Su reloj de muñeca suena y debe irse. Lo despido con la mano y me regreso al cementerio.
Pasan doce y trece sin que aparezca. Ya no busco a nadie más. Él es mi boleto al más allá.
El catorce vuelve. Y trae a su perro con él.
—Bienvenido, Makkachin —suelto en mi idioma natal. Es un impulso repentino e inexplicable, porque no lo he usado en años. Solo para cantar la canción de cuna que mi madre me enseñó.
Viktor me anima a hablarle en japonés, dice que su nivel es pobrísimo pero le gusta mucho cómo suena.
Acepto con la condición de que después él me enseñe unas palabras en ruso.
—Da! —se ríe, asintiendo.
