Antes de que Viktor pueda decir nada al respecto, empiezo.

—Tenía once cuando el negocio de aguas termales de mi familia quebró, en Japón, donde nací y crecí —tomo un brevísimo respiro—, mi hermana mayor estaba estudiando aquí, becada, así que mis padres consideraron una buena idea el mudarnos para estar más cerca y conseguir empleos en este lugar. Mi madre estuvo de acuerdo. Yo tenía voz, mas no voto. Así que al mes siguiente llegamos a tierra norteamericana por primera vez.

—Pero —Viktor me interrumpe—, ¿y tus amigos de Japón?

Presiono juntos los labios.

—Solo tenía una y nos llamábamos ocasionalmente.

Viktor asiente.

—Mi conocimiento del inglés no era muy bueno, y estar rodeado de personas nativas me ayudó mucho a aprender, mas no sin pasar cientos de momentos vergonzosos en el proceso.

Viktor suelta una risita.

—Conozco el sentimiento.

Sonrío suavemente.

—Antes de que me diera cuenta, acababa de cumplir los doce —prosigo, con el tiempo en contra—, me iba bien en la escuela, al año siguiente me otorgarían una beca, como la que mi hermana tenía en la universidad, y los gastos se verían drásticamente reducidos. Todo marchaba bien, éramos felices.

Guardo silencio y siento la mirada azulada del chico con cabello de luna fija en mí.

—Pero... —dice con suavidad.

Cierro los ojos un momento.

—Pero mi hermana enfermó un día, que rápidamente se volvió una semana y, en un parpadeo, llevaba tres meses en cama. No sabíamos qué le ocurría y no podíamos movilizarla porque sus alaridos eran desgarradores, incluso dormida. Mis padres llevaron a centenares de doctores a casa, pero ninguno fue capaz de dar un diagnóstico —mis labios tiemblan. No quiero seguir. Jamás me puse a pensar lo doloroso que sería rememorar eso en voz alta—. Y... una noche...

—¡Viktor! —No sé quién es, pero entiendo que no puedo quedarme.

Me pongo de pie.

—Terminaré de contarte mañana —le digo antes de echar a correr.

—¡Estaré esperando por ti! —lo escucho a lo lejos, y, aunque sé que es imposible, siento mi corazón palpitar.