Diecinueve. Nada.

El viente llega y la noche transcurre normal.

Hasta que me dice que viajará al día siguiente de regreso a su país natal y no volverá hasta dentro de una semana.

Mis esperanzas se desploman, y retrocedo, negando con la cabeza.

Viktor eleva las manos, como si yo fuese un venado o algún animal salvaje apunto de huir.

—Me... gustaría saber tu nombre antes de irme...

Lo miro a los ojos. Y pruebo a arriesgarme.

—Cuando vuelvas, ven aquí y te lo diré.

—El veintiocho...

—Tienes hasta el treinta y uno —ese soy yo, pero por eso mismo, él también—, tengo un vuelo qué tomar el primero de noviembre.

Viktor está shoqueado.

Ojo por ojo.

—No me dijiste nada...

—Te lo digo ahora —me paro firme, intentando no temblar—, ¿quieres saber mi nombre o no?

—Sí —asiente Viktor, decidido—, vendré más temprano, te estaré esperando.

—Veintiocho —digo.

—Veintiocho —confirma.

Tenemos un trato.