Paso el resto de la noche escuchando a Viktor contarme sobre su vida: es de Rusia, sus padres son dos doctores de prestigio; él es muy inteligente y tiene una beca en la escuela, como la tenía mi hermana mayor en su universidad; tiene dieciséis años, lleva el cabello largo porque le encanta, su mejor amigo es de Suiza, se llama Christophe y lo conoció al llegar aquí a Detroit, a la edad de seis años; su vecino de la derecha también es ruso, vive con su abuelo, es muy arisco, le recuerda a un gato enfadado, es rubio de ojos verdes, muy delgado y, curiosamente, también se llama Yuri.

—Yuri tiene solo doce años y reniega como un viejo se ochenta —se ríe— su abuelo, el señor Nikolai, parece severo pero es una persona muy cálida. Siempre que me ve y a preparado pirozhkis, me convida, y yo acepto sin importar que Yuri se enfade conmigo al respecto.

Oírlo hablar de otro Yuri con tanta naturalidad se me hace tan bizarro como entretenido.

—¿Qué es pirozhki? —inquiero y él me explica.

Se despide de mí un par de horas más tarde y se va junto a su perro.

He pasado el mejor siete de octubre de la muerte.