Quince, dieciséis y diecisiete.

El dieciocho llega solo y usando un grueso abrigo color marrón.

No se sienta, así que yo tampoco lo hago.

El frío está empezando con fuerza para los vivos. Una de las poquísimas ventajas que estar muerto te da, es quitarte la sensibilidad a los climas malos. Aunque a los buenos también y eso es una desventaja.

Viktor tiembla.

—¿C-Cómo es que no llevas nada más que esas ropas rasgadas? —tirita, sus dientes castañean y me río sin modo de evitarlo. Entrecerrando los ojos en mi dirección, sisea y se abalanza encima mío.

Pero soy más rápido, porque no hay modo en que permita que me traspase y huya despavorido. No puede, no cuando él es mi pase a la paz.

Viktor parpadea y vuelve a intentar tocarme. No se lo permito.

En unos pocos minutos nos estamos riendo en conjunto. Él entra en calor y yo me divierto.

Ganamos los dos.

Mas jamás llega ni a rozarme. No podría ni aunque lo quisiera. Literalmente hablando.