Veintiuno, veintidós y veintitrés.
Repito una y otra vez las pequeñas lecciones de ruso, en mi mente, en voz baja y cantando.
No salgo del cementerio en lo absoluto, no lo necesito.
Doy saltitos rodeando mi lápida, cantando en japonés, en inglés y diciendo una y otra vez: Davai, spasiba, da y privet.
Una mujer rubia de ojos azules se me acerca el último día, me invita a platicar. Tiene un acento pesado y me dice que es rusa y que murió dando a luz a su bebé. Ella es muy bonita y está muy triste. Desea pedirle perdón a su padre por haber sido una mala hija.
Me esfuerzo por no encariñarme con ella.
Pero me encuentro tratando de animarla al minuto siguiente.
