella tenía la certeza de que era verdad. Y ella le correspondía con toda su alma, cada día sin él era una agonía. Y las noches eran todavía más infernales.
Aun así, la vida le había enseñado a ser precavida. Se había pasado todo el sábado sopesando sus opciones... y siempre llegaba a la misma conclusión. ¿Por qué vivir un desolador futuro sin Albert? Él no podría haberse disculpado de manera más elocuente ni podía estar más arrepentido. Y no todo había sido culpa suya.
A ella la había asustado a muerte el matrimonio. Y un compro miso para toda la vida no podía funcionar si no se entregaban los dos con toda el alma. Ella tampoco lo había hecho. De acuerdo, Albert le había ocultado su «esterilidad», pero ella también le había ocultado su pasado con Joshua. Si Albert no la hubiera asustado sin querer, ¿le habría contado su secreto?
Karen se estremeció. Lo más probable era que no.
¿No deberían intentar conseguir que aquel matrimonio funcionara sin reservarse nada para sí mismos?
Le había llamado el domingo por la mañana y le había pedido que regresara. Albert no le había preguntado nada y ella no había añadido ni una palabra. Los dos sabían que lo que tenían que decirse deberían hacerlo en persona.
El sonido del timbre interrumpió sus pensamientos y se pasó la mano por el top, apretando la palma contra sus temblorosas entra ñas. Respiró hondo y abrió la puerta.
Albert estaba al otro lado con una expresión pensativa.
-Me alegro de que me hayas llamado.
Karen asintió con la cabeza mientras intentaba sosegar el desbocado latido de su corazón.
-Adelante.
Ella dio un paso atrás y él entró. Pero no dejó de mirarla, como si esperara poder leer la decisión en su cara. Karen apartó la vista y entró en la salita. Albert la siguió. Ella notó la mirada de él clavada en la espalda. Tan cerca y, sin embargo, tan lejos.
«Dios, por favor, que todo salga bien.»
Sobre la mesita de café había dos documentos. Ella los cogió.
-He leído tu acuerdo de custodia.
Albert vaciló, luego no pudo contener una expresión de pesar. Apretó los dientes y, finalmente, asintió con la cabeza.
-¿Tienes alguna objeción?
-¿Has leído el documento de anulación?
-Sí- dijo apesadumbrado.
El tono de Albert le dio esperanzas.
-Lo dices como si fuera una condena.
Albert le puso una mano en la cintura y la acercó a él. Sus cuerpos casi se tocaban... casi. Inclinó la cabeza y apoyó la frente en la de ella, controlando la entrecortada respiración.
-Lo es. Lo último que quiero es poner fin a nuestro matrimonio- Respiró hondo y dio un paso atrás. - Pero respetaré la decisión que tomes, sea la que sea.
Él le dejaba a ella la decisión, ponía todo el poder en sus manos. Si lo único que le importara fuera convertirse en padre, jamás habría hecho eso. Nunca. La presionaría y coaccionaría, la amenazaría, la adularía. Haría lo que fuera necesario para salirse con la suya.
-Te amo- susurró Karen.
Un ominoso silencio cayó sobre ellos. Estaba muerta de miedo, en especial cuando vio que en la cara de Albert se reflejaban la esperanza y la desolación a partes iguales. ¿Qué estaría pensando él?
-Yo también te amo. Te quiero tanto- suspiró y le acarició la mejilla - que me siento vacío sin ti.
Puede que para cualquiera aquello sonara a tópico, pero ella sabía exactamente lo que él quería decir. Albert la había ayudado a superar las heridas del pasado y había llenado sus días. La había hecho sentirse entera. Si ella había conseguido que él se sintiera igual, disfrutaría de ello durante el resto de su vida.
-Yo tampoco quiero poner fin a nuestro matrimonio- confesó ella.
Para demostrárselo, cogió los dos documentos —el de anulación y el de custodia— y los rompió por la mitad. Luego los dejó caer al suelo, entre ellos.
Albert bajó la mirada a los documentos rotos y luego la subió a los ojos de Karen. Los de él ardían como tizones, entonces la estrechó entre sus brazos y la besó como si no le importara otra cosa en el mundo.
No entregarse a él le resultó imposible. Albert se hundió en su boca y el ardor de sus labios la marcó como suya. Aunque había pasado casi un mes desde que se había acostado con él por última vez, la dolorosa sensación que la atravesó la hizo sentir como si hiciera toda una vida. Karen necesitaba aquello, le necesitaba a él.
Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras él seguía besándola. Habría importantes acontecimientos en su vida, de eso no le cabía duda. El nacimiento del niño —quizá de alguno más—, pero Karen sabía que nada significaría más para ella que ese momento y su amor.
