No trajo a su perro.
Me explica que se puso malo y está en el veterinario.
—Lamento mucho oír eso.
—Gracias —me dice—, se comió unos... una comida japonesa circular que mamá dejó a su alcance por error. La veterinaria dijo que se recuperará, solo debe reposar unos días.
—Ya veo —asiento—, tal vez fueron manjus.
—¡Sí! —me mira con ojos brillantes—, ¿eres japonés?
—Lo soy.
—Bueno, fantasma de un niño japonés, gracias por ilustrarme con el nombre de la comida que casi mata a mi perro —bromea.
—De nada.
