Veintisiete.

La dama dorada se despide de mí con un beso en la mejilla y me aconseja echarme el cabello hacia atrás.

Me dice que me sienta mejor, y que la sangre seca ayudará a que se quede en su lugar.

Me río y ella igual.

Le deseo la mejor de las suertes y la veo partir hacia su férrea decisión.

Y lloro cuando la dama de negro me confirma que ha cruzado.

Pero no son lágrimas de rencor ni de tristeza.

Son lágrimas de alegría, de emoción.

La dama dorada de apellido Plisestskaya está en un lugar mejor.

Y mañana será mi turno.