Cuando él levantó la cabeza, ella le miró y se derritió.
-Te necesito- admitió él con voz ronca. - Necesito amarte. Estar contigo. Convencerme de que eres realmente mía. Por favor, dime que tú también lo deseas.
Karen asintió con la cabeza.
-Sí.
La joven le acarició la mejilla, apretó los labios contra los de él y lo besó con toda su alma. Albert la recompensó con un beso lento y lleno de devoción que la hizo estremecerse.
Sin levantar la cabeza, la depositó encima del sofá con la espalda sobre la suave piel del asiento y la cubrió con su cuerpo, rodeándola con los brazos. Ella se sintió segura y amada, y suspiró contra él con creciente deseo. Albert la invitó a que le tocara a su vez en la cara, el cuello, los tensos hombros y la espalda.
El siguiente beso estuvo colmado de una suave demanda y pare ció alcanzarla en lo más profundo, incluso en las partes más quebradas. Albert iluminaba todos los lugares de su alma que se habían oscurecido después del ataque de Joshua. La hizo sentirse entera una vez más.
El beso que siguió fue suave al principio, pero se hizo más urgente con cada roce de sus labios, con cada fricción de sus lenguas, hasta que se convirtió en una hoguera apasionada y envolvente.
Karen no podía respirar ni pensar en nada que no fuera Albert y la silenciosa promesa de devoción que flotaba entre ellos. Se abrió a él y se entregó por completo, segura de que ya no quedaban secretos entre ellos.
Ahogándose en los hambrientos besos de Albert, Karen se estremeció cuando él le quitó lentamente la blusa y los vaqueros. No dejó sobre su cuerpo ni la ropa interior de encaje. Entonces comenzó a besarla por todos lados. Le succionó un anhelante pezón, le acarició la cadera con la palma de la mano, rozó su dolorido clítoris. Ella comenzó a arder. Albert siempre tenía ese efecto en ella. Desde el primer momento que le vio, Albert le había alterado como ningún otro hombre lo había hecho.
Karen esperaba tener el mismo efecto sobre él.
Con un suave empujón, hizo que Albert se pusiera boca arriba. Sin decir una palabra, ella le quitó los zapatos, los pantalones y el resto de la ropa. Luego, clavó los ojos en ese hermoso cuerpo desnudo, en los anchos hombros, en los marcados abdominales y en la imponente erección. La joven se estremeció y se le hizo la boca agua.
Se arrodilló al lado de su marido, se apartó el pelo de la cara y se inclinó hacia él. Albert se tensó. Entonces le rodeó la erección con la lengua, saboreando la esencia de un hombre duro, caliente y muy ex citado. Después, lo tomó más profundamente mientras emitía un gemido.
-Sí, cariño- gimió él, enredando los dedos en su pelo y tirando de él. -¡Dios, eres increíble…
Karen le saboreó, volviendo a disfrutar de su cuerpo y del placer de sentirlo duro en la boca. Albert arqueó las caderas, hundiendo más su miembro entre los labios de Karen, y ella aceptó con gusto cada centímetro que él le daba con aquellos urgentes empujes, encantada de poder conseguir que él se excitara de esa manera.
Transcurrieron unos minutos. El deseo aumentó y él comenzó a embestir en la boca de Karen con movimientos más largos y rápidos, suspirando, gimiendo y ansiando. Entonces comenzó a latir contra su lengua.
De repente, Albert soltó una maldición y se detuvo.
-¡No!- La alzó sobre él bruscamente y su expresión le dijo a la joven que él quería compartir aquel profundo placer con ella. - Quiero estar dentro de ti, cariño.
«Sí. Cuanto antes, mejor.»
Cuando él se puso de rodillas y la depositó sobre la espalda, ella estaba más que preparada y separó los muslos para él sin titubear. Albert gimió y se recostó sobre ella. Pero Karen vaciló y lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.
Tenían que cruzar un puente más...
-Espera. C-confío en ti- Fueron sus temblorosas palabras.
La mirada oscura de Albert brillo de gratitud y amor.
-No hay nada que agradezca más.
Cuando él volvió a intentar envolverla en su abrazo, Karen le de tuvo de nuevo.
-Albert. Confío en ti. En todos los aspectos, incluso en lo que más me asusta. Ayúdame a superarlo. Reemplaza esos recuerdos por otros mejores.
Por un momento, pareció que Albert no sabía de qué le hablaba, pero finalmente entendió.
-Cariño, ¿estás segura? No tenemos que hacerlo ahora, ni nunca si no quieres.
Karen no vaciló.
