Ocho, nueve y diez sin novedades.

El once, Viktor me encuentra dando saltitos alrededor de la estatua del hombre importante.

—Hola, extraño —me saluda con familiaridad pese a no saber mi nombre.

—Viktor —asiento.

—¿Qué tal estás, pequeño fantasma injustamente anclado al mundo mortal?

—Seguro que mejor que muchos de los seres en el infierno.

Viktor silba por lo bajo y se ríe.

—Bravo. Punto para ti.

Sonrío.

La sensación es extraña.