Cae la noche y estoy decidido a encontrar una presa.

Los minutos pasan con agónica lentitud y gimoteo de aburrimiento.

Elevó la cabeza al cielo y cierro los ojos unos segundos.

—¡Estás aquí!

Salgo disparado como debí haber hecho la noche en que choqué con mi verdugo y sus dos amigos.

Grito de frustración en mi fuero interno.

Y me hago bolita al llegar junto a mi lápida.