Me paso toda la mañana y tarde del dos de octubre en la plaza que lleva el nombre de la persona importante cuya figura de concreto mira solo hacia el horizonte, buscando rastros del chico de cabello de luna.
Veo a niños jugando con una pelota, riendo y corriendo, divirtiéndose.
Los envidio profundamente.
Entonces uno de ellos tropieza y me consuelo recordándome que el dolor físico ya no puede afectarme, mientras el crío llora.
El dolor psíquico, por otro lado...
