Viktor me cuenta que el abuelo del Yuri ruso lo contrató como niñero de su nieto, porque volverá tarde del trabajo desde la quince hasta el final del mes. No sabe la razón.
—Lo que más me sorprende es que el hombre tenga tanta energía a su edad. Yo estoy convencido de que cuando llegue a los setenta...
—Si es que llegas —comento.
Me mira sin decir nada y se ríe.
—Si llego a los setenta, me estaré quejando con mis adorables nietos sobre lo pesado que me siento, para que me den muchos besitos de consuelo.
Jamás me planteé nada como tener descendencia.
A los doce años en todo en lo que piensas es en el siguiente capítulo de tu programa favorito, lo que preparará mamá de almorzar, en las tareas de la escuela y semejantes.
Si te matan a esa edad, no tienes tiempo de preocuparte en nada más trascendental.
—¿Tú has pensado en cuantos hijos te gustaría tener de grande?
Giro a mirar a los ojos azules de Viktor y no respondo.
El silencio se vuelve pesado.
—Nunca —proclamo una eternidad después.
Hasta ahora.
