El sepulcral silencio reinaba entre los pasillos y habitaciones de la mansión del conde Nikiforov. El poderoso vampiro no se encontraba en su recámara, ni en la sala… mucho menos en su estudio. El único ser viviente que parecía habitar esa fría mansión en esos momentos era Makkachin, el gran y cariñoso caniche que era tan querido por los dos residentes del lugar. Esa noche en especial, la mascota estaba actuando anormalmente ansiosa… gruñía a las sombras y daba vueltas en torno a las habitaciones como quien busca una aguja en un pajar.
Lo extraño de la situación es que nadie iba en su búsqueda, ni el albino que le había dado la vida eterna, ni el azabache que era amado por el primero. Sin embargo, eso no molestaba al canino, que seguía entrando y saliendo de habitación en habitación. Y es que su cerebro le decía que los encontrara, que algo malo ocurriría si no intervenía. La frustración era todo lo que podía experimentar en ese momento, ese gran y peludo animal que siempre cuidaba de su familia.
En lo más profundo de la estructura, cuya entrada era el muro detrás de la biblioteca. Desde allí, unas antiguas escaleras bajaban en forma de espiral hacia los calabozos. Los muros de aquel tétrico lugar recordaban a las catatumbas de parís, cubiertas por calaveras y huesos humanos; entre ellos, algunos con una dentadura vampírica… El techo de aquella amplia cárcel tenía forma curva, el pasillo se extendía hacia al frente como un túnel interminable, y a cada lado se lucía una fuerte puerta de metal, cubiertas de sangre seca sobre los rasguños.
Sin tener que decir nada, se podía oler la esencia a muerte entre esas paredes… y, si se prestaba atención, podías escuchar los gritos de desesperación de las almas que allí se habían quedado atrapadas… No obstante, en ese lugar no todo era muerte y desolación. Por lo menos, no desde el día anterior…
Al final de largo pasillo había un cuarto con una puerta de metal completamente puro, sin ningún rastro de óxido o marca de sangre, evidentemente ese cuarto era reciente. Y tras ella se encontraba la verdadera razón por la que el dueño de la mansión no se encontraba en otro lugar.
La habitación tras la puerta de metal estaba adornada por paredes de papel tapiz vinotinto con detalles de enredaderas en dorado. El suelo lucía una alfombra marrón oscuro y el techo se mantenía de madera clara. Justo en el centro del cuarto se alzaba una cama de madera de tres metros por tres metros y casi medio de altura, desde la base hecha con la más fina madera. Las sábanas que cubrían el lugar de reposo eran de terciopelo en tonos blancos y negros, con los mismos detalles dorados de las paredes.
Y entre esas hermosas sábanas, reposaba el cuerpo del azabache en posición fetal, estaba escasamente vestido con una camisa de botones manga larga blanca, que obviamente no le pertenecía. Las marcas de mordidas cubrían sus muslos, su cuello, no había centímetro de su piel visible que no estuviese adornada con un chupetón o las marcas de un par de colmillos.
Claro, y a su lado, observándolo atentamente se encontraba el culpable de todo aquello: Viktor Nikiforov se mantenía recargado en su costado, dirigiendo su mirada hacia los glúteos ajenos, en los que todavía podía divisar algunos rastros de su esencia. Había tomado al azabache en contra de su voluntad, se había vuelto el monstruo que contaban los mitos antiguos. Ese monstruo que robaba mujeres para hacerlas suyas y robarles el alma a través de un último gemido de placer… Sin embargo, él no quería mujeres, ni vírgenes, él solamente necesitaba el alma de la persona que estaba allí: cuyo tobillo estaba adornado por un grillete que unía una cadena a la base de la cama.
Aquel cuarto había sido construido bajo la total supervisión del albino, que en un momento de desesperación lo había mandado a construir… porque más de una vez se había dicho que la única solución para poder tener a Yuuri eternamente era atándolo a una cama dentro de su hogar, donde no pudiese escapar, y donde él pudiese protegerlo de todo y todos los que deseaban destruir su felicidad una vez más.
