Veinticuatro, veinticinco...
Veintiséis.
La dama dorada me dice que no recuerda su nombre, pero sí su apellido.
Plisetskaya.
Frunzo el ceño. Me suena de algo.
Ella ladea la cabeza en mi dirección mientras yo parpadeo repetidas veces.
¿Plisetskaya?
Davai, da, spasiba, privet.
Viktor.
Viktor Nikiforov.
El Yuri ruso.
¡Plisestsky!
—¿Usted es la madre de Yuri Plisetsky?
Su rostro se ilumina en una enorme sonrisa.
No sabía que los fantasmas podían tocarse unos a otros.
Ella me abraza.
Está llorando.
Y yo también.
