—Con las pastillas en mano, corrí de regreso, pero choqué contra un hombre que salía de una tienda. El señor apestaba a alcohol y me miró mal. Yo me quedé paralizado, asustado y empecé a pedir perdón, pero él me atrapó por el brazo, haciéndome soltar los medicamentos. Me retorcí mientras el hombre reía y llamaba a sus amigos. Dos señores más salieron de la tienda. Todos juntos destilaban una peste terrible: alcohol y cigarillos. Tratando de no llorar, quise explicar que debía volver cuanto antes a casa, porque mi hermana estaba mal, pero me callaron de un golpe y cubrieron mi boca antes de que pudiera pedir ayuda. El primer hombre me cargó como a un costal bajo su brazo y no importó lo mucho que pataleé, lloré y me sacudí, no pude liberarme.
—Para...
—Al llegar a un terreno baldío, me arrojó con fuerza al piso y me propinó una patada director al estómago. Grité, sin aire y me retorcí. Riendo, el hombre repitió la acción y gemí, sintiendo algo reventarse en mi interior. Se le unieron sus amigos y los puños y patadas estaban por todos lados al segundo siguiente. Había perdido los lentes gracias al golpe que el hombre me dio antes de secuestrarme y, sumado al dolor lacerante, mi visión no era más que luces y manchas.
—Estás...
—Uno de ellos se detuvo, y, entre risas, dijo que ya era suficiente, que sus amigos debían parar o me matarían. Pero los otros dos no se detuvieron. El hombre repitió sus palabras, y de nuevo, pero ellos no se detenían y yo me sentía peligrosamente cerca de perder la conciencia. Entonces otro de los hombres se detuvo, le gritó a su amigo que se callara y empezaron a discutir... Después oí una pequeña explosión, un disparo, y el último hombre me dejó en paz. Hubo silencio... Y un segundo disparo. No podía distinguir nada, pero intenté quedarme lo más quieto que mi magullado cuerpo me lo permitió. No sentía las extremidades y respiraba con dificultad, el pecho quemándome. Así me costaría mucho volver a casa, pensé. Y... en ese momento la voz del hombre malo resonó en el aire. Me culpó por lo que acababa de hacer... Oí un tercer disparo y algo se clavó en mi pecho.
Me giro a mirar a Viktor. El terror se refleja en sus orbes claras y le sonrío.
—Me encontraron echo un amasijo sanguinolento y con una bala incrustada en el corazón a la mañana siguiente, a solo tres cuadras de casa; y a unos metros los cuerpos de dos hombres más, cuyos nombres jamás me aprendí.
Lo logré.
