Estoy sentado junto a la estatua del hombre importante, tarareando una canción que mi madre me enseñó cuando era muy pequeño, cuando un gato se me acerca y dejo de respirar.

Bueno, dejé de respirar hace años, así que lo que hago es cerrar la boca y no moverme.

El gato, blanco, se me queda mirando largo y tendido.

Cuando intento tocarlo, huye.

Me ha ahorrado la pena de traspasar su cuerpo.