—Lo siento, Yuuri… Me odias ¿no? Porque yo te sigo amando con locura. Así que no puedo dejarte ir esta vez, no puedo… —rodeó con sus brazos la cintura ajena, apegando la espalda ajena contra su pecho y hundiendo el rostro en el oscuro cabello ajeno. Olía tan bien… Ya había sido suficiente de dejar que todos decidieran qué era lo correcto para su existencia. Tomaría las riendas de su vida en ese momento y vencería incluso al destino para quedarse con su alma gemela por la eternidad.
El azabache no le respondió ¿cómo podría? si estaba inconsciente debido a la gran carga que el de cabellos albinos había puesto sobre su cuerpo. En ese momento el vampiro sintió una punzada en el pecho, y tuvo que alejarse del contrario para levantarse… sin volver a mirarlo se dirigió hacia el baño, en donde se observó en ese enorme espejo. Sus orbes celestes estaban cubiertos por una intensa máscara carmín que brillaba con fuerza.
—Yuuri es mío… Voy a matar a cualquier que quiera quitármelo… incluso si este no quiere que lo haga… —murmuró el conde, ignorando que en el espejo del reloj de bolsillo, una nueva grieta había nacido.
La luz en el corazón del vampiro está siendo consumida.
La oscuridad está cubriendo aquello que lo mantenía cuerdo…
El amor puro ha caído en locura.
El amor inocente, ahora cae en decadencia.
Las horas pesaban lentamente, y el japonés seguía negándose a despertar. Dentro de la preocupación que el poderoso conde sentía, se decidió por ir a prepararle algo de comer. Aunque parecía un pensamiento estúpido, confiaba en que Yuuri lo entendería, y confortaría, porque estaba roto… Al igual que el espejo que su alma gemela le había dado, se empezaba a romper… Todo por el amor incontrolable que sentía por el japonés.
—Yuuri, despierta, Yuuri… —una suave voz susurraba desde un rincón oscuro de la mente del chico que dormía plácidamente.
El mago se removió suavemente, abriendo los ojos y encontrándose en una habitación completamente vacía… En una de las esquinas, una silueta era cubierta por las sombras—. ¿Quién eres?... —preguntó, a la vez que se incorporaba lentamente sobre el suelo. Para su sorpresa nada le dolía; aquello era una ilusión.
— ¿Eso es realmente importante en esto momentos? Creo que no. Vine a advertirte… Ya has visto de lo que es capaz ese vampiro ¿necesitas que te mate para darte por vencido?
Aquella voz le recordó al pasado, dándole la respuesta a la pregunta que había hecho con anterioridad—. Está bien si es Viktor quien me rompe, es por mi culpa que él se está rompiendo… No pensé en que el dolor de tantas vidas seguía acumulándose en él, que ni siquiera podía morir para aliviarse. Sabes, Eros… Incluso si muero, encontraría la manera de volver a él de nuevo, porque lo amo.
Una suave risa brotó desde la esquina, haciendo que el azabache frunciera levemente el ceño—. Han pasado tantas vidas, y sigues mostrando ese rostro una y otra vez. Incluso teniéndome de tu lado, sigues siendo incapaz de salvarte y salvarlo. Esta es tu última oportunidad, si vives o mueres… es completamente tu decisión.
—Ya lo sé… —dijo mientras se mordía los labios y bajaba la mirada… Protegerse significaba herir a los demás, vivir significaba que alguien más tendría que morir en su lugar. Pero por primera vez sería egoísta y haría lo que fuera para que Viktor no tuviese que perderse a él mismo…
—Parece que tomaste tu decisión, me gustaría recordarte "el hecho de que lo des todo de ti, no significa que vayas a ganar"
Aquellas palabras devolvieron al mago a la realidad, haciéndolo incorporar abruptamente y lanzar un gemido de dolor—. Ouww… ¿Cuánto habré dormido? —se preguntó a sí mismo, buscando con la mirada al albino que al parecer no se encontraba en ningún lado. A pesar del dolor en su cuerpo, había decidido no quejarse… No había dolor que pudiese compararse al que seguramente Viktor había estado experimentado todos esos siglos…
Fue incorporándose lentamente, y al poner ambos pies sobre el suelo pudo notar el grillete que se encontraba alrededor de su tobillo. Se hubiese sorprendido, si no fuese porque recordaba perfectamente que el contrario era un ser posesivo, que había caído rendido ante la locura debido al dolor.
