Hace una hora que el mes de octubre dio inicio.

Hace una hora la barrera que me ata a los espacios del cementerio en el que mis restos se encuentran enterrados, junto a muchos muchos otros, desapareció.

Hace una hora que puedo caminar libre por las calles de esta ciudad que jamás pude llegar a conocer.

Y recién me atrevo a poner un pie fuera de la reja, luego el otro y a avanzar por la oscura acera, resguardado por la falta de luz y la oscuridad de la noche sin luna.