Cuatro, cinco y seis de Octubre. No hay rastro del desconocido y todas las personas que he visto y me han visto se han escapado.
El siete, estoy tarareando cuando un perro se me acerca, olfatea mi pierna y, en lugar de gruñirme, mostrar los colmillos y ladrarme, jadea y menea la cola.
Me asombro en gran medida. Eso jamás había pasado.
Lo saludo con mi diestra.
—Hola, chico, ¿cómo te llamas?
—Makkachin —doy un respingo y me pongo de pie de un salto—. ¡Ese es el nombre de mi perro!
¡Es el chico de cabello de luna!
Trago seco y lo miro.
Él sonríe.
—¿Quieres tocarlo?
Niego con la cabeza.
Quiero, pero no puedo.
—¿Eres alérgico o algo?
Dudo antes de responder. Nunca tuvimos mascotas, dudo mucho que siendo un espíritu algo así podría afectarme.
—No, no soy alérgico.
—Oh, bueno, me alegra saber que no solo hablas con los animales.
Me río.
El sonido suena raro ante mis propios oídos.