-Sí, quiero. Por favor...
Albert alargó la mano para coger el cinturón y lo deslizó por las trabillas del pantalón. Le ató con él las muñecas en un nudo flojo, luego se inclinó para anudar el otro extremo a la pata del sofá.
Ella contuvo el aliento. Aquella atadura era más simbólica que otra cosa, pero sería suficiente para empezar.
-¿Estás asustada?- le preguntó él.
Karen le dirigió una trémula sonrisa.
-Contigo, no.
-Sabes que te amo, ¿verdad? Jamás te haría daño. Nunca.
Aquella promesa susurrada hizo que el corazón de Karen latiera con más fuerza.
-Creo que me enamoré de ti aquella tarde. Después de que Terry se marchara e hicieras el amor conmigo durante horas... Sabía que había algo especial en ti, que lo significarías todo para mí.
Él le pasó los labios por las mejillas y le cubrió la boca.
-Creo que yo también me enamoré de ti ese día. Pero estaba demasiado asustado para admitirlo. Me alegro de que me obligaras a regresar, de que cancelaras la reserva de la habitación y me sedujeras. Me alegro de que hayamos sido capaces de crear este pequeño milagro.
Cuando él le acarició la suave curva del vientre donde crecía su hijo, ella sonrió.
-Yo también.
Al momento siguiente, Albert se acomodó entre los muslos de Karen y comenzó a hundirse en su interior lenta y profundamente. Ella estaba mojada, ansiosa por albergar cada duro centímetro de su marido. Pero él se introdujo poco a poco, enloquecedoramente despacio, y la joven contuvo el aliento cuando notó que el miembro de Albert se rozaba contra ese punto sensible, hasta que, por fin, se sepultó en ella por completo.
Era imposible que él estuviera en su interior y no sentir un placer extremo, casi imposible de describir con palabras. Y lo que estaba ocurriendo ahora entre ellos era aún más prodigioso por la pura sinceridad y la sensible pasión que los envolvía. Albert desató una tormenta de deseo con aquellos lentos empujes que la hizo quedarse sin aliento y comenzar a palpitar en torno a él. Albert le rozó los labios con los suyos antes de unir sus bocas plenamente. De alguna manera, tener las muñecas atadas y estar indefensa por completo ante las caricias de Albert la liberaba del pasado.
Karen nunca se había sentido más viva.
Sentía la pasión de Albert y la silenciosa promesa de que intentaría ser mejor marido cada día de su vida. Ella le entregó su alma cuando él comenzó a embestirla con unos movimientos medidos e impla cables que la llevaron de inmediato al borde de un orgasmo incontenible. Entonces, lo envolvió con las piernas y se arqueó bajo él, envuelta en un placer exquisito. Albert la siguió, gritando su nombre, mientras se derramaba en su interior.
-Por favor, no vuelvas a dejarme- jadeó él contra sus labios.
«Nunca.»
-Sea lo que sea lo que nos depare el futuro, lo resolveremos juntos. Te lo prometo.
Albert le desató las muñecas y le cogió las manos.
-Gracias por confiar en mí.
-Gracias por ayudarme a superar el pasado.
Él le acarició los dedos con los pulgares, entonces le miró la mano y frunció el ceño.
-¿Dónde está tu alianza?
Karen le miró preocupada, pero vio que no estaba enfadado. Se mordisqueó los labios, buscó los vaqueros y, cuando los encontró, metió la mano en el bolsillo y sacó la brillante alianza.
Él se la puso con dedos temblorosos y una sonrisa.
-Señora Andley, ¿me haría el honor de ser mi esposa el resto de mi vida?
Mientras Albert le deslizaba el anillo en el dedo, a Karen le rodaban lágrimas de alegría por las mejillas.
-Sí. Para siempre.
Tarde pero llega, por fin le he dado fin a esta historia… La verdad no sabía si iba a retornar a este mundillo, tanta tontera me tenía cansada y solo que me hablaran de Candy me ponía idiota… Pero la culpa no era de la pobre, y cada vez que me llegaba un review puteandome o de alguien lamentándose por mi falta de compromiso en terminar esta historia, me daba una tristeza del terror, ya que solo es culpa mía que estas historias no vieran su final.
Las musas no me han dejado en paz y quieren que termine lo que alguna vez comencé. Ahora retomare Con la Miel en la Boca, para luego seguir con la Venganza, Nealfic que baje porque encontraba que ya era mucho tener tanto material a medias en FF.
Subiré aun más trabajos, y más de alguna me odiara con los resultados XD pero finalmente un escribe para sí, no?
A las que se alegran de mi retorno, mil gracias, sobre todo por la horrible espera.
