Yuri fue a ver a Yurio un jueves por la mañana.

Ver el pequeño y delgado cuerpo de su amigo postrado en aquella enorme cama, enganchado al respirador artificial, se le hizo muy doloroso. Minako había avisado a sus parientes en Rusia, pero el chico de dieciséis años solo tenía a su madre y a su abuelo. Al parecer, el abuelo de Yurio fue el único que viajó hasta Japón y, por lo que le contaron, el anciano se deshizo en lágrimas al ver la condición en la que había quedado su nieto.

Era un asunto complicado. Yurio estaba en Japón como estudiante de intercambio con la academia de danza a la que asistía también Yuri. Se habló de llevar de vuelta a Yurio a su país natal, pero allí los costes hospitalarios corrían a cuenta de su familia y no del gobierno, como en el caso de Japón. De esta forma, se decidió, con el consentimiento familiar, que Yurio permaneciese ingresado en Tokio, y una vez que el muchacho despertase, se volvería a debatir si trasladar al chico o no. Nikolai, el abuelo Yurio, era una persona que tenía sus propios problemas de salud y no podía viajar muy seguido en avión. Se estableció que Minako, al ser la tutora que coordinaba el intercambio estudiantil, quedase a cargo de Yurio e informarse periódicamente del estado del chico a sus familiares en Rusia.

Días después, Yuri ya no tenía fiebre y lo trasladaron a una habitación compartida en el área de oftalmología, principalmente por el problema con sus ojos, los cuales, poco a poco, iban recuperando sus funciones. Aunque Yuri había recuperado gran parte de la visión, su miopía había aumentado y tuvieron que hacerle un chequeo para graduarle de nuevo la vista, y cambiar las dioptrías de sus gafas. Los médicos informaron que pronto podrían darle el alta.

Todos se alegraron de la mejoría de Yuri.

La familia de Yuri tuvo que regresar a Hasetsu para preparar el resort de aguas termales para la Golden Week. Antes de partir Hiroko invitó a Victor y Yuri a que fuesen a visitarles.

Victor llevó algo de ropa para Yuri. En la planta de Oftalmología, aceptaban que Yuri usase sus propios pijamas. Ya no tendría que llevar aquel camisón y aquella bata de hospital.

Yuko trajo de su casa algunas prendas premamá unisex, que había usado ella, y un libro sobre embarazo, que Yuri aceptó agradecido y que no tardó en devorar en los días siguientes, entre pausas, ya que estar demasiado tiempo leyendo le provocaba migrañas. Victor también comenzó a leerlo.


Domingo, 2 de abril de 1995 - 23:16 am

Era la última noche que Yuri pasaría en aquella habitación, al día siguiente le daban el alta médica. Bajo la luz de una lámpara, Victor leía el capítulo que hablaba sobre los embarazos ectópicos, cuando Yuri se agitó en la cama.

Era sábado, cerca de las diez de la noche, y Victor quiso quedarse a dormir en el hospital para velar el sueño del pelinegro. Agradecía que ya no estuviese ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos ya que en Oftalmología no había restricciones en el horario de visitas y permitían que un visitante pudiese pasar la noche con el paciente, con la condición de que solo usase los sillones para dormir.

Apartó la mirada del libro para observar atentamente al menor. Yuri volvió a removerse en la cama, frunciendo el ceño levemente. Victor se acercó y apartó unos mechones de cabello de la frente de Yuri.

—¿Yuri?— el interpelado abrió los ojos, adormilado— ¿Qué ocurre?

—Calambres— gimió Yuri, saliendo de su ensoñación, tratando de cambiar de postura para sentarse en la cama. Su cabello negro estaba desordenado. Yuri acariciaba reiteradamente la parte baja de su abdomen, con gesto incómodo— He leído que son normales en el embarazo— dijo en voz baja, más para convencerse a sí mismo que para convencer a Victor.

Victor fue al baño y empapó una toalla de mano bajo el grifo, en agua caliente. La escurrió un poco antes de volver con Yuri. Se sentó a su lado, levantó el bajo de la camisa del pijama del pelinegro y envolvió el vientre de Yuri con la toalla caliente.

—Gracias— susurró el azabache aliviado al sentir que los calambres disminuían con el calor.

Yuri se alegró de tener a Victor a su lado. Apoyó la mejilla en el hombro del mayor, cerrando los ojos.

—¿Qué te gustaría que fuese?— susurró el azabache. Le gustaba sentir las manos de Victor en su vientre.

—¿Mm? No lo sé— el ruso rió quedamente, mirándole— Me da igual, realmente. ¿Y a ti, Yuri?— Victor le hizo cosquillas en el costado ; Yuri se agitó aguantando una risotada.

—Me da igual también. Solo deseo que nazca sano.

Victor guardó silencio unos minutos, el tiempo suficiente para que la toalla se enfriase y tuviese que mojar otra toalla en agua caliente una vez más. Al regresar junto a Yuri, quedó inmóvil con la vista fija en el suelo, sin realmente contemplar nada. Parecía acordarse de algo.

—Fue en Nochevieja...— murmuró abriendo los ojos pasmado, como si se hubiese percatado de un detalle que se le había escapado y justo en ese momento acabase de descubrirlo.