Nunca culparía al vampiro, incluso si este lo lastimaba hasta el punto en el que no pudiese levantarse de nuevo. Porque lo amaba más que así mismo, por eso durante tantos años había vuelto una y otra vez a esos fuertes brazos que lo trataban con una delicadeza impropia de los reyes de la noche. Escuchó unos pasos acercarse, y pronto la puerta fue abierta. Viktor llevaba una bandeja en los brazos con comida.
El albino se encontró de inmediato con la mirada castaña del mago, y no pudo evitar bajar la mirada, avergonzado ante sus propias acciones. No encontraba manera de justificar sus acciones, su actitud… Y sin embargo, Yuuri no parecía molesto—. Yuuri… yo… —fue interrumpido por el azabache que se había acercado a él con un: "no tienes que disculparte, Viktor. Ha sido difícil para ti todo este tiempo ¿no? Soportarlo solo…" ante aquellas palabras, simplemente asintió.
—Está bien, no estoy molesto… Si eres tú, está bien que destruyas todo de mí —se dio la vuelta para caminar de regreso a la cama, tomando asiento para poder dedicarse a comer. El dolor no era nada con lo que no pudiese lidiar el menor. Incluso cuando en esa vida no había sufrido torturas, en su memoria se había grabado la sensación del hierro caliente contra su piel.
—Yo lo único que quiero es que no vuelvas a morir… Pero tú nunca me escuchas y corres directamente hacia la muerte… lo siento, esta vez no voy a dejar que te vayas, Yuuri… Incluso si debo hacerlo a la fuerza, quiero que aceptes mi sangre y te vuelvas un inmortal…—declaró el conde con voz desesperada.
—No me importa quedarme atado en este lugar, pero Viktor… no puedo aceptar tu sangre… Eso es algo que no puedo hacer, sin importar nada —aseguró, dejando que el mayor dejara la bandeja frente a él y se sentara a su lado.
— ¿Por qué no? Si aceptaras eso, ya no tendríamos que preocuparnos por nada… Podríamos ser felices, me darías el hijo que tanto quiero, podríamos mudarnos y hacer una vida de familia… ¿Por qué mi sueño es tan imposible? —preguntó sin quitarle la mirada de encima a su amado azabache, que parecía sentir tristeza ante sus palabras.
—Porque eso podría acabar con mi habilidad para reencarnar… —sentenció mientras tomaba uno de los sándwich y los llevaba hasta su boca para darle el primer mordisco—. Gracias por la comida, Vitya —comentó con voz suave, dedicándole después una pequeña sonrisa. Lo menos que deseaba era que el albino se sintiera mal por algo que no se podía cambiar.
—Pero igual me has dicho que posiblemente esta sea la última vez… ¿no deberíamos agotar todas las opciones? —el albino ya había decidido en su mente lo que quería hacer, y nada de lo que el contrario dijera iba a poder cambiar la manera en la que pensaba. Esa era la única verdad. Ya había sido suficiente de tener que ver a su pareja morir.
—Sí… Tienes un punto a favor por allí… —comentó, antes de continuar comiendo, queriendo que Viktor terminara de intentar convencerlo. No necesitaba que le siguiera recordando que era un completo cobarde, que tenía tanto miedo de arriesgar y perder que prefería morir, teniendo la esperanza de una nueva vida… de una nueva oportunidad de ser completamente feliz al lado del conde Nikiforov. ¿Qué tanto debía sufrir para que el destino lo creyera digno del hombre que lo tenía todo? No lo sabía, pero haría lo que fuera para que este estuviese feliz.
