—¿¡Y qué esperabas!?, ¡no puedes venir conmigo!

—¡Yuuri puede quedarse!

—¡NO QUIERO QUEDARME! —estallo—, ¡DOCE AÑOS, VIKTOR!, ¡HE ESTADO ESPERANDO PACIENTEMENTE POR DOCE AÑOS!

Viktor aprieta la mandíbula, los puños y lucha por no continuar llorando.

Temblando de ira, me doy cuenta de que nunca me había enfadado tanto, ni vivo ni muerto... Y me río.

—¿¡Qué es lo que te causa tanta gracia!? —chilla Viktor.

—¡Que Viktor es un idiota! —me acerco a él, sonriendo—, es el idiota que me salvó.

Su mirada se suaviza y más y más lágrimas caen de los orbes color cielo de día.

—Yuuri...

—Viktor.

Él levanta lentamente una mano y la coloca frente a sí, los dedos extendidos.

De algún modo, sé lo que quiere, y llevo mi propia mano frente a la suya.

Como si las rozáramos, sin hacerlo.

Él separa más sus dedos y yo acomodo los míos en los espacios abiertos con tanta precisión como puedo.

Doblamos nuestros dedos en sincronía para que la ilusión de que nos tomamos de la mano se sienta lo más real posible.

Y entonces su reloj suena.

Es media noche.

Octubre ha terminado.

—Gracias, Viktor —susurro.

—Gracias, Yuuri —responde.

Nos miramos una última vez a los ojos, fijamente.

Y desaparezco.

Tengo que ir a reunirme con la dama de negro.

Fin.

¡Mil gracias por leer!

*BlAn llora en una esquina.*