Yuri se quedó mirándolo con los ojos como platos hasta que finalmente sonrió burlón.

—¿Ahora te das cuenta?— rió entre dientes.

—Creí que se había pinchado un preservativo— Victor también hacía esfuerzos para no reírse. Yuri se tapó la boca para no despertar a toda la planta— Aquella noche me sorprendiste, estabas tan desenfrenado y erótico que no quise interrumpirte— Victor se mordió el labio.

—M-me acuerdo— los pómulos de Yuri se tiñeron de rojo, rememorando aquel momento. Victor se inclinó, colocando sus blanco y largos dedos bajo su barbilla para alzarle el rostro.

—Me gustaría que nuestro hijo fuese igual de precioso que tú, mi cerdito.

—En-entonces tendrías dos cerditos— Yuri trató de sonar indiferente, aunque la voz oscura y seductora de Victor lo había dejado obnubilado. Victor sonrió, sentándose junto a él y cubriendo con la toalla caliente la tripa del azabache. Le gustaba tocar el vientre de Yuri, ahora blandita y un poco abultada.

—Eso me haría muy feliz— susurró Víctor, besando la mejilla del azabache— Oye, Yuri, quisiera que vinieses a vivir conmigo.

—¿Qué?— Yuri dio un respingo.

—Así podré cuidar de ti... de los dos— tocó el vientre del menor con la punta de los dedos— Y dado que mi casa está más cerca de cualquier hospital que la tuya, si ocurriese algo podría llevarte. Además, tengo una habitación que no utilizo que podemos convertir en la habitación del bebé, y Makkachin te haría compañía cuando yo no estuviese— concluyó Victor, mirándole entusiasmado.

Yuri parpadeó varias veces, abrumado. Sintió el calor subir hasta sus mejillas. Vivir con Victor. Una habitación para el bebé. El planteamiento del ruso era razonable. Por una parte le alegraba que Victor le hubiese propuesto aquello, pero por otra le daba apuro invadir el espacio personal del peliplateado.

—Me encantaría que viviésemos juntos— sentenció Victor dulcemente, sospechando el hilo de pensamientos de Yuri— Era algo que deseaba pedirte incluso antes del atentado. Adoro tu compañía. Eres mi persona favorita en el mundo, Yuri.

El rubor de Yuri llegó hasta sus orejas. Desde que lo conocía, Victor siempre había sido muy efusivo expresando sus sentimientos, al contrario que él, que era más introvertido y discreto. Excepto cuando se embriaga.

Aunque la concepción de su pequeño no hubiese sido planeada, no lamentaba la forma en la que Victor y él lo concibieron. Su bebé era fruto de una noche apasionada con el hombre que amaba, el hombre que tenía frente a él y que lo miraba como si no hubiese un mañana.


La mañana siguiente Yuri llamó a su casera para decirle que dejaría el piso. Por avisarla con margen menor de los quince días, Yuri tuvo que reembolsar el alquiler del próximo mes, correspondiente al de mayo. No le importó porque la renta no era alta y tenía dinero ahorrado. Por supuesto, no le contó nada de esto a Victor porque estaba seguro que el ruso se ofrecería a pagarlo él mismo.

En total, las cosas de Yuri cabían en cuatro cajas medianas de cartón, cuyo contenido mayormente era ropa. El japonés había mantenido un estilo de vida austero, sin darse demasiados caprichos, propia de un estudiante de danza que paga el mismo las tasas de su matrícula, trabajando en empleos de medio tiempo.

Victor fue temprano a la casa de Yuri para preparar la mudanza y dejar el piso vacío de las cosas de Yuri. Pichit Chulanont, un compañero de Yuri de la academia de danza, se ofreció voluntario para ayudar a Victor con la mudanza.

—Esta es la última— dijo Pichit descargando una caja del maletero del elegante Lexus plateado de Victor. Después de subir las cajas hasta el piso de Victor, el ruso quiso ofrecer algo de beber a Pichit por su ayuda, pero el tailandés rechazó el ofrecimiento amablemente alegando que debía marcharse.

—Gracias, Pichit— Victor dio una palmada en la espalda del chico.

—Cualquier cosa que necesiten, pueden contar conmigo—sonrió el moreno antes de marcharse.

El estrepitoso tono del teléfono del salón sobresaltó a Victor.

—Victor Nikiforov al habla— anunció mecánicamente nada más descolgar el teléfono.

¡Victor! ¡Cuanto tiempo! ¡No sabía de ti desde la cena de Navidad de la editorial!— se alegró al reconocer aquella voz vivaracha.

—¡Emil Nekola! ¿Qué tal te trata la vida?

Estupendamente, no merezco quejarme, ¿y tú? Acabo de escuchar tu mensaje y me animé a llamarte. ¿Entonces sigues con aquel chico... este, Yuri, era?— Victor emitió un sonido afirmativo.

— Por eso te llamé, verás, quiero pedir una cita en tu clínica. ¿Tienes hueco para esta tarde?


Este capitulo y el anterior han sido puro fluff. Me encanta el fluff y más entre Victor y Yuri

No profundizaré mucho en la situación de Yurio porque estoy estructurando un fanfic paralelo centrado en ello {{{(_}}}

Este fic es principalmente Victuri.

¡Gracias por leer y por dejar sus comentarios! n_n