— ¿Entonces?... —escuchó al contrario empezar con un "basta Viktor" y de inmediato frunció levemente el ceño, indispuesto a dejar que la conversación terminara allí—. Basta no… Escúchame Yuuri… por primera vez y posiblemente última. Yo te necesito, necesito que vivas y estés a mi lado ¿qué debo hacer para que mis sentimientos sean lo suficientemente fuertes como para atarte a mí por el resto de nuestra existencia?
—Viktor… Lo sé, lo siento… —murmuró el azabache, bajando levemente la mirada. Aquel hombre de cabellos albinos había sido tremendamente paciente con él, con sus inseguridades y malas decisiones ¿por qué no podía él ser igual de considerado? Con suavidad dejó la comida, dirigiendo sus castaños orbes hacia el hermoso ojiceleste que le dedicaba una verdadera mirada de preocupación y reproche—. Quiero que seas feliz, haré todo por quedarme a tu lado esta vez. Sin embargo, necesito que me dejes hacerlo a mi manera… No voy a suicidarme, no en esta vida… ¿podrías confiar en mí una última vez, Viktor Nikiforov?
Las palabras del contrario eran como estacas que atravesaban su alma, pues quería confiar en él ciegamente como lo había hecho siempre… pero desde que tenía memoria, aquello nunca le había dado los resultados que necesitaba para poder obtener aquello que con tanta desesperación buscaba—. Una última vez… —más que aceptando lo que el contrario pedía, se estaba diciendo a sí mismo que la última vez ya había sucedido y no debía arriesgarse a perderlo a menos de cualquier creyente loco.
—Gracias —con una pequeña sonrisa asintió, sintiéndose vacío ante aquella conversación entre ambos. El silencio no se hizo esperar, y su mente empezó a divagar entre las infinitas posibilidades que había en ese mundo… donde quería vivir para siempre. Era esa la respuesta que tanto anhelaba, él quería vivir allí con Viktor, ¿no era eso suficiente para que todo funcionara? Sabía que no… la única persona que podía permitirles vivir sin preocupaciones era Yakov… Debía ir a hablar con él.
Entre tanto el vampiro ya había comenzado a maquinar teorías de cómo iba a mantener a Yuuri dentro del castillo hasta que el peligro hubiese pasado… Era una misión difícil, casi imposible, pero así como había logrado atar ese grillete a su tobillo, no permitiría que echara nuevamente su felicidad por la borda; Yuuri Katsuki definitivamente superaría a la muerte en esa ocasión.
No fue hasta que el ruido de una campana resonó entre el incómodo silencio, que ambos se miraron. Ninguno de los dos estaba esperando visitas y dudaban que Yurio fuese tan educado como para tocar el timbre antes de entrar al lugar que ya había designado como un segundo hogar.
— ¿Vas a ir? —el de orbes castaños rompió el silencio con suavidad, queriendo tentar el terreno. No podía simplemente aceptar ser completamente sometido a la voluntad de Viktor, cuando este parecía ocultar una sombra tras esa mirada tan pura y aparentemente inocente. Estaba en una encrucijada… podía aprovechar el momento y escapar, enfrentar esos fantasmas que lo perseguían por sí mismo… O podía quedarse atado hasta que el conde decidiera darle un nuevo voto de confianza… nada había cambiado, seguía siendo terriblemente patético.
—Tengo que ir, podría ser algo importante… pero no quiero dejarte solo aquí… —observó al azabache con total preocupación, no quería dejarlo solo mucho tiempo, no era la idea… Además de que no sabía en qué momento los signos de un embarazo podían presentarse, estaba emocionado ante la idea de ser padre junto al mago, que seguramente compartía la misma emoción con él.
—Está bien, de todas maneras me duelen las caderas y quiero terminar de desayunar con calma —con el paso de los años se había convertido en un mentiroso muy hábil, uno que podía engañar a Viktor sin ningún problema… era un arma de doble filo, pues en cualquier momento el mayor podía perder la confianza en él y eso acabaría con la poca cordura que le quedaba a Viktor, era un hecho que casi podía prever aunque fuese incapaz de ver claramente el futuro, pues no estaba entre sus habilidades.
