El amanecer llega y suspiro al mirar mis manos, traslúcidas.

El primer aniversario de mi defunción, seguí las instrucciones que la dama del vestido negro me había repetido hasta el cansancio cada día desde que se presentara ante mí, el día en que habría cumplido trece años.

La seguí hasta la casa de mis padres, solo para darme con la amarga sorpresa de que era una familia completamente diferente la que habitaba ahora el departamento.

La dama, siempre amable, me consoló y se ofreció a darme un tour por la cuidad, así podría pasear a gusto todo el mes de octubre, cada año.

—Hasta que pueda cruzar —dije.

La dama asintió lentamente.

Ella no confiaba en que lo lograría.