—Está bien, volveré enseguida —aseguró el albino mientras depositaba un suave beso sobre la frente del azabache, realmente lo amaba. Quería crear una jaula de cristal únicamente para Yuuri, una que aumentaría aún más la belleza con la que había nacido ese humano… una bendición de un dios tan amoroso como solo aquel que bendecía los matrimonios entre géneros iguales podría ser. Porque Eros era amable, estaba lleno de amor, sabiduría, y, sin embargo, aquel al que le había dado su poder, sufría irremediablemente por un amor que parecía imposible.
—Sí —no se sorprendió al ver cómo el albino abandonaba la habitación envuelto en murciélagos, y simplemente estiró sus manos hacia los grilletes que aprisionaban sus tobillos—. Lo siento Viktor… una vez más, iré a buscar la libertad por mí mismo… —murmuró con voz tranquila mientras de entre sus bolsillos sacaba un par de semillas. Al estar estas sobre la cama, el azabache pasó su diestra por encima, dejando que un aura de color verdoso las regara.
Las semillas fueron emitiendo raíces que rodearon las estructuras de metal, perforándolas, y pronto solo quedaron trozos de los grilletes que en algún momento lo habían mantenido preso—. Es hora de terminar esta cadena de una vez por todas… —estaba decidido, lo sabía… La única manera de acabar con la muerte de su cuerpo era sencillamente dejar en claro a la persona que lo llevaba al abismo vida tras vida, que no iba a poder con él en esa ocasión; era así como un plan había llegado a su mente: iría a hablarle claramente a Yakov.
Observó por última vez el sándwich sobre la bandeja en su cama, y sonrió con nostalgia—. Te amo, Viktor… te he amado vida tras vida sin olvidar nunca ningún detalle que hayas hecho por mí… Y es hora de que yo te devuelva toda la felicidad que mi muerte te ha robado en el pasado. Es hora de devolverte la pureza con la que veías el mundo, y sobre todo… quiero borrar la mancha negra que se expande por tu corazón…
Con ese deseo, el de orbes castaños sonrió y estiró su diestra hacia al frente, dio un paso hacia delante y la camisa que cubría su cuerpo fue reemplazada por un suéter azul marino, junto a unos pantalones negros y una gabardina en conjunto con el pantalón. Sus pies eran cubiertos por unos botines marrones, y su cabello fue arreglado por su mano hacia atrás. Inevitablemente sus orbes de antaño castaños se habían teñido con un tono naranja—. Ya ha sido suficiente —murmuró una voz profunda desde el interior de ese pobre mago que vivía deseando el fin de su sufrimiento.
El mago pudo sentir dos presencias fuera de la entrada de la mansión, una pertenecía a su amigo humano: Pichit, y la otra… no le era conocida… Sin embargo, no podía distraerse, debía salir y volver, antes de que el hermoso conde de orbes celestes explotara en un ataque de celos y cometiera una locura que no los ayudaría en ningún hábito. En ese aspecto, Viktor nunca cambiaba, siempre hacía lo que quería, y arrastraba a los demás hacia su mundo perfecto: era justamente como un pequeño niño, en busca de la eterna felicidad.
Un suave suspiró abandonó sus labios, y una puerta bordeada de enredaderas hizo presencia ante él. Sería su primer viaje a Rusia en mucho tiempo, y quería obtener todo lo que saldría a buscar. Porque ya no se trataba de su vida únicamente… En su sueño, un segundo corazón había resonado sobre la cama, y no precisamente el del conde Nikiforov.
No miró ni una vez más hacia atrás, y cruzó el portal: ese que lo llevaría hacia el capítulo final de esa trágica vida.
El caos se acerca nuevamente
En forma de capullo ha despertado en la tierra
Tiene hambre de un amor sincero
Sin embargo en este espejo
Un desierto se refleja.
